Rokugo en snk Cap 3 Version 2023

—Seguramente es Rokugo, —dijo Snow con exasperación. Llamó a Rose para que la acompañara.

—¿El Capitán? —preguntó Rose, curiosa—. Pero, según tú, renunció para buscar una vida tranquila.

Snow miró hacia otro lado, evitando responder directamente.

—Eso es lo que dijo, pero no confiaría en que realmente se mantenga tranquilo.

Alice ajustaba algunos cables y revisaba el progreso de la máquina, mientras Rokugo la observaba con los brazos cruzados.

—Esto nos tomará al menos un mes, toca canjear pedazo a pedazo la maquina desde Kisaragi —comentó Alice, con un tono de frustración—. Pero si logramos que funcione, será nuestra entrada para tomar el control total.

Rokugo sonrió con malicia. —Bueno, al menos tendremos el elemento sorpresa de nuestro lado...

Las noches en la ciudad eran tranquilas para la mayoría, pero no para Rokugo. Mientras todos dormían, él aprovechaba su tiempo para acosar jovencitas inocentes (aunque con intenciones relativamente inofensivas) con tal de ganar puntos malos. Estos puntos los usaba para canjear piezas de la máquina teletransportadora, una tarea que Alice supervisaba con rigor.

Rokugo tenía un truco infalible: la cremallera de su traje se subía y bajaba de forma inalámbrica, lo que provocaba reacciones de incomodidad y susto entre sus víctimas. Sin embargo, una noche, mientras realizaba su rutina habitual, se encontró con una jovencita que desafiaba toda lógica.

—¡Espera, espera! —dijo la chica, sonrojada y emocionada—. Esto es exactamente lo que siempre soñé... Un violador que me secuestre, me lleve a su casa y me obligue a tener hijos.

Rokugo se quedó boquiabierto, completamente desconcertado.
—¿Qué demonios estás diciendo? ¡Esto no es normal! —gritó, frustrado porque no estaba ganando puntos malos por incomodarla.

La chica lo miró con ojos brillantes.
—Por favor, continúa... Es mi fantasía hecha realidad.

Rokugo sacudió la cabeza, murmurando algo sobre cómo este mundo estaba lleno de locos.

Cuando Snow y Rose llegaron a la escena, encontraron a Rokugo parado frente a una mujer, claramente intentando asustarla. Sin embargo, la mujer exageraba cada gesto de Rokugo, gritando y señalándolo como si fuera un criminal peligroso.

—¡Ayuda! ¡Este hombre está intentando secuestrarme! —gritó la mujer.

Rokugo levantó las manos, visiblemente frustrado.

—¡Ni siquiera la he tocado! ¡Sólo dije que su sombrero se ve raro! ¡Eso es todo!

Antes de que pudiera seguir defendiendo su caso, Snow apareció, empuñando su espada con una mirada severa.

—¡Te dije que no quería volver a verte, Rokugo! ¿Qué demonios haces aquí?

Rokugo levantó una ceja, mostrando una sonrisa sarcástica.

—¿Qué puedo decir? No puedo resistir la hospitalidad de Grace. Es un lugar tan acogedor.

Rose intervino, intentando calmar las cosas.

—Capitán... digo, ex Capitán, ¿por qué renunciaste realmente? Todo esto no tiene sentido.

Rokugo, viendo la oportunidad de molestar a Snow, sonrió aún más. , sonrió maliciosamente.

—Ah, eso... Verás, Rose, Snow me acosaba sexualmente en el ejército. Me tocaba el trasero todo el tiempo e intentaba manosearme. No podía seguir trabajando con alguien así.

Rose miró a Snow con incredulidad y algo de disgusto.
—¿Es eso cierto, Snow?

Snow abrió la boca para defenderse, pero las palabras no salieron. Estaba demasiado sorprendida por la audacia de Rokugo.
—¡Eso es mentira! ¡Nunca toqué a este idiota!

Rose negó con la cabeza, claramente decepcionada.
—Snow, pensé que eras mejor que eso...

Rose inclinó la cabeza, confundida.

—Entonces, ¿por qué renunció realmente, Snow?

Snow abrió la boca para responder, pero recordó que no podía revelar la verdadera razón. Finalmente, se limitó a cruzar los brazos y desviar la mirada.

—Eso no importa ahora.

Rokugo, disfrutando de la situación, se inclinó hacia Snow.

—Ah, así que admites que no quieres decirlo porque la verdad sería demasiado vergonzosa para ti, ¿no?

Snow apretó los dientes, intentando mantener la calma.

—¡Sólo vete, Rokugo! Y mantente lejos de la ciudad.

Rose, viendo que la situación no iba a mejorar, dio un paso al frente.

—Está bien, Capitán. Será mejor que se retire antes de que esto empeore.

Rokugo suspiró, pero no perdió su sonrisa burlona.

—Como digas, Rose. Pero recuerden esto: siempre es divertido cruzarnos.

Rokugo aprovechó la distracción para escapar. Corrió hacia los tejados mientras gritaba:
—¡Nos vemos luego, chicas! ¡Tengo más puntos malos que ganar!

Escena: Planes futuros y el ataque del ejército de Lord Demonio

De regreso en su escondite temporal, Rokugo se encontró con Alice, quien ya estaba revisando los datos de la máquina teletransportadora. Su expresión era seria, como siempre.

—Agente 6, tengo información importante. El ejército de Lord Demonio planea atacar Grace pronto —informó Alice sin levantar la vista de su dispositivo.

Rokugo frunció el ceño.
—¿Y qué se supone que hagamos? No podemos abandonar esta ciudad ahora. La máquina teletransportadora está demasiado avanzada para dejarla.

Alice asintió.
—Exacto. Sugiero que protejamos Grace hasta que podamos completar la máquina. Una vez listos, Kisaragi podrá anexar este territorio sin problemas.

Rokugo sonrió, complacido con el plan.
—Bien, entonces nos quedamos. Además, no sería divertido si dejáramos que esos demonios arruinaran toda la diversión. Será interesante ver cómo reaccionan cuando les pateemos el trasero.

Alice ajustó algunos cables en la máquina antes de responder.
—Capitán, recuerde que nuestro objetivo principal es recolectar suficientes datos y recursos para Kisaragi. No estamos aquí para ser héroes.

Rokugo se encogió de hombros.
—Lo sé, lo sé. Pero un poco de acción no hace daño, ¿verdad?

Escena: Preparativos para la batalla

Mientras tanto, Snow informó al resto del equipo sobre la inminente amenaza. Aunque seguía molesta por las falsas acusaciones de Rokugo, sabía que la situación era grave.

—Tenemos que prepararnos —dijo Snow con determinación—. Si el ejército de Lord Demonio ataca, no podemos permitir que destruyan la ciudad.

Grimm, quien había despertado de su siesta, bostezó y preguntó:
—El Renuncio Snow

Rose, aún confundida por lo que Rokugo le había dicho, añadió:
—Si, el Acoso de Snow lo alejo

-Rose, ya te dije que Rokugo invento esa historia

Al día siguiente, mientras Rokugo caminaba por las calles de Grace, notó que los habitantes lo miraban con desdén. Susurros se extendían entre la multitud, y algunos hasta se alejaban al verlo pasar. Finalmente, un niño pequeño se le acercó con una sonrisa burlona.

—¡Oye, Zipperman! —gritó el niño, señalándolo con descaro.

Rokugo frunció el ceño.

—¿Qué dijiste, mocoso?

El niño corrió hacia un grupo de amigos, quienes empezaron a reír y corear el apodo: "¡Zipperman, Zipperman!"

Rokugo caminaba por el mercado de Grace, tratando de pasar desapercibido mientras compraba provisiones. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran las miradas y risas a su alrededor. En cada esquina, en cada muro, había carteles con su rostro dibujado de forma grotesca bajo el alias "Zipper Man". Algunos incluso lo señalaban como "El Pervertido Oficial de Grace".

—¡Miren quién está aquí! ¡El famoso Zipper Man! —gritó un comerciante entre risas.

—¡No te acerques a mis hijas, pervertido! —agregó otro, blandiendo una escoba.

Rokugo suspiró, visiblemente molesto.
—Esto tiene escrito el nombre de Snow por todas partes... —murmuró para sí mismo mientras arrancaba uno de los carteles más cercanos y lo examinaba—. ¿"Zipper Man"? ¿En serio? Ni siquiera me gusta el apodo.

Alice, quien lo acompañaba, observó la situación sin mostrar emoción alguna.

-Agente 6

, parece que su reputación ha precedido cualquier intento de mantener un perfil bajo. Sugiero ignorarlos y enfocarnos en nuestras prioridades.

Rokugo asintió, pero no pudo evitar murmurar:
—Cuando encuentre a Snow, le haré pagar por esto...

En los días siguientes, Alice, con su capacidad de análisis, informó a Rokugo sobre un patrón sospechoso en los movimientos del ejército del Lord Demonio.

—Con base en la información recolectada y los datos de los ataques previos, predigo que atacarán la ciudad en aproximadamente tres días, —dijo Alice mientras revisaba un mapa de la zona.

Rokugo se cruzó de brazos, evaluando la situación.

—Si atacan la ciudad y destruyen mi casa, no solo perderé mi refugio, sino también la máquina teletransportadora. Kisaragi perdería la oportunidad de conquistar este planeta.

Alice asintió.

—Exactamente. Sugiero que coloquemos minas en el desierto exterior para frenar el avance del enemigo.

Rokugo suspiró, sabiendo lo que venía.

—Déjame adivinar: ¿soy yo quien tiene que colocarlas?

Alice lo miró con su expresión neutral.

—Correcto. Cuando Heine me vio, notó que no era un ser vivo. Si yo coloco las minas, no dejarán rastro de olor, y los demonios podrían detectarlas. Necesitamos que alguien con un rastro de ser vivo, como tú, las coloque.

Rokugo gruñó, resignado.

—Bien, bien. Pero si estas minas fallan, me voy a asegurar de que te castiguen cuando llegue Kisaragi.

Alice inclinó la cabeza ligeramente.

—Aceptable. También sugiero que use la piedra mágica que quitamos a Heine como cebo. Su energía residual podría atraer a los demonios hacia las minas.

De regreso en su escondite temporal, Rokugo utilizó sus puntos malos para canjear varias minas y bombas equipadas con sensores de distancia. Alice observaba atentamente mientras organizaba las armas recién adquiridas.

—Capitán, pelear contra robots gigantes siempre fue más sencillo —explicó Alice—. Bastaba con colocar minas en el suelo y esperar a que pisaran el detonador. Pero contra los titanes, especialmente los acorazados como el Titan Golem, necesitaremos algo que les cause daño específico en la nuca.

A medida que avanzaba, comenzó a cuestionar la efectividad de su plan.

—Estas minas, ¿realmente harán daño a los demonios? —preguntó, colocando otra carga en el suelo.

Alice, que supervisaba desde una distancia segura, respondió por su comunicador.

—Con base en mis análisis, las minas deberían ser efectivas contra los demonios estándar. Sin embargo, si enfrentamos a más titanes Golem, podríamos tener problemas.

Rokugo se detuvo un momento, considerando las palabras de Alice.

—¿Y qué sugieres que hagamos si eso ocurre? —preguntó, visiblemente frustrado.

Alice, con su tono siempre práctico, respondió.

—He enviado muestras del endurecimiento cristalino de los titanes a Kisaragi. Deberían estar trabajando en un arma capaz de enfrentarlos. Según mis cálculos, los resultados deberían estar listos en las próximas semanas.

Rokugo resopló, continuando con su tarea.

—Perfecto. Mientras tanto, solo tenemos que sobrevivir a lo que sea que lancen contra nosotros. Ya sabes, lo normal.

Rokugo asintió, revisando las armas.
—Entonces, ¿qué sugieres?

Alice levantó una de las "Lanza Relámpago" modificadas.
—He ajustado estas armas para que sean automáticas. Ahora pueden disparar ráfagas concentradas directamente hacia la nuca de los titanes cuando detecten movimiento. Además, he añadido un sensor de calor para mejorar la precisión.

Rokugo sonrió, complacido con las mejoras.
—Bien, bien. Esto debería hacer que nuestra vida sea más fácil. ¿Y qué hay del ejército de Lord Demonio?

Alice activó un mapa holográfico proyectado desde su brazalete.
—Según mis cálculos, llegarán al amanecer. He colocado las minas y bombas en puntos estratégicos donde se espera que crucen. Con suerte, eso retrasará su avance.

Tras horas de trabajo y varios enfrentamientos agotadores, Rokugo regresó al interior de las murallas. Miró hacia el desierto, donde ahora las minas estaban perfectamente camufladas, junto con la piedra mágica colocada como trampa.

—Espero que esto funcione, —murmuró, limpiándose el sudor de la frente.

Alice, que lo esperaba en la entrada, lo observó detenidamente.

—Lo hará, Capitán. Aunque, si fallamos, probablemente será porque usted no colocó las minas con suficiente precisión.

Rokugo la fulminó con la mirada.

—Eres una verdadera motivadora, Alice.

Escena: La desaparición del elegido

Mientras organizaban las armas, Alice compartió una nueva información crucial.
—Capitán, según mi investigación, el hermano de la princesa Tilis, el supuesto "elegido", fue teletransportado aleatoriamente durante una batalla contra Faustress del Viento, el selecto de Lord Demonio.

Rokugo frunció el ceño.
—¿Teletransportado? ¿Como nosotros?

Alice asintió.
—Exacto. Pero no sabemos dónde apareció. Si fue transportado dentro de un objeto sólido o al fondo del océano, probablemente ya esté muerto.

Rokugo se quedó en silencio por un momento, pensativo. Luego, una expresión de furia cruzó su rostro.
—Espera un segundo... Esto me suena familiar. ¿No fue así como Lilith probó la máquina teletransportadora? ¿Con ensayo y error?

Alice confirmó su sospecha.
—Es probable. La tecnología de teletransportación de Lilith no era perfecta en ese entonces.

Rokugo apretó los puños, claramente enfadado.
—Esa bruja loca nos envió aquí sabiendo que podríamos morir. ¡Nos usó como conejillos de indias! Cuando volvamos a Kisaragi, me aseguraré de que pague por esto. Nadie juega con mi vida así y se sale con la suya.

Escena: Noches de preparación

Durante las noches siguientes, Rokugo y Alice trabajaron incansablemente para preparar las defensas de la ciudad. Colocaron las minas y bombas en las rutas más probables por donde avanzaría el ejército de Lord Demonio. Aunque Snow seguía siendo una molestia pública (y personal) para Rokugo, ambos sabían que proteger Grace era prioritario.

Una noche, mientras ajustaban los últimos detalles, Rokugo miró hacia el horizonte.
—Sabes, Alice... Este mundo es un caos total. Pero de alguna manera, creo que estamos empezando a encajar aquí.

Alice lo miró, inexpresiva como siempre.
—Capitán, sugiero que no pierda de vista nuestra misión principal. Una vez completemos la máquina teletransportadora, podremos abandonar este lugar.

Esa misma noche, mientras Rokugo se relajaba en su casa, alguien llamó a la puerta. Al abrir, encontró a una figura encapuchada.

—¿Quién demonios...? —comenzó, pero se interrumpió al ver que era la princesa Tilis. Rokugo levantó una ceja, sorprendido—. Bueno, esto sí que no me lo esperaba. ¿Qué hace una princesa en la casa de un humilde civil?

Tilis entró sin esperar invitación y se quitó la capucha, revelando su rostro.

—Rokugo, no hay tiempo para formalidades. Vine porque necesito tu ayuda.

Rokugo se dejó caer en una silla, cruzando los brazos.

—¿Mi ayuda? No estoy en el ejército. ¿No recuerdas? Renuncié.

Tilis sacó un objeto de su bolso y lo colocó sobre la mesa. Rokugo lo reconoció de inmediato: era el paracaídas que había dejado en el desierto.

—Cuando exploramos el desierto, encontramos esto. Snow me dijo que eres un espía. Pero también mencionó que tienes tecnología como esta, que nunca hemos visto antes. —Tilis señaló el paracaídas—. Algo así lo he visto solo en ilustraciones de libros antiguos de historia, pero nadie en este reino tiene idea de cómo usarlo.

Rokugo sonrió con ironía.

—Bueno, parece que Snow ha estado hablando de más. ¿Y qué esperas que haga con esto?

Tilis ignoró el sarcasmo y continuó.

—Escucha, Rokugo. El Reino de Grace caerá mañana. El ejército del Lord Demonio avanza y no hay nada que podamos hacer para detenerlo.

Rokugo frunció el ceño. —¿Y vienes a pedirnos ayuda? ¿Que me enfrente a Lord demonio, lo retraze? ¿Que sea su amante? ¿O Algo?

Tilis negó con la cabeza. —No se a que te refieres con eso ultimo. Pero encontramos esto en el desierto- Dijo Tilis mostransole el paracaidas que Rokugo abandono en el desierto

-Se que son espias, pero no vengo a torturarlos ni arrestarlos

Rokugo cambiaria su expresion a una visible confusion.

—El Reino caerá mañana con la invasión del Lord Demonio. Necesito que difundáis donde vayáis la evidencia de que el reino de Grace existió y advirtáis a otros países —dijo la princesa Tilis, con una voz llena de desesperación. - Para ello, quisiera contratarse para que Estés de testigo el dia de mañana hasta el ultimo y registres todo.

Rokugo la miró en silencio, y después de un momento, asintió.

—Está bien, princesa. Acepto. Al menos, haré eso.

La guardia del Ejército de Grace

Al regresar al campamento, Rokugo fue recibido con sorpresa por sus compañeras, Grimm y Rose, quienes lo abordaron inmediatamente.

—¡Rokugo! ¿Por qué renunciaste a tu puesto de comandante? —preguntó Grimm,

Grimm con una sonrisa traviesa—, ¿es cierto que renunciaste porque Snow te acosaba?

Rokugo, sin perder la oportunidad de molestar a Snow, respondió con una expresión seria y exagerada.

—Claro que sí. Fue demasiado para mí. No podía seguir soportando sus avances, —dijo con un suspiro dramático.

Snow, claramente indignada, levantó la voz.

—¡Eso es mentira! ¡No inventes cosas, Rokugo!

Grimm y Rose compartieron una mirada entre ellas antes de soltar una carcajada.

—Bueno, al menos es una buena historia para contar, —comentó Rose con una sonrisa.

Snow intentó desviar el tema, cruzándose de brazos.

—¡No importa eso ahora! Somos grandes guardias reales, y tenemos una responsabilidad.

Sin embargo, a medida que avanzaban, Snow notó algo que le molestó profundamente: Rose y Grimm parecían seguir las órdenes de Rokugo más que las suyas. Incluso cuando intentaba dar instrucciones, ambas miraban a Rokugo en busca de aprobación.

Rokugo notó que Snow no había compartido la verdad sobre su expulsión como espía. Decidió no contradecirla, y en lugar de eso, sonrió con su característico sarcasmo.

—Digamos que la política y yo no nos llevamos bien. Prefiero estar en el frente, ¿saben?

Grimm frunció el ceño, sospechando que algo más estaba pasando, pero antes de poder presionarlo más, un cuerno de guerra sonó en la distancia, anunciando la inminente llegada del ejército del Lord Demonio.

Escenario: Torre del Castillo del Reino de Grace

El sonido de los cuernos de guerra resonaba por todo el castillo, y el ambiente estaba impregnado de tensión y desesperación. Rokugo, ahora asignado como el guardaespaldas de la princesa Tilis, observaba por la ventana cómo el ejército del Lord Demonio avanzaba, un espectáculo aterrador de fuerza y brutalidad. Sin embargo, para sorpresa de todos, el ejército invasor estaba encontrando resistencia en las fronteras del reino.

La princesa Tilis, con la frente perlada de sudor y las manos temblorosas, miraba fijamente el combate desde la ventana, sus ojos llenos de incertidumbre.

—¿Cómo...? ¿Cómo es posible que estén resistiendo? —preguntó, desconcertada—. El enemigo nos supera en número y armamento. No hay forma de que nuestras tropas puedan hacerles frente de esta manera.

Rokugo esbozó una sonrisa astuta y cruzó los brazos con aire de autosuficiencia.

—Oh, bueno... digamos que tuve un "pequeño proyecto" mientras andaba por ahí sin mucho que hacer. Coloqué algunas armas en las fronteras del reino. Parece que están siendo bastante útiles, ¿no crees?

La princesa lo miró con asombro, sin saber si debía sentirse aliviada o escandalizada.

Alice, con su tono neutral, añadió.

—Según los registros, cada mina que detona registra puntos malos en su chip, Capitán. Su saldo ha aumentado considerablemente.

—¡Eso es...! Bueno, no puedo negar que nos está dando tiempo, pero aun así... —Tilis suspiró, resignada—. Aún con esa ayuda, el reino caerá. La superioridad del ejército del Lord Demonio es simplemente abrumadora.

En el campo de batalla, Heine de la Flama, herida y furiosa, gritó al ver cómo una de esas minas había destruido su piedra mágica.

—¡Encuentren a Rokugo y tráiganlo aquí! ¡Lo quiero muerto!

La batalla alcanzó un nuevo nivel de intensidad cuando el ejército demonio atrajo a varias criaturas titán, incluyendo siete imponentes Titan Golem. Los soldados del Reino de Grace luchaban como podían contra la abrumadora fuerza del enemigo, pero la primera línea de defensa pronto fue atravesada.

Grimm, viendo a Heine en la distancia, frunció el ceño.

—Esa mujer... —dijo con desdén—. No puedo soportar cómo se viste. Parece una ramera.

Rokugo levantó una ceja, divertido.

—Eso suena personal, Grimm.

—¡Claro que lo es! —espetó Grimm, indignada.

Sin perder tiempo, Grimm comenzó a conjurar una maldición para impedir que Heine usara su magia de fuego. Sin embargo, la maldición rebotó en Heine, quien apenas se inmutó.

Grimm se encogió de hombros.

—Bueno, tampoco es que yo sepa usar magia de fuego, así que no importa.

A pesar de su aparente despreocupación, Grimm consiguió inmovilizar a los Titanes Golem con otra de sus maldiciones, dándoles un respiro temporal.

La calma fue interrumpida por la llegada de Gadalkand de la Tierra, quien avanzó directamente hacia Grimm, dispuesto a aplastarla.

—¡Tú, insignificante bruja, no mereces enfrentarme! —rugió Gadalkand, levantando su enorme mazo.

Antes de que pudiera atacar, Rose saltó frente a Grimm, bloqueando el golpe con su ala desproporcionada.

—¡Yo me encargo de este grandulón! —dijo Rose, mostrando una valentía inesperada.

Gadalkand se giró hacia ella, subestimándola inmediatamente.

—¿Una quimera? Esto será fácil.

Mientras tanto, Snow observaba cómo Heine y Gadalkand dominaban el campo. Su instinto era enfrentarlos, pero ambos demonios ni siquiera la reconocieron como una amenaza.

—Eres insignificante, —se burló Heine, lanzándole una mirada desdeñosa.

Grimm y Rose se giraron hacia Snow.

—Snow, no tienes oportunidad contra ellos, —dijo Grimm con un tono más serio de lo habitual—. Lleva a la princesa al castillo. Protéjela. Es tu deber.

Rose, bloqueando otro golpe de Gadalkand, añadió:

—Grimm tiene razón. Esto es demasiado para ti. Ve ahora.

Grimm, con una sonrisa amarga, agregó:

—Basándome en mi experiencia, morir es realmente doloroso. Créeme, no quieres pasar por eso.

Avergonzada y sintiendo el peso de sus palabras, Snow asintió

En el caos del castillo, Rokugo veía la inminente derrota del Reino de Grace. El ejército del Lord Demonio, con sus criaturas titán y sus selectos liderando el ataque, superaba ampliamente a las fuerzas del reino. Rokugo sabía que el amanecer traería la caída del reino.

—No hay nada que podamos hacer, —murmuró mientras ajustaba su brazalete y revisaba sus puntos malos acumulados.

Sin decir nada más, Rokugo avanzó y tomó a la princesa del hombro.

—Bien, eso significa que es momento de ponernos a salvo, Alteza. —Con su tono característico y su sonrisa burlona, comenzó a arrastrarla fuera de la habitación.

La princesa Tilis forcejeó, claramente reacia a abandonar su lugar.

—¡No! No puedo simplemente abandonar mi habitación ni el castillo. ¡Este es mi hogar! —exclamó, resistiéndose mientras él intentaba moverla a la fuerza.

Rokugo suspiró, frustrado, mientras intentaba hacerla entrar en razón.

—¡No iré a ningún lado! ¡Huye y advierte a otros reinos de la caída del Reino de Grace! —exclamó la princesa Tilis, con una voz llena de desesperación.

Rokugo, ante la terquedad de la princesa, se acercó a ella y le dijo:

—No abandonaré mi hogar. Mi deber es quedarme y advertir a otros sobre el Lord Demonio. Tú... tú puedes hacerlo. Lleva nuestra historia contigo. Asegúrate de que otros reinos sepan lo que ocurrió aquí.

Rokugo suspiró, rodando los ojos.

—Sí, claro, dejar que mueras para ser una mártir suena increíblemente heroico, pero, ¿sabes qué? Si tú vives, el reino aún tiene una oportunidad. Además... puedo ayudarte a continuar la línea real, si es necesario. —Le guiñó un ojo con una sonrisa socarrona.

La cara de la princesa se enrojeció por completo.

—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Eso es inapropiado! ¡Deja de decir tonterías!

Sin darle tiempo para más objeciones, Rokugo la levantó y la subió a su hombro como si fuera un saco de papas.

—¿Qué estás haciendo? ¡Bájame ahora! —gritó Tilis, forcejeando sin éxito.

—Lo siento, princesa, pero tu seguridad es mi prioridad. —Rokugo sonrió mientras caminaba hacia la puerta trasera del castillo.

La princesa, pidiendo ayuda, se dio cuenta de que nadie en el castillo la ayudaría. Con una mezcla de resignación y desesperación, se dio por vencida.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! —gritó la princesa Tilis, con una voz llena de desesperación.

—¡Rokugo! —exclamó ella, sin aliento——¡Rose y Grimm están en el campo de batalla! ¡Necesitan ayuda! Heine y Gadalkand las están aplastando, y yo... yo no pude hacer nada. Apenas notaron mi presencia. Soy una inútil.

Rokugo suspiró, cruzándose de brazos.

—No tienes que decirme algo que ya sé. Pero, ¿qué esperas que haga? No estoy exactamente en condiciones de jugar al héroe.

Snow apretó los puños, claramente desesperada.

. ¡Por favor! ¡Tienes que salvar a Rose.. y tambien a Grimm! ¡Están allá afuera enfrentándose al ejército de Heine y no podrán resistir por mucho tiempo!

Snow, dolida y desesperada, se dejó caer al suelo, con una expresión de derrota en su rostro.

—Entrené y me esforcé demasiado, y aun así, el enemigo apenas notó mi presencia —dijo Snow, con una voz llena de desesperación.

Rokugo, con el cargo de conciencia, subió al techo del castillo. No había tiempo para ir a por Rose y Grimm, pero las ayudaría a la distancia con el rifle de Alice.

—Alice, necesito que canjees un rifle de alta presicionle —dijo Rokugo, con una voz llena de determinación.

Rokugo, con una expresión de preocupación, se dio cuenta de que se había quedado sin puntos malos. Snow, al notar su situación, se ofreció a ser maltratada para que Rokugo pudiera obtener más puntos y usar sus poderosas armas.

—Si necesitas hacer algo que no me guste para nada... yo... —Snow respiró profundamente, sonrojada de vergüenza—. ¡Acaricia mis senos o hazme cualquier cosa que quieras!

Rokugo arqueó una ceja, y una sonrisa socarrona apareció en su rostro.

—¿Lo que sea, eh? —Con un movimiento rápido, le arrancó el calzón a Snow, quien gritó sorprendida, pero aceptó su humillación en silencio, decidida a cumplir su promesa.

Con la cantidad de puntos malos obtenidos de esa "interacción", Rokugo rápidamente canjeó un poderoso rifle de largo alcance. Acompañado por la princesa y Snow, se dirigió a una ventana en lo alto del castillo desde donde tenía una vista clara del campo de batalla. Apuntó el rifle con precisión hacia los golems del ejército enemigo y, uno por uno, los fue destruyendo desde la seguridad de la torre.

Alice, con una expresión de concentración, le entregó el rifle.

—Aquí tienes, Rokugo. Mi vision es perfecta, yo apunte, tu dispara —dijo Alice, con una voz calmada.

Rokugo, con una mirada decidida, apuntó hacia el campo de batalla. Rose y Grimm, luchando valientemente, se encontraban rodeadas por el ejército de Heine. Rokugo, con precisión, comenzó a disparar, eliminando a los enemigos que se acercaban a ellas.

Alice lo cargó y explicó:

—Este rifle dispara balas que contienen minigranadas diseñadas para atravesar el endurecimiento y explotar al incrustarse en la nuca. Solo necesito una ubicación segura para disparar.

Rokugo asintió, señalando la torre del castillo.

—Dispara desde ahí. Yo me encargo de cubrir la retirada.

—¡Rose, Grimm, aguantad! —gritó Rokugo, con una voz llena de determinación.

Rose y Grimm, al ver a su enemigo cayendo

se llenaron de esperanza. Con renovada energía, continuaron luchando, aprovechando la cobertura que Rokugo les proporcionaba.

—¡Capitan, gracias! —gritó Rose, con una voz llena de gratitud.

Grimm, con una sonrisa de alivio, añadió:

—¡No moriré hoy, Capitan! —dijo Grimm, con una voz llena de determinación.

BANG. Un Titan golem cayó al suelo, cuando la bala le destrozo el nervio de la nuca atravesando su cuello. BANG. Otro titan caeria al suelo. Los soldados del ejército de Heine comenzaron a entrar en pánico ante la repentina pérdida de sus unidades de apoyo, mientras buscaban la fuente de los disparos.

—¿Qué rayos está pasando? —murmuró Heine, quien estaba observando la situación desde las líneas traseras del ejército.

En el campo de batalla, Heine observó las explosiones con furia. Al darse cuenta de que los disparos provenían de la torre del castillo, gritó.

—¡Malditos! ¡Están disparando desde el castillo! ¡Gadalkand, sígueme! ¡Vamos a destruirlos!

Montando su grifo, Heine se dirigió hacia el castillo, seguida por los demonios que podían volar, incluido Gadalkand. La batalla ahora se acercaba peligrosamente al refugio de la princesa y los demás.

Rokugo, viendo la nueva amenaza, sonrió.

—Bueno, parece que nos hemos ganado toda su atención. Será divertido.

Mientras los demonios voladores, liderados por Heine y Gadalkand, se dirigían al castillo, Rokugo ajustó su brazalete y miró hacia su motosierra circular, su arma favorita.

—Es hora de que esta belleza vuelva a brillar, —dijo con una sonrisa. Activó el modo SIN LIMITES de su traje y salió al encuentro de los enemigos.

Al llegar al campo de batalla, Rokugo rugió mientras encendía la motosierra, la hoja vibratoria emitiendo un sonido ensordecedor. Sin dudarlo, se lanzó al combate, cortando a los demonios uno tras otro en un frenesí caótico. Gadalkand intentó detenerlo, pero Rokugo lo esquivó con velocidad sobrehumana

Desde su escondite, Snow observaba en estado de shock cómo Rokugo masacraba a los demonios. Por un momento, pensó que ella y la princesa también iban a morir en ese caos.

—¿Va a... matarnos también? —preguntó Snow con un hilo de voz.

La princesa Tilis, pálida de miedo, murmuró.

—Espero que no... pero no estoy segura.

Cuando todo se calmó, Snow y la princesa salieron de su escondite. Ambas estaban furiosas.

—¡Con esa motosierra pudiste habernos matado también! —gritó Snow.

La princesa asintió, todavía pálida.

—¡Es completamente irresponsable usar un arma tan peligrosa cerca de nosotras!

Rokugo, recuperando el aliento, sonrió con suficiencia.

—Relájense. Como ya dije, no mato mujeres. Estaban a salvo todo el tiempo.

Snow bufó, claramente frustrada.

—¡Eso no hace que sea menos aterrador!

La demonio morena, atónita y furiosa, lo miraba con incredulidad.

—¡Maldito! ¿¡Qué clase de humano eres tú!? —rugió Heine, aún sorprendida por el nivel de habilidad de Rokugo.

Sin embargo, tras unos minutos de combate, Rokugo comenzó a tambalearse. El efecto del modo SIN LIMITES había llegado a su fin, dejándolo inmóvil por el agotamiento.

—Vamos a hacer una tregua, Heine. Te doy un mes para retirarte y reorganizar tus fuerzas. Pero después de eso... prepárate para lo peor.

Heine, sin muchas opciones, aceptó la tregua, mirándolo con odio antes de retirarse junto con sus fuerzas. La batalla había terminado, al menos por ahora. Alice escoltaba a la princesa a su habitación para que se recuperara, Snow se quedó con Rokugo. Su expresión era una mezcla de alivio y enojo.

Con la adrenalina de la batalla todavía fluyendo, Snow se acercó a Rokugo, su rostro lleno de emoción y agradecimiento.

—No puedo creerlo, pero... gracias por salvarnos, —dijo Snow, mirando hacia otro lado.

Rokugo levantó una ceja, sorprendido.

—¿Eso fue un agradecimiento? ¿De verdad lo dijo la orgullosa Snow?

—Rokugo... yo... —titubeó, y antes de poder contenerse, se lanzó hacia él, besándolo apasionadamente. La emoción de la victoria y el alivio se habían apoderado de ella.

—¡Es lo menos que puedo hacer! —dijo Snow, cruzándose de brazos.

Rokugo, recuperando su típica actitud, sonrió con ironía.

—Snow, no voy a mentir. Eres sexy, pero no te veo como una posible pareja romántica. Como mucho, te consideraría una aventura de una noche.

Las palabras de Rokugo hicieron que Snow se sonrojara de furia.

—¡¿Cómo te atreves a decir algo así?! —gritó, sacando su espada con intención de matarlo.

Rokugo, todavía débil por el modo SIN LIMITES, levantó las manos en señal de rendición.

—¡Hey, hey! ¡No tienes que matarme por ser honesto!

A pesar de su enojo, Snow retrocedió, claramente frustrada pero incapaz de atacarlo en serio.

—¡Eres un idiota, Rokugo! —exclamó antes de salir de la habitación, dejando a Rokugo sonriendo como si nada hubiera pasado. 

 

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