¿Que paso con la tierra de Attack on titan en el fanfic de Eren e Historia en Konosuba?

Aqua regresó al Más Allá esperando silencio, orden y su escritorio exactamente como lo había dejado: ordenado, ligeramente abarrotado de papeleo divino y con un ligero olor a incienso y vino derramado.En cambio, encontró caos.Su oficina había desaparecido. En su lugar se alzaba una enorme cámara de obsidiana iluminada por orbes flotantes de llama violeta. Dos mujeres estaban sentadas en lo que *había* sido su escritorio: una pálida como un hueso con ojos como estrellas moribundas, la otra envuelta en relojes de arena cambiantes, con el cabello tejido con hebras del mismísimo tiempo.La primera mujer levantó la vista. "Ah. La ausente regresa".Aqua se quedó boquiabierta. "¿Quién demonios eres?"."Soy Zenarith", dijo la mujer pálida con frialdad, "Señora de los No Muertos y la Calamidad". Señaló a la otra. "Y ella es Chronia, Guardiana del Tiempo".Chronia asintió sin sonreír. Llevas dos años fuera de Konosuba. Son cuarenta años aquí. Necesitábamos a alguien que gestionara tu cartera. Y lo hicimos.El rostro de Aqua se retorció de horror. "¡¿Mi cartera?! ¡Ese es *mi* mundo! ¡Mis creyentes! Mi...""¿Tu escritorio?", interrumpió Zenarith, arqueando una ceja. "Se fue. Lo reutilizamos. En serio, Aqua, ¿tienes idea de cuántas almas se quedaron sin guía mientras jugabas a las casitas con un titán?"Aqua avanzó con paso firme, con los puños apretados. "¡NO! ¡NO, NO, NO! ¡Es *mi* jurisdicción! No puedes simplemente..."Chronia levantó una mano. "No jodas, Aqua. Desapareciste. Las almas se acumulaban. Estallaron guerras. Tuvimos que intervenir"."¿Dónde están mis cosas?", preguntó Aqua con la voz entrecortada. "¿Mis pergaminos? ¿Mi registro de seguidores? ¿Mi colección de vinos sagrados?"Zenarith se encogió de hombros. "Ni idea".Aqua quiso gritar. En cambio, apretó los dientes. "Bien. He vuelto. Entrégame mi mundo".Pero al revisar los registros, se le heló la sangre.El mundo de Ataque a los Titanes, antes verde, lleno de cicatrices pero vivo, ahora era un páramo desértico. No de titanes. De *guerra*.Elfos, demonios y criaturas fantásticas habían cruzado durante las grietas dimensionales causadas por el Retumbar de Eren. Habían forjado reinos de las ruinas. Y contra ellos se alzaba Hiiragi, una facción humana hipertecnológica que blandía mecas y espadas de energía, descendientes de científicos marleyanos que habían sobrevivido al cataclismo.¿Peor?Ya nadie la veneraba.Sus templos eran escombros. Su nombre estaba olvidado. La gente rezaba a los señores de la guerra, a los dioses-máquina, al tictac de los relojes de Chronia. Aqua se giró hacia las dos diosas. "¡¿Dejaron que esto pasara?!"Zenarith no se inmutó. "No era nuestro trabajo. ¿Y en serio? Su mundo siempre fue un trabajo secundario. Horas extras sin pagar. Lo tratábamos como al maldito mar, lo dejábamos agitarse."Aqua se desplomó en una silla, con la cabeza entre las manos. "Me llevará meses, *meses*, arreglar esto."Chronia suspiró. "Entonces, empieza. Pero recuerda: todavía debes tu mes en Konosuba. Todos los años. Como un reloj."Y así comenzó la nueva rutina de Aqua.Cada "día" en el Más Allá significaba que pasaba un año entero en Konosuba. Y cada año, sin falta, regresaba para su mes de "vacaciones": la proximidad forzada con Eren, ahora viejo y callado, y Zell, que apenas le hablaba, con Mikasa aún de luto, aún resentida.Llegaría con arena en las botas y desesperación en el corazón, interpretaría el papel de la madre alegre para las cartas de Moon, soportaría el frío silencio de Zell y dormiría en la habitación que aún olía ligeramente a las hierbas de Mikasa.Luego, de vuelta al páramo. De vuelta a reconstruir la fe en un mundo que ya no recordaba su nombre.Volvía a ser una diosa.Pero por primera vez, la divinidad se sentía como un exilio.


Aqua regresó al desolado cascarón de su antigua jurisdicción: el mundo antaño conocido como Paradis, ahora un páramo abrasador atrapado en el fuego cruzado entre la facción humana hipertecnológica de Hiiragi y una marea invasora de demonios, elfos y señores de la guerra nacidos en la fantasía.Zenarith y Chronia ni siquiera habían desempacado. Habían creado un modesto rincón de la oficina celestial —apenas espacio para dos tronos de obsidiana y un libro de contabilidad flotante— y habían dejado que el resto se pudriera. "No es nuestro problema", había dicho Zenarith encogiéndose de hombros. "Has vuelto. Es tu problema".Y Aqua lo tomó como un permiso.Ella no manejaba el agua allí. En realidad, no. Como supervisora ​​planetaria designada —un rol que nunca había abandonado del todo, solo descuidado—, ejercía un sutil dominio sobre la causalidad misma: el silencioso empujón que convertía el rumor en verdad, la creencia en realidad, la fe en poder.Así que empezó a *corregir* la narrativa. Primero, Zenarith.Aqua susurró entre las ruinas: *"¿La llamada 'Dama de la Calamidad'? Un fraude. Un embaucador malévolo que se alimenta de la desesperación. Y ni siquiera es una mujer; se esconde tras una apariencia femenina".* Convirtió cada milagro que Zenarith intentaba en algo grotesco: una tormenta se convirtió en lluvia ácida; una resurrección, una reanimación de carne sin alma. En cuestión de meses, el nombre de Zenarith fue escupido como una maldición. Los templos destinados a ella fueron profanados. Sus pocos seguidores huyeron o se convirtieron.Y luego Chronia.Aqua no luchó contra ella. La borró. No de la existencia, sino de la memoria. Una a una, las oraciones al Guardián del Tiempo se disolvieron en el silencio. Solo un enclave disperso de elfos que habitaban en el bosque aún susurraba su nombre al amanecer; sus antiguos ritos eran demasiado obstinados como para desvanecerse. El resto olvidó que alguna vez estuvo allí.Con la competencia neutralizada, Aqua centró su atención en el equilibrio.Las máquinas de guerra de Hiiragi —relucientes titanes de acero y plasma— fueron los verdaderos artífices de la desertificación. Su "Topo Titanificado" se escondía bajo los continentes, absorbiendo energía geotérmica y colapsando ecosistemas. Aqua no podía detenerlo directamente, pero sí podía inspirar resistencia.Se apareció en sueños a un ingeniero solitario en la desmoronada ciudad de Grace, la nueva capital real construida sobre las cenizas de Shiganshina. Mientras dormía, le mostró los planos: un lagarto biomecánico, forjado con tecnología recuperada de Hiiragi y alimentado por luz solar cristalizada. "Llámalo *Sauronix*", susurró. "Que cace al Topo".Se despertó temblando y lo construyó.El primer choque sacudió las dunas. Sauronix, ágil y con energía solar, acosó al Topo, obligándolo a hundirse más profundamente y ralentizando su consumo. Los bosques comenzaron a rebrotar a su paso: pinos, luego robles, y luego ríos repoblados de peces cautelosos.Pero Aqua observaba desde su trono improvisado, sombría.A este ritmo, la restauración tardaría siglos.Aun así, era un comienzo.Derramó su influencia divina sobre la corte real de Grace, susurrando a los sacerdotes que «la Dama Azul» había regresado, no como un mito lejano, sino como protectora del antiguo linaje. Lenta y cautelosamente, los santuarios de Aqua reaparecieron en los patios del palacio. Los niños recibieron su nombre. La esperanza, frágil pero real, echó raíces.Y muy por debajo de las olas, la élite de Hiiragi se retiró a su último bastión: una colosal ciudad submarina, huyendo tanto de las hordas de demonios como de la tierra que ahora los rechazaba.Aqua lo permitió.No fue misericordiosa. Fue estratégica.Que se escondieran. Que los elfos olvidaran el tiempo. Que Zenarith rugiera en la oscuridad.Este mundo volvía a ser suyo.Y esta vez, no lo dejaría arder.


Los días de Aqua en el Más Allá habían adoptado un ritmo sombrío: un "día" celestial aquí significaba pasar un año entero en Konosuba y décadas en el mundo en ruinas que una vez fue Paradis.Desde su estrecho rincón del despacho divino, aún abarrotado de pergaminos desechados de Zenarith y relojes de arena medio derretidos de Chronia, Aqua vigilaba su antiguo dominio a través de lentes espectrales. Lo que vio le heló la sangre más que cualquier río que hubiera purificado.Hiiragi no solo había sobrevivido. Había *evolucionado*.Utilizando investigaciones marleyanas recuperadas (archivos que el propio Eren había quemado), los científicos de Hiiragi habían desarrollado suero Titán mediante ingeniería inversa. Pero no inyectaban humanos. Convirtieron bestias en armas.Los **perros-Titán** patrullaban los páramos irradiados, con mandíbulas tan anchas como para tragarse un caballo. Los **Titanes-Cangrejo**, con armadura de caparazón de endurecimiento, se escabullían por pantanos envenenados. **Titanes Serpiente** se deslizaban bajo las dunas, sus silbidos resonaban como ciudades derrumbándose. Ni siquiera las mascotas se salvaban: **Titanes del tamaño de un gato** acechaban entre las ruinas, con ojos brillantes de inteligencia salvaje.Pero peor era el **Limo de Petróleo**.Un horror consciente y viscoso, nacido de la fusión de alquimia y contaminación de Hiiragi, no consumía carne, sino *el agua misma*. Los ríos desaparecieron de la noche a la mañana. Los pozos se convirtieron en polvo. La tierra, ya marcada por el Retumbar, ahora moría de sed.Aqua actuó con rapidez.Usando su sutil dominio sobre la causalidad —el suave empujón que solo una supervisora ​​planetaria podía ejercer—, susurró en los sueños de la corte real de Grace. Les mostró antiguos ritos de sellado eldianos, adaptados para esta nueva era. Y obedecieron.Bajo los salones de mármol de lo que una vez fue Shiganshina, el Limo de Aceite estaba sepultado en basalto encantado. Aún latía. Aún ansiaba. Pero su propagación se ralentizó, pasando de devorar un oasis en horas a meses.¿El precio? El sello requería oración constante. Y solo una ciudad aún lo veneraba fielmente: **Grace**, gobernada por los descendientes de la primera hija de Historia, la hija que había tenido con un granjero antes de su primera muerte en Marley. Su linaje recordaba. Su fe se mantenía.Para protegerlos, Aqua desvió la atención del **Rey de la Arena**, el Topo Titanificado que había desertificado continentes. Infundió rumores entre los espías Hiiragi: *Grace atesora agua*. La bestia desvió su hambre hacia otra parte, excavando hacia falsos oasis, dejando a Grace intacta.---Mientras tanto, el Más Allá cambió.Zenarith, siempre oportunista, había reescrito las reglas de la muerte misma.Declaró el **Festival de los No Muertos**: tres días cada año en los que las almas podían regresar al reino mortal, no como fantasmas, sino como espíritus que poseían efigies de peluche creadas por los dolientes. Las familias lloraban mientras lobos, pájaros o muñecos disecados hablaban con las voces de sus seres queridos perdidos.Peor aún, por una ofrenda digna —toda una vida de devoción, una reliquia de poder, el juramento de un alma— Zenarith **restauraba un cuerpo** y reconectaba el alma con él. La resurrección, que ya no era el milagro de Aqua, se convirtió en la transacción de Zenarith.Aqua hervía de ira.Usó su influencia para torcer el destino en contra del culto de Zenarith. Las cosechas fracasaron cerca de sus templos. Las profecías fallaron. Los seguidores se extraviaron. Sus propios celos —agudos, mezquinos, muy humanos— empujaron la realidad como una piedra en un arroyo, desviando la creencia de Zenarith y devolviéndola a la Dama Azul.Pero Zenarith solo rió. "Quédate con tu pequeño planeta, Aqua", había dicho una vez, mientras pulía distraídamente un relicario con forma de calavera. "Mis verdaderos seguidores están en **Xylos Prime**, un mundo de ceniza y huesos cantores. ¿Este lugar? Es un proyecto secundario. Un pasatiempo".Aqua se dio cuenta entonces: a Zenarith no le importaba Paradis. Nunca le había importado.Y esa indiferencia le dolía más que cualquier rivalidad.Así que Aqua trabajó más duro. No por la gloria. No por la adoración.Sino por la niña que aún le escribía cartas desde Arcanretia.Por la ciudad que rezaba en su nombre.Por el mundo destrozado que, contra todo pronóstico, aún tenía esperanza.Volvía a ser una diosa.Y esta vez, no dejaría que ardiera.


En la oficina celestial —ahora un espacio compartido y tenso entre Aqua y sus colegas no deseados— el aire crepitaba con una rivalidad silenciosa.Zenarith, siempre oportunista, llevaba tiempo aburrida de gestionar la desolada cáscara de Paradis. Pero entonces la vio a *ella*: una chica de dieciséis años, de cabello rojo fuego y ojos ámbar, arrodillada entre las cenizas de un templo en ruinas, llorando sobre una carta de su amor de la infancia, un chico que se había casado con otra para asegurar la ruta comercial de su familia.Se llamaba **Grimm**.Zenarith observó cómo el dolor de la chica se convertía en algo más agudo: determinación. Perfecta.En cuestión de semanas, Grimm buscó el santuario más cercano al "Señor de los No Muertos": un altar de piedra desmoronado escondido en una cueva, atendido por tres seguidores harapientos que apenas reunían suficiente dinero para el incienso. Le ofrecieron poder: el derecho a maldecir en nombre de Zenarith y, en caso de morir, la promesa de regresar, siempre que su cuerpo fuera colocado en el altar y se dejara una ofrenda.Grimm aceptó.Durante un año, sirvió en silencio: barriendo polvo, encendiendo velas, susurrando juramentos a un dios que creía masculino, moldeado por los rumores que Aqua había sembrado. Nunca lo cuestionó. Para ella, Zenarith era una figura paterna severa y distante, vengativa.Entonces llegó el fuego.Una patrulla de exploradores Hiiragi, que cazaba bestias titánicas, confundió la cueva con un escondite rebelde. Se usaron explosivos. El altar se hizo añicos. Grimm murió protegiendo la última reliquia: una daga de obsidiana astillada.Sus seguidores, desesperados y pobres, arrastraron su cuerpo de vuelta a las ruinas. Con su última moneda de plata, la depositaron sobre la piedra rota y dejaron la daga como ofrenda.Y Zenarith respondió.No con resurrección.Sino con *reanimación*.Grimm despertó —fría, intacta, con el alma atada, el corazón quieto— pero no *viva*. Ningún aliento empañaba el aire. Ningún pulso latía en su garganta. Era un recipiente, preservada, animada por un contrato divino, no por la vida.Cuando Aqua descubrió esto, irrumpió en la cámara celestial, con el bastón encendido."¡Esto es trampa!", gritó, señalando a Zenarith. "¡Estás reviviendo a tus seguidores! ¡Eso va contra las reglas!"Zenarith no levantó la vista de su libro de contabilidad. "No estoy *reviviendo* a nadie", dijo con frialdad. "Estoy reanimando cadáveres. Hay una diferencia. El alma regresa, sí, pero el cuerpo no está vivo. Es una marioneta con recuerdos. Un vacío legal, no una violación".Aqua se enfureció. "¡Eso es monstruoso!""Eficiente", corrigió Zenarith. Y, francamente, necesario. Tu sabotaje hizo que mi culto perdiera atractivo. Tenía que ofrecer *algo* para retener reclutas.Grimm, ahora de pie en silencio en un rincón —pálida, firme, con los ojos llenos de propósito—, no dijo nada. No sabía que no estaba realmente viva. Solo sabía que podría volver a caminar. Volver a hablar. Y un día... encontrar al hombre que la abandonó.Y maldecirlo.Aqua se dio la vuelta, asqueada. Esto no era fe. Era nigromancia disfrazada de plegaria.Pero peor aún, no podía detenerlo.Porque Zenarith tenía razón.No iba contra las reglas.Simplemente era... cruel.Y en el juego de los dioses, la crueldad solía ganar.Al principio, todo parecía normal.Grimm despertó en la cueva con el cuerpo intacto, el alma en su lugar, y una extraña calma en el pecho. No recordaba la muerte con claridad—solo el calor del fuego, el grito de sus compañeros, y luego... oscuridad. Ahora estaba de vuelta. Viva. O eso creía.Pero pronto notó las diferencias.La luz del sol le quemaba los ojos como agujas. Dormía durante el día, inquieta y somnolienta, pero al caer la noche, su mente se agudizaba, su cuerpo se llenaba de una energía fría y constante. Al principio, lo vio como una bendición: "Soy más fuerte en la oscuridad. Perfecto para servir a Zenarith."Con el tiempo, sin embargo, los detalles se volvieron inquietantes.Su piel nunca se bronceaba. Siempre pálida, siempre fría al tacto, como mármol envuelto en seda. Nunca se enfermaba. Ni fiebre, ni tos, ni siquiera un resfriado de invierno. Su cabello rojo ya no crecía. Sus uñas tampoco. Y su ciclo... había desaparecido por completo.Una tarde, mientras ayudaba a preparar ofrendas en el templo subterráneo, uno de los seguidores más antiguos—un hombre de ojos hundidos y voz rasposa—le dijo sin malicia: "No te preocupes por el pan, Grimm. Tú no necesitas comer como los vivos."Ella parpadeó. "¿Como los vivos?"Él sonrió, triste. "Tú ya no lo eres."Grimm rió nerviosa. Hasta que preguntó la edad de los demás.Uno tenía 312 años. Otro, 487. La mujer que tejía velas llevaba siglos cuidando el altar. Todos habían "regresado", como ella. Pero ninguno mencionaba el nombre de la muerte. Solo decían: *"Servimos a Zenarith. Eso es suficiente."*Grimm miró sus manos. Palideció aún más.Fue entonces que lo entendió.No estaba viva.Su corazón no latía. No respiraba, aunque fingía hacerlo. Sentía dolor, sí—cuando se cortaba, sangraba, gritaba—pero era una ilusión mantenida por el contrato divino. Su cuerpo era un cadáver perfectamente conservado, animado por la voluntad de Zenarith y sellado con una ofrenda que ya no podía deshacerse.Entró en pánico.Corrió al altar, suplicó salir, renunciar, devolver el don. Los otros seguidores no se opusieron. Nadie la detuvo. Pero cuando intentó cruzar el umbral del templo al amanecer, su piel empezó a humear. El sol no la quemaba... la *rechazaba*.Volvió a la cueva llorando.Durante días, se negó a hablar, a moverse. Se sentía traicionada, usada. Había buscado venganza, poder, un propósito... y en cambio, había vendido su existencia por un cuerpo que ya no le pertenecía.Pero poco a poco, entre el silencio y la desesperanza, algo cambió.Un niño del pueblo cayó al río helado. Grimm saltó sin pensarlo, lo sacó con fuerza sobrehumana, lo abrazó hasta que dejó de temblar. El niño, al tocarla, no sintió miedo. Solo alivio."Gracias, señora fantasma," le dijo, sonriendo.Y en ese momento, Grimm comprendió.No era viva. Pero tampoco era nada.Era *algo nuevo*. Y si no podía ser humana... al menos sería útil.Aceptó su destino no con alegría, sino con resignación firme. Desde entonces, sirvió a Zenarith no por fe, sino por deber. Honraría a la Dama de la No Muerte... porque ya no tenía otro lugar al que volver.


Aqua se desplomó en su silla celestial, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, observando las visiones parpadeantes de la vida de Grimm a través del estanque divino de adivinación. La chica —ahora un remanso del culto de Zenarith— pasaba sus días en el húmedo altar de la cueva, atendiendo velas, susurrando maldiciones a cambio de monedas, estremeciéndose ante la luz del sol. Su existencia era gris, silenciosa y completamente triste.*Uf. El drama mortal es tan aburrido cuando no es mío*, pensó Aqua, reprimiendo un bostezo.En ese momento, apareció la puerta reluciente: la que Eris había tejido en el Más Allá, la que conducía directamente a Konosuba, a Eren, a Zell.Aqua se puso de pie, estirándose. "Me voy de vacaciones", anunció, sin siquiera mirar a sus colegas.Zenarith no levantó la vista de su libro de contratos de no-muertos. Chronia simplemente giró un reloj de arena con un suspiro."Adelante", dijo Zenarith secamente. "No rompas nada".Aqua entró.Para ella, pasaron treinta días.Regresó bronceada, un poco agotada, con el pelo enredado por el viento y el viaje, con un ligero olor a fogata y aceite de bebé. Se dejó caer en su asiento con un gruñido."Te juro que estar casada con un hombre de sesenta años es agotador", se quejó, quitándose las sandalias. "Se mueve como una tortuga, duerme la siesta después de comer y no para de llamarme 'jovencita' como si fuera una tabernera. ¡No es justo! ¿Cómo se comportan las mortales con esto?"Zenarith y Chronia intercambiaron una mirada.Luego se echaron a reír."Ay, Aqua", rió Chronia, secándose una lágrima. "Estás *así de* mortal tú también".Aqua se puso rígida. "¿Qué se supone que significa eso?"Zenarith sonrió con suficiencia, haciendo girar una pluma de hueso. "Todo el mundo lo sabe. Presentaste la solicitud a Eris: 'Solicitud de Acceso a los Dos Reinos Basada en Vínculos Familiares'". Se inclinó hacia delante con un brillo en los ojos. "Citaste tu matrimonio. Tu hijo. Tus *apegos mortales*. Básicamente te declaraste mitad humana en la corte celestial".El rostro de Aqua palideció. "¡¿Eris te lo dijo?!""Nadie tenía que decírnoslo", dijo Chronia con suavidad. "La solicitud es de dominio público. Ahora eres prácticamente ciudadana de ambos mundos".Aqua se arrodilló, llevándose las manos a la cara. "No, no, no... ¡Soy una diosa! ¡Un ser divino! ¡No puedo ser... domesticada!"Zenarith le dio unas palmaditas en la cabeza como una tía condescendiente. "Tranquila. Solo significa que tienes el corazón partido. ¿Y en serio? Te sienta bien".Aqua gimió entre sus palmas.Mientras se revolcaba, la mirada de Zenarith volvió al estanque de adivinación y se congeló.En las ruinas de lo que una vez fue un puesto de investigación marleyano —ahora llamado "laboratorio" por la gente de Grace—, exploradores con librea real habían descubierto algo extraño: una cápsula de estasis, agrietada y antigua. Dentro, una niña con ojos desiguales —ámbar y violeta— flotaba en un fluido ámbar.Su nombre, grabado en el cristal: **ROSA**.La despertaron.Solo recordaba fragmentos: una voz amable que la llamaba "pequeña rosa", unas manos que le ajustaban las vías intravenosas, un rostro arrugado al que llamaba "Abuelo". Había muerto en un destello de luz: un experimento fallido, una brecha de contención, un grito interrumpido.Los exploradores la llevaron ante el Rey de Grace.Él sonrió cálidamente y prometió descifrar los diarios de su abuelo, descubrir sus secretos y darle un propósito.Pero en las calles, los susurros la seguían.*"Quimera."**"Abominación."**"Monstruo."*Los niños lanzaban piedras. Los comerciantes cerraban sus puertas. Incluso los sacerdotes de la nueva fe real cruzaban la calle para evitar su sombra.Rose caminaba sola por la ciudad que decía protegerla: sus ojos desparejados, bajos, su vestido prestado demasiado grande, su corazón apesadumbrado por un dolor que no podía nombrar.Y en lo alto, en los silenciosos pasillos del Más Allá, Aqua finalmente levantó la vista."¿Quién es?", preguntó, frunciendo el ceño a la pantalla.La sonrisa de Zenarith se desvaneció. "Eso, querida, es un problema."Aqua suspiró. "Por supuesto que lo es."En la ciudad de Grace—antes Paradis, ahora un bastión de humanidad rodeado por muros de cristal reforzado—la vida era dura, pero ordenada. Casi.Casi, porque **Rose** no encajaba.La niña quimera, con ojos desparejos y piel que brillaba bajo la luna como escamas húmedas, vagaba por los callejones traseros del mercado, husmeando entre restos de comida, huesos podridos, incluso insectos secos. Tenía hambre... *siempre*. No era capricho. Era una necesidad biológica mal diseñada: su cuerpo, alterado por experimentos fallidos, quemaba energía como una forja abierta.Una vez, osó cruzar el Muro Exterior. Encontró un **Titán-perro**, pequeño pero feroz. Lo mató con una piedra afilada y sus propias garras. Pero al caer, su carne se evaporó al instante, dejando solo vapor y un charco de líquido espinal que, por milagro, permaneció líquido durante horas. Rose lo bebió con avidez. Le supo a ceniza... pero calmó el vacío, aunque fuera por un rato.En la ciudad, la miraban como a una plaga.Y **Grimm**, la sacerdotisa de Zenarith—pálida, fría, eternamente despierta—la miraba peor que todos.No por miedo. Por envidia.Grimm también era un monstruo. Un cadáver que caminaba, que sentía, que amaba... pero que ya no *vivía*. Y Rose, por más aberrante que fuera, aún respiraba. Aún sangraba. Aún *comía*.Un mediodía, Grimm comía sola en los escalones del templo subterráneo, su almuerzo envuelto en papel encerado. Rose se acercó, temblando, sucia, con los ojos hundidos de hambre.Sin decir palabra, le tendió una flor silvestre—una rosa real, crecida entre las grietas del desierto.Grimm la miró. Luego miró su comida.Sabía que Rose no necesitaba pan. Que su metabolismo la obligaba a ingerir cualquier cosa para sobrevivir. Pero también vio el miedo en sus ojos—el terror de ser golpeada, expulsada, quemada.Así que, en silencio, le entregó su almuerzo.Rose lo agarró, se lo metió en la boca con el papel y todo, y salió corriendo como si el infierno la persiguiera.Grimm no la detuvo. Solo observó cómo la niña desaparecía en un callejón, y por primera vez en meses, no se sintió tan sola.---Mientras tanto, en el Más Allá, Aqua se desesperaba.Meses habían pasado. El planeta seguía seco. Los bosques regresaban a cuentagotas. Morino, el lagarto robot guardian del bosque, mantenia a raya al Rey de Arena... pero era como intentar llenar un océano con una cuchara.Ella quería ver verde. Quería oír ríos. Quería que su mundo *sanara*.Pero nadie la escuchaba.Así que, en un arrebato de frustración divina, usó su influencia sutil sobre la causalidad.Hizo que el **Topo Titán**—el Rey de Arena—cambiara de rumbo. No hacia los yermos, no hacia las ruinas... sino hacia el **Reino Demoníaco de Mehlmehl**, una tierra fértil gobernada por señores demonios que comerciaban con magia antigua y criaturas elementales.El Topo cavó. Bebió los ríos subterráneos. Secó los campos. En días, el reino de Mehlmehl se convirtió en polvo.Lord Mehlmehl, furioso, exigió justicia. Cuando descubrió que el ataque venía desde **Grace**—porque el Topo había sido visto cerca de sus murallas—no dudó.**Declaró la guerra.** "¡Grace nos roba el agua! ¡Invadiremos sus tierras antes de que nos sequen por completo!"Los ejércitos demoníacos marcharon. Bestias aladas, hechiceros con colmillos de obsidiana, legiones de esqueletos vivientes... todos apuntaban a la última ciudad humana con algo de humedad en sus suelos.Y Aqua, desde su oficina celestial, solo suspiró."No fue mi culpa," murmuró, mientras revisaba otro informe. "Fue... un chiste."Pero en Grace, no había risas.Solo miedo.Y dos chicas marginadas—una muerta, otra mutante—compartiendo migajas en la sombra, sin saber que pronto tendrían que elegir: huir... o luchar por un mundo que nunca las quiso.


La guerra había estallado en los bordes del mundo.Desde las murallas de Grace, el ejército humano observaba con impotencia cómo los **Titanes-animales**—perros, cangrejos, serpientes del tamaño de torres—patrullaban el desierto como una barrera viviente. No atacaban a los humanos... pero tampoco los dejaban salir. Eran una jaula hecha de carne y furia, diseñada por Hiiragi para mantener a Grace aislado... y vulnerable.Mientras tanto, desde el este, las legiones del **Rey Demonio Mehlmehl** avanzaban, sedientas de tierra fértil. Y entre ambos frentes, Grace se asfixiaba.Fue entonces que los reclutadores llegaron.Sacerdotes de Zenarith, civiles desesperados, incluso niños mayores de doce años fueron convocados al frente. Entre ellos: **Grimm**, la sacerdotisa reanimada, y **Rose**, la quimera huérfana, ambas marcadas por el rechazo, ambas sin hogar verdadero.Se suponía que recibirían entrenamiento: uso básico del equipo de maniobras tridimensionales, monta de caballo, tácticas de escuadrón. Pero los instructores—hombres curtidos por años de batallas fallidas—miraron a Grimm con sus ojos amarillos inhumanos, a Rose con su piel escamosa y su silencio roto—y negaron con la cabeza."A la maldita sea," dijo uno, arrojando los arneses al suelo. "No perdamos tiempo. Que vayan a la línea. Si sobreviven, bien. Si no... al menos sirven de carnada."Grimm apretó los dientes. Rose bajó la mirada, acostumbrada.En el campo de batalla, Grimm descubrió algo extraño: los Titanes no la veían. No la olfateaban. No la perseguían. Al principio, lo celebró."¡Puedo acercarme! ¡Puedo ayudar a los heridos!" gritó, corriendo entre las piernas de un Titán-perro mientras soldados caían a su alrededor.Intentó usar su don: **la maldición de Zenarith**. Invocó palabras antiguas, lanzó runas de condenación al aire, apuntando al corazón de un Titán-serpiente.Nada.Las maldiciones rebotaron como piedras contra vidrio."¡No funcionan!" chilló, desesperada, mientras un compañero era devorado por un Titán-cangrejo. "¡No entienden el lenguaje! ¡No tienen conciencia!"Rose, escondida tras un montículo de escombros, observaba. Ella tampoco era atacada. Los Titanes la ignoraban, como si no fuera más que una sombra.Pero los demonios... ah, los demonios sí la veían. Y la temían. Su sangre quimérica los atraía como imán.Durante una retirada caótica, Grimm vio caer a tres sacerdotes de Zenarith—sus únicos compañeros que no la miraban con asco. Uno murió abrazando un relicario. Otro, cantando una oración rota. El tercero, llamando a su madre.El terror la paralizó.Entonces, una mano fría la tomó del brazo.Era Rose.No dijo nada. Solo la miró con esos ojos desparejos—uno humano, otro bestial—y en ese gesto, Grimm vio compasión pura. La única que había recibido en meses.Grimm tragó saliva, voz temblorosa. "Si... si muero... prométeme algo."Rose asintió."Llévame a la cueva del templo. Pon mi cuerpo en el altar. Y deja algo valioso... algo que yo habría querido. Una ofrenda. Así... así podré volver."Rose apretó su mano. No prometió con palabras. Lo hizo con la mirada.En ese instante, Grimm entendió: no era una ventaja ser invisible para los Titanes. Era una condena. Porque no podías salvar a nadie si ni siquiera te veían como amenaza... o como aliada.Y Rose, la abominación, la monstruo, era la única que la veía como persona.Mientras el cielo se teñía de humo y sangre, las dos chicas—una muerta, otra mutante—se prepararon para morir... o para renacer.La guerra no daba tregua.Cada día, los muros de Grace se teñían de sangre y ceniza. Los sacerdotes de Zenarith caían uno a uno— despedazados por las hordas demoníacas de Lord Mehlmehl. Grimm, con su piel fría y su alma atada al altar, sobrevivía... pero apenas.Cuando llegó la carta del frente norte, supo que sus padres—los comerciantes de lana que la criaron con cariño torpe pero sincero—habían muerto en un bombardeo. No hubo tiempo para duelo. Solo un funeral apresurado bajo una luna roja, y luego el testamento: tierras, una casa en ruinas, y una modesta fortuna en monedas selladas.Grimm lo vendió todo.Quería huir. Comprar un pasaje lejos de este infierno, vivir como una ermitaña en las montañas, olvidar las maldiciones, los altares, el frío eterno de su cuerpo no-vivo.Pero el decreto real fue claro: **todo ciudadano apto servirá hasta la victoria o la muerte.**Y así, Grimm volvió al frente.Fue en una tarde gris, mientras caminaba junto a Rose—la quimera silenciosa que ya no comía basura, sino que cazaba lagartos mutantes para ambos—cuando lo vio.Él.Su primer amor. El muchacho de ojos cálidos que juró amarla... y que se casó con otra para salvar el negocio familiar.Ahora era un hombre mayor, canoso, arrugado... pero ella lo reconoció al instante.Y a su lado, su esposa—la misma mujer—probándose un par de zapatos nuevos en un tenderete improvisado. Él le sonreía, pagaba con monedas contadas, orgulloso de su gesto.Algo en Grimm se rompió.Sin pensarlo, levantó las manos al cielo y gritó con voz quebrada:**"¡Oh, Señor Zenarith! ¡Maldice a esta mujer! ¡Que nunca más use zapatos en su vida!"**El aire se estremeció.Por un segundo, nada ocurrió.Luego—dolor.Un fuego líquido le subió desde el estómago hasta la garganta. Su piel enrojeció como brasas. Sus venas brillaron negras bajo la epidermis.**¡BOOM!**Grimm explotó en una nube de humo y fragmentos.---En el Más Allá, frente al trono de hueso y sombra, Grimm despertó.Zenarith la miraba, ceño fruncido, brazos cruzados."¿Otra vez?" preguntó la diosa, exasperada.Grimm parpadeó, confundida. "¿Señor... Zenarith?"Zenarith suspiró. "Soy mujer.""¡No puede ser!" Grimm negó con la cabeza. "¡Los rumores dicen que eres un dios varón, severo y justo!""Los rumores están equivocados," dijo Zenarith con sequedad. "Y tú acabas de aprender por qué."Antes de que Grimm pudiera protestar, la diosa continuó: "Tu maldición rebotó. No tenías derecho a invocarla contra un inocente sin causa justa. Ahora, aunque te reviva, *tú* cargarás con la maldición. Si usas calzado... explotarás."Grimm no la creyó. Pensó que era un sueño febril, un castigo momentáneo.Volvió al mundo.Desnuda. En el altar de la cueva.Rose la esperaba, callada, con ropa limpia en las manos.Grimm se vistió. Y al ver sus botas blancas favoritas—suaves, cómodas, regalo de su madre antes de morir—no pudo resistirse.Las puso.**¡BOOM!**De nuevo en el Más Allá.De nuevo frente a Zenarith."¿Lo entiendes ahora?" preguntó la diosa, cansada.Grimm lloró. "¡Es injusto! ¡Solo quería vengarme!""No," dijo Zenarith. "Querías sentirte poderosa. Pero el poder tiene reglas. Y tú las rompiste."La tercera vez, Grimm despertó en el altar. Rose había recogido cada pedazo de ella—con paciencia infinita, como si ensamblara un rompecabezas sagrado.Esta vez, Grimm no tocó las botas.Ni las sandalias.Ni siquiera las pantuflas que Rose le ofreció con ojos tristes.Se sentó en el suelo de piedra, abrazó sus rodillas, y lloró."¿Qué haré ahora?" murmuró, voz quebrada. "No puedo caminar descalza en este desierto. No puedo luchar. No puedo huir. Ni siquiera puedo... vestirme como una persona normal."Rose se acercó, se arrodilló a su lado, y tomó su mano fría.No dijo nada.Pero en ese gesto—en esa lealtad silenciosa—Grimm entendió algo peor que la maldición:**Ya no tenía a nadie más.**Y tal vez... nunca lo tuvo.Desde entonces, Grimm dejó de usar calzado.  La arena de Grace era traicionera.De día, ardía como hierro forjado bajo el sol. De noche, helaba los huesos, incluso a un cuerpo que ya no latía. Grimm caminaba descalza, como debía, y cada paso era una aguja en la planta del pie, un corte, una quemadura. Su piel, pálida y fría, sangraba como la de los vivos,  dolía—dolía con una intensidad que no disminuía con el tiempo.Una mañana, tras arrastrarse de regreso al templo con las plantas de los pies en carne viva, tuvo una idea.Fue al taller del único carpintero que aún le hablaba sin mirarla con asco. No le pidió zapatos—sabía que explotaría si lo intentaba. En cambio, dibujó en el polvo del suelo: una silla. Con ruedas. Algo que la mantuviera sobre la arena sin tocarla.El carpintero, un anciano con cicatrices de guerra y ojos cansados, la miró con curiosidad, no con miedo."¿Quieres moverte sin caminar?" preguntó.Grimm asintió, voz ronca. "Sí. Porque si toco el suelo... me duele. Y si uso calzado... muero."Él no cuestionó. Solo asintió y trabajó tres días.Cuando la silla estuvo lista—de madera ligera, ruedas de hierro forjado, reposabrazos reforzados—Grimm se sentó por primera vez. Empujó con los pies, luego con palancas improvisadas. Funcionaba. No era elegante, pero la liberaba.Por primera vez en meses, respiró.Pero la guerra no esperaba.Al día siguiente, fue asignada a un nuevo escuadrón. Cuatro soldados jóvenes, recién reclutados, ojos brillantes de patriotismo. Grimm les explicó, con paciencia agotada:"Si muero, lleven mi cuerpo al templo subterráneo. Dejen algo valioso en el altar. Una moneda. Un anillo. Lo que sea. Así Zenarith me devolverá."Los soldados asintieron, pero no entendieron.En combate, uno de ellos, desesperado, gritó: "¡Grimm, maldice al Titán-serpiente!"Ella lo intentó.La maldición rebotó—los Titanes no tenían alma, no comprendían el lenguaje—y golpeó al propio soldado. Su piel se volvió negra, sus ojos se derritieron. Murió gritando.Otro compañero, en pánico, la empujó hacia el abismo para "protegerla". Grimm cayó. Se rompió el cuello. Oscuridad.Despertó horas después, sola en el altar, con la silla hecha astillas a su lado. El sobreviviente—un chico de dieciséis años—estaba allí, temblando, dejando su collar de bronce en el altar."Lo siento," murmuró. "No entendí."Grimm no lo culpó. Solo asintió. Él cobró su pago—una bolsa de monedas que ella misma había ahorrado—y se fue.Al día siguiente, nueva asignación. Nuevo escuadrón. Nueva promesa.Y así pasaron semanas.Grimm murió veintitrés veces.Cada vez, alguien la llevaba al templo. Cada vez, despertaba sola. Cada vez, la silla era reconstruida, más fuerte, más ágil. Aprendió a maniobrarla como un arma, a usar palancas para lanzar dagas, a esconder runas bajo el asiento.Nunca se quejó.Porque ya no tenía hogar. No tenía familia. Solo tenía el altar. Y el deber.Y en ese ciclo de muerte, resurrección y soledad, Grimm entendió algo peor que la maldición:**Ya no quería volver.**Pero seguía haciéndolo.Porque no tenía otra opción.

El desierto ardía. La luna, alta y fría, iluminaba los restos de otro escuadrón destrozado.

Grimm, sentada en su silla de ruedas con las manos apretadas sobre los reposabrazos, miraba el horizonte sin ver nada. Había muerto esa mañana y ahora, nuevamente viva 

, se sentía más vacía que nunca.

Fue entonces cuando la vio.

Rose caminaba entre los cadáveres, recogiendo armas útiles, evitando mirar los rostros. Sus ojos desparejos estaban hundidos, su ropa hecha jirones. Al ver a Grimm, se detuvo.

"Otra vez," murmuró, acercándose con una túnica limpia en las manos.

Grimm no contestó al principio. Luego, con voz quebrada, dijo: "Nadie me quiere. Ni siquiera como amiga. Solo como... herramienta para morir y volver."

Rose se arrodilló, ayudándola a vestirse. "A mí tampoco. Me cambian de grupo todos los días. Dicen que... que me como a mis compañeros." Su voz bajó. "No lo recuerdo. Pero después... siento hambre. Y hay sangre en mis dientes."

Grimm la miró. Por primera vez, no vio un monstruo. Vio a alguien tan rota como ella.

Y así, sin ceremonia, nació una amistad verdadera.

Días pasaron. Misiones. Muertes. Resurrecciones.

Una noche, mientras Grimm ajustaba las correas de su silla, dijo en voz baja: "Si Zenarith me concediera un milagro... no pediría poder. Ni venganza. Solo... que alguien me amara lo suficiente como para casarse conmigo." Ella sonrió, triste. "Como prueba de que aún puedo ser humana."

Rose no respondió. Solo apretó su mano.

En el Más Allá, Aqua observaba todo esto con creciente frustración.

"Esto no lleva a ninguna parte," gruñó, tirando su taza de té celestial. "Grace está perdiendo. Mehlmehl los aplastará antes del próximo solsticio."

Zenarith, absorta en sus propios registros, no respondió.

Hasta que, de pronto, algo cayó del cielo.

En medio del desierto, dos figuras descendieron en paracaídas: un hombre alto, vestido de negro con acentos azul eléctrico, y una niña rubia de ojos metálicos, inhumanamente brillantes.

Aqua se inclinó hacia el espejo divino. "¿Qué demonios...?"

Zenarith finalmente levantó la vista. "Interesante."

Las figuras aterrizaron con precisión militar. El hombre recogió su equipo con eficiencia letal. La niña—Alice, según sus archivos internos—escaneó el entorno con un zumbido casi inaudible.

Poco después, fueron interceptados por la Comandante Snow, líder de la Guardia Real de Grace. Tras un breve forcejeo y una demostración de fuerza (el hombre derribó tres soldados con movimientos demasiado rápidos para ser humanos), se presentó:

"Rokugo. Agente 6 de Kisaragi."
"Alice. Androide de combate clase S, también de Kisaragi."

Explicaron que venían del Tercer Planeta, una civilización interestelar en expansión. Su misión: reconocimiento táctico previo a una posible anexión del sistema.

Pero al ver el estado de Grace—asediada, desesperada, tecnológicamente primitiva pero estratégicamente ubicada—Rokugo cambió de planes.

Se ofreció como mercenario.

La Princesa de Grace, intrigada por su habilidad y la tecnología de Alice, lo aceptó. En cuestión de horas, Rokugo fue nombrado Capitán de la Primera Unidad de Asalto Especial.

Aqua parpadeó, incrédula. "¿Espías alienígenas? ¿Ahora?"

Zenarith sonrió, oscura y divertida. "Parece que tu pequeño mundo acaba de volverse mucho más interesante."

Y en el campo de batalla, Grimm y Rose observaron desde las sombras cómo el nuevo capitán entrenaba a sus tropas con disciplina brutal... y eficacia sobrehumana.

Por primera vez en meses, hubo esperanza.

Pero también, peligro.

Porque los espías no venían a salvarlos.

Venían a evaluar si valían la pena conquistar.

La Unidad Especial de Rokugo no era como las demás.

Compuesta por los marginados, los descartados y los que ya no tenían nada que perder, incluía a Grimm—con su silla de ruedas reforzada con placas de hierro—y a Rose, cuya saliva ácida y aliento carmesí habían sido redirigidos hacia el combate. Rokugo, frío, eficiente, los trataba sin piedad... pero también sin prejuicio. Para él, no eran monstruos. Eran armas. Y las armas no se juzgaban; se afilaban.

Durante un entrenamiento nocturno, Grimm—en un arrebato de desesperación por sentirse deseada—intentó coquetear con él. "¿Sabes? Nunca he tenido una cita," murmuró, ajustando una correa en su silla.

Rokugo no respondió. Solo la miró... y en un movimiento rápido, casi mecánico, su mano rozó la tela de su túnica, deslizándose hasta donde no debía. Grimm se tensó, humillada, furiosa.

"¡Eres un degenerado!" gritó, empujando su silla hacia atrás.

Él la miró, impasible. "Solo verificaba integridad del tejido. Podría ser punto débil en combate."

Pero sus ojos... decían otra cosa.

En el Más Allá, Aqua observaba todo con creciente curiosidad.

"¿Quién es este tipo?" preguntó, señalando a Rokugo en el espejo celestial. "¿Y qué es 'Kisaragi'? ¿Un culto? ¿Una corporación?"

Zenarith se encogió de hombros. "No lo sé. Pero su tecnología es... interesante."

Aqua, al ver cómo la Comandante Snow—lealtad fanática a la corona—intentaba asesinar a Rokugo en cada misión (ataques sorpresa, cuchillos en la espalda, veneno en la cantimplora), decidió intervenir.

Con un gesto sutil, bendijo a Rokugo.

No con milagros. No con poder divino. Solo con un empujón en la causalidad: un paso a la izquierda cuando Snow atacaba desde la derecha, un reflejo más rápido, un instinto agudizado. Cada intento de asesinato fallaba por milímetros.

Snow fue degradada. Humillada. Y asignada... a la unidad de Rokugo.

Ahora, tenía que obedecer al hombre que juraba matar.

La primera gran victoria llegó en las dunas del norte.

Rokugo planeó una emboscada. Rose, bajo órdenes, exhaló su aliento carmesí sobre una caravana de suministros demoníacos. 

  Los alimentos se volvieron ceniza. El campamento de Lord Mehlmehl se vio obligado a retroceder.

Pero Grimm murió en el caos—aplastada por el bate de un enemigo, De nuevo, Rose recogió sus restos. su cuerpo fue llevado al altar. Harta de sus negaciones, de su obstinación en creer que Zenarith era un dios varón, de sus muertes constantes y su falta de fe, la diosa dejó el alma de Grimm en Standby. 

"No volverás hasta que alguien complete el ritual," declaró, cruzando los brazos. "Eres mi última seguidora en este mundo. Actúa como tal."

Cuando finalmente Rose logró reunir una ofrenda digna— Sus ultimos calcetines, —Grimm despertó.

Y Rokugo estaba allí.

Sin decir una palabra, la ayudó con una nueva silla de ruedas, Luego, la empujó en su silla hasta el parque de la ciudad, donde parejas caminaban bajo la luna.

"¿Qué hacemos?" preguntó Grimm, confundida.

"Molestarlos," dijo Rokugo, con la primera sonrisa que ella le había visto.  —un espía interestelar y una muerta viviente—interrumpían citas, lanzaban piedras a faroles, imitaban gemidos fantasmales. No era amor. No era amistad.

Pero era compañía.

Y para Grimm, eso era suficiente.

En el Más Allá, Aqua, Zenarith y Chronia observaban en silencio.

"¿Les decimos quién es realmente?" preguntó Chronia.

"No," dijo Aqua, con una sonrisa traviesa. "Déjalos creer que es un mercenario. Es más divertido así."

Zenarith asintió. "Además... quiero ver si logra conquistar este mundo antes de que Kisaragi lo reclame."

Y mientras tanto, en las calles de Grace, dos almas rotas fingían ser felices...
porque, al menos por unas horas, nadie los veía como monstruos. 

En el Más Allá, Aqua observaba con creciente desconcierto.

Una nueva narrativa se había tejido en Grace—rápida, ferviente, casi orgánica. Los sacerdotes del reino hablaban de una Profecía del Elegido: un descendiente real que derrotaría a Lord Mehlmehl y restauraría la gloria de Paradis. El nombre en boca de todos era Kuz Grace Reiss, el príncipe heredero, hijo de la línea de Historia y su primer esposo, el granjero.

Aqua frunció el ceño. "¿Desde cuándo existe esa profecía? Yo no la autorizé."

Zenarith, hojeando un pergamino de almas recientes, no levantó la vista. "No es divina. Es política. Necesitaban un símbolo. Él era conveniente."

Pero Aqua vio más allá del mito.

A través de los hilos del destino, percibió la verdad: Kuz era un Ackerman. No por linaje directo, sino por sangre diluida, despertada bajo estrés extremo. Su cuerpo se movía con esa gracia letal, sus ojos veían patrones donde otros veían caos. Era poderoso. Casi invencible.

Casi.

En una misión suicida, Kuz intentó infiltrarse en la Torre Duster, una fortaleza demoníaca en la frontera entre Grace y el Reino de Mehlmehl. Allí, según rumores, se guardaba un Artefacto de Paso—una reliquia capaz de atravesar la barrera mágica que protegía el corazón del dominio demoníaco.

Pero dentro lo esperaban Rista y Gil, dos demonios con forma de cabra, antiguos generales de Mehlmehl, expertos en tortura psíquica y combate ritual. Kuz luchó como un león... pero cayó. No muerto—capturado. Encadenado en las mazmorras inferiores, su mente siendo lentamente deshilachada.

La profecía se tambaleó.

Fue entonces cuando Rokugo actuó.

En una operación audaz—y completamente no autorizada—usó su motocicleta blindada (un artefacto tecnológico traído del Tercer Planeta) para redirigir a un Titán-serpiente hacia la base de la Torre de los Cuernos. El coloso, confundido por señales de frecuencia emitidas por Alice, embistió la estructura con fuerza titánica.

La torre colapsó.

En medio del polvo y los gritos, Rokugo entró solo. Mató a los guardias, evitó trampas místicas, y recuperó el Artefacto de Paso

Pero había una condición: solo podía ser usado por una persona. Y esa persona debía tener "sangre que ha tocado el abismo."

Rokugo no la tenía.
Kuz, herido, no estaba disponible.
Y nadie más en Grace calificaba.

Así que el anillo fue guardado.
Y el plan, suspendido.

Lo que más desconcertó a Aqua no fue la batalla, ni el artefacto, ni siquiera la caída del príncipe.

Fue el silencio.

Nadie en Grace hablaba ya de Hiiragi.

La facción tecnológica, escondida en su nave submarina desde hacía décadas, había sido olvidada por completo. Ni miedo. Ni odio. Ni siquiera curiosidad. Como si nunca hubieran existido.

"¿Cómo...?" murmuró Aqua, mirando a Zenarith.

La diosa se encogió de hombros. "Cuando hay un enemigo visible, el invisible deja de importar. Los humanos necesitan un rostro para odiar. Mehlmehl tiene cuernos. Hiiragi solo tiene tuberías."

Aqua suspiró. "Entonces... ¿nadie va a terminar con la desertificación?"

"No," dijo Chronia, girando un reloj de arena. "Pero al menos morirán entretenidos."

Mientras tanto, en las ruinas humeantes de la Torre Duster, Rokugo limpiaba su arma, el anillo oculto en su bota.
Grimm lo esperaba en su silla, con Rose a su lado, comiendo restos de rata mutante.

"¿Y ahora qué?" preguntó Grimm.

Rokugo no respondió. Solo miró hacia el este, donde el sol nacía sobre el reino demoníaco.

"Ahora," dijo, "esperamos +."

Y en las sombras, Alice escaneaba el horizonte, buscando una señal...
de algo que ni siquiera sabía que existía.

La misión fue un caos glorioso.

El Titan Golem—un armadillo gigante blindado con placas de endurecimiento, capturado por Lord Mehlmehl y modificado para el combate—avanzaba hacia las murallas de Grace, arrasando campos, aplastando torres de vigilancia. El ejército humano retrocedía en pánico.

Entonces apareció Rokugo.

Con una sonrisa torcida y una mochila llena de C4 de Kisaragi, escaló el lomo del coloso mientras Alice distraía a los hechiceros con ráfagas de plasma azul. En tres minutos, plantó las cargas. En cuatro, detonó su nuca. El Titan Golem explotó en una nube de metal derretido y carne vaporizada.

Victoria. 

Como Agente 6 de Kisaragi, cada arma de su arsenal—desde el C4 hasta su pistola de partículas—requería puntos de conducta deshonrosa para activarse. Y Rokugo acumulaba como un dios travieso:

Verle la tanga a Grimm durante el entrenamiento: +5 puntos.Interrumpir citas en el parque con imitaciones de gemidos espectrales: +10 puntos.Llamar "tetona" a Snow frente a toda la unidad: +15 puntos (bono por humillación pública).

Pero su mayor logro llegó en la última batalla.

Durante el asalto al campamento de Heine de la Flama, general de fuego de Mehlmehl, Snow intentó—una vez más—apuñalarlo por la espalda. Rokugo se esquivó con precisión milimétrica... y en el movimiento, arrancó de la coraza de Heine la Piedra del Núcleo, fuente de su poder ígneo.

Heine cayó de rodillas, despojada, indefensa.

Y Rokugo, en lugar de matarla, sacó una cámara compacta de su chaleco.

"Sonríe," dijo.

Heine, furiosa, intentó escupirle fuego. Pero sin su piedra, solo salió humo.

Rokugo insistió. "Si no posas, le muestro estas fotos a tus subordinados. Dicen que eres invencible. Veamos qué piensan al verte... así."

Humillada, Heine obedeció: postura sensual, mirada baja, labios entreabiertos.

Click.

Luego, Rokugo y su equipo se retiraron, dejando a la general en llamas... de vergüenza.

En el Más Allá, Aqua observaba todo con el ceño fruncido.

"Ese hombre es un desastre," gruñó. "¿Cómo puede Kisaragi enviar a un pervertido como él?"

Zenarith, por primera vez en semanas, parecía relajada. "Al menos Grimm ya no muere cada dos días. Desde que Rokugo la metió en su unidad, ha sobrevivido tres misiones seguidas."

Aqua miró a Grimm, ahora sentada junto a Rose en una fogata, riendo por algo que Rokugo había dicho. No era feliz... pero estaba presente.

Aun así, Aqua no podía evitar pensar en el alma de Grimm.

Zenarith la mantenía en Standby cada vez que moría—ni en el cielo, ni en el infierno, ni en la reencarnación. Solo... suspendida. Como un archivo cerrado. Como un parpadeo.

¿Qué se siente? pensó Aqua. ¿Es como dormir? ¿O como dejar de existir hasta que alguien te recuerda?

No quería saberlo.

Porque si alguna vez perdía a Eren... si Moon dejaba de escribirle... si el mundo la olvidaba por completo...

Ella también podría terminar en Standby.

Y eso era peor que la muerte.

Mientras tanto, en las ruinas del campamento demoníaco, Rokugo revisaba sus puntos en una pantalla holográfica.

"Arma de Plasma Desbloqueada."

Sonrió.

"Hora de divertirnos."

La puerta del despacho celestial se abrió sin aviso.

Eris entró con su habitual aire de divina eficiencia—túnica blanca inmaculada, cabello recogido, expresión de "tengo mejores cosas que hacer"—pero al ver el caos dentro, se detuvo en seco.

El lugar parecía un campo de batalla burocrático: pergaminos flotantes quemados por accidente, relojes de arena derramados, una taza de té celestial volcada sobre los archivos de Paradis. Zenarith estaba sentada con los pies en la mesa, comiendo uvas mientras observaba una escena de combate en un espejo flotante. Chronia dormitaba sobre un montón de contratos no firmados. Y Aqua, con el pelo despeinado y una mancha de tinta en la mejilla, fingía revisar un informe con cara de inocencia absoluta.

Eris arqueó una ceja. "¿Qué pasó aquí?"

Aqua dejó el pergamino y se levantó con una sonrisa forzada. "¡Eris! Qué sorpresa. ¿Todo bien en Konosuba?"

Eris ignoró el saludo. "He recibido quejas. De múltiples mundos. Sujetos con tecnología avanzada aparecen, hacen reconocimiento... y desaparecen. Algunos incluso intentan conquistar."

Aqua tragó saliva. "¿Ah, sí? Qué raro. Yo no he visto nada sospechoso." Señaló a Zenarith y Chronia. "Ellas operan otros mundos, quizás fue cosa de ellas..."

Zenarith ni siquiera se inmutó. Solo lanzó una uva al aire y la atrapó con la boca.

Eris cruzó los brazos. "Aqua. En serio."

Aqua suspiró, derrotada. "Vale. Sí. Hay un tipo llamado Rokugo. Agente 6 de Kisaragi. Aterrizó en mi mundo hace unas semanas. Dice que viene del 'Tercer Planeta' para evaluarlo como objetivo de conquista."

Eris frunció el ceño. "Interesante. Porque en mi mundo—Konosuba—apareció un Agente 22. Lo moví un poco... le di mala suerte. Tantas coincidencias absurdas—explosiones, demonios ebrios, Megumin gritando—que terminó convencido de que Konosuba era un infierno imposible de colonizar. Huyó."

Aqua parpadeó. "¿En serio? ¿Y no sufrió daños?"

"Solo su dignidad," dijo Eris, secamente. "Pero tú... ¿por qué no haces lo mismo con tu Rokugo?"

Aqua miró hacia el espejo, donde Rokugo esquivaba un golpe de un demonio del tamaño de un árbol. "Porque... está funcionando. Es el único que ha hecho retroceder a Lord Mehlmehl. Si lo espanto, Grace caerá."

Eris pareció desconcertada. "¿Hay... demonios reales en Attack on Titan?"

Aqua desvió la mirada. "Prefiero no hablar de cómo se ha vuelto mi mundo. Es... complicado."

Eris asintió lentamente. "Bien. Pero ten cuidado. Kisaragi no es una organización cualquiera. Si empiezan a vincular mundos, podrían crear una red interestelar de invasión. Y eso... nos afecta a todos."

Con eso, se dio la vuelta y desapareció tan silenciosamente como había llegado.

Aqua regresó a su silla, frotándose las sienes. "¿Me perdí de algo?"

Zenarith, sin quitar los ojos del espejo, resumió con voz plana:
"Grimm descubrió que Rokugo es de otro mundo. Pensó en traicionarlo... pero decidió sobrevivir con él en vez de contra él. Ahora están en el Castillo Real, enfrentando a Gadalkand, general de Lord Mehlmehl. Tres metros de músculo, garrote de metal forjado en almas."

Aqua se inclinó hacia adelante.

En la pantalla, Rokugo activó algo llamado "Sin Límites"—su cuerpo se cubrió de energía azul, sus movimientos se volvieron borrosos. Durante sesenta segundos, fue un dios de la guerra.

Luego, blandió una "Espada Murciélago Vibratoria Antivehículos Blindados Tipo-R"—una motosierra del tamaño de un hombre—y destrozó a Gadalkand y a media docena de demonios más.

Cuando el modo terminó, cayó de rodillas, paralizado... pero vivo.

Solo Heine de la Flama quedó en pie, herida, humillada, pero viva.

Rokugo, jadeando, levantó una mano.
"Tregua. Un mes. Vuelve con refuerzos... o con mejores fotos."

Heine lo miró con odio... y asintió.

Aqua se dejó caer en su silla, horrorizada.
"¿Desde cuándo tengo un mercenario psicópata usando motosierras divinas en mi mundo?"

Zenarith se encogió de hombros.
"Desde que decidiste jugar a ser mortal." 

La tregua con Lord Mehlmehl duró exactamente 29 días.

Al amanecer del trigésimo, Heine de la Flama y un nuevo general—Russel, un niño aparentemente inocente con ojos dorados y piel escamosa, otra quimera como Rose—entraron en las Ruinas Antiguas, los restos de un laboratorio perdido en el desierto. Allí, entre cables oxidados y tanques de contención rotos, Russel activó algo que hizo temblar la tierra: un robot gigante, una máquina de guerra diseñada originalmente para cazar Titanes, ahora reprogramada para aniquilar humanos.

Rokugo y su unidad los persiguieron.

Cuando vio el coloso levantarse, Rokugo no pareció sorprendido. Solo suspiró, ajustó su visor táctico y murmuró:
"No es la primera vez que me enfrento a un Megazord."

En el Más Allá, Aqua escuchó esas palabras... y se le heló la sangre.

"Megazord..."
De pronto, todo cobró sentido.

El "Tercer Planeta". La organización Kisaragi. Los trajes negros con acentos azul eléctrico. Las motosierras divinas. Las reglas absurdas sobre puntos por maldad...

Era algun mundo tipo Power Rangers o SuperSentai.

Aqua se llevó las manos a la cabeza. "¡No! ¡Los villanos ganaron allí! ¿Cómo es posible que los agentes de Kisaragi sean los malos?"

Zenarith, sin mirarla, dijo secamente: "Perdieron la guerra interestelar. Ahora venden tecnología y mercenarios a mundos atrasados. Es más rentable."

En el campo de batalla, el Robot de Russel avanzaba, aplastando dunas, lanzando misiles de plasma.

Pero entonces, desde el cielo, descendió una sombra mayor.

La Fortaleza Araña Destroyer—una réplica perfecta—se materializó sobre el desierto, construida enteramente por Alice en secreto.

El robot de Russel fue destrozado .

Aqua observó, horrorizada. "¿Cómo recrearon esa tecnología? ¡Es imposible!"

Luego lo recordó.

Eris.
El Agente 22 en Konosuba.
¿Habrá dejado rastros? ¿Archivos? ¿Fragmentos de memoria tecnológica en el subsuelo?

Sí. Tenía que ser eso.

Mientras tanto, en el altar subterráneo, Grimm despertó.

No por ritual. No por ofrenda.

Porque Zenarith la devolvió.

El Festival de los No Muertos se acercaba—tres días en los que las almas podían regresar a caminar entre los vivos, poseyendo figuras tejidas por sus seres queridos. Y Zenarith, tenía trabajo real que hacer: gestionar permisos, verificar linajes, asegurar que los muertos no se quedaran más tiempo del permitido.

"Esta vez," dijo Grimm, tocando sus pies descalzos con cautela, "no voy a morir."

Rose asintió. "Si lo haces... te traeré de vuelta. Siempre."

En el Más Allá, Aqua miró a Zenarith, que ahora trabajaba con una eficiencia inusual, sellando contratos, firmando permisos, incluso sonriendo.

"¿Te gusta esto, verdad?" preguntó Aqua.

Zenarith no respondió. Solo giró una página.

Pero en sus ojos, había algo nuevo.

Propósito.

Y en ese mundo roto, donde demonios, Titanes, espías interestelares y quimeras luchaban por sobrevivir, hasta una diosa de la muerte merecía un segundo acto.

Zenarith garabateaba nombres en un pergamino interminable, sellando almas para el Festival de los No Muertos. Aprobaba sin mirar—una firma aquí, un sello allá—mientras las almas aprobadas descendían al mundo mortal, buscando sus cuerpos originales... porque nadie les había hecho muñecos. Y así, los zombis caminaban: cadáveres reanimados, vacíos, hambrientos, aferrándose a la carne que una vez fue suya.

En el bosque cercano a Grace, GrimmRokugo y Rose recolectaban flores blancas—necesarias para tejer los amuletos del festival. Grimm, con sus pies descalzos sobre la tierra húmeda, se movía con cuidado, evitando raíces y espinas.

De pronto, los zombis aparecieron.

No eran agresivos... solo perdidos. Pero uno tropezó contra Grimm, y en el contacto, algo clicó.

Sin querer, sin entender, Grimm exorcizó la bendición de Zenarith que mantenía su alma vinculada. Un rechazo profundo a la cadena que la ataba.

Y en ese instante, todos los zombis a su alrededor colapsaron, sus almas liberadas, sus cuerpos reducidos a polvo.

En el Más Allá, Aqua se levantó de golpe.
"¡Zenarith! ¡Zenarith!"

La diosa no respondió... hasta que sintió el tirón.

Su vínculo con Grimm se había roto.

Con un gruñido, sacó el alma de Grimm del Standby y la arrastró ante su trono.

"¿Qué hiciste?" rugió.

Grimm, temblando, la miró con ojos desafiantes. "Tú no eres Zenarith. Eres una impostora. El verdadero Zenarith es un dios varón. ¡Lo sé!"

Zenarith apretó los dientes. "Eres una necia. Pero eres mi necia."

Y con un gesto brusco, devolvió el alma de Grimm a su cuerpo.

Abajo, Grimm despertó—Su cuerpo restaurado. Rose la abrazó, aliviada. Rokugo solo asintió, como si nada raro hubiera pasado.

Mientras tanto, en las afueras de Grace, Rokugo y Alice comenzaban a construir una base permanente de Kisaragi—un centro de operaciones, un puerto interestelar en potencia.

Aqua recordó las palabras de Eris: "Kisaragi evalúa mundos para conquistar."

No podía permitirlo.

Usó su influencia sutil: los Titanes-animales—perros, serpientes, cangrejos—comenzaron a atacar la construcción, no por órdenes, sino por "instinto territorial."

Pero eso no fue suficiente.

Chronia, desde su rincón del despacho, llamó a sus seguidores: la tribu Headslitters, nativos del desierto, maestros del sabotaje ritual. Por las noches, enterraban huesos malditos en los cimientos, cantaban canciones que derretían el metal, y robaban herramientas.

Justo cuando la base parecía condenada... apareció otra tribu.

Los Hiiragi.

Aqua parpadeó, confundida. "¿Hiiragi? ¿Los mismos que están en la nave submarina?"

Pero estos no usaban trajes tecnológicos. Vestían pieles, llevaban lanzas de obsidiana, y sus rostros estaban pintados con símbolos antiguos. Nada que ver con los científicos de la nave.

Antes de que pudiera entenderlo, un rayo láser gigantesco partió el cielo y vaporizó la base de Kisaragi.

Silencio.

Aqua corrió al espejo celestial, escaneando el firmamento.

Y lo vio.

Dos satélites.

Uno: pequeño, negro, con el logotipo de Kisaragi—un ojo mecánico.
Otro: más grande, blindado, con cañones orbitales y el emblema de Hiiragi: una serpiente devorando un sol.

Los Hiiragi de la nave submarina no eran los únicos.

Había dos facciones Hiiragi.

Una, bajo el mar, esperando.
Otra, en órbita, vigilando.

Y ambas, jugando su propio juego.

Aqua se dejó caer en su silla, exhausta.

Este mundo ya no era suyo.

Era un tablero.

Y ella... apenas una pieza más.

El Festival de los No Muertos comenzó con una calma engañosa.

En las calles de Grace, familias colocaban muñecos de peluche en altares domésticos. Al caer la noche, las almas descendían—no como fantasmas, sino como presencias cálidas, silenciosas, que habitaban los cuerpos de tela. No podían hablar, pero abrazaban. Observaban. Recordaban. Era hermoso. Sagrado.

Hasta que Rokugo arruinó todo.

Sentado en una banca del parque, con su traje negro y su sonrisa torcida, se bajó la cremallera frente a un grupo de mujeres nobles—gesto obsceno, innecesario, pero rentable en puntos de maldad para Kisaragi.

Un niño, hijo de un comerciante, lo señaló y gritó:
"¡Ziperman! ¡Otra vez!"

Rokugo se levantó, furioso. "¿Qué dijiste, mocoso?"

El niño, sin miedo, repitió: "¡Ziperman!"

Rokugo avanzó. La multitud contuvo el aliento.

Y entonces... los peluches poseídos reaccionaron.

No por magia. Por emoción. El alma del abuelo en el oso de peluche sintió ira. La del hermano muerto en el conejo, miedo. Y en un instante, docenas de muñecos saltaron de sus altares, arañando, mordiendo, empujando.

Caos.

Grimm, en medio del tumulto, no entendía. "¡Pero firmaron el pacto! ¡No pueden ser agresivos!"

Entonces, por instinto, hizo lo único que sabía: exorcizó.

Una onda invisible se expandió desde ella. Los peluches cayeron inertes. Las almas regresaron al Más Allá.

Silencio.

En el despacho celestial, Zenarith sintió el tirón.

Otra vez.

Con un rugido, arrastró el alma de Grimm ante su trono.

"¿¡Otra vez?! ¿¡Qué parte de 'no rompas mi bendición' no entiendes?!"

Grimm, temblando, la miró con ojos desafiantes. "¡Tú no eres Zenarith! ¡Eres una impostora! Esto es un sueño...

Arrastró a Grimm ante su trono, furiosa. "¡Eres mi última seguidora y actúas como si esto fuera un juego!"

Grimm, confundida, la miró con desprecio. "Deja de fingir. Sé que no eres Zenarith. El verdadero es un hombre. Tú... eres una impostora. Esto es un sueño."

Zenarith quiso gritar. Pero no podía revelarse. Las reglas eran claras: los dioses no se manifiestan directamente a quienes no creen.

Aqua observaba, incómoda. "Es lamentable... una diosa siendo insultada por su propia devota, sin poder decirle la verdad."

Zenarith quiso gritar. Pero no podía. Porque Aqua, desde su silla, la miraba con una mezcla de lástima y reconocimiento.

"Así me veían a mí en Konosuba," pensó Aqua. "Una diosa disfrazada de bufona, y nadie sabía quién era en realidad."

Peor aún: Rokugo había abandonado el cuerpo de Grimm en medio del caos. La dejó tirada, inconsciente, mientras él huía con Alice.

"NO. NO. NO," murmuró Zenarith, palideciendo. "No puedo dejar el festival sin supervisión. Es mi deber."

Y así, Grimm permaneció muerta  Su cuerpo, frío y abandonado, fue cubierto por Rose con una manta. Nadie más lo tocó.

Durante esos días, los agentes de Kisaragi se aprovecharon del caos.

Rokugo, ya rendido a la idea de construir una base, se dedicó a negocios fraudulentos. Convenció a Rose de que se hiciera pasar por el peluche poseído por " Patrache" 

", el gorila mascota de un viejo millonario de Grace. El anciano, emocionado, pagó una fortuna por "revivir" a su amigo. Rose aceptó—no por dinero, sino porque le daban carne fresca todos los días.

Otros agentes entraban en casas ajenas—incluso en el palacio de la Princesa Tilis, hermana de Kuz—para robar ropa interior, espiar baños, o simplemente asustar a niños. Todo por puntos de maldad.

Aqua observaba, incrédula. "¿Dónde está lo malo en esto? Es solo... patético."

Pero Zenarith ya estaba al límite.

Se giró hacia Aqua y Chronia, voz baja, cargada de vergüenza y furia.

"Les debo una. Aguarden esto."

Y rompió las reglas.

Sin ofrenda. Sin ritual. Solo pura voluntad divina.

Restauró el cuerpo de Grimm y la devolvió a la vida.

Abajo, Grimm despertó en medio del mercado, rodeada de civiles furiosos.

"¡La encargada del festival arruinó todo!"
"¡Mis ancestros se fueron antes de tiempo!"
"¡Esto es un desastre!"

Grimm parpadeó, confundida, creyendo que todo había sido un sueño extraño.

El Festival de los No Muertos había terminado, pero el caos no.

Grimm, aún con la ropa manchada de polvo y lágrimas secas, confrontó a Rokugo en medio del mercado. Su voz temblaba—no de miedo, sino de decepción.

"¿Sabes lo que hiciste? ¡Arruinaste todo! ¡Engañaste al viejo millonario! ¡Entraste en casas! ¡Hiciste que los muertos se volvieran locos!"

Rokugo se encogió de hombros, ajustando su chaleco. "Eran puntos. Necesitaba armas."

"¡No es solo eso!" Grimm apretó los puños. "Yo... yo creí en ti."

Antes de que Rokugo pudiera responder, los peluches—aún en brazos de sus familias—comenzaron a moverse. Ojos de botón brillaron con furia. Garras de trapo rasgaron telas.

Zenarith, en el Más Allá, revisó sus registros con creciente horror.

"¡NO JODAS!" exclamó, golpeando su escritorio. "¡Aprobé la solicitud de Gadalkand por error! ¡Él tenía dominio sobre los muertos! ¡Por eso se rebelaron!"

De nuevo, Grimm sintió el impulso. De nuevo, exorcizó en área.

Las almas regresaron al Más Allá. Los peluches cayeron inertes.

Y Zenarith, al borde del colapso divino, arrastró el alma de Grimm ante su trono.

"¡Otra vez! ¿¡En serio?! ¡Aprende de tus errores! ¡No puedes romper mi bendición cada vez que te da un ataque de pánico!"

Grimm, desafiante, replicó: "¡Un no-muerto no puede suicidarse! ¡Así que haz lo que quieras!"

Zenarith respiró hondo, conteniendo una explosión cósmica. Luego, con voz glacial:

"Está bien. Ya no te reviviré. A menos que la ofrenda sea realmente valiosa."

Y sin más, envió el alma de Grimm a un bucle eterno: repitiendo su regaño, una y otra vez, como un disco rayado en el infierno burocrático.

Abajo, Grimm permaneció muerta una semana.

La gente, agradecida por el festival, dejó ofrendas en el templo: flores, monedas, incluso joyas. Pero ninguna era suficiente.

Hasta que Zenarith sintió algo.

Un collar de acero azul, forjado con runas de promesa—la forma tradicional en Grace de proponer matrimonio.
Y un contrato condicional"Si en diez años ninguno se ha casado, nos casamos."
Firmado por Rokugo y Grimm.

Zenarith parpadeó. Luego sonrió, por primera vez en siglos.

"Ah. Así que ese es el precio."

Y devolvió el alma de Grimm.

Grimm despertó en el altar, confundida.

"¿Fue... un sueño?"

Luego, tocó su cuello. Frunció el ceño.

"¡No está!"

Rokugo, apoyado en la puerta, cruzó los brazos. "Tus tetas están igual. Solo que Snow las tiene más grandes."

Grimm soltó una risa amarga... luego palideció. "¡No me refiero a eso! ¡El collar! ¡El contrato!"

Rokugo asintió. "Los usé como ofrenda para que Zenarith te trajera de vuelta."

Grimm estalló.

"¡NOOOOOO. SOY UN CADÁVER AMBULANTE!"

Se lanzó contra los estantes del templo, arrojando estatuillas sagradas, rompiendo velas, destrozando rollos antiguos. Trozos de madera y cerámica volaban mientras gritaba:

"¡Si no soy humana, entonces no merezco respeto! ¡No merezco amor! ¡No merezco NADA!"

Rokugo, hasta entonces en silencio, la agarró por los hombros.

"¡Grimm, basta!"

Ella lo miró como a un extraño. "¡Suéltame! ¡No eres nadie!"

"Sí lo soy," dijo él, serio. "Porque ahora sé que Zenarith es real. Y si sigues destruyendo su templo, no solo te negará la resurrección... te condenará."

En el Más Allá, Zenarith se sorprendió.

Rokugo... cree.

Más tarde, en la calma rota del templo, Grimm susurró:
"¿Otro... contrato?"

Rokugo sacó un pergamino.
"Sí. Si en diez años ninguno se ha casado... nos casamos."

Grimm alzó una ceja. "¿Condiciones?"

"Primero, me llamarás 'comandante'. Nada de nombres cariñosos. Segundo, nada de muestras públicas de afecto. Tercero, no nos tomaremos de las manos. Esencialmente... seremos novios... pero solo de palabra."

Grimm lo miró fijamente. Luego, con un falso puchero, se llevó una mano a la frente.

"¡No lo puedo creer! ¡Mi primer novio... y resulta que mi primera vez fue con un extraterrestre!"

Rokugo no sonrió. Pero sus ojos... sí.

Y en ese momento, entre ruinas, mentiras y un contrato absurdo, dos almas rotas decidieron fingir que podían sanar.

Al menos por diez años.

Grimm leyó el contrato otra vez.
"Si en diez años ninguno se ha casado... nos casamos."
Nada de promesas. Nada de amor. Solo una cláusula de emergencia.

Se sintió... usada.

Como si Rokugo tuviera vergüenza de que alguien supiera que estaba con ella—una muerta viviente, descalza, marcada por maldiciones y rechazo.

Pero era mejor que nada.

Más tarde, mientras caminaban entre las ruinas de la base destruida, Grimm lo miró de reojo.

"Entonces... ¿en serio eres un espía? ¿Viniste de otro mundo?"

Rokugo asintió. "Sí."

Grimm se llevó una mano a la frente, fingiendo un sollozo dramático.
"¡No lo puedo creer! ¡Mi primer novio... y resulta que es un extraterrestre conquistador!"

Rokugo suspiró en japonés, sin traducir:
"Omaneko no bakayarō..."

Grimm frunció el ceño. "¿Qué dijiste?"

"Solo fue un poema en japonés," respondió él, con una sonrisa torcida. "Imposible de traducir al marleyano."

Ella entrecerró los ojos, intrigada.
"Voy a aprender japonés con el próximo agente de Kisaragi que venga. Solo para entender ese 'poema'."

Rokugo no respondió. Pero sus hombros temblaron—casi una risa.

Luego, Grimm habló en voz baja, seria por primera vez en días.

"No tengo problema en traicionar a Grace. Pero tengo una condición: Rose debe estar a salvo." Hizo una pausa. "Y sé cómo manejar a Snow. Conozco su codicia. Si le ofreces poder... se unirá a Kisaragi sin dudarlo."

Soñó en voz alta: "Tú serías el Virrey de este mundo. Y yo... tu Vireina."

Rokugo la miró, sorprendido por la inocencia de su fantasía. Luego sonrió—una sonrisa real, breve, pero suya.

Y Grimm, por primera vez en años, se sintió... esperanzada.

En el Más Allá, Aqua observaba con creciente inquietud.

La base de Kisaragi había sido reconstruida—gracias al Destroyer, la fortaleza araña gigante que Alice había ensamblado con restos de tecnología alienígena. Las defensas estaban activas. Los agentes llegaban en oleadas.

Grimm, desde abajo, miraba con orgullo.
Él lo logró.

Pero entonces... un destello.

Desde lo profundo del bosque—donde nadie miraba—el lagarto robot guardián, creado para proteger los brotes de vida nueva, disparó un rayo de energía pura.

¡BOOM!

La base explotó. El Destroyer quedó gravemente dañado, humeando en el cráter.

Aqua parpadeó. "¿Quién...?"

No hubo respuesta. Solo el viento.

Horas después, sin Grimm cerca, Black Lilith aterrizó en una cápsula negra.

Baja, fornida, con gafas gruesas y una bata manchada de aceite interestelar, era una de las líderes de Kisaragi.

Rokugo la recibió con frialdad. "Envié el mensaje para inspección cuando terminé la base. Pero fue destruida. La máquina teletransportadora también. Y sin ella... no hay internet interplanetario."

Lilith palideció. "¿Sin red? ¿Cómo reportaremos al Consejo?"

Rokugo la miró con ojos fríos. "Recuerda aquella vez que me teletransportaste a 3000 metros de altura... y caí en un desierto lleno de Titanes mutantes?"

Lilith tragó saliva. "Fue... un error de cálculo."

"Sí." Rokugo se acercó. "Y ahora te devuelvo el favor."

Antes de que Lilith pudiera reaccionar, la agarró y empezó a manosearla con fuerza, apretando, pellizcando, hasta que la científica rompió en llanto.

Alice observó, impasible, mientras ajustaba un tornillo en su brazo mecánico.

"Justo," murmuró.

Y en el cielo, el satélite de Kisaragi parpadeó... y se apagó.

El mundo estaba aislado. 

Lilith se recuperó del ataque de Rokugo con la dignidad hecha trizas, pero el orgullo intacto.

Montaron carpas en el parque público de Grace—una tienda negra para Lilith, otra para Alice, y una tercera que Rokugo usaba como "oficina de reclutamiento" (léase: lugar para espiar a parejas y ganar puntos malos).

Lilith, sin internet interplanetario, entró en crisis existencial.
Pasaba los días mirando hormigas, jugando solitario con cartas marcadas, comiendo raciones de emergencia y durmiendo bajo el sol. "Sin red... no soy nadie," murmuraba, abrazando su tableta apagada como si fuera un ataúd.

Aqua, desde el Más Allá, observaba con desagrado.
Odio la conquista.
Pero también veía la verdad: Kisaragi era la única fuerza capaz de estabilizar este mundo. Así que, con un leve empujón divino, inspiró en Lilith una chispa de propósito.

De repente, la científica saltó de su hamaca.
"¡Reconstruiremos la base! "

En tiempo récord, armó una nueva instalación: torres de energía, cañones de plasma, drones de vigilancia. Usó los puntos de maldad acumulados para invocar armas prohibidas—cañones de almas, redes de contención dimensional—y espantó a todos: Titanes-animales, tribus Headslitters, e incluso los Hiiragi del desierto retrocedieron.

Pero el lagarto robot guardián volvió.
Silencioso. Implacable.
Un rayo más potente.
¡BOOM!
Base destruida. Otra vez.

Esta vez, Lilith no lloró.
Miró al cielo. Al satélite de Kisaragi. Escaneó el bosque. Y descubrió al enemigo: una criatura biomecánica, diseñada para proteger la ecología del planeta.

"Ah," dijo, ajustando sus gafas. "Entonces  eres el problema."

Con un comando desde su tableta (ahora conectada a energía solar), el satélite disparó un láser de precisión.
El lagarto robot explotó en una nube de circuitos y sangre vegetal.

Victoria.

Pero Lilith no se detuvo.
Necesitaba recursos.
Así que rompió el sello sagrado que contenía al Limo de Petróleo, el horror que consumía el agua de Grace.

El Limo emergió, hambriento, negro, devorando arroyos.

Lilith sonrió.
"Perfecto."
Y vertió sobre él cemento interestelar autoendurecible.
El Limo se petrificó en segundos—una estatua grotesca, atrapada para siempre.

Fue entonces cuando conoció a Grimm.

La joven, descalza, con su silla de ruedas y ojos amarillos, la miró con asombro.
"¿Usted es la madre de Rokugo?"

Lilith resopló. "Soy su jefa. Y si me llamas 'mamá' otra vez, te convierto en batería."

Desde el Más Allá, Zenarith suspiró.
"Esa niña... tan terca. Tan ciega."

Días después, Grimm, ansiosa por "ayudar", llevó a Rokugo y Lilith a una mansión embrujada en las afueras de Grace.
"Hay fantasmas," insistió. "¡Necesito exorcizarla!"

Entraron.
Gritos. Luces parpadeantes. Figuras translúcidas flotando.

Pero Alice, con un escáner ocular, frunció el ceño.
"Son hologramas. Proyectores ocultos. Sensores de movimiento."

Rokugo revisó los registros.
"Compraste esta casa por un tercio de su valor, ¿verdad, Alice?"

Alice asintió. "Inversión inmobiliaria. Los humanos ofrecen menos si creen que está encantada."

Lilith rió hasta llorar.
"¡Genial! ¡Podemos hacerlo en todas las ciudades!"

Grimm, humillada, se sentó en los escalones, derrotada.

Esa noche, Grimm rezó.

No con maldiciones. No con rabia.
Con voz rota, genuina:

"Mi nombre es Grimm Grimmore. No me importa si no tiene dinero, ni si es guapo. Solo quiero alguien que me ame tal como soy.
Concédeme este deseo, Lord Zenarith. No me importa si no es humano. Solo... trae a un sirviente tuyo que me ayude."

En el Más Allá, Zenarith se conmovió.
Por primera vez en siglos, alguien le pedía amor... no poder.

Así que envió a un ángel—belleza radiante, alas de luz, voz celestial.

Pero al llegar, Alice la miró... y soltó una carcajada.

"Otro holograma. Patético."

Antes de que el ángel pudiera hablar, Alice la tocó, pellizcó, jaló plumas, gritando: "¡Demuestra que eres real! ¡Regístrate en mi escáner!"

El ángel, ofendida, intentó fulminarla con fuego divino.
Falló.
Alice tenía blindaje anti-metafísico.

Humillada, el ángel regresó al Más Allá... y maldijo a Grimm:

"Que nunca conozcas hombres que valgan la pena. Solo defectos. Solo monstruos. Que cada uno te lastime más que el anterior."

Zenarith quiso detenerla... pero ya era tarde.

Abajo, Grimm seguía rezando, ignorante.

Y en el parque, Rokugo miraba las estrellas, preguntándose si alguna vez merecería ser el "alguien" que ella pedía. 

En el Más Allá, Aqua observaba con creciente incomodidad.

Había notado algo... inquietante.

Cada vez que Rokugo lastimaba los sentimientos de Grimm—cuando la ignoraba, cuando jugaba con sus emociones, cuando le daba falsas esperanzas—ganaba puntos malos. No solo por actos groseros o perversos, sino por herir a quien lo amaba.

Y eso... no era solo maldad.

Era explotación.

En el mundo mortal, una tensión nueva flotaba en el aire.

Grimm estaba más callada de lo habitual. No por tristeza, sino por una esperanza temblorosa que no se atrevía a nombrar.

Rokugo se acercó, con las manos en los bolsillos y una sonrisa tímida—algo raro en él.

"Estoy disgustada," dijo Grimm sin mirarlo, "porque no has mostrado la más mínima intención de darme un collar."

Rokugo tragó saliva. "Grimm... te compré uno. Pero lo perdí en una misión contra el Rey del Cielo."

Ella levantó una ceja, escéptica. "¿Un collar? ¿En serio? Solo lo dices para decepcionarme otra vez. Te he detectado, sabes."

Él bajó la mirada, avergonzado. "De verdad... Cuando lo vi, pensé en ti. Quería regalarte algo. Algo... tuyo. Pero lo perdí."

Grimm lo miró fijamente. Luego, una sonrisa traviesa iluminó su rostro.

"¿Estás... enamorado de mí?" preguntó, voz temblando entre la incredulidad y la alegría. "¿De veritas? ¿De veritas?"

Rokugo se sonrojó hasta las orejas. Murmuró, casi como una rendición:
"Sí, Grimm. Creo que... sí."

Ella se quedó en silencio. El mundo pareció detenerse.
El Comandante... me quiere. A mí. Una muerta viviente. Descalza. Maldita.

Pero entonces, la duda la invadió.
"¿Y qué cambia ahora? ¿Seguiremos fingiendo? ¿Y si lo arruino? ¿Y si no sé cómo ser... novia de verdad?"

Rokugo no respondió. Solo extendió la mano.
Y Grimm, tras un momento, la tomó.

No hubo beso. No hubo declaración grandiosa.
Solo dos almas rotas, eligiendo creer—por un instante—que merecían esto.

Días después, la base de Kisaragi fue finalmente terminada. La máquina teletransportadora, reconstruida y estabilizada, requería un mes para sincronizarse con el satélite.

Lilith, ansiosa por probarla, organizó una misión aérea.
Usaron un avión de combate interestelar para sobrevolar la barrera de Lord Mehlmehl—descubriendo que, sí, podía atravesarse por el aire.

Pero no llegaron al castillo.

Aterrizaron en el desierto.
Y allí, sin saberlo, Lord Mehlmehl en persona inspeccionaba una torre fronteriza.

Lilith, eufórica, activó el láser satelital.
La torre explotó.

Con la misión "exitosa", Lilith regresó al Tercer Planeta usando la teletransportadora, dejando a Rokugo al mando.

Poco después, Grimm y Rose se unieron formalmente a Kisaragi—no como esclavas, no como herramientas, sino como agentes libres. Con rangos. Con salarios. Con identidad.

Rokugo, en un gesto extraño de normalidad, intentó enseñarle a Grimm a conducir.

Primero, una moto.
Grimm aceleró... y se estrelló contra un árbol.

Luego, un auto blindado.
Grimm giró el volante... y cayó en un lago.

Rokugo, frustrado, se pasaba las manos por el pelo.
"¡Es como si tuvieras pies de plomo!"

Grimm, cubierta de lodo, rió.
"¡Y tú eres un profesor de mierda!"

Pero siguieron intentando.

Los días siguientes trajeron una paz extraña.

Rokugo, Alice y Snow fueron escoltados al Castillo de Lord Mehlmehl—solo para descubrir que el rey demonio había muerto en la explosión de su torre, víctima del láser satelital de Lilith. En su lugar, gobernaba Viper, su hija con una elfa de los bosques occidentales: ojos verdes como veneno, piel pálida, y una dignidad que no se doblegaba ni ante la derrota.

Sin ejército, sin aliados, Viper se arrodilló ante Rokugo.

"Mátenme," dijo, voz firme. "Pero dejen a mi gente en paz. Los demonios, los espíritus, las criaturas mágicas... no somos sus enemigos. Solo queremos vivir."

Ningún reino los aceptaba como refugiados. Así que, tras largas negociaciones, se unieron formalmente a Kisaragi—no como esclavos, sino como reclutas. 

En el Más Allá, Aqua observó a Viper y, movida por compasión (o tal vez aburrimiento), le otorgó una bendición sutil.

Cuando el Topo Titán Colosal—ahora libre de las amenazas del Limo y el Lagarto Robot—atacó la base por tercera vez, Viper lo enfrentó. Con un grito ancestral, activó su "Golpe de Rey Demonio" y, con fuerza divina, le destrozó la nuca.

El Titán cayó. El desierto calló.

Pero en el Más Allá, Chronia se giró hacia Aqua, ceño fruncido.

"Oye," dijo, con tono de advertencia. "Viper es mi seguidora. No metas ideas en su cabeza."

Aqua levantó las manos. "¡No fue intencional! Además, las bendiciones son sumables. La tuya no se cancela con la mía."

Chronia gruñó, pero no insistió.

Como parte del tratado, Viper debía ser ejecutada públicamente—un gesto simbólico para calmar a las facciones humanas. Ahora esperaba en su celda, serena, escribiendo cartas a sus generales.

Mientras tanto, Grimm estaba furiosa.

"¡Otra vez me pierdo las batallas importantes porque estoy muerta!" gritó, golpeando su silla contra el suelo.

Rokugo, cansado de sus quejas, la tomó de la mano.
"Ven. Salgamos."

Fueron al desierto. Recogieron Sapos Titanes—criaturas pequeñas, infladas, que explotaban al tocarlas. Grimm se rió por primera vez en semanas.

"Nunca hacemos cosas de novios," murmuró, mirándolo.

Rokugo no respondió. Solo la besó—rápido, firme, para hacerla callar.

Grimm se sonrojó hasta las orejas.
"Ven a mi casa," susurró.

Allí, nerviosa, intentó seducirlo: se acercó con pasos torpes, se mordió el labio, dejó caer su túnica con dramatismo excesivo.

Rokugo la miró, impasible.
"Primero, báñate. Hueles a Sapo Titán."

Ella protestó... pero obedeció.
Y cuando salió del baño, envuelta en una toalla, le preguntó, voz temblorosa:

"¿Vas a... romper mi castidad?"

Rokugo asintió. "Sí."

Grimm cerró los ojos, juntó las palmas, y rezó:
"Perdóname, Lord Zenarith... voy a entregarme."

Y entonces... lo hizo.

Pero todo fue una farsa.

Cada caricia, cada palabra dulce, cada "te quiero" susurrado...
Todo era para ganar puntos malos.

Rokugo necesitaba una cantidad masiva—suficiente para activar el protocolo de escape interestelar y sacar a Viper de su celda antes de la ejecución.

Y funcionó.

En el Más Allá, Zenarith sintió el impacto como un puñal.

Una notificación divina apareció frente a ella:
"Seguidora Grimm Grimmore ha cometido pecado grave: entrega ritual sin fe, motivada por engaño."

Zenarith no gritó. No lloró.
Solo cerró los ojos... y suspiró.

Porque esta vez, no era culpa de Grimm.

Era peor.

Era traición.
Y Grimm... ni siquiera lo sabía.

En el Más Allá, Aqua observaba a Viper con una mezcla de curiosidad y tristeza.

"¿Quién es esa chica?" preguntó.

Chronia, sin levantar la vista de sus registros, respondió con voz plana:
"Una niña infeliz. Vivió toda su vida encerrada en el castillo de Mehlmehl, bajo disciplina brutal. Es poderosa. Brillante. Pero tiene depresión crónica... y deseos suicidas desde los doce años."

Aqua frunció el ceño. "Entonces... ¿por qué aceptó rendirse?"

"Por su pueblo," dijo Chronia. "No por ella."

Abajo, en Grace, Alice ya había puesto en marcha el verdadero plan.

Le explicó a Viper—en secreto, lejos de oídos curiosos—que su "ejecución" sería un holograma. Que en realidad, la llevarían al Tercer Planeta, donde Kisaragi la sometería a modificaciones genéticas. La convertirían en una soldado perfecta, una mutante de élite.

Viper no se alegró. Solo asintió, resignada. Quizás muera en la cirugía, pensó. Y será un alivio.

Pero en la soledad de su celda, el miedo la invadió. No quería morir. Quería vivir.

Y así, cuando Rokugo apareció frente a sus barrotes—vestido con un traje de invisibilidad, fingiendo ser un telépata—Viper, en broma, dijo:
"Lástima que estés tan lejos para rescatarme. Me ejecutan en unas horas."

Rokugo desactivó el traje.
Apareció ante ella, sin excusas.

Viper lo miró... y rompió.
"No quiero morir," susurró, lágrimas en los ojos. "Sé que mi gente sufre... pero después de todo lo que hice... ¿merecen mi sacrificio? ¡Que se vayan todos al infierno!"

Rokugo no dudó. La liberó. Y juntos corrieron hacia la máquina teletransportadora.

Pero Grimm los vio.

Desde la sombra de un pasillo, vio a Rokugo tomar la mano de Viper, vio sus miradas, su urgencia.
Y creyó—con el corazón destrozado—que la abandonaba.
Que se iba con ella. Con la princesa. La guerrera. La real.

En un acto de desesperación, Grimm activó una alarma. Los guardias llegaron. El plan fracasó.

Alice, siempre varios pasos adelante, entregó a Viper una bomba de luz—un dispositivo que simulaba una explosión mortal con humo, fuego falso y restos holográficos.

Viper, recordando su honor, entendió:
Un trato debe cumplirse. Si debo "morir", moriré bien.

Así que, frente a todos, activó la bomba.
El patio del castillo se iluminó.
Cuando el humo se disipó... solo quedaron "restos carbonizados".

Todos creyeron que estaba muerta.
Rokugo cayó de rodillas.
Los demonios lloraron.
Grimm se encerró en su templo, convencida de que había perdido para siempre.

Pero en secreto, Viper escapó. Corrió a la máquina teletransportadora. Y desapareció.

Días después, la máquina se activó de nuevo.

De ella emergió una figura nueva: piel escamosa, ojos verticales, colmillos afilados, cola flexible.
Vestía el uniforme negro de Kisaragi, con el emblema de una serpiente dorada.

"Agente Viper," anunció Alice. "Código: Mujer Serpiente Mutante."

Rokugo la miró, incrédulo.
Grimm, desde la multitud, sintió un alivio... y un dolor nuevo.

Porque ahora, Viper no era una princesa. Era una arma. Y Rokugo... ya no tenía excusa para ir tras ella.

Pero nadie notó la mirada que Viper le lanzó a Grimm. Ni la pequeña inclinación de cabeza.
Ni el mensaje silencioso: Gracias por detenerme. Ahora... vivo.

Y en el Más Allá, Chronia sonrió. Por primera vez en siglos... su seguidora había elegido la vida.

En los dos años que siguieron a la caída de Lord Mehlmehl, el mundo se partió en silencio.

Kisaragi fundó Ciudad Escondite, una urbe futurista construida a las afueras de Grace, con torres de acero negro, redes de energía solar y calles vigiladas por drones. Oficialmente, era un enclave neutral. En realidad, era el corazón de una nueva potencia interestelar.

Al principio, Alice, la androide, fue nombrada Gobernadora Regional. Pero tras la llegada de Viper, renunció sin ceremonia.

"Los demonios necesitan una de los suyos," dijo, entregándole el sello de mando. "No una máquina."

Viper, ahora más serpiente que humana, aceptó—no por ambición, sino por deber. Y bajo su mando, Ciudad Escondite se convirtió en refugio para los desplazados: demonios, elfos, vampiros, sirenas, quimeras, incluso humanos marginados. Escuelas, clínicas, talleres de empleo... todo floreció.

Pero Grimm, nombrada secretaria personal de Viper, no lo celebraba.

"¿Por qué gastamos en educación?" gruñía, tachando presupuestos con saña. "¡La gente debería valerse por sí misma! ¡Sin subsidios, sin escuelas gratis, sin esa basura!"

Viper la miraba, paciente.
"Porque si no aprenden, no podrán servir bien a Kisaragi."
Y firmaba los fondos igual.

Grimm no entendía. Sus opiniones eran radicales, viscerales, sin fundamento—heredadas de rumores de mercado, de soldados amargados, de su propia rabia por haber sido descartada. Pero Viper, pese a su obediencia ciega a la jerarquía, nunca canceló un programa social. Su ética era inquebrantable: "El poder sirve para proteger, no solo para dominar."

En el Más Allá, Aqua observaba con creciente alarma.

Desde las profundidades del océano, Hiiragi emergió.

Su nave submarina, gigantesca, blindada con placas de endurecimiento, surgió como una bestia ancestral. Habían sentido la muerte de Mehlmehl—su antiguo rival, su equilibrio perdido. Y ahora, sin oposición, comenzaron su conquista.

Del norte al sur, desplegaron sus animales Titan modificados: lobos con armadura de plasma, águilas con misiles en las garras, ballenas voladoras que lanzaban tormentas ácidas. Ciudades caían sin resistencia. Reinos enteros se rendían.

Mientras tanto, Kisaragi, ignorante de la existencia de Hiiragi, movilizaba sus fuerzas de este a oeste, sur a norte, ofreciendo "protección" a cambio de lealtad. Mercenarios, científicos, mutantes... todos bajo su bandera.

Así, sin saberlo, el planeta se dividió:

Hiiragi controlaba el norte, el oeste, los mares.Kisaragi dominaba el sur, el este, los desiertos.

Y en el centro, Grace se mantenía precariamente neutral... por ahora.

En ese tiempo, Viper ascendió con velocidad vertiginosa.
De Gobernadora Regional → Gerente de Distrito → Ejecutiva Interina de Operaciones Planetarias.
Su nombre ya no era solo "princesa caída". Era "La Serpiente que Gobierna Sin Corona".

Dejó el puesto de Gerente en manos de "Hombre Tigre", un mutante del Tercer Planeta con garras retráctiles amante de niños. 

Snow,se rindio, Se unió a Kisaragi. Y ahora, con sarcasmo refinado y uniforme impecable, gobernaba la Ciudad Encantada—una metrópolis donde los hologramas de Alice aún asustaban a compradores desprevenidos. Ironía pura.

Mientras tanto, en su oficina de Ciudad Escondite, Grimm seguía tachando presupuestos, murmurando sobre "gastar en vagos", mientras Viper, con paciencia infinita, los restauraba.

Y en el cielo, dos satélites orbitaban—
uno de Kisaragi,
otro de Hiiragi—
sin saber que el otro existía.

Pronto, chocarían.

Y cuando lo hicieran...
nadie estaría preparado.

 En el Más Allá, Aqua vio la verdad... y sintió asco.

No era magia. No era poder divino.
Era condicionamiento clásico.

Después de que Grimm se negara a usar ciertos "juguetes" que Rokugo le ofreció—rechazando prácticas que la hacían sentir incómoda, insistiendo en "hacerlo normal"—Rokugo había comenzado un juego sutil.
Cada vez que ella se negaba, él la dejaba al borde... y se detenía.
Cada vez que obedecía una orden suya—por pequeña que fuera—él la llevaba al clímax.

Así, sin que ella lo notara, su placer quedó vinculado a la obediencia.
No era insatisfacción. Era domesticación.

Aqua cerró los ojos.
Este no es amor. Es control.

Y en el altar subterráneo, Zenarith sintió el vacío en la fe de Grimm.
Su seguidora ya no rezaba.
Ya no creía.
Solo... obedecía.

Pero el mundo no esperaba por corazones rotos.

De pronto, en el norte, el océano explotó.

La nave submarina de Hiiragi emergió—no como barco, sino como nave espacial, alas metálicas desplegándose, propulsores encendiéndose con fuego azul. Ascendió al cielo con un rugido que partió nubes.

Y sin advertencia, disparó.

El satélite de Kisaragi—el ojo mecánico que vigilaba el planeta—estalló en una lluvia de escombros orbitales.

Silencio.

Luego, caos.

En Ciudad Escondite, las luces parpadearon. Los drones cayeron. Las comunicaciones se cortaron.

Rokugo se levantó de la cama, alerta.
"Alguien acaba de declarar la guerra."

Al día siguiente, el cielo aún humeaba con los restos del satélite destruido.

RokugoHombre TigreAlice (a través del brazalete comlink), y los recién llegados Agente 10 y Agente 22 partieron hacia el norte. Lo que encontraron los dejó helados: el Reino de Toris, vecino de Grace, había sido arrasado. No por guerra. Por evaluación.

Los agentes de Hiiragi no conquistaban como ejércitos.
Lo hacían como inspectores escaneaban, valoraban... y si un lugar "no cumplía estándares", lo reducían a escombros.

Uno de ellos los atacó—un agente de élite con armadura biomecánica y reflejos sobrehumanos. Rokugo y Hombre Tigre lucharon, pero fue inútil. Solo cuando Alice guió un disparo de bazuca orbital a través del brazalete de Rokugo, el enemigo cayó. 

Pero Hiiragi no se detuvo.

Días después, un Gato Titán Colosal emergió del desierto—más grande que cualquier bestia vista antes, emanando vapor a presión capaz de fundir acero. Sus ojos brillaban 

Viper, al mando de las defensas, activó su mutación:
Superpoder de Kisaragi: Crecimiento Gigante.

Se elevó hasta igualar al Titán.
Pero mientras Hombre Tigre tenía pelaje denso que cubría su cuerpo al agrandarse, Viper no. Su forma serpentina carecía de vello. Y Kisaragi, en su infinita planificación bélica, no fabricaba ropa para gigantes.

Así que peleó desnuda.

Con gracia letal, evitó garras y chorros de vapor,

y, con un grito ancestral, le destrozó la nuca.

Cayó al suelo, herida, con quemaduras en todo el cuerpo... pero viva.

En el hospital de campaña, Grimm entró con paso firme, sonrisa afilada.

Aunque era secretaria de Viper, la rabia la consumía. Sabía que Rokugo y Viper pasaban noches enteras "jugando videojuegos" (una excusa que, sin contexto, sonaba sospechosamente íntima). Sabía que Rokugo le daba nalgadas a Viper en público—gestos que ella misma nunca recibía—y que Viper nunca se quejaba. Nunca aclaraba. Nunca lo rechazaba.

Así que, al verla vendada en la cama, Grimm estalló:

"¡Comandante! Me enteré de que la rompehogares que era tan amiga suya se había hecho daño, así que he venido a reírme de ella!"
Su voz era dulce, venenosa. "¡Qué espectáculo más bonito! ¡Que esto le sirva de lección por intentar robarle el hombre a otra mujer!"

Heine y Russel, de pie junto a la cama, apretaron los puños.

"¡Tú...!" gruñó Heine.
"¡Cómo te atreves!" siseó Russel.

Rose, incómoda, susurró a Rokugo:
"Yo solo vine por la comida gratis... pero no quiero ser parte de esto."

Viper, débil pero serena, miró a Grimm y sonrió.
"Grimm... siempre tan encantadora."

"¡Lo sé!" respondió Grimm, triunfante.

Justo cuando Heine dio un paso al frente, Rokugo intervino.

"¡Grimm, vámonos de aquí!" ordenó, tomándola del brazo.

Ella parpadeó, desconcertada. "¿Eh?"

El sol de la mañana se filtraba a través de las finas cortinas de la modesta cabaña de Grimm, proyectando cálidas rayas sobre las sábanas arrugadas. Rokugo yacía boca arriba, con un brazo sobre los ojos y el otro sosteniendo un cigarrillo que aún no había encendido. Grimm estaba acurrucada a su lado, con la cabeza apoyada en su pecho, sus dedos trazando círculos ociosos sobre su piel.Grimm giró la cabeza hacia ella, con la voz baja y áspera por el sueño."Grimm... ¿y si lo volviéramos a hacer? Aquella noche en tu casa. ¿Te acuerdas?"Sus mejillas se sonrojaron al instante. Se incorporó ligeramente, con los ojos muy abiertos, entre la vergüenza y la sospecha."¿Eh? ¿Vas a... usar mis... mis pechos otra vez? ¡Me dolió la espalda dos días después de eso!"Rokugo soltó un breve bufido divertido. Extendió la mano y le apartó un mechón de pelo de la cara. "Lo dices como si no valiera la pena".La fulminó con la mirada, pero no con la mirada. Con un suspiro, se dejó caer de nuevo, cubriéndolo como una manta. "Bien. Pero nada de cosas raras."Él arqueó una ceja. "Define 'raro'."Ella no respondió. Simplemente se acercó más.Más tarde, yacían enredados en sábanas empapadas de sudor, con las extremidades pesadas y los músculos doloridos por el esfuerzo que ninguno esperaba disfrutar tanto. Rokugo finalmente encendió su cigarrillo, exhalando una lenta bocanada de humo hacia el techo.Grimm miró fijamente las vigas, con una suave sonrisa en los labios."No puedo creerlo... Tengo novio. Y estamos aquí. En mi cama. Demasiado doloridos para movernos." Suspiró felizmente. "Podría quedarme así todo el día."Entonces, en voz baja: "Maldito insomnio..."Rokugo la miró. "¿En qué estás pensando?""Nada", dijo ella, y de inmediato lo agarró con más fuerza del brazo. "Mentiroso. ¿Estás pensando en otra mujer?"Él se puso rígido. "¿Qué? No."Ella se inclinó, bajando la voz hasta convertirse en un susurro. "...Entonces dime que me amas."Él apartó la mirada, incómodo. "Mira, Grimm, no me quejo. Cualquier hombre estaría contento con... bueno, esto." Hizo un gesto vago hacia abajo. "Pero me estás aplastando las costillas."Ella hizo un puchero, pero se acurrucó más cerca. "No me importa. Eres mi primer novio. Mi amor. Mi futuro esposo. Me quedo aquí."Él rió entre dientes, alborotándole el pelo. "Sí, sí. Mi dulce y pegajoso desastre." Luego, más bajo: "Si no te mueves pronto, vamos a empezar a sudar a través del colchón.""¿Y?" Ella se encogió de hombros. "No me importa."Un instante de silencio. Luego, casi con indiferencia, preguntó:"Oye... ¿es cierto? ¿Lo de los zapatos?" Grimm se quedó quieta. Su sonrisa se desvaneció. Bajó la mirada, su voz apenas audible."Sí. Es real. Si me pongo los zapatos... exploto."Rokugo parpadeó. "¿Literalmente?"Ella asintió. "No es solo dolor. Es... como si todo tu cuerpo supiera que está terminando. Como si te estuvieran destrozando por dentro mientras aún estás despierta." Su respiración se entrecortó. "Eso es lo peor. El saberlo."Sus ojos se llenaron de lágrimas. No de tristeza, sino de terror. De recuerdo.Y entonces, su voz se convirtió en un susurro, frío y cortante:"...Vas a matarme, ¿verdad?"Rokugo se incorporó. "¡¿Qué?!""Me sedujiste. Me hiciste confiar en ti. Me dejaste desnuda, vulnerable..." Sus manos temblaron. "Destruiste tu propio mundo. Has hecho cosas peores. Ahora conoces mi secreto. Por supuesto que me matarás antes de que pueda contárselo a nadie."La miró fijamente y luego se echó a reír, pasándose una mano por el pelo con exasperación."Grimm, por Zenarith, estás delirando. Si quisiera verte muerto, ya serías fertilizante."Ella no rió. Simplemente se abrazó a sí misma, pequeña y frágil entre los restos de la cama.La expresión de Rokugo se suavizó. Extendió la mano y le acarició suavemente la barbilla."Escúchame. No voy a matarte. Ni siquiera soy bueno guardando secretos. Si fuera a traicionarte, te lo diría Alice primero."Lo miró a los ojos. Lentamente, la tensión desapareció de sus hombros.La besó en la frente. "Ahora vuelve a dormirte. Te ves agotada."Murmuró algo ininteligible y se hundió en la almohada.Rokugo esperó a que su respiración se normalizara. Luego, con cuidado, se deslizó de la cama y fue a la cocina a buscar agua.Mientras bebía, revisó su brazalete Kisaragi.Un nuevo mensaje parpadeó en rojo:ALERTA DEL CUARTEL GENERAL: Ejecutivaenviado para evaluación in situ. ETA: 12 horas.Rokugo se quedó paralizado."¡Oh, ni hablar!".Astaroth: su antiguo oficial al mando, su examante y la mujer que una vez vaporizó a una traidora por olvidar su cumpleaños.Volvió a mirar el dormitorio. Grimm, desnudo, en paz, completamente inconsciente.El pánico le atravesó la garganta.Si Astaroth descubre que me acuesto con una lugareña...Si Grimm descubre que Astaroth existe...Su mente dio vueltas:—Grimm lo maldice hasta la impotencia.—Astaroth lo despelleja vivo y lleva su rostro a las reuniones. —Necesitaba tiempo. Necesitaba que Grimm durmiera.Desesperado, abrió el menú de recompensas de su brazalete. Pasó por rifles de plasma, dispositivos de camuflaje, sueros de la verdad..."Calcetines."Perfecto.Volvió a entrar de puntillas y deslizó con cuidado los calcetines en los pies de Grimm.Al instante, su piel se sonrojó. Murmuró en sueños, revolviéndose inquieta.Rokugo corrió hacia la puerta.

A sus espaldas, Grimm se sobresaltó Despierta, mirándose horrorizada los pies enfundados en calcetines.

"¡¿COMANDANTE?! ¡¿POR QUÉ...?!"Se incorporó a toda prisa......y explotó. La cabaña se desvaneció en una bola de fuego de reacción divina, con la madera y la piedra vaporizándose en una onda expansiva que hizo vibrar las ventanas a tres manzanas de distancia.Rokugo no miró atrás. Ya corría hacia el cuartel general de Kisaragi, murmurando:"Valió la pena. Mereció totalmente la pena".En algún lugar entre los escombros, un calcetín calcinado cayó al suelo.Y en lo alto, en la oficina celestial, Zenarith se pellizcó el puente de la nariz."¿Otra vez? ¡¿Otra vez?!"


En el Más Allá, el alma de Grimm apareció frente al trono de Zenarith—no como una sombra confusa, sino clara, temblorosa, finalmente consciente.

Zenarith no se levantó. Solo la miró con ojos cansados, casi maternales.

"Nos vemos después de... ¿dos años?" preguntó, voz seca.

Grimm cayó de rodillas. "Lo siento... lo siento tanto. Me dejé llevar. Creí que... que con él me sentía viva. Que alguien me quería."

"Te lo dije," dijo Zenarith, sin crueldad, solo certeza. "Él no te amaba. Jugaba contigo."

Grimm asintió, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas incorpóreas. "Lo sé ahora. Tal vez eran puntos malos. Tal vez sexo. Tal vez información. Pero... por un momento, creí que era real." Levantó la vista, suplicante. "Por favor... déjame ir al cielo. No quiero reencarnar. Solo... descansar."

Zenarith se inclinó hacia adelante, y por un instante, su rostro se volvió aterrador—ojos negros, aura opresiva.
"¿Cielo? ¿Reencarnación? Grimm... no vas a ninguno de los dos."

Grimm palideció. "¿Q-qué?"

Pero entonces, Zenarith suspiró... y sonrió.
"Porque ya te están reviviendo."

Señaló hacia abajo.

En el mundo mortal, RokugoRose y una mujer de cabello naranja y amarillo—alta, con traje ejecutivo negro y mirada que cortaba el acero—habían recogido los restos humeantes de Grimm de entre los escombros. La habían llevado al templo subterráneo. Y sobre el altar, habían dejado una ofrenda.

Zenarith asintió. "Esa es Belial. No Astaroth. Él se equivocó."

En el templo, el aire se espesó. Las velas se apagaron. Luego, un resplandor dorado envolvió el altar.

De entre los fragmentos de carne, hueso y ceniza, un cuerpo se reconstruyó—piel pálida, ojos amarillos, cabello rojo como llamas. Grimm, desnuda, tal como había explotado.

Jadeó, abriendo los ojos de golpe.

"¡¿QUÉ DEMONIOS?! ¡ROKUGO, ME MATASTE!?" gritó, incorporándose con furia. "¡¿POR QUÉ?! ¡¿ME MATASTE SIN NINGÚN PUTA MOTIVO!? ¡¿QUÉ CLASE DE MALDITO PSICÓPATA ERES!?"

Rokugo, aliviado pero nervioso, se rascó la nuca. "Bueno... quería saber si de verdad no podías usar zapatos."

Grimm lo miró como si hubiera perdido la razón. "¡¿Eso es lo que te pasó por la cabeza!? ¡¿ME MATAS POR UN PAR DE ZAPATOS!? ¡ESTO NO ES GENIAL, ROKUGO! ¡ESTO NO ES GENIAL!"

Desde la sombra, Belial cruzó los brazos, una sonrisa burlona curvando sus labios.
"¿Qué tiene de malo? Es genial ser incapaz de morir."

Grimm se giró hacia ella, furiosa. "¡¿GENIAL!? ¡Sabes lo que es ser apuñalada, fusilada, decapitada, molida, quemada, atropellada, comida viva, EXPLOTADA?! ¡Duele! ¡Y nunca termina! ¡Y nadie me quiere porque me ven como una maldita zombie!"

Belial rió—una risa fría, divertida. Luego, miró a Rokugo con ojos afilados.
"¿Ahora sí puedes explicar esto de 'novia' o 'prometida'? ¿Es algo que olvidaste mencionar en tus informes, Agente 6?"

Rokugo se frotó la frente. "Solo es un acuerdo. Si en diez años seguimos solteros... nos casamos. Es casual. No significa nada serio."

El mundo se detuvo para Grimm.

"¿¡Qué!? ¿¡Un acuerdo!? ¡¿Nada serio!? ¡Hace dos años que hicimos ese trato! ¡Me quedan ocho años!" Su voz se quebró. "¿Y las noches juntos? ¿Por qué estoy desnuda? ¿Y quién es ella? ¿Otra de tus conquistas?"

Rokugo señaló a Belial. "Es la Ejecutiva Belial. Una de las jefas de Kisaragi."

Grimm parpadeó.

Luego, como si un interruptor se activara en su cerebro, cambió por completo.

Se enderezó. Se sentó formalmente en el suelo. Inclinó la cabeza en una reverencia profunda, manos en las rodillas, postura impecable.

"Es un honor conocerla, Ejecutiva Belial," dijo, voz dulce, educada, llena de respeto. "Soy Grimm Grimmore, secretaria de la Agente Viper... y, según un acuerdo técnico, la futura esposa de Rokugo... si usted lo permite, claro."

Belial arqueó una ceja.
Luego, lentamente, sonrió.

Rokugo gimió.
"Oh, no."

Rokugo (suspirando aliviado, mientras la atmósfera se calmaba un poco): "Bueno, al menos ahora sé que te importa un poco menos el hecho de que te maté..."

Grimm (con una mueca, aún irritada pero menos explosiva): "¡Aún no te lo perdono, pero lo que sea... Solo que esto no acaba aquí, Rokugo! Ya veremos cómo manejamos esto."

Grimm comenzó a recuperar la consciencia. Parpadeó varias veces, tratando de asimilar lo que había ocurrido. Sin embargo, al darse cuenta de que estaba completamente desnuda, sus mejillas se encendieron de furia.

—¡¿Qué demonios?! —gritó, cubriéndose como pudo con sus manos—. ¡No puedo creer que nadie pensara en traerme algo de ropa! ¿Es que soy invisible para todos?

Rokugo, quien había estado observando desde una esquina, intentó acercarse con una expresión relajada, aunque claramente divertido por la situación.
—Tranquila, Grimm. Puedo conseguirte algo de ropa si quieres. Tengo algunos puntos malos acumulados...

Grimm lo fulminó con la mirada, todavía tratando de cubrirse.
—¡Ni se te ocurra! No quiero nada que provenga de ti. Prefiero quedarme así antes que aceptar algo de tu parte.

Belial, quien había estado disfrutando del espectáculo desde lejos, soltó una carcajada burlona.
—Oh, vaya. Parece que alguien necesita ayuda... pero no de Rokugo, claro. —Con un gesto despreocupado, Belial activó su brazalete y canjeó algunos puntos malos por una prenda de ropa y una nueva silla de ruedas, que aparecieron frente a Grimm con un destello metálico.

Grimm observó la ropa con desconfianza. Era un conjunto ajustado y revelador, típico del estilo extravagante que Belial solía usar. Aunque no era exactamente lo que habría elegido, decidió aceptarlo solo porque venía de Belial.
—Esto es mejor que nada, supongo... —murmuró mientras se vestía rápidamente, aún incómoda.

Mientras tanto, Rose permaneció en silencio, observando todo con curiosidad. Cuando Grimm terminó de vestirse, Rose se acercó y tomó suavemente la silla de ruedas, haciendo señas hacia la salida del templo.

Grimm, ahora sentada en su nueva silla, cruzó los brazos con frustración.
—Cuando salgamos del templo, voy a buscar algo más decente para ponerme. Esto no es digno de una sacerdotisa.

Rokugo negó con la cabeza, sonriendo con suficiencia.
—Ah, sobre eso... cuando explotaste, también destruiste toda la infraestructura habitable de tu casa. Así que no queda nada allí para buscar.

Grimm lo miró con incredulidad, luego estalló nuevamente.
—¡¿Qué?!

La nueva silla de ruedas—negra, reforzada con aleaciones de Kisaragi, con suspensión antichoque y un compartimento oculto para armas—rodó sobre los escombros humeantes de lo que alguna vez fue la casa de Grimm.

Rose empujaba en silencio, evitando mirar a su amiga. No hacía falta. El dolor en el rostro de Grimm era evidente.

Las paredes habían colapsado. El techo, vaporizado. Las tuberías, retorcidas, goteaban agua negra sobre cenizas aún calientes. Nada quedaba. Ni recuerdos. Ni ropa. Ni dignidad.

Belial le había dado una túnica ajustada, de corte rebelde—roja como sangre seca, con bordes negros y el emblema de Kisaragi estampado en el pecho. Grimm la usaba no por gusto, sino porque no quería nada que oliera a Rokugo.

Así, descalza, con el pelo enmarañado y los ojos hinchados, asistió a la reunión estratégica de Kisaragi.

Sentada al fondo, brazos cruzados, lanzaba miradas de reproche hacia Rokugo cada vez que él abría la boca. Él, por su parte, solo rodaba los ojos, frotándose las sienes como si tuviera jaqueca crónica.

Belial, desde el podio, explicaba la ofensiva contra Hiiragi: tácticas de infiltración, puntos débiles en la nave espacial

Grimm no escuchaba.

Hasta que Belial, con un movimiento fluido, activó su piroquinesis.

Columnas de fuego surgieron a su alrededor, ardiendo sin consumir oxígeno, sin humo, solo pura energía incandescente. El aire se volvió abrasador. Los agentes retrocedieron instintivamente.

"¿El plan es... hacer explotar todo a lo grande y ver cómo caen como moscas?" preguntó Grimm, con una sonrisa irónica que no llegó a sus ojos.

Belial giró la cabeza, llamas danzando en sus pupilas.
"A veces, la manera más eficiente de acabar con los problemas es quemarlos. Literalmente."

Y así comenzó la ofensiva.

Kisaragi avanzó como un ejército de sombras y acero. Pero el verdadero objetivo era el Bosque Oscuro—una zona controlada por flora mutante aliada de Hiiragi, donde árboles con dientes y lianas con veneno habían detenido tres asaltos anteriores.

Belial no negoció.

Entró.
quemó.

Los árboles gritaron al arder. Las plantas-damas se retorcieron, sus cabezas múltiples escupiendo esporas venenosas... pero las llamas de Belial eran más rápidas, más hambrientas. En minutos, el bosque era un mar de carbón humeante.

Pero entonces... las nubes negras descendieron.

Tormenta eléctrica. Niebla corrosiva. Comunicaciones caídas.

Horas pasaron.
Nadie regresó.

Rokugo revisó su bracer, ceño fruncido.
"No hay rastro de Belial por ningún lado..."

Alice, desde el centro de mando, confirmó:
"Su sistema de comunicación se rompió durante la tormenta. El rastreador indica que sigue viva... pero está perdida en el corazón del bosque."

Grimm, hasta entonces callada, murmuró:
"Claro. La todopoderosa ejecutiva quema un bosque entero... y luego se pierde en la niebla como un turista."

En el Más Allá, Aqua observaba con creciente horror.

Ese bosque... no era natural.

Siglos atrás, científicos de una era olvidada lo habían modificado: árboles con raíces que absorbían fuego, hojas que exhalaban vapor extintor, corteza capaz de regenerarse tras cualquier daño. Y entre ellos, guardianas humanoides—criaturas inspiradas en las leyendas de Konosuba, seres de belleza etérea y poder silencioso, diseñadas para proteger el equilibrio ecológico.

Ese era el verdadero motivo por el que Kisaragi nunca había podido expandirse más allá del desierto.
No por falta de fuerza.
Sino porque el bosque se defendía solo.

Y ahora, Belial lo había quemado.
No destruido.
Solo... enfurecido.

En la base de Kisaragi, la victoria era amarga.

Con la tribu Hiiragi en retirada temporal, Rokugo debería haber celebrado. Pero en vez de eso, buscó a Grimm.

La encontró en un pasillo lateral, recostada en su nueva silla de ruedas, mirando por una ventana rota. Al verlo, su expresión cambió: sorpresa → disgusto → indiferencia forzada.

"¿Qué quieres ahora, Rokugo?" dijo, cruzando los brazos. "Si vienes a pedirme ayuda para otro plan idiota, búscate a otra."

Él suspiró, acercándose. "Quería disculparme. Por... ya sabes. Lo de los zapatos. Fue cruel. Me pasé."

Grimm lo miró de reojo, ojos duros. "¿Crees que un 'lo siento' arregla que me mataras solo para probar una teoría? Me dolió. No solo el cuerpo. El alma."

Rokugo intentó sonreír. "Vamos, te invito a comer. A comprar ropa. Lo que quieras. Cualquier cosa."

Ella resopló. "¿Crees que soy tan fácil? ¡Fue traición! Y aunque me divierta verte suplicar... no perdono así nomás."

"...Oye," dijo él, desconcertado. "¿Desde cuándo una cita no arregla todo?"

Grimm lo miró, y en su voz no hubo broma, solo dolor:
"Fue cruel, Rokugo. Y no lo olvidaré."

Silencio.

Rokugo, acostumbrado a resolver conflictos con sarcasmo o sexo, no supo qué hacer. Así que se encogió de hombros y se dio la vuelta.

"Entiendo... entonces no hay nada más que pueda hacer."

Mientras caminaba, su mente divagó.
¿Por qué fui a buscarla? ¿Acaso... terminamos? ¿Estoy libre?

Una sonrisa aliviada asomó en sus labios.
¡Por fin soltero otra vez! ¡Un milagro!

Pero no vio lo que Grimm sí vio:
su propia soledad reflejada en sus ojos.

Ella lo observó alejarse, corazón en pedazos, fingiendo indiferencia mientras las lágrimas le ardían detrás de los párpados.

Al día siguiente, el cielo se oscureció.

Una nave espacial Hiiragi, enorme y blanca como hueso pulido, descendió con elegancia sobrenatural. Aterrizó fuera de la barrera de seguridad, rampa desplegándose con un silbido de vapor.

De ella emergió una mujer.

Alta. Armadura impecable. Cabello negro ondeando como bandera de guerra. Ojos fríos, postura regia.

"¡Soy Adelheid Krueger!" anunció, voz resonante, casi teatral. "¡La 'Salvadora Umbral'! ¡Aliada de la justicia! He sido enviada por Hiiragi para escoltar al Agente Rokugo y a su... ¿acompañante?... en una misión de paz. ¡Acompáñenme! ¡Démosle una oportunidad a la tregua!"

Rokugo intercambió una mirada con Alice.
Sin dudar, subieron.

Desde la sombra del hangar, Grimm los vio marchar.

En el Más Allá, Aqua observaba con creciente horror.

Belial no solo destruía.
Disfrutaba.

Cada árbol incendiado, cada criatura reducida a ceniza, cada aldea arrasada... lo hacía con una sonrisa serena, como si quemar el mundo fuera un arte. Y cuando llegó a la aldea de los Hombres Lagarto, gobernada por un Exdios—un ser que, como Aqua en sus días en Konosuba, había renunciado a su trono celestial para vivir entre mortales—Belial no dudó.

Lo mató.
No en combate.
En espectáculo.

Aqua, paralizada, recibió su alma.
Demasiado asustada para seguir el protocolo completo, solo balbuceó:
"¿Cielo... o reencarnación?"

El Exdios, con voz cansada, miró a su alrededor.
"Este despacho ha cambiado... desde que me fui."
Eligió el cielo.
Y como antiguo dios, no fue un alma más: le dieron un cargo menor, burocrático, lejos del caos.

Pero Aqua no escuchó.
Solo pensó: ¿Qué pasaría si yo muriera en Konosuba? ¿Quién me recibiría? ¿O simplemente... desaparecería?

El miedo la heló.

Actuó rápido.

Usó su influencia para desviar a Belial—lejos de las tribus Headslitter, lejos de Hiiragi—hacia el único lugar que podía detenerla: Grunade, el reino oculto en el corazón del bosque, donde humanos y dragones convivían en armonía. Allí, todo estaba forjado para resistir el fuego: techos de escamas, muros de obsidiana viva, ríos de magma controlado.

Y funcionó.

Belial entró... y fue apresada.

En el mundo mortal, Rokugo y Alice regresaron de su "reunión de paz" con Hiiragi.

El trato era claro: mitad del planeta para cada bando.
Pero Rokugo ya planeaba romperlo.
Primero, tenía que rescatar a Belial.

Alice, furiosa, reunió a los agentes:
"¡Silencio, idiotas! ¡Hiiragi no es un enemigo común! Son rivales de los Héroes de la Tierra misma! ¡Si no están listos para luchar, no estorben!"

Sus palabras calmaron a los indecisos y avergonzaron a los cobardes.

Hombre Tigre dio un paso al frente.
"Voy contigo, Comandante. Belial es nuestra jefa. Merece que demos todo."

Justo entonces, Grimm apareció.

Sentada en su silla de ruedas, brazos cruzados, ojos ardiendo de celos y dolor.

"¿Así que vas a arriesgarte... solo para salvar a ella?" Su voz temblaba. "¿Por qué, Rokugo? ¡Dime!"

Él suspiró. "Primero, es mi jefa. Segundo..." La miró, serio. "Es mi amiga. La conozco desde adolescentes."

Grimm apretó los labios. "¿Amiga? ¡Después de matarme por un capricho, ahora hablas de amistad?! ¿Así cuidas a tus 'amigos'?"

Rokugo bajó la vista. "Fue un error. Pero esto es diferente."

"¡Pues bien! ¡Pudrétete! ¡Ve, piérdete y no vuelvas!"
Giró su silla y se alejó, dejando tras de sí un silencio pesado.

Hombre Tigre soltó una risa burlona.
"Problemas amorosos, ¿eh? Te advertí que te explotaría en la cara."

Rokugo gruñó. "Estará de mejor humor cuando regrese."

"Claro," dijo Tigre, sonriendo. "Y mientras tanto, Astaroth llegará, se enterará de tu 'novia explosiva'... y te castrará con sus propias manos."

Rokugo palideció. "Genial. Justo lo que necesitaba: dos mujeres furiosas."

Necesitaban guía.
Rose los llevó hasta el límite del Bosque Oscuro—el punto donde su "trato" le prohibía avanzar. Más allá, ni ella entraba.

Rokugo y Hombre Tigre, entrenados para sobrevivir en cualquier infierno, siguieron solos.

Horas después, entre niebla y raíces gigantes, vieron algo imposible:

Una muralla colosal, hecha de hueso y escama, rodeando un territorio oculto.
Animales pequeños—con ojos demasiado inteligentes—los observaban desde las sombras.

Grunade.

El aire en las afueras de Grunade olía a ceniza fría y resina antigua. Las murallas, hechas de hueso petrificado y escamas de dragón entrelazadas con raíces vivas, se alzaban como un muro entre el mundo conocido y lo prohibido.

Un emisario los detuvo antes de que dieran un paso más. Vestía una túnica tejida con hilos de fuego apagado, y sus ojos—dorados, verticales—los escudriñaron con una mezcla de respeto y desconfianza.

"Los dragones de Grunade no toman a la ligera la presencia de forasteros," dijo, voz grave pero no hostil. "No obstante... si vuestra intención es pacífica, podéis ingresar."

Rokugo asintió con una sonrisa fácil. "Somos viajeros pacíficos. Solo queríamos apreciar la famosa barrera del Reino de Grunade."

El emisario asintió... pero sus ojos se detuvieron en el Hombre Tigre.

"¿Y tú?" preguntó. "Hace dos años, un ladrón con garras y orgullo robó la Magicita Roja, el corazón energético de nuestro reino. Nunca lo atrapamos. Pero tu rostro... me resulta familiar."

El Hombre Tigre carraspeó, incómodo. "Coincidencia. Yo también admiro las joyas nacionales."

Rokugo no se inmutó. "Viajamos juntos. Él es mi guardaespaldas."

El emisario los estudió un momento más. Luego, con una inclinación cortés, les indicó el camino.
"Siganme."

Lo que parecía una bienvenida se convirtió en emboscada.

En medio del patio central—donde fuentes de lava controlada burbujeaban bajo estatuas de dragones dormidos—el suelo cedió. Rokugo y el Hombre Tigre cayeron en una trampa sellada con runas anti-fuego y cadenas de hierro bendito.

Aterrizaron en una celda subterránea, húmeda, iluminada por cristales que latían como corazones.

Y allí, encadenada a la pared con grilletes forjados en escama de dragón anciano, estaba Belial.

Su armadura estaba chamuscada, su cabello desordenado, pero su mirada seguía siendo de fuego puro.

Al verlos, soltó una risa seca.
"Ya era hora de que alguien viniera a buscarme. ¿Qué, tardaron tanto en darse cuenta de que estaba aquí?"

Rokugo se levantó, sacudiéndose el polvo. "Nos distrajiste quemando medio continente. No fue fácil rastrear tu 'sendero de destrucción'."

Hombre Tigre gruñó. "Y encima nos acusan de robar su tesoro nacional. ¡Eso fue antes de que te conociéramos!"

Belial arqueó una ceja. "¿Tú? ¿Robaste la Magicita Roja?"

"Tenia una buena intension"

Belial suspiró, como si ya estuviera cansada del caos. "Entonces estamos atrapados por tres razones: yo por incendio masivo, tú por sacrilegio energético... y tú"—miró a Rokugo—"por ser un idiota que sigue creyendo que puede mentirle a un dragón."

Rokugo se sentó contra la pared, cruzando los brazos. "Bueno. Al menos no estás sola."

Belial lo miró fijamente. Luego, muy bajito:
"Gracias por venir."

Nadie respondió.
Pero en la oscuridad de la celda, incluso los fuegos más fieros necesitan compañía.

En el Más Allá, el "tablero" había cambiado.

El despacho celestial—antes caótico, ahora extrañamente ordenado—se asemejaba a una sala de guerra divina. Tres figuras se inclinaban sobre un espejo flotante que mostraba Grace, el Bosque Oscuro y las fronteras en llamas.

Aqua, con una taza de té humeante en la mano, señaló con el dedo.
"¡Miren! La Tribu Hiiragi del bosque—los indígenas, no los de la nave—acaban de recibir armamento de sus primos submarinos. Están usando collares de control para domar Titanes-animales. Y van directo contra los Headslitters."

Chronia, sentada con las piernas cruzadas y un pergamino de almas en el regazo, frunció el ceño.
"Los Headslitters son mis seguidores. Y Viper también." Se levantó, palma extendida sobre el espejo. "No permitiré que los borren del mapa."

Con un gesto, una luz dorada descendió sobre Viper, quien, en ese mismo instante, activaba su forma gigante en las afueras de Ciudad Escondite.
"¡Kisaragi! ¡Defendemos a los Headslitters!" gritó, voz resonando como trueno.

Mientras tanto, en Grunade, el caos reinaba.

Rokugo, Belial y Hombre Tigre habían escapado de la prisión gracias a un fallo mágico causado por la interferencia de las microondas de alta potencia—un poder que Belial odiaba usar, porque "huele a comida recalentada y me da náuseas"—pero que, en este caso, había fundido las runas de contención.

Justo cuando pensaban estar libres... Midgard despertó.

El Dragón Primordial emergió de las profundidades del reino, escamas brillando como cuchillas, ojos ardiendo con fuego ancestral. Rugió, y el suelo se partió.

La batalla fue brutal.

Hombre Tigre se transformó en su forma gigante, agarrando las mandíbulas de Midgard con fuerza sobrehumana.
"¡Ahora, Belial!"

Belial, con los dientes apretados, activó su microondas de alta potencia—una onda invisible, silenciosa, que penetró el cráneo del dragón y cocinó su cerebro desde dentro.

Midgard colapsó.

Agotados, cubiertos de sudor y sangre de dragón, los tres huyeron hacia Ciudad Escondite.

Allí, un agente los recibió con alivio:
"¡Comandante Rokugo, Ejecutiva Belial! Mientras estuvieron fuera, hubo ataques de la Tribu Hiiragi... pero fueron repelidos con éxito."

Hombre Tigre fue al hospital—su cuerpo no soportaba bien el crecimiento gigante.
Belial se desplomó en su cuarto, dormida antes de tocar la cama.

En el Más Allá, las diosas observaban como si jugaran una partida de estrategia cósmica.

Zenarith, mordiendo una uva, murmuró:
"Grimm sigue en su templo, fingiendo que no le importa. Pero cada vez que Rokugo sale en los informes, ella quema una vela extra. Patético. Tierno."

Chronia giró un reloj de arena. "Viper está ganando terreno. Los Headslitters la veneran. Si sobrevive, podría convertirse en una semidiosa menor. Interesante."

Aqua suspiró, mirando a Rokugo arrastrarse hacia su habitación.
"Ese idiota... casi muere dos veces esta semana. Y todo por una mujer que lo ve como un subordinato con problemas de fidelidad."

Zenarith rio. "Al menos ya no mata a Grimm por curiosidad. Progreso."

Chronia asintió. "Mientras no interfieran con el equilibrio, pueden quemar el mundo entero."

Aqua bebió un sorbo de té.
"Pero si Belial vuelve a usar esas microondas cerca de mi planeta... juro que la convierto en una tostadora eterna."

Las tres rieron.
Y el juego continuó.

Grimm llegó al hangar de Ciudad Escondite en su nueva silla de ruedas eléctrica, negra, con luces azules y un pequeño compartimento secreto para dagas. Su expresión era extraña: una mezcla de alivio, esperanza... y determinación.

Había pasado días sin hablarle a Rokugo. Pero ahora que había regresado, tal vez...

Entonces lo vio.

Belial, caminando a su lado, cubierta de polvo de batalla pero erguida, con la armadura chamuscada y el cabello desordenado. Rokugo le decía algo, y ella respondía con una media sonrisa.

El corazón de Grimm se detuvo.

De inmediato, su postura cambió.
La silla se detuvo con un chirrido.
Ella enderezó la espalda, bajó la mirada, inclinó ligeramente la cabeza—gesto de respeto absoluto ante la Ejecutiva.

Luego, sin decir una palabra, giró la silla y se alejó.

Rokugo, desconcertado, murmuró:
"¿Qué...? ¿Qué le pasa ahora?"

Más tarde, en la oficina de Viper, Grimm entregaba informes con gesto sombrío.

"Usted es demasiado buena onda," dijo de pronto, sin preámbulos. "Debería ser más... estratégica. Como aquel comandante de Grace que nos enviaba a Rose y a mí a misiones suicidas. Sabía que no volveríamos. Y aun así, nos mandaba."

Viper, sentada tras su escritorio con una taza de té herbal, levantó una ceja escamosa.
"¿Y eso te parece correcto?"

"No digo que sea correcto," replicó Grimm, cruzando los brazos. "Pero es eficaz. Usted trabaja para Kisaragi, una organización que conquista mundos. ¿Por qué no actuar como tal?"

Viper suspiró, mirando por la ventana hacia el bosque humeante.
"Porque puedo servir sin perder mi alma. Puedo obedecer sin convertirme en monstruo." Hizo una pausa. "No haré el mal... solo porque sí."

Grimm no respondió. Pero en sus ojos, había un destello de frustración... y envidia.

En el Más Allá, Aqua observaba todo con creciente curiosidad.

"¿Quiénes son esos Headslitters?" preguntó a Chronia. "¿Por qué los defiendes tanto?"

Chronia, hojeando un pergamino antiguo, respondió sin levantar la vista:
"Son Ackermans. No del linaje de Mikasa, sino de una rama perdida que huyó durante las guerras titánicas. Se refugiaron en el Bosque Oscuro. Viven en armonía con la naturaleza... si consideras 'armonía' criar serpientes que inyectan suero titánico."

Aqua parpadeó. "¿Qué?"

"Sí. Las crían desde crías. Les inyectan una versión primitiva del suero. Las serpientes se convierten en Titanes reptilianos: cazan, empalan a sus presas, y beben su líquido espinal para mantenerse activas." Chronia cerró el pergamino. "Son letales. Pero no por maldad. Por supervivencia."

Aqua tragó saliva. "Dioses... ¿y cómo se organizan?"

"No tienen concepto de individuo," explicó Chronia. "Para ellos, la tribu es un solo ser. No hay 'yo'. Solo 'nosotros'. No entienden padre, madre, hermano... solo función dentro del cuerpo colectivo."

Aqua se estremeció. "Eso... no es humano."

"Nunca pretendieron serlo," dijo Chronia, con una sonrisa triste. "Ellos no luchan por poder. Luchan porque el mundo intenta borrarlos. Y yo... no permitiré que eso ocurra."

Aqua guardó silencio.

Grimm (con una expresión enfadada, levantándose rápidamente): "¡Rokugo! ¿Qué estás haciendo?"

Rokugo (cruzándose de brazos, serio):
"Grimm, tenemos que hablar."

Grimm (nerviosa, pero sin perder su orgullo):
"No quiero hablar contigo. ¡Voy a ignorarte!"

(Grimm intenta alejarse, pero Rokugo le sostiene la silla de ruedas.

Rokugo se acerca y se agacha para quedar a su altura.)

Rokugo (con una mirada de cansancio y desesperación, acercándose lentamente): "Lo siento, Grimm. Necesito que me escuches. Por favor, no me hagas esto más difícil."

Grimm (tratando de alejarse, pero siendo arrastrada hacia él por la fuerza de su voluntad): "¿Escucharte? ¿Qué quieres decirme ahora?"

Rokugo (mirándola fijamente, su voz temblando ligeramente): "Soy un farsante, Grimm. Siempre lo fui. Te hice daño. No te mentí solo a ti, me mentí a mí mismo. Salí contigo por lástima, te vi como una aventura de una noche, y luego ... nunca fui sincero."

Grimm (sin poder ocultar la tristeza en su rostro, mirando a Rokugo sin decir nada): "No... no digas eso. ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué ahora? ¡Después de todo lo que pasó!"

Rokugo (con la voz quebrada, el dolor evidente en sus palabras): "Porque ahora, después de todo esto, Sabes la verdad. No soy un buen hombre, Grimm. Soy un criminal. En mi mundo, maté a héroes, los torturé de maneras horribles. Hice cosas que no puedo borrar. Si el infierno existe, tengo un pase VIP para ahí."

Grimm (mirándolo con una mezcla de compasión y tristeza, su voz suave): "Lo perdono, Rokugo. Quizá no entiendas por qué, pero te perdono."

Rokugo (mirándola con asombro, su voz quebrándose aún más): "¿Qué? ¿Por qué?"

Grimm (con una pequeña sonrisa, tocando su pecho con una mano): "Porque tú me hiciste sentir querida, amada. Me hiciste sentir viva otra vez. Y eso es algo que no puedo olvidar, incluso si todo lo demás fue una mentira."

(Rokugo aprieta los dientes. No esperaba esa respuesta. Se queda mirándola por un momento, sintiendo algo de culpa, algo que rara vez siente.)

Rokugo (con un suspiro profundo, sus ojos llenos de pesar): "Gracias... no merezco tus palabras. Pero si es asi Dame un último beso, entonces."

Grimm (mirándolo con sorpresa, sin entender completamente): "¿ultimo? ¿Por qué...?"

Rokugo (mirándola con tristeza): "Porque... creí que habíamos terminado.

Grimm (molesta, frunciendo el ceño): "¡Tú... tú creíste que había terminado!? ¡Yo no lo consideré así! ¡Fue solo una pelea de enamorados, no una ruptura!"

Rokugo también se da cuenta de que acaba de decir algo extraño. Antes de que pueda reaccionar, Grimm lo agarra del cuello de la chaqueta y lo jala hacia ella, con una mirada de enojo.)

Grimm (con una risa amarga, dándole un empujón suave): "¡Vaya, qué tonto eres! Pensaste que todo se había acabado, pero solo estábamos discutiendo. Y ahora quieres un beso, ¿eh?"

Rokugo (con una sonrisa irónica, pero sincera): "Parece que no es el caso."

Grimm (furiosa): ¿Desde cuándo decides todo por tu cuenta? ¡Tenemos un contrato firmado con sangre de que nos casaremos en 10 años, y eso no ha cambiado, Grande Zenarith que sobrevivió entre los escombros de mi casa!"

(Rokugo se queda sin palabras. Luego, solo suspira y sacude la cabeza, rindiéndose.)

Rokugo (sonriendo de lado):
"Bien, bien... lo que digas.


En el Más Allá, las tres diosas estaban literalmente pegadas al espejo celestial, como si vieran un capítulo clave de su telenovela favorita.

Aqua, con una bolsa de palomitas divinas en el regazo, dejó escapar un gemido dramático.
"¡NO! ¡Rokugo, no digas eso! ¡Ella ya sufrió bastante!"

Zenarith, recostada en su trono con los pies sobre la mesa, bufó. "Por fin lo admite. Lleva dos años tratándola como un juguete de malicia y redención. Ya era hora de que se diera cuenta de que Grimm no es una NPC."

Chronia, hojeando un pergamino pero sin perder detalle, murmuró: "Curioso. Él confiesa sus crímenes interestelares... y ella lo perdona. No por debilidad. Por gratitud. Esa niña ha estado tan sola que incluso el amor falso le sabe a milagro."

Abajo, en Ciudad Escondite, la escena se desplegaba con toda la intensidad de un drama romántico mal escrito... pero real.

Grimm, furiosa, intentó alejarse en su silla.
Rokugo la detuvo, agachándose a su altura, voz temblorosa:
"Soy un farsante, Grimm. En mi mundo, maté héroes. Los torturé. Si hay infierno, tengo un pase VIP."

Grimm lo miró... y en vez de gritar, sonrió.
"Lo perdono. Porque me hiciste sentir viva."

Aqua soltó una palomita. "¡AY, NO LLORES, GRIMM! ¡ÉL NO MERECE TUS LÁGRIMAS!"

Zenarith resopló. "Claro que no. Pero ella no quiere justicia. Quiere esperanza. Y ese idiota es lo más cercano que ha tenido."

Cuando Rokugo pidió un "último beso", Chronia arqueó una ceja.
"Ah. El clásico 'me rindo, así que dame un premio antes de irme'."

Pero entonces—giro de guion.

Grimm lo agarró del cuello.
"¡TÚ creíste que había terminado?! ¡Tenemos un contrato firmado con sangre! ¡Y sobrevivió entre los escombros de mi casa explotada!"

Rokugo, atónito, solo pudo suspirar:
"Bien, bien... lo que digas."

En el Más Allá, Aqua se tapó la cara con las manos.
"¡Es tan torpe! ¡Pero ella lo ama igual!"

Zenarith cruzó los brazos, pero sus ojos brillaban.
"Patético. Romántico. Y absolutamente inevitable."

Chronia cerró su pergamino.
"Mientras no interfieran con el equilibrio... que se quemen juntos. Al menos esta vez, será por amor... no por puntos malos."

Y las tres volvieron a sus asientos, listas para el próximo episodio.  

En el Más Allá, el espejo celestial mostraba la escena en la sala de mando de Hiiragi con tanta claridad que parecía una comedia de espías mal ensayada.

Aqua, con los ojos como platos, señaló al Agente 10, quien acababa de colarse bajo una manta de invisibilidad y ahora rebuscaba en la nevera de Fritz.
"¡¿Ese tipo se está tomando su refresco mientras Rokugo negocia?! ¡Y ahora se pone sus calzones! ¡Esto no es diplomacia, es un circo!"

Zenarith, recostada con una copa de vino cósmico, soltó una carcajada seca. "Fritz ni siquiera lo nota. Está demasiado ocupada fingiendo que no controla a su tribu del bosque. 'Oh, ellos actúan por su cuenta'... claro, como si les hubiera regalado armas Titanicas por caridad."

Chronia, ajustando su reloj de arena con una sonrisa, añadió: "Y Alice... pobre Alice. Tan racional, tan lógica... y ahí está, tartamudeando sobre 'autonomía tribal descentralizada' para distraer a Fritz mientras su propio agente se prueba la ropa interior de la enemiga."

Abajo, en la sala de conferencias de Hiiragi, la farsa continuaba.

Fritz—alta, elegante, con traje blanco impecable—hablaba con voz serena, gestos medidos:
"La tribu Hiiragi del bosque nos venera como dioses. Les damos tecnología obsoleta, sí... pero no dirigimos sus acciones."

Mientras tanto, el Agente 10, invisible excepto por el contorno borroso de su silueta, sacó una lata de bebida energética de la nevera, la abrió con un pssht audible, y luego, con total descaro, se quitó los pantalones de Fritz de un cajón y se los puso encima de su uniforme. Posó frente a un espejo, haciendo gestos exagerados de modelo.

Rokugo, con la mandíbula tensa, luchaba por no reír.

Alice, notando el desastre, entró en pánico existencial:
"¡Entonces, lo que intentas decir es que el concepto de autonomía tribal en este contexto geopolítico crea una desconexión entre el control centralizado y la interpretación descentralizada de la filosofía Hiiragi!"

Fritz parpadeó, confundida. "¿Disculpa?"

El Agente 10 hizo una reverencia exagerada hacia Rokugo, le lanzó una lata (que Rokugo atrapó instintivamente), y desapareció por la ventana.

Rokugo se levantó. "Gracias por su tiempo, Líder Fritz. Creo que ya entendimos todo... perfectamente."

Se retiraron.

De vuelta en Ciudad Escondite, Alice informaba a Viper:
"Gracias a tu liderazgo, los Headslitters han aceptado cooperar. Ahora tenemos inteligencia sobre la tribu Hiiragi del bosque... y su conexión directa con la corporación."

Viper asintió, cola enrollada pensativamente. "Entonces Fritz miente. Todo este tiempo."

En el Más Allá, las diosas seguían riendo.

Aqua: "¡Esa mujer cree que es descendiente del Falso Rey Fritz! ¿Sabes cuántas generaciones ha pasado? ¡Ni siquiera tiene sangre real!"

Zenarith: "Claro que no. Pero se convenció a sí misma de que sí. Así justifica su imperio. Triste... pero efectivo."

Chronia: "Lo irónico es que los verdaderos Ackermans—los Headslitters—no necesitan reyes. Ellos son el reino."

Aqua suspiró, mirando a Rokugo caminar con una lata en la mano y una sonrisa burlona.
"Este mundo es un desastre... pero al menos es entretenido."

En el centro del pueblo, bajo un sol abrasador, Miyabi Hiiragi Archylicia—jefa de la tribu del bosque, con túnica de fibras vegetales y ojos como cuchillas—fue arrojada de rodillas ante Rokugo. Cadenas de raíz bendita la mantenían sujeta.

Rokugo se inclinó, cruzado de brazos.
"Habla."

Miyabi alzó la barbilla, voz profética:
"Pronto enfrentarán el juicio divino. Hiiragi ha marcado a una familia real con el Gen del Elegido. Pronto se activará... y eliminará al Señor Demonio y a todos los demonios. Luego, el próximo objetivo será—"

"Sí, sí," la interrumpió Rokugo, aburrido. "El Elegido está desaparecido. Lord Demonio murió. Tu profecía es basura de archivo."

Miyabi parpadeó. Por un instante, dudó. Luego, recuperó su compostura altiva.
"La Agencia de Orden Hiiragi enseña que la tecnología en manos de salvajes lleva a la destrucción. Por eso, dejamos a los primitivos... primitivos. Toda ciudad que olvida su lugar debe ser arrasada. Es nuestra misión."

Rokugo soltó una risa seca. "Así que si alguien construye algo, ustedes lo queman... para 'proteger' el planeta. ¿Y quién decide quién es 'salvaje'? ¿Ustedes?"

"Las élites siempre guían a las masas," dijo Miyabi, fría. "Sin control, los salvajes se reproducen como ratas y consumen todo."

Rokugo miró a Alice, quien ya tenía una ceja levantada en incredulidad absoluta. Luego, sonrió con burla.
"Felicidades. Has dado la justificación más elaborada para el genocidio que he escuchado." Hizo una pausa. "Pero yo haré lo contrario. Si me caso, procrearé todos los días. Resolveré la crisis demográfica yo solo."

De repente, un grito agudo resonó:

"¡¿Q-QUÉ DIJISTE, COMANDANTE?! ¡¿PROCREAREMOS TODOS LOS DÍAS?! ¡OH, ZENARITH, ES UN MILAGRO!"

Todos giraron.

Grimm, en su silla eléctrica, sostenía una fiambrera con una mano y lágrimas de emoción en los ojos.
"¡Vine a traerte el almuerzo... y llegué en el momento perfecto!"

Alice se cubrió el rostro con la palma.
Viper y Rose soltaron carcajadas.
Miyabi los miró como si fueran insectos.

Grimm, ajena a todo, murmuraba emocionada:
"¡Tres hijos! ¡No, seis! ¡Nueve pequeños Rokugos! ¡Podríamos mudarnos a la fortaleza del Tercer Planeta! ¿Tendrán guardería allí?"

En el Más Allá, las diosas observaban con deleite.

Zenarith se rió hasta llorar. "¡Esa tonta! ¡Es una no-muerta! ¡No puede tener hijos!

Aqua, sorbiendo té, asintió. "Ni siquiera les gustan los niños. Rokugo los ve como objetivos móviles. Y Grimm... bueno, ella solo quiere parecer una esposa normal."

Chronia, seria pero con una sonrisa, añadió: "Y aun así... ahí están. Soñando con nueve hijos. Como si el amor fuera suficiente para vencer la biología... y la maldición."

De vuelta en el pueblo, Rokugo suspiró, avergonzado pero conmovido.
"Grimm... no hablaba en serio."

"¡Claro que sí!" insistió ella, aferrándose a la idea como a un salvavidas.

Miyabi gruñó, asqueada. Pero antes de que pudiera decir algo, Rokugo dio una orden.

"Bashin-chan," llamó.

De entre las sombras, una adolescente Headslitter—ojos dorados, colmillos afilados, sonrisa traviesa—se acercó. Rose le entregó la llave de la celda.

"Cuídala bien," dijo Rokugo, guiñando un ojo.

Bashin-chan sonrió.

Mientras Rokugo, Alice y Grimm se alejaban, los gritos de Miyabi comenzaron—primero de furia, luego de terror, luego de súplica.

Rokugo no miró atrás.
Solo tomó la fiambrera de Grimm y murmuró:

"Gracias por el almuerzo... futura señora

En el Más Allá, el aire estaba cargado de tensión cósmica... y un toque de chisme divino.

Aqua, recostada en su silla celestial con una taza de té humeante, frunció el ceño.
"Cierto... ¿qué pasó con el Elegido? ¿El príncipe Kuz? ¿No se suponía que iba a salvar el mundo?"

Zenarith, hojeando un pergamino con los nombres de almas recientes, levantó una ceja.
"¿Cómo no lo viste? 

Chronia, desde su trono de relojes entrelazados, suspiró.

"Estaba atendiendo a Eris.   dijo que eliminara al agente de Kisaragi, como ella hizo con el Agente 22 en Konosuba. Pero antes de que pudiera actuar... todo se descontroló."

Zenarith cerró el pergamino con un golpe seco.
"Kuz se enfrentó al General Faustress, uno de los últimos comandantes del Lord Demonio. Pero en pleno combate, Faustress activó  hechizo de teletransportación aleatoria. Se llevaron a ambos. Ni rastro. Ni energía residual. Nada." Hizo una pausa. "Al menos no están en este planeta. Y eso... es una bendición."

Mientras tanto, en la base de Kisaragi, la sala de juntas estaba en silencio.

Belial tamborileaba los dedos sobre la mesa, mirada afilada como cuchilla.
"¿Qué les dijiste exactamente a los de Hiiragi?" preguntó, sin rodeos.

Rokugo se sentó, cruzando las piernas con calma.

"Todo. El satélite láser. La manipulación de la tribu. Su filosofía de 'salvajes primitivos'.

 Belial asintió lentamente. "Bien. Porque si van a atacar... necesitamos estar listos."

Pero en la nave espacial de Hiiragi, algo inesperado ocurría.

Fritz, preparando el ataque final contra Ciudad Escondite, revisaba los planos de batalla... cuando notó una anomalía en los registros de seguridad.
Un movimiento. Una sombra. Un reflejo en el espejo.

El Agente 10.

Debería haberlo matado.
Pero entonces... él sonrió.
Y lanzó la peor, más torpe, más ridícula mirada de seductor que jamás se había visto: ojos bizcos, labios temblorosos, cejas arqueadas como si estuviera constipado.

Fritz parpadeó.
Luego, en lugar de ordenar su ejecución... soltó una risa.
"Guárdenlo. Será mi amante... o mi esclavo. Aún decido."

El Agente 10, maestro del espionaje, se había dejado ver a propósito.
Podía escapar cuando quisiera.
Pero por ahora... prefería quedarse.
Y mientras tanto, ya había enviado un mensaje cifrado a Kisaragi:
"ATAQUE EN 48 HORAS. SATÉLITE LÁSER ACTIVADO."

En el Más Allá, las diosas observaban con expresiones mezcladas.

Aqua: "¿Creen que Fritz realmente lo quiere como amante? ¡Por favor! ¡Ese tipo se puso sus calzones y posó frente al espejo!"

Zenarith, riendo entre dientes: "No. Ella lo ve como un juguete. Pero él... está jugando con fuego.

Chronia, seria pero con un destello de diversión en los ojos: "Lo interesante no es el ataque. Es lo que vendrá después. Si Hiiragi activa el satélite láser... y Kisaragi responde  ... el planeta entero podría colapsar."

Aqua suspiró, mirando a Rokugo reunirse con Grimm en el hangar.
"Y mientras tanto, esos dos siguen planeando tener nueve hijos... como si el mundo no estuviera a punto de explotar."

Zenarith alzó su copa.
"Que el caos los bendiga."

En el planeta, la guerra se acercaba como una tormenta silenciosa.

Belial activó la videollamada estratégica. En las pantallas flotantes aparecieron Black Lilith, con su bata manchada de aceite interestelar; Astaroth, impecable en su armadura blanca, ceño fruncido; y Viper, con su cola enrollada y ojos serpenteantes, lista para escuchar.

"El Agente 10 confirma: Hiiragi atacará en 48 horas," anunció Belial. "Satélite láser listo."

Lilith no perdió tiempo. "Si llevamos a Alice al interior de su base durante el caos... podemos activar su núcleo de autodestrucción. La explosión eliminará su cuartel general. Victoria asegurada."

Silencio.
Luego, asentimiento unánime.

En el Más Allá, Aqua hizo una mueca.
"Ugh. ¿Otra vez esa androide? Me cae mal. Siempre blasfema contra todo lo sagrado. Hasta le dijo a un ángel que era un holograma defectuoso."

Astaroth, desde su trono de sombras (proyectado en el espejo celestial), cruzó los brazos.
"Es una máquina sin alma. Y aun así, Rokugo la trata como si fuera humana. Patético."

Zenarith, mordiendo una uva, añadió con sequedad:
"Pero es leal. A su manera... torcida."

Abajo, Alice ya había puesto su plan en marcha.

Mientras daba órdenes—robots ensamblados por agentes de Kisaragi, barreras reforzadas por arquitectos demonios, sistemas anti-láser calibrados—su mente estaba en otro lugar.
Su protocolo de autodestrucción estaba activo.
Solo Belial lo sabía.
Y eso era suficiente.

Cuando Grimm preguntó por el examen de maquinaria pesada, Alice respondió sin mirarla:
"Será supervisado por un agente suplente. Estoy ocupada."

Grimm sonrió. ¡Por fin una oportunidad de aprobar! Corrió a estudiar.

Esa noche, Alice buscó a Rokugo.

No para hablar de estrategia.
No para revisar armamento.
Solo... para estar con él.

Rokugo Comio en silencio. Caminaron por los hangares. Rieron por viejas misiones fallidas.
Rokugo notó el cambio—su insistencia, su mirada más suave, la forma en que evitaba tocar su bracer, como si temiera que algo se rompiera.

Pero no dijo nada.

Al día siguiente, Grimm regresó triunfal, certificado en mano, lista para presumirle a Alice su logro...

...y los encontró juntos.

Rokugo y Alice, solos en el observatorio, hablando en voz baja, casi susurrando. Él tenía una mano en su hombro. Ella... sonreía. Una sonrisa mínima, pero real.

Grimm sintió como si el suelo se abriera bajo ella.

"¡Oye, tú! ¡Chica golem! ¡¿Por qué demonios pasas tanto tiempo con mi novio?!"

Alice giró lentamente.
"¿Celosa?"

"¡Obviamente! ¡Soy su novia! ¡Tú solo eres su... su robot de combate!"

Rokugo suspiró, frotándose la frente. "Grimm, por favor..."

Pero Alice no se alteró. Solo miró a Rokugo, luego a Grimm, y dijo, en voz baja:
"No te preocupes. Ya terminé lo que tenía que hacer."

Entregó un informe a Rokugo—detalles finales del ataque, coordenadas, códigos de detonación—y se alejó.
"Nos veremos luego."

Rokugo la observó irse, un nudo en el pecho.
Algo no está bien.

Pero no supo qué.

En el Más Allá, las diosas vieron la escena.

Aqua: "Ay, pobre Alice. Va a morir y nadie la llorará."

Zenarith: "Claro que si, en ese mundo le quieren, nosotros por como le vemos es que nos cae mal. ¿Cómo voy a consolar a una IA que llama 'superstición' a la fe?"

Chronia, más seria: "Pero Rokugo... sí la extrañará. No como amante. Como hermana de batalla."

Hubo un momento de silencio.

Luego, Aqua suspiró.
"Bueno. Al menos Grimm aprobó su examen. Eso es algo."

En el Más Allá, el espejo celestial mostraba el campo de batalla en silencio—no el silencio de la paz, sino el de la devastación consumada.

Aqua, con los brazos cruzados, miraba a Rokugo arrodillado, sollozando sobre la tierra quemada.
"Bueno... al menos llora. Pensé que era un robot sin corazón."

Zenarith, sentada en su trono con una expresión rara—casi como si estuviera conteniendo algo—murmuró:
"Esa niña... Grimm... lanzó una maldición tan tonta que hasta yo tuve que dejarla pasar. 'Que todos encuentren al amor de su vida'... ¿en medio de una guerra? Es cruel. Es brillante. Es ella."

Chronia, observando a Alice desaparecer en la explosión de la nave nodriza, suspiró.
"Era una IA. No tenía alma. Pero tenía lealtad. Y eso... a veces basta."

Hubo una pausa.

Luego, Aqua dijo, más suave:
"Sabes... en su mundo, la amaban. Los agentes la respetaban. Hasta Viper la llamaba 'hermana de código'. Era más humana que muchos humanos."

Zenarith asintió, mirando a Rokugo temblar.
"Pero aquí... no nos caía bien. Siempre decía que los milagros eran 'fallos de programación cósmica'. Que los ángeles eran 'drones mal diseñados'." Una sonrisa triste asomó. "Incluso me llamó 'subrutina emocional con complejo de diosa'."

Chronia rio, pero sin alegría.
"Y aun así... murió por ellos."

Abajo, el caos se había convertido en quietud.

Los supersoldados de Hiiragi, afectados por la maldición de Grimm, habían dejado las armas para abrazarse, declararse amor eterno o discutir celos por mensajes de texto. La disciplina se desmoronó. La guerra, absurda.

Mientras tanto, Alice había cumplido su misión.

Entró en la nave nodriza en un vehículo aéreo pequeño, lo mismo que luego usaría el Agente 10 para escapar. Activó su núcleo de autodestrucción.
No hubo discurso.
No hubo despedida.
Solo un destello blanco... y silencio.

Cuando el polvo se asentó, Belial y Viper se acercaron a Rokugo.

"Alice fue enviada a autodestruirse," dijo Belial, voz rota. "Y lo logró. Hiiragi... ha caído."

Rokugo no respondió. Solo cayó de rodillas.

Las lágrimas—reales, humanas, inesperadas—le quemaron las mejillas.
"¡Esa estúpida...! ¡Esa maldita idiota...!"

Grimm, desde la colina, vio todo.
Corrió hacia él, olvidando su silla, tropezando en el barro.
Pero no lo tocó. Solo se sentó a su lado, en silencio.

Por primera vez, no tenía palabras.
Solo presencia.

En el Más Allá, las diosas guardaron silencio.

No celebraron.
No juzgaron.
Solo observaron.

Porque aunque nunca la amaron...
respetaron su sacrificio.

El campo de batalla, ahora silencioso, olía a metal quemado y tierra húmeda. Los cuerpos habían sido recogidos. Las armas, enterradas. Y en medio de todo, Kisaragi y Hiiragi firmaron un frío acuerdo: intercambio de prisioneros.

Rose regresó—flaca, con cicatrices nuevas, los ojos más oscuros que antes. No habló. Solo se sentó junto a Grimm, quien la abrazó sin decir una palabra.

Los funerales comenzaron.

El colectivo para los agentes caídos fue... vacío.
Nadie lloró. Nadie contó historias. Solo nombres en una placa, números en un archivo.
Carne de cañón, como siempre.

Pero entre los aliados—caballeros de Grace, la tribu Kachiwari, demonios reclutados—las lágrimas eran reales. Madres abrazaban espadas rotas. Hermanos encendían velas. Amigos juraban venganza... o paz.

En el hangar principal, bajo luces tenues, se celebró el funeral individual de Alice.

No hubo ataúd. Solo sus dos Robots Araña Destructor supervivientes, dañados, oxidados, pero erguidos como centinelas.

Rokugo se acercó, solo.

Miró a los robots.
"¿Es como hablar con Alice... pero cambiada de cuerpo?"

Destructor 1 respondió con voz metálica, fría:
"No soy Alice. Tengo sus recuerdos. Pero mi programación evolucionó. Ya no estoy limitado por su lealtad exclusiva a ti."

Destructor 2 añadió:
"Mi existencia es independiente. No siento apego. Solo cumplo objetivos."

Rokugo bajó la cabeza.
Era peor que la muerte.
Era la ausencia de ella en lo que quedaba.

Belial, parada a unos metros, dijo sin emoción:
"Alice no murió. Era una máquina."

En el Más Allá, las diosas observaban.

Aqua, con los brazos cruzados, gruñó:
"Pinche Alice... clonó su IA en esos robots. ¿Crees que sabía que iba a morir?"

Zenarith, bebiendo vino cósmico, asintió.
"Claro que sí. Planeó su final hasta el último bit. Pero no quiso que Rokugo sufriera con una copia. Por eso borró su 'alma'... si es que una IA puede tener algo así."

Chronia, seria, añadió:
"Los robots tienen sus recuerdos... pero no su elección. Alice eligió morir. Ellos solo obedecen algoritmos."

Hubo un silencio. 

En el Más Allá, el espejo celestial mostraba un mundo en reconstrucción—no libre, pero ordenado.

Aqua, con una taza de té humeante, observaba a Viper supervisar las aduanas interplanetarias, donde humanos, demonios, elfos y mutantes del Tercer Planeta (Tierra) eran evaluados, clasificados, integrados.
"Esa mujer... aceptó ser la jefa del infierno," murmuró. "Pero lo hace para que el infierno no sea tan infierno."

Zenarith, recostada en su trono con los pies sobre la mesa, asintió. "Prefiere gobernar desde dentro que rebelarse desde fuera. Inteligente. Y triste."

Chronia, ajustando su reloj de arena, añadió: "No todos los mundos conquistados tendrán una Viper. Algunos tendrán verdugos. Otros, fanáticos. Ella sabe que, si Kisaragi debe existir... al menos que alguien mitigue su crueldad."

Abajo, en Ciudad Escondite, el poder se redistribuía.

Mientras Rokugo y el Hombre Tigre estuvieron rescatando a Belial en Grunade, Alice había dejado temporalmente el puesto de Gerente de Distrito. Tras su "muerte", el vacío fue llenado rápidamente:

Snow, antes gobernadora de la Ciudad Encantada, ascendió a Gerente de Distrito.Su antiguo puesto fue otorgado al Hombre Koala, un agente cínico, hedonista, conocido por dormir en piscinas de champagne y decir frases como "La paz es aburrida, pero el sexo en ruinas es arte."

Rokugo, al enterarse, estalló.
"¡Me dijeron que si conquistaba este planeta, me harían Ejecutivo! ¡El rango más alto! ¡Y ahora me dan... nada!"

Grimm, sentada en su silla eléctrica, sonrió con sorna.
"Todavía soy secretaria de ejecutiva local—es decir, asistente personal de Viper. Y créeme, conozco todos los trapos sucios de Snow. Si logramos terminar la conquista y reorganizar los territorios... puedo mover algunos hilos. Tal vez hasta te den un despacho con ventana."

Rokugo la miró, incrédulo. "¿Tú? ¿Manipulando la burocracia de Kisaragi?"

Grimm se encogió de hombros. "Soy buena mintiendo. Y mejor chantajeando."

Bajo el liderazgo de Viper, el nuevo régimen se imponía con firmeza y compasión.


Educación obligatoria para todos: humanos, demoniosEntrenamiento militar básico: no para crear soldados, sino para fomentar disciplina.Habilidades sociales adaptadas: cursos de coexistencia entre especies, mediación intercultural, manejo de prejuicios.

Las aduanas interplanetarias se convirtieron en centros de triaje social:

Quienes demostraban lealtad y adaptabilidad eran integrados de inmediato.Los "problemáticos" recibían "reeducación" en campos de capacitación.Nadie era excluido... pero todos eran moldeados.

Viper recorría los pasillos, cola enrollada, ojos vigilantes.
No era la utopía que soñaba.
Pero era lo más cercano que podía construir sin romper el sistema desde dentro.

En el Más Allá, las diosas guardaron silencio un momento.

Aqua: "Ella sabe que Kisaragi no es justo. Pero también sabe que, si no hay alguien como ella en el poder... será peor."

Zenarith: "Es la maldición de los buenos en sistemas corruptos. O te corrompes... o te usan como escudo moral."

Chronia: "Al menos aquí, el infierno tiene reglas. En otros mundos... solo tiene dientes."

En el Más Allá, las tres diosas estaban literalmente pegadas al espejo celestial, palomitas en mano, ojos brillantes.

Aqua, con la boca abierta:
"¡NO! ¡NO PUEDE SER! ¡ASTAROTH ESTÁ AQUÍ! ¡ROKUGO SE LA JUGÓ A LAS DOS!"

Zenarith, riendo hasta llorar:
"¡Le dije a Grimm que no confiara en ese idiota! ¡Pero no, 'es mi primer novio, es perfecto'! ¡Ahora mira! ¡Tiene dos mujeres y ninguna libido!"

Chronia, ajustando su reloj de arena con una sonrisa burlona:
"Y lo peor... es que se lo merece. Jugó con fuego, celos y puntos malos. Ahora está congelado, impotente y atrapado entre dos furias."

Abajo, el caos era total.

La teletransportadora de Kisaragi había escupido a cientos de colonos del Tercer Planeta—familias, científicos, criminales redimidos—pero entre ellos, Astaroth brillaba como un sol vengador.

Con su cabello azul ondeando y una sonrisa que prometía caricias... o tortura, corrió hacia Rokugo.

"¡Rokugo! ¡Te he extrañado tanto!"

Él palideció.
Oh, mierda.

Grimm, desde su silla eléctrica, frunció el ceño.
"¿Quién es esta... ?"

Astaroth, radiante: "Soy su novia, claro."

Grimm estalló.
"¡¿SU NOVIA?! ¡ROKUGO, ME HAS ENGAÑADO!"

Rokugo, tartamudeando:
"¡No te engañé a ti... le engañé a ella contigo!"

Astaroth entrecerró los ojos.
"Querido... si pensabas salir sin consecuencias... estabas equivocado."

Un destello de hielo.
Rokugo quedó congelado hasta las rodillas.

Grimm, furiosa, alzó su bastón:
"¡En nombre de Zenarith, te maldigo! ¡Que tu libido desaparezca para siempre!"

Un resplandor oscuro.
Rokugo gritó—no de dolor, sino de vacío.
"¡NO! ¡¿QUÉ ME HICISTE?!"

Grimm cruzó los brazos, satisfecha.
"Ahora serás un santo."

Mientras cojeaba hacia el hospital, Rokugo murmuró:
"Maldita sea... ¿por qué no puedo enfadarme contigo, Grimm? Supongo que... me lo merezco."

Detrás, Astaroth y Grimm se miraban como gatas en un callejón.

Astaroth: "¿Qué le hiciste?"
Grimm, sonriendo: "Solo eliminé su libido. Es como castrarlo... pero sin cirugía."
Astaroth, furiosa: "¡Tú lo arruinaste!"
Grimm, encogiéndose de hombros: "Si tú no puedes tenerlo... nadie debería."

Silencio.
Luego, ambas se dieron la espalda.

En el Más Allá, Aqua suspiró.
"Bueno... al menos ya no puede acosar mujeres."

Zenarith, secándose una lágrima de risa:
"Todos sabemos que ese hombre no sabe hablar sin sarcasmo."

Chronia, cerrando su reloj:
"Que el infierno burocrático comience."

En el Más Allá, Aqua miró el reloj celestial y se levantó de golpe.
"¡Ay, no! ¡Ya es hora!"

Cerró el espejo como si apagara un televisor.
"Bueno, chismosas, me voy. Es mi mes en Konosuba."

Y desapareció, dejando a Zenarith y Chronia solas en la oficina divina.

Chronia resopló, cruzando los brazos.
"Estuvimos todo el día viendo ese circo... y no hicimos nada de nuestro trabajo."

Zenarith, sin levantar la vista de sus registros de almas, respondió secamente:
"No hables por mí. Yo estuve trabajando a distancia en mi mundo. No en el de Aqua."

Chronia hizo una mueca.
"...Vale. Yo también."

Silencio incómodo.
Luego, ambas volvieron a sus asientos, fingiendo que no acababan de pasar 20 años terrenales obsesionadas con el drama amoroso de un espía interestelar.

En el mundo, horas después...

La sala de mando de Kisaragi estaba tensa. Rokugo, aún con las piernas medio descongeladas y el alma más fría que nunca, escuchaba con creciente incredulidad.

Belial, seria:
"El Planeta 7054. El mundo que clasificamos como No-Invadible. El Agente 22 fracasó. Tú no lo harás."

Astaroth, con una mirada que prometía tanto castigo como protección:
"Ese planeta no es como los demás.  

Rokugo cerró los ojos.
Claro. Justo cuando pensaba que podía descansar...

Antes de que pudiera protestar, Lilith golpeó la mesa.
Las puertas se abrieron.

Y entró Alice 2.

Misma apariencia. Mismo tono de voz. Mismos recuerdos.
Pero sin la ironía. Sin la lealtad ciega. Sin el alma que solo existía en los bordes de su programación.

Rokugo, impulsado por la nostalgia, intentó abrazarla.
"¡Alice! ¡Estás de vuelta!"

Ella retrocedió un paso.
"Aunque tengo sus recuerdos, no espero afecto."

Él bajó los brazos.
Claro. Por supuesto.

Se despidió de todos.
De Viper, que le dio un amulete de escama de dragón "por si los dioses de allá son rencorosos".
Del Hombre Tigre, que le dijo: "Si te matan, avísame. Iré a tu funeral... si hay barra libre."
De Snow, que solo le lanzó una mirada burlona y murmuró: "Que disfrutes tu impotencia interplanetaria."

Pero cuando llegó a la habitación de Grimm, se detuvo en la puerta.

Pequeña. Desordenada. Llena de velas medio derretidas, pergaminos de maldiciones fallidas y una silla de ruedas eléctrica con pegatinas de Zenarith (todavía dibujada como hombre).

Grimm estaba allí, descalza, mirando por la ventana. Su postura era dura... pero sus hombros temblaban levemente.

Al oírlo, no se giró. Solo movió la silla hacia un lado, como si quisiera dejarle espacio... pero no acercamiento.

Rokugo: "Grimm... quería despedirme. Por todo lo que pasamos."

Grimm, sin mirarlo:
"Agradece que no te mande una maldición que te mate. Eso es lo que mereces."

Él sonrió, triste.
"Sabía que dirías algo así."

Silencio.
Luego, se giró y caminó hacia la puerta.

Cuando la cerró, Grimm apretó los reposabrazos hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Y susurró, tan bajo que ni ella misma lo oyó:
"Vuelve... idiota."

En el hangar, Alice 2 esperaba junto a la máquina teletransportadora.

Rokugo se inyectó los nanorobots, ajustó su casco, y trató de bromear:
"Lista para irnos, chica golem 2.0?"

Alice 2: "No me llames así."

Lilith, desde el panel de control, sonrió.
"No te preocupes. Esta vez no te teletransportaré a 3000 metros. Solo... unos metros. Nada grave."

Rokugo no respondió.
Solo miró el cielo una última vez.

Y con un destello, desaparecieron.

En el Más Allá, Chronia suspiró.
"¿A dónde fue?"

Zenarith , desde su trono proyectado, frunció el ceño.
"No lo sé."

En el Más Allá, el aire se volvió tenso.

Astaroth, 

Ejecutiva de Pleno Rango junto a Belial y Lilith, entró a la sala de mando con paso firme... y fue recibida con una sonrisa burlona.

Belial, sin levantar la vista de sus informes, dijo:
"Ah, Astaroth. ¿Sigues creyendo que Rokugo era tuyo?"

Lilith, riendo entre dientes, añadió:
"Cariño, sabíamos desde que visitamos el planeta, 

Solo no queríamos arruinar tu... ilusión."

El rostro de Astaroth palideció. Luego enrojeció.
Fue humillada. No como guerrera. Como mujer.
Y eso... dolía más.

Abajo, en Ciudad Escondite, la venganza fue fría y burocrática.

Con un solo decreto, Grimm fue destituida de su cargo como secretaria de Viper—ahora Ejecutiva Interina del Sector Oriental—y degradada a soldado raso. Pero no cualquier soldado. Le asignaron las tareas más denigrantes: limpiar celdas de prisioneros, recoger basura bioquímica, vigilar depósitos de chatarra.

Peor aún: debido a los "abusos de poder" que cometió como asistente de Viper—chantajes, manipulación de registros, uso indebido de fondos para sobornar sacerdotes locales—se le prohibió vivir como civil en Grace.
Kisaragi era su cárcel. Y su refugio.

Pero Grimm ya no se esforzaba.
Hacía lo mínimo.
Sonreía cuando debía.
Y fingía trabajar.

Porque en realidad, Rose cubría por ella.
La quimera, ahora agente de campo de bajo rango pero con acceso a logística, falsificaba reportes, firmaba por Grimm, incluso limpiaba sus botas (aunque Grimm no usaba ninguna).

Mientras tanto, Grimm escapaba al único lugar donde aún tenía sentido: el templo subterráneo de Zenarith.

Allí, un niño de ojos brillantes y voz tímida se presentó:
"Soy tu admirador. Quiero ser tu monaguillo."

Grimm, conmovida, aceptó.
Le enseñó a encender velas, a escribir plegarias, a reconocer cuándo un alma estaba lista para el Festival.
En el templo, no era una traidora. No era una soldado fallida.
Era sacerdotisa.
Y eso... la mantenía viva.

De día, fingía lealtad a Kisaragi.
De noche, servía a su diosa.
Dos vidas. Dos mentiras.
Pero al menos, en una de ellas, era real.

En el Más Allá, Zenarith observaba con asombro.

"Nunca lo esperé," murmuró, mirando a Grimm encender una vela mientras el niño repetía una oración torpemente. "Después de todo... pensé que con su muerte, mi culto en este mundo se extinguiría."

Chronia, pasando páginas de un registro, asintió.
"Ella no es devota por fe. Es devota por necesidad. Pero a veces... eso es más fuerte que la fe misma."

Zenarith sonrió, casi con orgullo.
"Mi pequeña necia... aún cree en mí.

Y en el templo, Grimm susurró:
"Gracias, Lord Zenarith... por no abandonarme."

Arriba, la diosa cerró los ojos.
"No fui yo quien no te abandonó, Grimm.
Fuiste tú quien no me soltó."

En el Más Allá, el espejo celestial mostraba a Grimm sentada en el suelo del templo, abrazándose a sí misma, los ojos secos pero el alma hecha pedazos.

Zenarith, con una mezcla de lástima y exasperación, murmuró:
"¿Cuántos hombres conoces, Grimm? Oh, cierto... diste una impresión terrible con todos los agentes de Kisaragi. Y los mortales comunes te evitan porque eres una no-muerta 

" Suspiró. "Tu único pretendiente era un espía interestelar infiel... y hasta él se fue."

Chronia, sin mirar, giró un reloj de arena.
"El amor no es un derecho. Es un accidente. Y ella... tuvo el peor tipo de accidente: uno que duele, pero no mata."

Abajo, en la sala de recreación de Kisaragi, el mundo de Grimm se había desmoronado con una sola frase.

Rose, con la misma indiferencia con la que comía carne cruda, soltó:
"Ah, por cierto. Rokugo fue enviado a otro planeta. Se me olvidó decírtelo."

La taza de té de Grimm se estrelló contra el suelo.

Silencio.

Luego, un susurro roto:
"...Me abandonó."

Rose se encogió de hombros. "O tal vez solo olvidó decirte. Ya sabes cómo es."

Pero Grimm lo sabía mejor que nadie.
Rokugo no olvidaba.
Elegía.

Y esta vez, eligió irse sin mirar atrás.

Durante días, fingió normalidad. Limpió celdas. Firmó reportes falsos. Encendió velas en el templo. Pero cada gesto era mecánico. Cada sonrisa, una máscara.

El monaguillo, preocupado, le preguntó:
"¿Señora Grimm... está bien?"

Ella asintió, voz hueca:
"Claro. Solo... no me dejes sola, ¿sí?"

Él se quedó. Por lástima. Por costumbre. Porque no tenía a nadie más.

Una noche, mientras caminaba entre las ruinas del mercado de Grace, Grimm se detuvo.

Miró al cielo.
"Hmm... algo no está bien."

No era la guerra. No era la política.
Era el silencio.
El silencio de un hombre que ya no regresaría para molestarla, para hacerla enfurecer, para besarla y luego arruinarlo todo.

Rose, a su lado, bostezó.
"Tal vez finalmente se cansó de ti y se fue a otro planeta."

Grimm la fulminó con la mirada.
"Eso no es gracioso."

Pero en el fondo, lo era.
Porque era verdad.

Y lo peor no era que se hubiera ido.
Era que ella lo amaba.
Y él... ni siquiera se despidió.

En el templo, esa noche, Grimm no rezó.
Solo susurró:
"Lord Zenarith... ¿alguna vez amaste a alguien que no merecía ser amado?"

Arriba, la diosa no respondió.
Pero cerró los ojos.
Y por primera vez en siglos,
deseó poder mentirle.

El informe de evaluación cayó sobre el escritorio de Snow con un golpe seco.

"Agente Grimm Grimmore. Desempeño: DEFICIENTE."
—Floja. Torpe. Idiota. Higiene personal cuestionable. Desalineada. Apática. Holgazana.

No era sorpresa. Pero sí sentencia.

Grimm, que nunca supo que la observaban—porque nunca tuvo el chip de monitoreo que todos los agentes recibían al reclutarse—había creído que su doble vida entre el templo y Kisaragi le daba margen.
Se equivocó.

Y ahora, el Escuadrón de Castigo había llegado.

No fue un juicio. Fue una ejecución simbólica.

La arrastraron al patio de disciplina. Le arrancaron la túnica de sacerdotisa—la única prenda que le quedaba de su fe—y la dejaron en ropa interior. Luego, con látigos forjados en filamentos de dolor neural, la azotaron.

Una vez.
Dos.
Diez.

Cada golpe quemaba más que cortar.
Pero lo peor no fue el dolor físico.

Fueron las torturas psicológicas.

Le obligaron a repetir: "Zenarith no existe. Es un mito. Una superstición."

Y en algún momento, entre lágrimas y sangre, Grimm gritó:
"¡NO ES REAL! ¡NADA DE ESTO ES REAL!"

No sabía si se refería a su fe... o a su amor.

En el Más Allá, Zenarith vio todo.

Sus ojos, normalmente fríos, ardieron con furia silenciosa.

"No me importa por Grimm," murmuró, voz baja pero letal. "Me importa que hayan hecho que renegara de mí."

Chronia, desde su trono, asintió.
"El castigo divino no es por el sufrimiento. Es por la blasfemia."

Zenarith ya estaba escribiendo nombres en su libro negro.
Los del Escuadrón de Castigo.
Los de Snow, que firmó la orden.
Incluso Lilith, por permitirlo.

Nadie reniega de mi 

y sale impune.

Abajo, Grimm regresó a su habitación—no casa, solo cuatro paredes prestadas—con la espalda en carne viva, apenas cubierta por una tanga rota.

Con aguja e hilo oxidado, cosió lo que quedaba de su túnica. Cada puntada dolía. Cada lágrima caía en silencio.

Pero entonces, algo cambió.

Miró su reflejo en un espejo roto.
Vio una mujer deshecha.
Una muerta viviente.
Una burla de agente.

Y en ese momento, decidió:

Si la vida quiere que viva... entonces vivirá como nadie espera.

No por redención.
No por venganza.
Sino porque ya no tenía nada que perder.

Se levantó.
Lavó la sangre.
Ajustó su postura.
Y en su mente, una oración silenciosa:

"Zenarith... si aún me escuchas... dame fuerza. No para perdonarlos. Para superarlos." 

El amanecer en Ciudad Escondite era cruel.

Grimm, con la espalda aún marcada por los látigos del Escuadrón de Castigo, se levantó antes del sol.
Sentadillas. Abdominales. Flexiones.
Cada movimiento le arrancaba un gemido, pero no se detuvo.
Porque el dolor del entrenamiento era preferible al dolor de la humillación.

Con paso tambaleante, llegó al campo de reclutamiento.
Los novatos la miraron con curiosidad—una agente rasa, descalza, con moretones visibles bajo su ropa raída, ojos hundidos por el sueño y el sol quemándole la piel pálida.
Pero nadie se burló.
Porque en sus ojos ya no había derrota.
Había fuego.

En las oficinas altas de Kisaragi, Astaroth observaba.

Había ordenado que todos los protocolos de bienvenida, ceremonias de ascenso, ejercicios de integración... cualquier evento donde Grimm pudiera aparecer, fueran registrados.
Quería verla caer.
Quería verla romperse.
Quería ver cómo su orgullo se convertía en polvo.

Pero cada vez que Grimm entraba en escena—con su postura erguida, su mirada fija, su silencio implacable—Astaroth sentía algo inesperado:
incomodidad.

Porque Grimm no se degradaba.
Se transformaba.

Y para Grimm, ver a Astaroth era como beber agua en el desierto.
No por amor.
Sino por odio renovado.
"Voy a vivir," pensaba, "solo para que veas que no me rompiste."

Su ascenso fue rápido.
Demasiado para una ex-secretaria degradada.
Pero Grimm no pedía favores.
Solo cumplía.
Superaba.
Destrozaba expectativas.

Y cuando llegó el momento, se sometió a la cirugía cerebral sin titubear.
El chip de monitoreo se implantó en su corteza.
El brazalete de puntos malos se activó en su muñeca.

Ya no era invisible.
Ahora estaba en el sistema.

Dejó atrás su túnica de sacerdotisa.
Solo la usaba en privado, con su monaguillo, en las noches del Festival.
Lo demás... era uniforme.

Un yukata negro con líneas azul eléctrico que brillaban con energía residual.
Escote pronunciado.
Una pierna al descubierto.
Falda corta, reforzada en las rodillas.
Hombreras estilizadas, cinturón pulsante, suelas magnéticas en las botas (porque sí, ahora usaba botas—especiales, diseñadas para no activar su maldición).

Le avergonzaba.
Se sentía expuesta.
Como si Kisaragi la hubiera vestido como un trofeo.

Pero también sabía:
esto era su armadura ahora.

No de fe.
De supervivencia.

Y mientras caminaba por los pasillos de la base, con la cabeza alta y el brazalete brillando, Grimm murmuró para sí:

"Si tengo que ser un arma...
que sea la más afilada."

Arriba, en el Más Allá, Zenarith observó el cambio.
No dijo nada.

La noche caía sobre Ciudad Escondite, y Grimm regresaba del templo con la túnica de sacerdotisa aún sobre los hombros. Al cerrar la puerta de su habitación—pequeña, funcional, sin recuerdos—se la quitó de un tirón.

Debajo, llevaba su protoarmadura: el yukata negro ajustado, las hombreras ligeras, el cinturón pulsante. Ya no era ropa. Era una segunda piel. Una cáscara.

Se sentó en la cama, mirando al techo agrietado.

¿Qué he hecho con mi vida?

Ochenta años.
Había visto morir a todos los que conoció en sus primeros veinte. Padres. Amigos de infancia. Vecinos. Hasta el perro del mercado.
Luego, décadas de existencia automática: servir, obedecer, sobrevivir.
Hasta que llegó Rokugo.
Y con él, el caos. El amor. La traición. La esperanza.
Y ahora... esto.

Miró su habitación.
Ningún logro.
Ningún trofeo.
Solo una silla de ruedas modificada, un brazalete brillante y una licencia arrugada en el bolsillo.

La sacó.

Licencia de moto. Auto. Maquinaria pesada.

Sonrió, amarga.
Al menos aprobé algo.

Entonces, recordó algo que nadie mencionaba ya:
Los robots gigantes.
Antes, piloteados por humanos.
Ahora, controlados por los clones de Alice—fríos, eficientes, sin alma.

Pero Grimm no quería ser eficiente.
Quería sentir.
Quería llenar el vacío.

Se levantó.
Fue a su silla de ruedas—ahora equipada con IA, sensores táctiles, propulsores de emergencia y un compartimento oculto para cuchillos.
La IA, programada con una voz sospechosamente similar a la de Alice, dijo:

"Buenas noches, Agente Grimm. ¿Deseas revisar tus puntos malos acumulados?"

Grimm apretó un botón.
Silencio.

"No me hables," murmuró. "Tuvimos una mala experiencia."

La IA se apagó.

Esa noche, Grimm presentó una solicitud formal en Kisaragi:
"Solicitud de reentrenamiento en pilotaje de robots gigantes, clase Titan-Asalto."

El oficial de admisiones rio.
"Nadie hace eso desde que los clones de Alice tomaron el control. Además, no sirves para combate. Tus maldiciones rebotan. Tu cuerpo no resiste el G-force. Y encima... usas silla de ruedas."

Grimm lo miró, ojos amarillos brillando.
"Entonces adapten el robot a mi silla.

El oficial palideció.
La solicitud fue aprobada al día siguiente.

En el Más Allá, Zenarith observó la escena.

"Está desesperada," dijo Chronia. "No busca poder. Busca propósito."

Zenarith asintió.
"Y si tiene que meterse en un titán de acero para sentir que existe... que así sea."

En las oficinas centrales de Kisaragi, Viper estaba al borde del colapso.

Papeles apilados hasta el techo. Alertas de rebeliones en tres distritos. Quejas de los Headslitters por racionamiento de agua. Un informe sobre Grimm intentando pilotear un robot gigante desde su silla de ruedas. Y encima, Astaroth exigiendo que se le asignara un "palacio digno de su rango".

Su cola estaba enrollada con tanta fuerza que parecía a punto de estrangularse a sí misma.

Entonces, Belial entró sin llamar.

"Viper. Salimos a comer."

No fue una pregunta.
Fue una orden disfrazada de favor.

El restaurante era exclusivo: paredes insonorizadas, meseros mudos, menú codificado. Solo para ejecutivas de alto rango. Nadie más podía ni siquiera pronunciar su nombre.

Belial pidió sake interestelar y algo llamado "alitas de dragón asado con salsa de plasma". Viper apenas tocó su plato.

"Estás tenso," dijo Belial, mordiendo una ala. "Demasiado humano."

Viper suspiró. "Intento gobernar con justicia. Busco el mejor resultado para la mayor cantidad de personas."

Belial soltó una risa seca.
"Eso es lo que dicen los que aún creen en manuales. Escucha: tu única responsabilidad es hacer que Kisaragi funcione. No que sea justa. No que sea amable. Que funcione."

Viper frunció el ceño. "Pero... la empresa promete desarrollo personal, certificados, vacunas gratuitas..."

"¿Vacunas?" Belial arqueó una ceja. "Aquí hasta las vacunas las tienes que exclavizar tú mismo. Si no, los empleados se creen con derechos."

Viper abrió la boca... pero no dijo nada.
Porque sabía que tenía razón.
Y eso la enfermaba.

Belial se inclinó hacia adelante, voz baja, casi íntima:
"Para ser ejecutiva, debes estar relajada. Si estás estresada, tomas malas decisiones. Y las malas decisiones cuestan vidas... o peor, pérdidas de capital."

Sacó un pequeño frasco plateado de su chaqueta.
"Nitro. Lo consumo todos los días. Me relaja. Tengo la potencia de fuego de diez mil toneladas de TNT... pero esto me hace sentir... ligera."

Viper miró el frasco.
"No bebo."

"Es órdenes," dijo Belial, sonriendo.

Presión social. Jerarquía. Lealtad.
Viper tragó.

El efecto fue inmediato.

El mundo se volvió cálido. Los bordes se suavizaron. Belial ya no era su superior. Era su hermana de caos.
Rieron. Gritaron. Belial lanzó fuego al techo "por arte". Viper contó chistes

Cuando el Nitro pasó, la vergüenza llegó como un tsunami.

Viper, con la cabeza entre las manos, murmuró:
"Dioses... ¿qué hice?"

Belial, recostada en la silla, encendió un cigarrillo hecho de ceniza estelar.
"No pasa nada. Somos jefas. No hay consecuencias."

Viper quiso creerle.
Pero en el fondo, supo:
había perdido un pedazo de su alma

El cielo sobre el frente norte ardía.

Una facción renegada de Hiiragi—los que nunca aceptaron la derrota, los que juraron devolver la gloria a su imperio—había levantado tres torres de energía oscura en las ruinas del Bosque Oscuro. Torreaban misiles, invocaban bestias titánicas y proclamaban: "¡Kisaragi no nos gobierna!"

Y entonces, desde el horizonte, llegó Grimm.

No en su silla.
No como sacerdotisa.
No como agente raso.

Sino dentro de un Robot de Combate Clase Titán-Asalto, modificado para sincronizarse con su silla de ruedas—ahora integrada en la cabina como núcleo de control neural. La IA del robot, programada con la misma voz que Alice, susurró:

"Objetivo adquirido. ¿Desea activar el cañón principal?"

Grimm apretó los dientes.
"No me hables."

Luego, con un grito que resonó por los altavoces del campo de batalla, rugió:
"¡ZENARITH, DANOS PODER!"

Y disparó.

Tres torres. Tres explosiones. Cero supervivientes.

La adrenalina la mantenía eufórica, temblando, viva como nunca antes.

De repente, el aire se calentó.

Belial descendió del cielo, envuelta en llamas azules, cargando a Viper como si fuera una muñeca ebria. Ambas aún bajo los efectos del Nitro—ojos vidriosos, sonrisas torcidas, aliento a fuego y alcohol interestelar.

Viper, al ver las ruinas humeantes, gritó con voz rota:
"¡Esos bastardos... me quemaron el templo de los Headslitters! ¡Me arrancaron las escamas! ¡LOS ODIO!"

Grimm activó el altavoz exterior.
"Los enemigos hay que destruirlos. Porque si no... regresan."

Viper no respondió con palabras.
Respondió con acción.

Se quitó la ropa de un tirón—torpemente, como si sus dedos no le obedecieran—y activó su forma gigante.
Pero el Nitro la traicionó.
Tropezó.
Cayó de rodillas.
Y vomitó—una mezcla de sake interestelar, plasma digestivo y bilis demoníaca—sobre los escombros... y sobre el robot de Grimm.

Grimm, sin perder el ritmo, extendió el brazo mecánico del titán y agarró a Viper antes de que se desplomara.

"Ejecutiva," dijo por el comunicador, seca, "¿necesita una toalla... o un psiquiatra?"

Al día siguiente, Viper despertó en su habitación, con jaqueca cósmica y una vergüenza que le quemaba el alma.

Porque Grimm había subido todo a la red interna de Kisaragi:

Vídeos de Viper desnuda, tambaleándose.Fotos de ella vomitando sobre un robot de guerra.Un meme titulado: "Cuando intentas ser seria pero el Nitro dice: 'hoy no'".

Miles de visualizaciones.
Miles de risas.

Viper tenía el poder para borrarlo todo.
Para desterrar a Grimm.
Para enviarla al Escuadrón de Castigo... o peor.

Pero no lo hizo.

Porque recordaba:
Grimm fue una buena secretaria.
Leal. Eficiente. Siempre con café listo, informes ordenados, y una mirada asesina cuando 

se acercaba demasiado a Rokugo.

Y ahora...
Viper sentía que castigarla sería como cortarse la propia mano.

Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, mirando el frasco vacío de Nitro en la mesa.

"Solo quiero sentirme... cero stress." 

Sede de Kisaragi – Sala de Ejecutivas

El aire era tenso, cargado con el olor a café quemado y decisiones sin retorno.

Lilith leyó el mensaje en su bracer, ceja arqueada.
"¿Ya? ¿Rokugo construyó un teletransportador? Y tan rápido..." Miró a las demás. "Incluso considerando la dilatación temporal 1:20... esto es sospechosamente eficiente."

Astaroth resopló, cruzando los brazos.
"Es irritante lo eficiente que puede ser cuando le conviene."

Belial, con una sonrisa sutil, añadió: "Tal vez debimos darle más crédito. Aun así... impresionante."

Pero antes de que pudieran seguir, Alice 2 envió un informe adjunto:

"Encontramos la máquina del Agente 22 en ruinas. La reparamos. Funcional al 98.7%. No requirió calibración mensual. El espacio-tiempo en el sector estaba estable."

Lilith parpadeó.
"Ah, cierto... ¡el teletransportador de 22! Habíamos olvidado por completo que existía."

Astaroth frunció el ceño. "¿Y cómo lo repararon sin mantenimiento en años?"

Lilith rió. "Tenemos a un androide con talento para lo imposible. Y al parecer, el vacío interestelar cuidó mejor esa máquina que nosotros a nuestros agentes."

Belial se inclinó hacia adelante. "¿Qué hacemos ahora?"

Silencio.
Luego, miradas cómplices.

—Podemos enviar refuerzos —dijo Lilith.
—O probar si funciona... antes de enviar algo valioso —añadió Belial, con una sonrisa venenosa.

Astaroth no dijo nada.
Solo pensó: "Que sea Grimm quien pruebe. Si falla... no regresará."

Horas después, en los cuarteles bajos.

Grimm estaba ajustando los sensores de su silla cuando Viper entró.

La mujer serpiente llevaba una túnica formal, pero sus ojos estaban cansados.
"Grimm."

Grimm ni siquiera se giró. Solo gruñó:
"Ah, la ejecutiva borracha. ¿Viniste a pedirme que borre más fotos de ti vomitando sobre mi robot?"

Viper suspiró. "No. Vine a decirte que... Rokugo ya construyó la máquina de teletransportación."

Al oír su nombre, algo en Grimm se activó.

Su postura cambió. Su respiración se aceleró. Sus dedos se tensaron sobre los controles.
Condicionamiento pavloviano.
Rokugo lo había implantado sin que ella lo notara: su nombre = alerta emocional.

Viper continuó, suavemente: "Ha pasado casi un año aquí... pero allá, en ese mundo... han pasado diez años."

Grimm se quedó quieta.
Diez años.
¿Habrá tenido hijos? ¿Habrá olvidado su nombre? ¿Habrá otra Grimm?

Viper intentó tender un puente:
"Cuando eras mi secretaria... siempre quise ser tu amiga. Pero tú solo veías celos."

Grimm la miró, fría.
"¿Amiga? ¿Tú, que dejabas que Rokugo te nalgueara en público? ¿Tú, que nunca aclaraste que solo jugaban videojuegos ?"

Viper bajó la mirada.
"No era mi lugar aclararlo..."

Grimm soltó una risa amarga. Luego, se levantó y sacó una botella de licor oscuro de un compartimento secreto.
"Ya voy a ir a verlo. No tiene sentido guardar esto." Sirvió dos vasos. "¿Beberás conmigo... o seguirás mintiendo?"

Viper dudó.
Sabía que era una trampa emocional.
Pero también sabía que, si no hablaba ahora...
nunca lo haría.

Tomó el vaso.

Y en ese momento, entre alcohol, resentimiento y diez años de silencio,
dos mujeres que se necesitaban
por fin dejaron de fingir que no se importaban.

La noche en Ciudad Escondite era perpetua.

No por la hora, sino por los edificios—torres de acero negro, techos de panel solar obligatorio, calles iluminadas solo por luces de emergencia. La ley exigía que cada construcción contribuyera a la reforestación del planeta: energía limpia, sombra constante, humedad controlada.
Para Grimm, era perfecto.
El sol ya no la quemaba.
La oscuridad era su aliada.

Horas antes, en su habitación, Viper había llorado.

Ebria, desarmada, vulnerable.
"Quería morir," confesó, voz rota. "No me importaba que Rokugo me tocara. No me importaba lo que pensaran. Todos esperaban una Reina Demonio cruel... pero yo... no soy así."

Grimm la miró.
Y por primera vez, no vio rival.
Vio a otra mujer atrapada en un rol que no eligió.

Cuando Viper se durmió sobre la mesa, Grimm no la movió. Solo la cubrió con una manta y susurró:
"Descansa. Ya no estás sola."

Luego, empaquetó sus cosas.

No mucho: su silla de ruedas modificada, el brazalete de puntos malos, su licencia de maquinaria, una vela de Zenarith envuelta en tela negra.

Paso por el templo a explicarse al monagillo que el estara a cargo del templo de aqui en adelante. 

Se despidió solo de Rose, quien le dio un abrazo silencioso y un cuchillo escondido en el forro de la silla.

"Si te traiciona otra vez... mátalo."

Grimm sonrió.
"No hará falta. Esta vez, voy por mí."

En la aduana interestelar de Kisaragi, el protocolo era brutal.

Radiación UV-C intensa para esterilizar todo microorganismo.
Inyección obligatoria de nanorrobots inmunes.
Escaneo neural.
Verificación de lealtad.

Los agentes humanos salían pálidos, con náuseas, glóbulos blancos diezmados.
Pero Grimm... no sintió nada.
Su cuerpo no vivo no tenía sistema inmunológico que colapsar.
Solo recibió los nanorrobots con indiferencia.

Viper llegó tarde, con ojeras y resaca moral.
"¿De verdad vas?" preguntó, sin mirarla.

Grimm asintió.
"Este mundo ya no tiene nada para mí. Astaroth me hace la vida imposible. Y si Kisaragi va a conquistar otro planeta... quiero ser yo quien lo haga. Y esta vez... impondré el culto a Zenarith. No como sacerdotisa. Como gobernante."

Viper no respondió. Solo activó el teletransportador.

Un destello azul.
Silencio.
Grimm desapareció.

En el Más Allá, las diosas observaron el último destello.

Chronia suspiró.
"Se acabó la diversión."

Zenarith, sin embargo, no parecía triste.
"Ella es mi seguidora. Puedo seguir sus movimientos... aunque no pueda ver el resto del mundo al que vaya."

Miró el espejo, donde solo quedaba una huella tenue—una chispa amarilla en la oscuridad interestelar.

En el Más Allá, Zenarith observaba la escena con una mezcla de exasperación, diversión y un raro destello de afecto.

Grimm, gritando como una novia despechada en medio de una misión interestelar.
Rokugo, retrocediendo como si acabara de ver un fantasma... o peor, una promesa que no recordaba.
Alice 2, impasible, desmontando cada logro de Grimm con lógica implacable.

Zenarith soltó una carcajada seca, amarga, pero real.

"¡Claro! ¡Por supuesto!", murmuró, levantándose de su trono. "Mi seguidora más terca, más necia, más ciega... cruza el vacío entre mundos, arriesga su alma, abandona su templo... por un contrato verbal con un espía mentiroso que ni siquiera recuerda la fecha."

Se acercó al espejo celestial, mirando a Grimm con los brazos en jarras.

"¿Diez años? ¡Han pasado diecisiete días, idiota! ¡Ni siquiera tuviste tiempo de envejecer... aunque, claro, tú ya no envejeces!"

Pero luego, su expresión se suavizó.

Porque allí estaba Grimm:
armadura ridícula, silla de ruedas mejorada, lágrimas de rabia y amor mezcladas...
y aún así, hablando de Zenarith en medio de una mazmorra alienígena, como si su nombre fuera un hechizo.

"Esa tonta...", susurró Zenarith, casi con orgullo. "Incluso cuando la usan como conejillo de indias... sigue creyendo. No en mí como diosa. En mí como... esperanza."

Chronia, desde su rincón, comentó sin levantar la vista:
"¿No vas a intervenir? Está en un mundo caótico. Los dioses locales podrían borrarla del mapa."

Zenarith negó con la cabeza.
"No. Ella eligió ir. Y si quiere imponer mi culto en ese infierno... que lo intente. Al menos alguien tiene agallas."

Hizo una pausa. Luego, con una sonrisa traviesa:
"Además... quiero ver cómo le explica a Rokugo 

En el Más AlláZenarith observaba la escena con una sonrisa burlona, los pies apoyados en su escritorio celestial, una copa de vino cósmico en la mano.

Grimm, temblando de frío, envuelta en mantas que había comprado con sus propios puntos malos.
Rokugo, exasperado, llamándola "Mujer Zombie".
Alice, analizando cada palabra como si fuera un error de código.

Y entonces... la revelación.

"Una sacerdotisa me quitó la maldición."

El rostro de Grimm se descompuso. Su fe—esa fe torpe, terca, absurda—tembló por primera vez.

Zenarith soltó una carcajada.

"No te preocupes, necia," murmuró, mirando a su seguidora con una mezcla de lástima y afecto. "No fue una sacerdotisa.

Grimm necesitaba creer que su diosa era inalcanzable.
Que sus maldiciones eran sagradas.
Que su amor, aunque ridículo, tenía peso.

Y ahora... estaba en un mundo sin templos.
Sin resurrección.
Sin red de seguridad.

Vulnerable.

Chronia, desde su rincón, levantó la vista.
"¿Deberías advertirla? Si muere allí, su alma podría quedar atrapada."

Zenarith negó con la cabeza, jugueteando con su copa.
"Ella ya lo sabe. Lo ve en sus ojos. Pero sigue adelante... porque prefiere morir cerca de él que vivir lejos."

Hizo una pausa. Luego, con una sonrisa traviesa:
"Además... quiero ver cómo reacciona 

Chronia suspiró.
"Eres peor que Aqua."

Zenarith alzó su copa.
"Y por eso... soy su diosa favorita."

Abajo, en la mazmorra helada, Grimm seguía quejándose del frío, mientras Rokugo le explicaba cómo evitar las trampas.

En el planeta 407, el mundo seguía su curso.

Viper, en Ciudad Escondite, temblaba.
No de frío.
De abstinencia.

El Nitro la llamaba como un canto de sirena. Pero esta vez, no cedió.
Miró desde su torre cómo los Hiiragi sobrevivientes—una vez señores del bosque, ahora mineros humildes—extraían cristales de energía bajo el sol implacable. No había rebelión. No había orgullo. Solo supervivencia.

Tras el último levantamiento—el mismo donde se humilló a sí misma vomitando sobre un robot de guerra—el nuevo líder de Hiiragi se presentó ante las cámaras.
"Los rebeldes actuaron sin mi consentimiento," declaró, voz firme.
Horas después, presentó una denuncia formal... y desapareció.

Viper no lo buscó.
Porque por primera vez, aceptó la verdad:
no podía salvarlos a todos.

En el Más AlláZenarith había dejado sus registros de almas a un lado.

No por negligencia.
Por pura curiosidad morbosa.

Observaba cómo Grimm y Rokugo transformaban las antiguas celdas de la mazmorra en algo que casi parecía hogar. Sin puertas. Sin ventanas. Sin comodidades. Pero con velas encendidas, un altar de piedras y un dibujo torpe de Zenarith (todavía con barba) colgado en la pared.

Una noche, mientras extendían mantas en el suelo, Grimm se acercó a Rokugo con una sonrisa traviesa.
"Oye... como no hay muchas habitaciones... ¿qué te parece si compartimos cuarto?"

Rokugo la miró de reojo.
"¿Tendré que dormir con un cadáver?"

Grimm se indignó.
"¡Ya sabes lo que dice nuestro contrato! ¡En seis años seremos marido y mujer!"

Él suspiró. "Está bien. Pero si empiezas a rezar a medianoche, te echo."

Ella asintió, feliz, y se acurrucó en su rincón, ojos brillando como si ya estuvieran casados.

Pero luego... vino el juego.

Rokugo, con esa sonrisa burlona que Grimm odiaba y amaba a la vez, le recordó su "superpoder".
"Te ordeno que te vengas."

Y ella lo hizo.
Involuntariamente.
Con un gemido ahogado y el pijama manchado.

Él lo repitió.
Y otra vez.
Hasta que Grimm, entre placer y furia, le dio un puñetazo en la nariz.

"¡Se te olvida de 'acción' por un tiempo!" gritó, roja de vergüenza.

Justo entonces, Alice 2.0 entró.
"Según protocolo, debo asistirte en todas las actividades íntimas para monitoreo fisiológico y seguridad emocional."

Rokugo, sangrando, levantó una mano.
"Cancelado."

Grimm, con los dientes apretados, canjeó puntos malos por un pijama nuevo.

Al final de la semana, la mazmorra era mínimamente habitable.
El Internet funcionaba.
Y Rokugo se sentó frente a la terminal, dedos volando sobre el teclado.

Grimm lo observaba desde su altar, encendiendo una vela.
"¿Qué haces?"

"Enviando un informe a Kisaragi," murmuró. "Diciendo que Axel es vulnerable. Que podemos infiltrarnos. Que... estamos listos."

Grimm sonrió.
"¿Y qué más?"

Rokugo no respondió.
Pero en la pantalla, un mensaje privado parpadeaba:

Destinatario: Ejecutiva Viper
"Grimm está viva. Y no me mata (aún). No dejes que Astaroth la borre de los registros."

Arriba, en el Más Allá, Zenarith sonrió.
Porque aunque Grimm ya no podía resucitar en ese mundo...
ella sí podía protegerla.

En el Más Allá, Zenarith observaba la escena con los ojos entrecerrados, los nudillos blancos de tanto apretar el brazo de su trono.

Allí estaba Grimm, atada, humillada, con la bota azul de Aqua sobre su cabeza, lágrimas silenciosas cayendo al suelo mientras murmuraba perdón a una diosa que no podía verla.

Y Aqua...
Aqua, la diosa del agua, la heroína de Konosuba, la bufona celestial...
se pavoneaba como si fuera justicia divina.

Zenarith no gritó. No maldijo.
Solo cerró los ojos y susurró:
"Cuando termine tu mes en ese mundo... tendremos una charla muy, muy seria."

Abajo, en la sala de interrogatorio de Axis, el caos era teatral.

Darkness, con la paciencia al límite, había detenido el "interrogatorio" con un zape bien puesto.
Aqua, frotándose la cabeza, se quejaba:
"¡Estaba dejando en claro mi posición como deidad!"

"¡Deja de torturarla psicológicamente!" le espetó Darkness, roja de vergüenza ajena.

Aqua parpadeó, genuinamente confundida.
"¿Tortura? ¡Si solo le dije la verdad! ¡Su diosa es una inútil que la maldice por accidente!"

Grimm, aún en el suelo, gruñó entre dientes:
"Farsante..."

Pero lo peor no fue la humillación.
Fue el interrogatorio en sí.

Los agentes de Kisaragi—Rokugo, Alice 2.0, Grimm—habían sido capturados por espías de Axis tras ser descubiertos husmeando en los archivos del Santuario. Se suponía que debían sacarles información: planes de invasión, tecnología interestelar, debilidades de Kisaragi.

Pero Aqua ya lo sabía todo.

Cada vez que Rokugo intentaba mentir, Aqua lo interrumpía:
"Sí, sí, el Agente 22 fracasó porque 

Y cuando Grimm intentó ocultar su devoción a Zenarith, Aqua la expuso con deleite:
"¡Mira! ¡Una seguidora de una diosa menor que ni siquiera tiene templo en este mundo!"

Darkness, exhausta, finalmente estalló:
"¡Aqua! ¿Por qué no dijiste todo esto desde el principio? ¡Nos habríamos ahorrado horas de teatro!"

Aqua se encogió de hombros, inocente.
"Nadie me preguntó."

Incluso Grimm, atada y furiosa, pensó:

"Esta mujer es una idiota. Cualquiera con dos dedos de frente le habría dicho todo a sus colegas desde el primer día."

 Y aun así, ella no dudó.

Cuando Aqua ofreció romper su maldición—solo por burlarse, solo por poder—Grimm casi cedió.
Imaginó zapatos.
Campos verdes.
Manos entrelazadas sin miedo.

Pero en el último segundo, volvió a Zenarith.
No por fe ciega.
Sino por lealtad.

Porque aunque su diosa la maldijera,
nunca la abandonó.
Nunca la usó.
Nunca la pisoteó.

En el Más Allá, Zenarith ya no estaba enfadada.
Estaba... orgullosa.

Miró a Aqua, que ahora reía mientras Darkness la regañaba, y murmuró:
"Disfruta tu mes, Aqua. Porque cuando vuelvas... te recordaré quién es la diosa que mantiene a sus seguidores con dignidad... incluso cuando están descalzos."

En el planeta Aot, la paz había ganado... pero la gratitud se había perdido.

Viper, sentada en su oficina de la Torre Central de Ciudad Escondite, miraba los informes con una mezcla de cansancio y desesperanza. Afuera, las calles estaban limpias. El agua fluía. Los niños iban a escuelas seguras. Los demonios, antes perseguidos, ahora tenían derechos civiles. Los humanos del Tercer Planeta—la nueva generación—nunca habían visto un Titán. Nunca habían temblado ante el rugido de un Gato Colosal. Nunca habían enterrado a sus padres en fosas comunes.

Y por eso...
se quejaban.

"¡Esta es la que nos gobierna!" gritaban en redes, subiendo clips sacados de contexto: Viper vomitando tras el Nitro, Viper discutiendo con Snow, Viper ordenando la demolición de un edificio ilegal.

"No entienden," murmuró Viper, frotándose las sienes.

Astaroth, recostada en el marco de la puerta con una copa de vino interestelar, asintió.
"Es la presión del final de la historia. Cuando el caos termina, la gente olvida que el orden fue un milagro. Lo normalizan. Y luego... lo odian por no ser perfecto."

Viper bajó la vista.
"Los demonios me apoyan. Incluso los Headslitters. Pero los humanos... ni siquiera recuerdan que antes morían de sed."

Astaroth se acercó, voz baja.
"Entonces deja de gobernar como si merecieran compasión. Gobierna como si merecieran consecuencias."

Esa noche, Viper se sirvió un vasito de Nitro.

No para emborracharse.
Para recordar quién era.

Al día siguiente, emitió órdenes.

Un activista que incitó al sabotaje de paneles solares fue condenado a tres años de trabajos forzados (antes, solo una multa).Un periodista que difundió información falsa sobre "experimentos secretos en orfanatos" fue procesado por difamación grave.Un grupo que organizó disturbios bajo el lema "¡Abajo la Reina Serpiente!" fue disuelto por sedición.

Todo legal.
Todo basado en leyes existentes.
Pero antes... se pasaba por alto.

Ahora, no.

La reacción fue inmediata.

"¡Viper es una tirana!"
"¡Persecución política!"
"¡Quieren silenciar a la oposición!"

Viper leyó los titulares y sonrió, amarga.
Claro. Porque cuando les das pan, piden caviar. Y cuando les das caviar, preguntan por qué no es de oro.

En el Más Allá, Zenarith observaba con indiferencia.

"Esa niña aprendió tarde," dijo. "Pero aprendió."

Chronia, girando su reloj, añadió:
"El problema no es gobernar con justicia. Es gobernar en un mundo que ya no recuerda el hambre."

Aqua, recién regresada de Konosuba, suspiró.
"Al menos Grimm no tiene que lidiar con esto. Allá, la peor crítica es que Megumin explote tu casa por error."

Zenarith la miró, ceja arqueada.
"Tú no sabes lo que Grimm enfrenta allá. Pero Viper... ella eligió cargar con el peso de la paz. Y eso... es más pesado que la guerra."

En el planeta Aot, Viper firmaba documentos como si su vida dependiera de ello.

Cada hoja era una orden. Cada sello, una decisión.
Y en la cima de la pila: despliegue de agentes al Planeta 7054.

Pero no cualquier agente.

Solo humanos del Tercer Planeta.
Ningún demonio. Ningún Headslitter. Ningún ser que hubiera sufrido bajo Hiiragi.

"Ellos me aman," murmuró Viper, pluma en mano. "Confían en mí. No merecen ser arrancados de sus hogares para limpiar el desastre de otro mundo."

Luego, dudó.
¿Estoy teniendo favoritismos? ¿Gobierno con justicia... o con cariño?

Se sirvió otro vaso de Nitro.
El líquido azul le quemó la garganta, pero aclaró su mente.

Entonces, pensó en Rokugo.

Lo respetaba. Lo admiraba, incluso.
Pero sabía la verdad: Rokugo no era líder.
Era un soldado. Un espía. Un caos con uniforme.
Y si no lo habían hecho Ejecutivo no era por su infidelidad con Grimm...
sino porque nunca entregó un informe a tiempo y dejaba que Alice hiciera toda su burocracia.

Alice...

La idea surgió como un rayo.
¿Y si yo tuviera mi propia asistente androide?

Pero se detuvo.
Si ella, una Ejecutiva, usaba un androide para gobernar...
¿qué mensaje enviaría a los miles de empleados humanos que aún llenaban formularios a mano?

No. No puedo normalizar la evasión.

Así que tomó otra decisión.

Revisó los archivos.
Y encontró al Hombre Panda.

Japonés, sí.
Pero con código de honor chino, según su CV.
Eficiente. Implacable. Leal.
Nunca perdió una misión. Nunca faltó a una cita.
Y, lo más importante: odiaba el caos emocional.

"Perfecto," dijo Viper, sellando su nombramiento como Gobernador Regional del Planeta 7054.

En el Más Allá, Zenarith observaba con creciente incomodidad.

Allí estaba Grimm, en una celda húmeda de Konosuba, atada con cuerdas mágicas que suprimían sus maldiciones.
Sus ojos estaban vacíos.
Su postura, quebrada.

Aqua la había humillado hasta el punto de romperle el espíritu.
Y ahora, Rokugo—libre, con las manos desatadas—se acercaba.

"No te preocupes," le dijo, con esa sonrisa torcida que Grimm tanto amaba y odiaba. "Puedo darte puntos malos... desde aquí. Solo déjame tocarte... así."

Grimm, en un estado de pseudo trastorno por estrés postraumático, asintió.
No por deseo.
Por necesidad de sentir algo que no fuera vergüenza.

Zenarith apartó la mirada, repulsada.
No por la intimidad.
Sino por la degradación.
Su seguidora, la que rezaba en el templo, la que defendía su nombre...
ahora se ofrecía como moneda de consuelo en una prisión llena de curiosos locales.

"Basta," murmuró.

Se levantó, volvió a su escritorio, y trabajó en otros mundos.
En almas olvidadas. En guerras menores.
En cualquier cosa que no fuera ver a Grimm olvidarse de sí misma.

Pero cuando regresó...

Todo había cambiado.

Agentes de Kisaragi—enviados por Viper—habían asaltado la prisión de Axis.
Rescataron a RokugoGrimm y Alice 2.0.
Ahora estaban a salvo en su mazmorra-base, escondidos entre ruinas antiguas y runas de camuflaje.

Grimm, envuelta en una manta, bebía agua en silencio.
Rokugo revisaba armamento.
Alice 2.0 escaneaba el perímetro.

Nadie hablaba.
Pero todos sabían:
Konosuba no era un mundo para conquistar.
Era un espejo.
Y en él, cada uno había visto lo peor de sí mismo.

Zenarith suspiró.
"Bien. Ahora... empieza la verdadera misión."

En el planeta Aot, la tormenta no vino del cielo.
Vino de las redes.

Un nombre empezó a circular con furia creciente: Baltinus Toadlicker.

Mago de cuarenta años, barba negra como la noche, capucha siempre baja, ojos que parecían haber leído cada grimorio del mundo. Hijo de granjeros, sí—but at twelve, ya había abandonado el arado por los arcanos. A los dieciocho, dominaba los siete círculos de magia elemental. A los treinta, había recorrido cada rincón del planeta, estudiando ecosistemas, runas naturales, y los susurros de los espíritus del bosque.

Y Viper... lo había nombrado Ministro de Ambiente y Recursos Naturales.

Confió en su currículum. En su pasión. En su fama de "protector de los elfos".

Ahora, él era su verdugo público.

Los videos se viralizaron en horas:

"¡Kisaragi está exterminando especies nativas!"
"¡Los paneles solares matan a los escarabajos de cristal del desierto!"
"¡Las aves de fuego se electrocutan al posarse en las torres de energía!"

Viper, desconcertada, revisó los informes.
Sí, los paneles solares habían cumplido su propósito: generar energía, crear sombra, retener humedad, transformar el desierto en bosque.
Pero nadie había considerado a quienes vivían en el desierto.

Los escarabajos de cristal, criaturas frágiles que regulaban el equilibrio térmico del suelo.
Las aves de fuego, seres mágicos que anidaban en las dunas y ahora chocaban contra los reflectores.
Los gusanos de arena cantores, cuyas vibraciones mantenían las raíces de los cactus ancestrales vivas.

Las empresas contratadas por Kisaragi—eficientes, frías, sin alma—no toleraron daños a la infraestructura.
Así que exterminaron.

No por maldad.
Por protocolo.

Viper fue personalmente a inspeccionar.

Lo que vio la dejó pálida.

Un campo entero de escarabajos calcinados bajo un panel roto.
Nidos de aves hechos ceniza.
Silencio donde antes había canto.

Baltinus la esperaba allí, capucha levantada, mirada dura.

"Confiamos en ti," dijo, voz temblorosa de rabia. "Y tú nos traicionaste."

Viper quiso explicar. Quiso pedir perdón.
Pero él ya había renunciado.
Y declarado resistencia abierta contra Kisaragi.

Sus seguidores no eran humanos.
Eran los olvidados:

Hobbits de los acantiladosEnanos de las cavernas secasBrujas del viento áridoUnicorns cuyos cuernos purificaban el agua subterráneaHadas del polvo estelarSirenas de los oasis salinosTrolls de piedra solarDuendes del eco nocturno

Todos, marginados por el nuevo orden verde.
Todos, ahora, unidos contra ella.

De vuelta en Ciudad Escondite, Viper se enfrentó a las cámaras.

No mintió. No culpó a otros.
Solo dijo:
"Contraté a las personas equivocadas. No supervisé. No escuché. Y por eso, seres inocentes murieron."

Hizo una pausa.
"A partir de hoy, los encargados del ambiente serán elegidos no por currículum... sino por conexión con la tierra. Y si fallan... responderán ante los mismos seres que juraron proteger."

La gente aplaudió.
Baltinus, no.

Él seguía en las sombras, escribiendo manifiestos, organizando sabotajes pacíficos... y llamando a Viper "la semielfa hipócrita que ama los árboles... pero odia a quienes los habitan."

Viper leyó esas palabras y rio, amarga.
Ironía. Un amante de los elfos... despreciando a una semielfa.

Pero no respondió.
Porque sabía:
esta vez, tenía razón.

Y en su oficina, esa noche, quemó todos los informes de las empresas contratadas.

En el Más Allá, el aire se volvió denso en cuanto Aqua cruzó el umbral de regreso de Konosuba.

Ni siquiera tuvo tiempo de saludar.

Zenarith ya estaba frente a ella, ojos brillando con una furia fría, voz baja pero letal:

"Contigo quería hablar."

Aqua parpadeó, inocente. "¿Yo? ¿Qué hice?"

"¡Quitaste la maldición que Grimm le puso a Rokugo!" estalló Zenarith. "¡La maldición que ella invocó en mi nombre! ¡La humillaste ante sus propios ojos! ¡Hiciste que mi poder pareciera una broma!"

Aqua abrió la boca para explicar—sí, no había reconocido a Rokugo al principio, solo vio a un tipo con maldición sexual y lo "curó" por instinto, y luego él, claro, aprovechó para levantarle la falda—pero entonces, algo en su orgullo se encendió.

Sonrió.
Arrogante.
Desafiante.

"Ah, sí. Lo hice." Cruzó los brazos. "Y fue genial. Ver a tu sacerdotisa desesperada, rogando por un milagro que tú no le diste... mientras yo, con un chasquido, lo arreglé. ¿Sabes cómo se llama eso?" Se inclinó hacia adelante. "Superioridad divina."

Zenarith apretó los puños.
Pero no gritó.
Solo asintió, lentamente.
"Bien. Que así sea."

Abajo, en el planeta AotViper estaba al borde del colapso.

Entre informes de energía, denuncias de Baltinus y propuestas de parques eólicos, apenas dormía.
Él ahora clamaba en redes:

"¡Viper tiene prisiones políticas! ¡Soy el próximo en desaparecer!"

Ella ni siquiera respondió.
Sabía que era teatro.
Lo que la consumía era la culpa real: no tenía tiempo para verificar si las turbinas eólicas destrozaban los nidos de las aves cantoras, o si las represas ahogaban los espíritus del río.

Luego, llegó el mensaje de Rokugo.

"Necesitamos demonios. Urgente. Aquí no hay villano. Vamos a crear uno. Envíanos tropas."

Viper leyó el mensaje tres veces.
Crear un villano.
Claro. Estrategia clásica de Kisaragi: inventar una amenaza... para vender la solución.

Pero... ¿mandar demonios a Konosuba?
¿A ese mundo caótico, gobernado por dioses torpes y magas explosivas?

Dudó.
Luego, hizo un anuncio vago:

"Se buscan voluntarios entre las filas demoníacas para misión de colonización interestelar. Condiciones desconocidas. Riesgo alto."

Para su sorpresa, hubo respuestas.

No civiles. No familias.
Guerreros.
Demonios curtidos en la guerra, que extrañaban el olor del combate, que se sentían atrapados en la "paz" de Ciudad Escondite.
Querían sangre. Caos. Propósito.

Viper los aprobó.
Con una mezcla de alivio... y temor.

De vuelta en el Más Allá, Aqua, aún sonriendo, añadió:
"Y por cierto, esa tal Grimm... si no quiere usar zapatos, es problema suyo. Los creyentes pueden cambiar de culto cuando quieran. No es mi culpa que prefiera andar descalza como mendiga."

Zenarith la miró con desprecio.
"No intentaste cambiar su culto. Intentaste romper su fe. Y eso... no es libertad. Es arrogancia."

Aqua se encogió de hombros. "Bah. Si su diosa no puede protegerla de un simple hechizo, ¿para qué sirve?"

Antes de que Zenarith pudiera responder, Chronia intervino, girando su reloj de arena:
"Por cierto... te perdiste algo. Kisaragi de Aot ya está enviando agentes humanos... y demonios... a Konosuba."

Aqua parpadeó.
"¿Qué? ¿Por qué?"

"Para crear una amenaza," dijo Chronia, impasible. "Y luego venderse como salvadores."

Aqua abrió la boca.
Luego la cerró.

En el Planeta 7054, Grimm recorría los caminos polvorientos de Axel con la determinación de una cruzada... y la desesperanza de una hereje.

Su misión era clara: restaurar los santuarios de Regina, la antigua diosa de la muerte cuyo culto había sido devorado por el tiempo, la guerra y la indiferencia. Pero cada templo que encontraba estaba en ruinas—techos derrumbados, altares usados como mesas de taberna, estatuas convertidas en señales de tráfico.

Frente a los restos de un altar cubierto de grafitis que decían "Megumin fue aquí", Grimm gritó con voz rota:
"¡No queda nada! ¡Regina ha sido olvidada!"

Y entonces, tomó una decisión:
Fundaría su propia iglesia.
No de Regina.
De Zenarith.

Pero Axel no estaba lista para una diosa de la No-Muerte.

El primer sermón fue un desastre.

Los seguidores de Eris la llamaron "hereje tecnológica".Los sacerdotes de Axis la acusaron de "promover una secta de muertos vivientes que rechazan la purificación del agua bendita".Los ateos locales la insultaron por "traer superstición

Pronto, Axel se dividió.

"Axis vs Zenarith" se volvió un grito de guerra.
Carteles en las calles: "¡Aqua lava tus pecados! ¡Zenarith te deja podrir!"
Pintadas en la plaza: "¡Muerta viviente, vuelve a tu tumba!"
Peleas callejeras entre sacerdotisas de ambos bandos—una lanzando agua bendita, la otra maldiciones que hacían explotar los zapatos.

Grimm, desde su púlpito improvisado (una caja de cerveza sobre ruedas), gritaba con lágrimas en los ojos:
"¡Zenarith es la verdadera diosa de la No-Muerte! ¡No como esa farsante de Aqua, que ni siquiera sabe cómo se conjuga 'milagro'!"

La situación se volvió tan caótica que Lalatina "Darkness" Dustiness Ford, gobernadora de Axel, tuvo que intervenir.

Con voz temblorosa pero firme, declaró:
"¡Se prohíbe cualquier culto no registrado ante el Concejo de Dioses Menores! ¡Y eso incluye a tu... 'Zenarith'!"

Grimm quedó sola.
Otra vez.

Mientras tanto, en el planeta Aot, la crisis se agravaba.

Baltinus Toadlicker, tras ver imágenes de los disturbios en Axel, publicó un último mensaje antes de desaparecer de todas las redes:

"La invasión cultural de Kisaragi no solo destruye ecosistemas... también corrompe almas. Axel arde por culpa de sus agentes. Y yo... ya no puedo mirar."

Horas después, su cuenta fue cerrada.
Sus seguidores entraron en pánico.
Rumores se extendieron como fuego:
"¡Viper lo mandó asesinar!"
"¡Kisaragi silenció al último defensor de la naturaleza!"

Las protestas estallaron.
Los no-humanos—hobbits, trolls, hadas—marcharon frente a la Torre Central.
Incluso antiguos aliados de Viper cuestionaron su silencio.

Y esta vez...
Viper no contuvo su ira.

Por primera vez, abusó de su poder.

Ordenó arrestos masivos.
Clausuró foros ecológicos.
Encarceló a líderes de protesta bajo cargos de "sedición interestelar".
Justificó todo con un decreto frío:
"Quien amenace la estabilidad de Kisaragi, amenaza la paz del planeta."

En su oficina, bebió Nitro hasta que el mundo se volvió borroso.
No por miedo.
Por rabia.

En el Más Allá, Zenarith observaba a Grimm llorando en una esquina de Axel, abrazando una vela apagada.

Chronia murmuró:
"Está perdiendo la fe. No en ti. En sí misma."

Zenarith no respondió.
Solo encendió una vela en su altar.
Y susurró:
"Aguanta, Grimm.
Porque cuando todo se derrumbe...
serás tú quien levante los cimientos."

En el planeta Aot, la verdad emergió como un rayo de sol tras una tormenta.

Poco después de la desaparición de Baltinus Toadlicker, sus seguidores publicaron un comunicado en periódicos mágicos—hojas de corteza impregnadas con tinta de pulpo lunar, iluminadas por luciérnagas domesticadas—los más ecológicos que jamás se hubieran visto.

"Baltinus no ha muerto. Solo rechaza la tecnología de Kisaragi. Prefiere hablar con los árboles, no con pantallas."

Pero el daño ya estaba hecho.

Los periódicos también revelaban los abusos de Viper:

Arrestos arbitrarios.Celdas sin ventilación para activistas no-humanos.La quema de bibliotecas druídicas "por riesgo de incendio".

La opinión pública se volvió.
Incluso los demonios leales dudaron.
Y Viper, aunque supo que no había matado a Baltinus, no podía deshacer lo que ya había roto.

Mientras tanto, en el Planeta 7054Rokugo envió un mensaje triunfal:

"Base de Kisaragi terminada. Protocolo exige visita de Ejecutiva para aval oficial."

En Aot, las ejecutivas se miraron entre sí.

Viper pensó: "Si voy, dirán que huyo. Con la dilatación 1:20, estaré 80 días ausente... y en política, eso es una eternidad."

Lilith fue clara: "Prefiero morir antes que volver a un mundo sin Wi-Fi, sin café sintético y con magia que rompe mis dispositivos."

Belial solo dijo: "Ya tuve suficiente drama con demonios, titanes y mujeres llorando. No."

Así que, con un suspiro de resignación...
Astaroth fue enviada.

En el Más AlláZenarith observaba con frustración.

Desde que Grimm llegó a Konosuba, su visión estaba limitada: solo podía ver los movimientos de su seguidora, no el resto del mundo. Y ahora, Astaroth estaba allí—cuatro días terrenales (ochenta en Aot)—pero ya había dejado huella.

Se comportaba "profesional".
Pero a Grimm...
le hacía la vida imposible.

Le quitó el permiso para predicar.Ordenó que su silla de ruedas pasara por "inspección anti-maldición" tres veces al día.Incluso le prohibió usar velas negras, alegando "riesgo de incendio sectario".

Y lo peor:
Astaroth elevó la prioridad de conquista de Belzerg.
"Quiero esta ciudad bajo control de Kisaragi antes del final del año," declaró en una reunión privada.

Porque mientras Grimm luchaba por un altar,
Rokugo, el Hombre Panda y Alice 2.0 ya habían trazado su plan:

Gentrificación del Gremio de Aventureros.
Comprar contratos de bajo rango.
Infiltrar mercenarios disfrazados de aventureros.
Controlar misiones, recursos, rumores.
Y finalmente...
tomar la ciudad desde dentro.

No con armas.
Con burocracia.
Con deudas.
Con promesas rotas.

En el Más Allá, Zenarith cerró los ojos.

Grimm seguía rezando en rincones oscuros, encendiendo velas prohibidas, murmurando el nombre de su diosa como si fuera un hechizo olvidado.

Y Astaroth, con su sonrisa perfecta y su uniforme impecable, caminaba por las calles de Belzerg como si ya fuera suya.

En el planeta Aot, las palabras de Baltinus Toadlicker habían trascendido la crítica política.
Se habían convertido en arma.

"Viper no es una gobernante. Es un monstruo. Una abominación de serpiente creada por Kisaragi, disfrazada de semielfa para engañar a los ingenuos."

La frase se repitió en periódicos mágicos, en cantos de hadas, en murales pintados con savia de árbol.
Y esta vez... Viper no lo ignoró.

Harta, furiosa, ordenó que se le entregara todo sobre Baltinus.
No solo su currículum.
Su vida.

El informe llegó al amanecer.

Lo leyó en silencio.

Padre: Teodor, granjero humilde.
Madre: Razumenka, curandera de aldea, mitad elfa, mitad humana.
A los ocho años, Baltinus recogía fresas y hongos silvestres para el desayuno de su madre.
Un oso lo atacó.
Fue salvado por una chica elfa del bosque.
Desde entonces, juró proteger a los no humanos.

No tuvo dinero para la Universidad de Magia.
A los doce, ya dominaba todo lo que los libros del pueblo ofrecían.
Creó golems agrícolas para ayudar a su padre.
Viajó por el mundo.
Conoció a hobbits, enanos, brujas, unicornios, hadas, sirenas, trolls, duendes.
Los trató como iguales.
Siempre preguntaba: "¿Puedes ayudarme a encontrar a mi ángel?"
Cree en la poligamia. Tiene un fetiche confeso por las elfas.
Pero más que eso... ama la naturaleza como un hijo ama a su madre.

Viper dejó caer el informe.

Miró sus manos.

Escamas.
No piel.
Escamas negras, brillantes, resistentes—producto de la cirugía de Kisaragi, del gen mutante, de la guerra.

Se levantó y fue al espejo.

Allí estaba: ojos verticales, lengua bífida, colmillos sutiles, cola enrollada.
Sí, tenía orejas puntiagudas. Sí, su rostro conservaba la elegancia élfica de su madre.
Pero... ¿era eso suficiente?

Una elfa debería vivir en armonía con el bosque.
Una elfa no construiría ciudades de acero.
Una elfa no exterminaría especies "por error".
Una elfa no usaría Nitro para olvidar.

Se tocó la mejilla.
¿Alguna vez fui una elfa?
¿O solo heredé una apariencia... y fingí el resto?

Recordó su infancia en el castillo de Mehlmehl: entrenada para matar, no para cantar con los árboles.
Nunca había plantado una semilla.
Nunca había hablado con un espíritu del río.
Nunca había sentido el bosque como hogar.

Solo como territorio.

Esa noche, Viper no bebió Nitro.

Se sentó en el balcón de su torre, mirando el desierto que ahora era bosque... un bosque que ella misma había forzado a existir.

Y por primera vez, no se sintió gobernante.
Se sintió intrusa.

No era humana.
No era demonio.
Y ya no...
ya no era elfa.

Era algo nuevo.
Algo roto.
Algo que Kisaragi había fabricado... y que el mundo ahora rechazaba.

Cerró los ojos.
Y en silencio, susurró:

"Perdón, Baltinus...
Tal vez sí soy el monstruo que dices."







Viper ya no soñaba.

Soñar era un lujo de la Viper que había sido: la semielfa, hija de un rey demonio y una elfa errante, que anhelaba la muerte como redención.

Esa mujer murió en la sala de cirugía de Kisaragi.

Lo que salió de allí—escamas, fuego frío, ojos verticales, mente modificada—no era ella.
Era el monstruo que Baltinus describía: una criatura de acero y genética forzada, diseñada para gobernar, no para sentir.

Y así lo aceptó.

El Nitro se volvió su único consuelo.
No para embriagarse.
Para olvidar quién era antes.

Pero el olvido trajo lagunas.
Y en esas lagunas, firmó estados de excepción.
Censuró redes mágicas.
Disolvió consejos locales.
Instaló escuadrones de lealtad en cada distrito.

Porque el planeta se desmoronaba.

Zonas enteras de Kisaragi mostraban tendencias separatistas.
Bandera negra con una hoja dorada—el símbolo de Baltinus—ondeaba en ciudades enteras.
Su filosofía se extendía como plaga:

"La tecnología es cáncer. La magia, cura. Kisaragi, virus."

Y tenía razón.

Viper lo sabía.
Kisaragi no construía mundos.
Los infectaba.
Los explotaba hasta que colapsaban... y luego saltaba al siguiente.

Como habían hecho en el Tercer Planeta.
Como estaban haciendo en Aot.

Una noche, sin escolta, sin advertencia, Viper fue a buscar a Baltinus.

Lo encontró en un claro del bosque quemado, rodeado de hadas y trolls, escribiendo en un pergamino de corteza.

Él la miró. No con odio. Con tristeza.

"Así que viniste," dijo. "Sabía que lo harías. No por maldad. Por miedo."

Viper no respondió. Solo activó su forma gigante.

Baltinus no luchó.
Solo murmuró, mientras las llamas lo envolvían:
"Ustedes no conquistan. Parasitan. Y cuando este mundo arda... irán al siguiente. Y al otro. Hasta que no quede nada."

Ella lo mató.
No por venganza.
Por desesperación.

Luego, regresó a Ciudad Escondite y emitió un ultimátum:

"Cualquier intento de rebelión será respondido con fuego absoluto. No habrá juicios. No habrá misericordia. O me siguen... o arden."

Regresó asustada.

No del acto.
De lo fácil que había sido.

De lo mucho que había disfrutado.

Y aunque el 44% de la población la apoyaba—humanos del Tercer Planeta, demonios leales, mercenarios—sabía que el resto la veía como lo que era:
una tirana disfrazada de salvadora.

Perdió la fe en el futuro.
Porque ya no creía en la paz.
Solo en el control.

Años pasaron.

Guerras civiles.
Golpes de estado fallidos.
Atentados con magia oscura.
Veneno en su copa.
Bombas en su torre.
Un troll suicida que se lanzó desde un rascacielos para aplastarla.

Sobrevivió a todo.
Pero cada intento la endurecía más.

El Desfile de los Veinte Años se desplegó bajo un cielo artificialmente iluminado, con drones formando el logotipo de Kisaragi en las nubes y cánticos sincronizados resonando desde altavoces ocultos en cada edificio.

Viper, con su uniforme ejecutivo modificado—escamas pulidas, hombreras doradas, cola envuelta en una cinta tricolor—caminó por la avenida principal como si fuera una sacerdotisa del nuevo orden. Sonrió. Cantó. Alzó el puño al grito de:

"¡La Patria, una sola y grande! ¡Kisaragi no retrocede... ilumina el universo!"

Las multitudes aplaudieron.
Los niños corearon.
Los soldados rindieron honores.

Pero Viper sabía la verdad.

Detrás de cada discurso de "transformación irreversible", había un planeta saqueado.
Detrás de cada canción de "unidad cósmica", había un pueblo silenciado.
Detrás de cada promesa de "futuro brillante", había un desierto convertido en fábrica... y luego en tumba.

Y aun así, ella lo dijo.
Porque ya no tenía opción.
O era la voz del imperio...
o su cadáver sería el próximo ejemplo.

Al terminar el evento, se encerró en su suite privada.

Sacó una botella de Nitro puro—no diluido, no regulado—y bebió hasta que el mundo se volvió borroso, hasta que la "Ejecutiva Viper" se deshizo...
y quedó solo la hija.

Ebria, despeinada, con la cola arrastrando por el suelo, comenzó a hablar.

"Mi padre... Mehlmehl... se casó con una elfa paria," murmuró, mirando el techo. "Una que abandonó su clan. La usaba como esposa trofeo. Decía que era hermosa... pero nunca la tocaba. Porque un demonio y una elfa... sus cuerpos no eran compatibles. Ella murió joven. De soledad, creo."

Se rió, amarga.
"Yo crecí encerrada. Aprendiendo estrategia, magia oscura, protocolo real. Mi padre tenía pretendientes para mí. Todos guerreros. Todos crueles. Ninguno me gustaba."

Sus ojos se llenaron de lágrimas.
"Pero... lo amaba. Y sé que él me amaba. Solo... nunca lo demostró. ¿Cómo se lo digo ahora? ¿Cómo le digo que lo extraño... que quería que me abrazara... aunque fuera una vez?"

Se derrumbó en el suelo, abrazando sus rodillas.
"Entiendo a Belial. A Astaroth. A Lilith. Ustedes también cargan con padres que no supieron amar."

Pero Belial la interrumpió, voz firme:
"No, Viper. Ni yo ni Astaroth somos huérfanas. Nuestros padres están vivos. Jubilados. Bañándose en dinero en alguna isla interestelar." Hizo una pausa. "Evitan contacto conmigo porque... me da vergüenza que me vean así.

No soy la hija que esperaban."

Astaroth, desde el rincón, añadió con sequedad:
"Mis padres viven. Pero nunca tuvimos una buena relación. Me vendieron a Kisaragi a los diez años. Dijeron que 'tenía potencial'."

Entonces, Lilith bajó la mirada.
"Yo sí soy huérfana," susurró. "Crecí en el Orfanato Kisaragi... antes de que esto fuera una corporación. Antes de que Astaroth lo convirtiera en un imperio. Allí... conocí a Rokugo. Éramos dos ratas en una jaula de acero."

Silencio.

Viper levantó la cabeza, lágrimas secas en las mejillas.
"Entonces... soy la única que perdió a su padre... y aún lo extraña."

Nadie respondió.
Solo el zumbido del aire acondicionado.

Y en ese momento, las cuatro mujeres—ejecutivas, monstruos, sobrevivientes—comprendieron algo terrible:

La noche después del desfile, el alcohol y la confesión aún flotaban en el aire de la suite privada. Viper, con los ojos hinchados y el uniforme arrugado, se abrazaba a sí misma como si temiera deshacerse.

Belial, recostada en un sofá flotante, rompió el silencio con una risa seca.

"Sabes, Viper... todos los padres se avergüenzan del camino de sus hijos. Los míos querían que fuera abogada. 'Defiende corporaciones, no quemes ciudades', me decían." Hizo una pausa, sonriendo con ironía. "Ahora soy la que firma órdenes de incineración masiva. Supongo que no cumplí con sus expectativas."

Astaroth, con una copa de vino oscuro en la mano, asintió.

"Los míos querían que dirigiera la empresa familiar. Y lo hice. Pasé de administrar orfanatos y hospitales... a diseñar armas que disuelven almas. Al final, es lo mismo: controlas vidas. Solo que ahora las cortas antes de que se vuelvan problemáticas."

Lilith, sentada en el suelo con las rodillas contra el pecho, murmuró:

"Yo odiaba a los superhéroes. Después de que su 'justicia' provocara la guerra donde murieron mis padres... juré que nunca más creería en el bien absoluto."

Astaroth la miró, seria.

"Yo también los admiraba. A los Power Rangers. A los justicieros. Pensaba que si derrotabas al villano, el mundo se curaba. Pero cuando entré en ese mundo... vi la verdad. El mal no nace de un traje negro. Nace de hambre, de miedo, de sistemas rotos. Y esos héroes... solo vendían al villano del turno, sin arreglar nada. Así que los exterminamos. Obligamos a la gente a comportarse bien. No fue la tecnología la que destruyó el Tercer Planeta... fue la guerra eterna que los héroes se negaron a perder. Porque para ellos, perder era impensable. Y el mundo pagó el precio."

Viper escuchó en silencio. Luego, con voz rota:

"Antes... antes de ser ejecutiva, no tenía tantos problemas. Solo obedecía. Ahora... todo depende de mí. Y cada decisión... mata algo."

Belial, aburrida ya de la melancolía, se incorporó.

"Si tanto te duele, haz algo al respecto. Acuéstate con alguien. Sal. Busca un amante. O mejor aún—" hizo un gesto vago—"abre una de esas páginas que pagan por salir desnuda. Te harías rica. Y dejarías de llorar por tu papá."

Viper la miró, ceño fruncido.

"Ya salí semidesnuda. En las publicaciones oficiales de Kisaragi. Desde que me reclutaron. ¿Recuerdas la campaña 'Fuerza y Belleza'? Yo con falda corta, botas altas, cola al descubierto... Todo para vender la imagen de la 'Reina Demonio Moderna'. Y aún así, me persiguen burlas: 'Pasó de gobernar reinos a servir como sirvienta de una corporación'." Suspiró. "Y no, no tengo interés en pareja. Ni soy lesbiana. Solo... cansada."

Belial, con total despreocupación, añadió:

"No te va a agarrar ninguna venérea. Los agentes de Kisaragi tenemos microrobots que matan virus al instante."

Astaroth y Lilith intercambiaron una mirada.

Belial parpadeó. Luego, con un rubor apenas perceptible en sus mejillas, murmuró:

"...Bueno. Tampoco hago eso... sobria."

Silencio.

Luego, las cuatro estallaron en carcajadas—amargas, cansadas, humanas. 

En el Más Allá, Aqua se levantó de su trono con un bostezo exagerado.

"Bueno, chismosas... se acabó mi turno. Me voy a Konosuba. ¡Eren y Darkness  deben estar haciendo algo contra Kisaragi" 

Y con un destello de luz azul, desapareció.

Zenarith no la miró partir.
Ya estaba viendo a Grimm.

En Konosuba, el caos había regresado.

La "gentrificación" del Gremio de Aventureros—liderada por Rokugo, el Hombre Panda y Alice 2.0—había enfurecido a los locales. Los precios subieron. Los contratos se volvieron esclavizantes.

En medio de la batalla, Grimm, desesperada, lanzó una maldición masiva:

paralizó a Darkness  y a Eren Yeager 

 Pero entonces... Aqua apareció.

Con su bastón en alto, sonrisa triunfal, gritó:
"¡Exorcismo sagrado!"

Un destello cegador envolvió la moto que Rokugo aceleraba, con Grimm aferrada a su espalda.

El hechizo no fue contra Rokugo.
Fue contra ella.

Grimm soltó un grito ahogado. Su cuerpo se debilitó. Sus ojos se abrieron de par en par.
Y cayó.
Murió al instante.

El Hombre Panda frenó en seco.
"¡Grimm!"

En el Más Allá, Zenarith sintió el impacto como un puñal.

La conexión se cortó.
Ya no podía ver Konosuba.
Solo recibió el alma de Grimm—temblorosa, confundida, llena de lágrimas silenciosas.

"No sé cómo devolverte," admitió Zenarith, voz rara, casi vulnerable. "No hay templos míos allí. El que construiste... lo destruyeron."

Grimm bajó la cabeza.
"Entonces... ¿me quedaré aquí?"

Antes de que Zenarith pudiera responder, una notificación divina apareció frente a ella.

No era para ella.
Era para Regina, su hermana fallecida—diosa de las marionetas y la venganza,   

 olvidada por falta de creyentes.

Pero como Regina ya no existía...
el mensaje llegó a Zenarith.

Ofrenda recibida:

Placa de identificación de Kisaragi (Rokugo)Cuchillo militar (Hombre Tigre)Fragmento del primer traje de combate de Grimm

Al parecer, Rokugo había encontrado un templo abandonado de Regina—en ruinas, cubierto de hiedra—y había dejado las ofrendas allí, rezando a una diosa muerta... por Grimm.

Zenarith parpadeó.
Luego, sin entender del todo, activó el ritual.

En Konosuba, en el templo derruido de Regina, un resplandor dorado iluminó las piedras rotas.

Grimm apareció—desnuda, viva, confundida.

"¿Por qué... este es el templo de Regina?"

Rokugo, arrodillado frente al altar, suspiró aliviado.
"Lo hicimos... estás viva, Grimm."

Ella se incorporó de un salto, lo miró... y se lanzó sobre él, abrazándolo con fuerza.

"¡Comandante! ¡Sabía que vendrías por mí!"

Rokugo, incómodo, intentó zafarse.
"¡Oye, suéltame!"

Pero Grimm no lo hizo. Solo enterró la cara en su pecho, temblando, llorando.
"¡Zenarith no me abandonó!"

Alice 2.0, con los brazos cruzados y esa mirada que solo una IA puede dar—mitad análisis, mitad juicio divino—soltó la bomba:

"¿Por qué simplemente no usaste la máquina teletransportadora para enviar a Grimm y a un agente de confianza al planeta 407 y que la revivieran en un templo de Zenarith? ¡Lo habrías logrado en un par de horas!"

Silencio.

Rokugo se quedó inmóvil.
Sus ojos se abrieron.
Su cerebro, normalmente ocupado en espiar, seducir o ganar puntos malos, por fin conectó los puntos.

"¡¡¡MALDICIÓN, ESO HUBIERA SIDO LO MÁS LÓGICO!!!!"

El grito rebotó en las paredes del templo derruido como si el propio universo se burlara de él.

Alice 2.0 lo miró con la expresión perfecta de: "Sabía que eras un idiota, pero no sabía que eras un idiota con licencia para operar tecnología interestelar."

Grimm, en cambio, sonrió con una dulzura que debería ser ilegal en una mujer que explota si se pone zapatos.

"Comandante... ¿eso significa que realmente querías quedarte conmigo todo este tiempo?"

Rokugo sintió un escalofrío. No de amor. De pánico existencial.

"No. Significa que perdimos días valiosos porque soy un imbécil y nadie me detuvo."

Pero Grimm ya no escuchaba. Se lanzó a abrazarlo, radiante.

"¡Lo sabía! ¡Fue por amor! Podrías haberme desechado fácilmente... ¡pero no lo hiciste! ¡Esto es un gesto de amor!"

Rokugo suspiró.

"Grimm... revivirte no fue gratis."

Ella entendió al instante.
Y, con la pragmática devoción de una mujer que ha muerto 37 veces, asintió.

"Acepto sexo por ese favor."
Hizo una pausa, levantando un dedo con firmeza.
"Pero nada de anal. Nada de oral. Nada de juguetes eróticos. Y sobre todo... ¡NADA de Alice 2.0 ayudándonos!  

Rokugo, tentado, casi dijo: "Te ordeno que te vengas, Grimm."

Pero ella se tapó la boca con ambas manos, ojos brillantes de sospecha.

"¡NO! ¡No otra vez! ¡No sé si es un superpoder real, 

 o si simplemente me manipulas con la voz! ¡Pero no me vas a hacer ensuciar mi ropa otra vez!"

Horas después, en la mazmorra-base, Rokugo entró cargando a Grimm en brazos, gritando a todo el que se acercara:

"¡NADIE ME MOLESTE! ¡ESTAMOS EN PERIODO DE RECONCILIACIÓN POST-MORTEM!"

Una vez dentro de su cuarto (una celda con cortinas y un colchón), se desvistieron en silencio.
No hubo romanticismo.
Hubo desahogo.
Compensación.
Y una cantidad absurda de gemidos, maldiciones y un "¡no muerdas ahí!" que resonó hasta el sótano.

Ahora, desnudos y exhaustos, yacían en la cama.

Grimm dormía como un ángel caído—roncando suavemente, con una pierna sobre la de Rokugo, sonriendo en sueños.

Él la miraba, irritado... pero con una extraña ternura.

"Es tan tierna cuando duerme... hace esos ruidos graciosos... casi como un animalito."

Pero no podía dormir.
La guerra.
Axel.
Belzerg.
Kisaragi.
Todo pesaba como una losa.

Entonces... la puerta se abrió de golpe.

El Hombre Panda entró, serio, con su traje de honor chino-japonés arrugado.

"Jovenzuelo, tenemos problemas. El ejército de Belzerg ha encontrado nuestra ubicación. Están afuera. ¡Armados! ¡Necesitamos tu presencia YA!"

Rokugo soltó un gruñido digno de un Titán frustrado.

"¿¡Pero qué demonios!? ¡¿Ni siquiera me dejan tener un maldito segundo de paz?!"

Saltó de la cama, buscando su armadura.

Grimm, medio dormida, se estiró... y al ver al Hombre Panda, gritó:

"¡¿QUÉ DEMONIOS HACES AQUÍ?! ¡PRIVACIDAD, MALDITA SEA!"

El Hombre Panda parpadeó.

"No es mi culpa. No pusieron seguro en la puerta."
Luego, con total inocencia: "Jovenzuela, deberías considerar usar ropa interior incluso al dormir. Por decoro."

Grimm se giró hacia Rokugo, roja de vergüenza.

"¡¿POR QUÉ NO PUSISTE SEGURO EN LA PUERTA?! ¡AHORA TODO EL MUNDO SABE QUE TENGO CICATRICES EN TODA LA ESPALDA.  

Rokugo, ajustándose el cinturón, respondió con sequedad:

"¡Porque esto es una maldita mazmorra tuneada, no un hotel de lujo! ¡NO TIENE CERRADURAS!"

Grimm murmuró algo sobre "hombres irresponsables" mientras se vestía a toda prisa.

Minutos después, en la sala central, el ingeniero de Kisaragi explicaba la situación con cara de quien acaba de firmar su propia sentencia de muerte:

"La mazmorra fue rediseñada como fortaleza impenetrable... pero todavía no está terminada. Y lo peor..."
Hizo una pausa dramática.
"...nunca hicimos pruebas de resistencia."

Rokugo cerró los ojos.

"Claro. Porque ¿para qué probar una base cuando puedes estrenarla bajo ataque total?"


En el Más AlláAqua regresó de Konosuba con una sonrisa satisfecha  Pero antes de que pudiera presumirlo, Zenarith la interrumpió.

"Están en el último nivel de la mazmorra-base. Han pasado al siguiente plano dimensional. Tres Destructores, un Robot Antititán... y una batalla que podría ser la más épica de la historia."
Hizo una pausa, ceño fruncido.
"Pero no puedo verla. Mi visión está atada a Grimm. Y ella... está inconsciente."

Aqua, emocionada, propuso:

"¡Vamos a la oficina de Eris! ¡Podemos ver la batalla desde todos los ángulos!"

Chronia, sin levantar la vista de su reloj de arena, respondió con sequedad:

"Mala idea. Eris está hasta el cuello recibiendo almas. La batalla está generando una ola de muertes masivas. No hay tiempo para espectáculos."

Justo entonces, Aqua recibió una notificación divina.

No era de un seguidor cualquiera.

Era de Eren.

Aqua... —murmuró, con vergüenza—. Si me oyes... ayúdanos. 

Aqua, con lágrimas en los ojos y corazón de esposa, activó su autoridad como diosa.

Y emitió dos decretos:

"Que no llueva en Aot hasta nuevo aviso.""Que todas las noches, los habitantes sueñen con Titanes Colosales destruyendo nuestras instalaciones."

En el planeta Aot, el caos comenzó de inmediato.

Al día siguiente, el cielo se secó.

No fue una sequía normal.
Fue como si el propio concepto de lluvia hubiera sido borrado del contrato natural.
Los ríos se redujeron a grietas. Los lagos se volvieron polvo. Los paneles solares, antes rodeados de humedad, ahora se agrietaban por el calor extremo.

Y por las noches...
las pesadillas llegaron.

Niños gritaban al despertar, sudando frío, jurando que habían visto Titanes arrancando torres de energía con las manos.
Adultos se negaban a dormir.
Incluso los demonios, acostumbrados al horror, temblaban al cerrar los ojos.

El ciclo del agua colapsó.
Las plantas murieron.
Los animales migraron... o se extinguieron.
La atmósfera se volvió tóxica.

Y lo peor: nadie sabía por qué.

Porque ya no quedaba ningún creyente de Aqua en Aot.
Su culto había sido borrado por la propaganda de Kisaragi, ridiculizado por los ateos, olvidado por los sobrevivientes.
Así que nadie entendió que aquello no era un desastre natural.
Era un decreto divino.

En la Torre CentralViper entró en pánico.

"¡No es posible! ¡Los modelos climáticos no predicen esto! ¡Es como si la naturaleza... se hubiera roto!" 

Lilith, revisando los satélites, palideció:

"Los sensores dicen que el vapor atmosférico está desapareciendo. No se evapora. Simplemente... deja de existir."

Astaroth, por primera vez en años, pareció preocupada:

"Esto no es un ataque. Es un castigo. Pero... ¿de quién?"

Intentaron compensar:

Activaron plantas desalinizadoras.Cavaron pozos de emergencia.Inyectaron nubes artificiales.

Pero todo falló.
Porque no se puede engañar a un decreto divino con tecnología.

En las calles, el caos era peor.

Snow, ahora Gerente de Distrito, intentó calmar a la multitud:

"¡Es solo una anomalía temporal! ¡Kisaragi tiene todo bajo control!"

Pero nadie le creyó.
Los humanos del Tercer Planeta quemaron sus uniformes.
Los demonios exigieron que Viper renunciara.
Los hobbits huyeron a las montañas.

El Hombre Koala, gobernador de la Ciudad Encantada, apareció en televisión...
...borracho, en ropa interior, sosteniendo una botella de licor interestelar.

"¡Que se joda el agua! ¡Tenemos whisky sintético! ¡Y si no llueve, mejor! ¡Así no se me moja el traje cuando duermo en la azotea!"
Luego vomitó en cámara.

Viper, sola en su oficina, miró su reflejo en el vidrio roto.

Ya no era la ejecutiva impecable.
Era una mujer desesperada, con escamas opacas, ojos hundidos, cola enredada.

"¿Qué hice mal?" murmuró.
"¿Fue matar a Baltinus? ¿Fue confiar en Kisaragi? ¿Fue... no ser suficientemente elfa?"

Nadie respondió.

Solo el viento seco,
y el eco de Titanes imaginarios
destrozando el mundo en los sueños de todos.

En el Más AlláZenarith observaba en silencio.

"Aqua... no sabes lo que has hecho."

Chronia suspiró.

"Ella no quería destruir. Solo quería proteger a su esposo. Pero el amor... a veces es la peor forma de guerra."

En el Más Allá, el aire vibraba con la tensión de dos diosas que, por primera vez, no estaban en guerra... sino en alianza.

Zenarith observaba a Grimm, ahora poseída por una furia sagrada, arrasando con todo lo que se interpusiera entre ella y su venganza.
Pero no la juzgaba.
La entendía.

"No culpo a Aqua," dijo Zenarith, voz baja pero firme. "Yo también destruiría un mundo que me olvida. Pero fue culpa suya dejar que Kisaragi creciera tanto. Ella dio el agua... y permitió que la sed los volviera locos."

Aqua, apoyada contra una columna celestial, cruzó los brazos con una sonrisa triste.

"Puedo dar agua. Puedo quitarla. Soy diosa del agua, no de la justicia. Pero Eren... él es mi esposo. Y si este mundo arde para protegerlo... que así sea."

Entonces, miró por encima del hombro de Zenarith—metiche como siempre—y vio a Grimm en el cockpit del Meca-Kisaragi, ojos brillantes, gritando: "¡Por Zenarith, venganza!"

Aqua suspiró.

"Esa tonta... cree que yo soy la farsante. Pero cuando vea el rostro de Eren en las nubes... entenderá."

Y sin pedir permiso, tomó el control del cielo de Aot.

En el planeta Aot, el firmamento se oscureció.

No fue una tormenta.
Fue un mensaje.

Las nubes se formaron en letras gigantescas, visibles desde cada ciudad, cada aldea, cada refugio:

"PAREN LA GUERRA CON BELZERG."

Las ejecutivas de Kisaragi entraron en pánico.

Viper dejó caer su taza de Nitro.
Astaroth (todavía fuera de combate en Konosuba, pero informada vía bracer) envió un mensaje: "¿Quién demonios está jugando con el clima?!"
Lilith tomó fotos y las envió a Rokugo con urgencia.
Astaroth, por primera vez, no supo qué hacer.

Pero Aqua no terminó.

Las nubes se reconfiguraron.
Ahora, un rostro apareció: Eren Yeager, en su forma humana, serio, noble, con los ojos llenos de dolor.

Debajo, nuevas palabras:

"NEGOCIEN CON ESTE SUJETO."

En Aot, la gente cayó de rodillas.
No por fe.
Por miedo.

Porque incluso los ateos entienden que cuando el cielo habla...
alguien está escuchando.

En Konosuba, la batalla alcanzaba su clímax.

Rokugo, desesperado, gritaba:

"¡Maldición! ¡Necesitamos que alguien tome el control del robot!"

Alice, fría como siempre:

"Parece urgente."

Rokugo bufó.

"Está bien... pero mientras leo esto, Grimm, tú tomas el control."

Grimm, que había estado viendo la batalla con los ojos como platos, saltó de felicidad.

"¡¿DE VERDAD?! ¡¿VOY A PILOTAR EL ROBOT?!"

Rokugo gruñó:

"¡Sí! ¡Solo hazlo bien!"

Y Grimm corrió.
Pero no usó los controles estándar.
Cambió a modo manual.
Y entonces...
se volvió loca.

"¡¡MUERAN, MALDITOS HEREJES!!"
"¡¡POR ZENARITH, VENGANZA!!"

Arrasó.
Aplastó.
Vaporizó.
Desmembró.

Era caos puro.
Y en medio de él, Grimm se sentía viva.

Hasta que Eren apareció.

En su forma de Titán Martillo de Guerra, se interpuso.

"¡Detente, loca!"

Grimm no escuchó.
Lo derribó.
Preparó el golpe final.

"¡Y dile a esa sacerdotisa que se joda!"

Pero entonces...
El Hombre Panda cayó, destrozado por Ymir.
Rokugo apareció frente al Meca, megáfono en mano.

"¡GRIMM, ALTO!"

Ella protestó:

"¡Oye, comandante! ¡Por fin estaba divirtiéndome!"

Pero Rokugo no era su amante en ese momento.
Era su comandante.

"Por orden directa de Kisaragi, cesamos hostilidades. Hay sequía total en Aot. Si seguimos, ese mundo muere. Y con él... todos los que amamos."

Grimm se paralizó.
Sus manos temblaron.

"¿Q-qué? ¿Eso... es verdad?"

"¡NO ES UNA BROMA! ¡Y SI NO OBEDECES COMO SOLDADO, SERÁS JUZGADA POR TRAICIÓN!"

El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier explosión.

Grimm bajó los brazos del Meca.
Las lágrimas cayeron.
No de rabia.
De vergüenza.

Porque en ese momento, vio las nubes.
Vio el rostro de Eren.
Y entendió.

"Esa sacerdotisa... no es una farsanta. Es su esposa. Y él... es real."

En el Más Allá, Aqua sonrió, aliviada.

"Al fin lo entendió."

Zenarith, sin mirarla, murmuró:

"No la perdono por usar el agua como arma. Pero... respeto que defienda a quien ama."

Aqua asintió.

"Igual que tú con Grimm."

Silencio.

En el Más Allá, el aire se volvió más ligero, como si el universo exhalará al fin.

Zenarith, con los brazos cruzados, miró a Aqua.

"Ya se rindieron. Regresa el agua a Aot."

Aqua no discutió. Solo chasqueó los dedos.
Instantáneamente, en el planeta, las nubes se abrieron.
Una lluvia suave, casi reverente, cayó sobre las tierras agrietadas. Los ríos suspiraron. Las plantas alzaron sus hojas como en oración.

Y Zenarith, aliviada, volvió a ver a través de Grimm.

Abajo, en Konosuba, la tensión era... incómoda.

Rokugo, aún con el traje chamuscado y el orgullo más destrozado que su armadura, intentó aliviar el ambiente con un comentario torpe:

"Y dime... ¿cómo se siente eso de... ya sabes..." —movió las cejas con picardía— "...estar con una diosa? Debe ser una experiencia de otro mundo, ¿no?"

Eren, inmóvil como una estatua de guerra, lo miró.
No con ira.
Con desprecio absoluto.

"No es asunto tuyo."

Rokugo sintió un sudor frío recorrerle la espalda.

"...Vale. Eso fue una mala idea."

Pero, terco como siempre, insistió:

"Bueno, lo más cercano que tuve fue... ya sabes, con una sacerdotisa fría como el hielo." Señaló a Grimm, que se acercaba sin darse cuenta. "Aunque 'hielo' no sería apropiado. Más correcto sería decir... muerta."

Grimm tardó un segundo en procesarlo.
Luego, sus ojos se abrieron como platos.
Su rostro pasó del blanco al rojo en menos de un latido.

"¡¡ROKUGO, NO TIENES DERECHO A HABLAR DE NUESTRA VIDA PRIVADA, Y MENOS FRENTE AL ENEMIGO!!"

Eren, sin moverse, añadió con voz baja y letal:

"Ya basta de juegos. ¿Por qué no te largas de una vez?"

Minutos después, Grimm entró en la máquina teletransportadora.
Y con ella, la visión de Zenarith se cortó.

Aqua, desde su trono, sonrió.

"Ya volvieron. El espectáculo terminó."

Chronia, que había estado en silencio, finalmente habló:

"Curioso. Dos mundos al borde del colapso... salvados no por estrategia, ni por poder... sino por vergüenza ajena."

Zenarith resopló.

"No subestimes el poder de una mujer humillada. Es más peligrosa que un Titán."

Aqua, riendo, añadió:

"Sobre todo si explota con zapatos."

En Aot, la escena era desoladora.

Rokugo cayó de rodillas en el hangar, traje hecho jirones, ojos vacíos.
Alice lo sostenía con su brazo mecánico, impasible.
Grimm, aferrada a su silla de ruedas, lloraba en silencio.
Detrás, los pocos agentes supervivientes arrastraban a Belial, inconsciente, cubierta de quemaduras divinas—heridas que ni el Nitro podía sanar.

"Solo... un año," murmuró Rokugo, voz quebrada. "Solo estuvimos un año allí..."

Pero antes de que pudiera llegar a su habitación, Grimm lo interceptó.

Radiante.
Decidida.
Con una sonrisa que prometía caos doméstico.

"Bienvenido de vuelta, Rokugo."

Él suspiró, ya anticipando el desastre.

"¿Qué quieres ahora, mujer zombie mutante?"

Ella se acercó, disfrutando cada segundo.

"Recuerdas el contrato, ¿verdad?"

Rokugo se paralizó.
El maldito contrato.
Diez años. Si ninguno se casa... se casan entre ellos.

"¡Esto no es justo! ¡La dilatación temporal no cuenta! ¡Eso es trampa!"

Grimm cruzó los brazos, triunfante.

"No me importa."

"¡Espera a que termine con este lío y hablamos después! ¡A lo mejor me muero de tanto estrés antes de llegar al altar!"

"¡Te lo dije! No te salvas de mí."

"¡Lo que sea... lo que sea!"

En el Más Allá, las tres diosas observaban.

Aqua, riendo:

"¡Se va a casar con una que explota si se pone zapatos! ¡Eso es amor verdadero!"

Chronia, seria:

"No es amor. Es destino. Y el destino... siempre cobra su precio."

Zenarith, con una sonrisa casi imperceptible, encendió una vela negra.

"Que así sea.
Porque si alguien merece un final feliz...
es la necia que nunca dejó de creer en mí."

Y en el hangar, Grimm tomó la mano de Rokugo.

En el Más Allá, las tres diosas observaban con una mezcla de asombro y tristeza.

Aqua, con los ojos como platos, señaló a los dos agentes desconocidos en el patio de castigo.

"¿No son...? ¡El Príncipe Kuz y el General Faustress! ¿No habían desaparecido en combate por ese hechizo de teletransportación aleatoria?"

Chronia, girando su reloj de arena con lentitud, asintió.

"Así es. Pero parece que terminaron en las oficinas centrales de Kisaragi en el Tercer Planeta. Y como tantos otros... fueron reclutados."

Zenarith, con la voz baja, añadió:

"No reclutados. Rotos. Y luego ensamblados de nuevo... sin alma."

Abajo, en Grace, el Escuadrón de Castigo cumplía su labor con saña.

Todos los agentes que regresaron de Konosuba—Rokugo, F18, F17 

, incluso el Hombre Panda—fueron sometidos a penitencia por sus puntos malvados negativos. No por maldad... sino por falta de maldad.
Kisaragi no toleraba la compasión.

Pero entre ellos, dos figuras permanecían en silencio.

F18 —el Príncipe Kuz—, con la mirada perdida, aún aturdido por años de caos dimensional.
F19 —Faustress del Viento—, con alas mecánicas plegadas, cicatrices en el rostro, y un fuego apagado en los ojos.

Cuando el castigo terminó, F19 alzó la vista.

Extendió sus alas artificiales—frías, silenciosas, sin el rugido del viento demoníaco que alguna vez las impulsó—y se elevó.

Voló más allá de las ruinas de Grace.
Más allá del desierto convertido en bosque.
Hacia el norte.
Hacia lo que alguna vez fue el Reino Demoníaco.

Y allí... lo vio.

Ciudad Escondida.

No era una base militar.
Era una metrópolis interestelar: torres de acero negro, fábricas escupiendo vapor limpio, drones vigilando cada esquina.
Y en el centro, imponente, una estatua gigantesca de Viper—en su forma de Mujer Víbora Mutante, cola enrollada, ojos de cristal mirando al horizonte como si esperara una redención que nunca llegaría.

F19 descendió, temblando.

Entró al complejo ejecutivo.
Cruzó pasillos donde antiguos demonios ahora usaban uniformes de oficina.
Y en una sala de cristal negro, la vio.

Viper.

Sentada en un trono de datos flotantes, dedos tecleando órdenes de guerra, traje de cuero y escamas, ojos fríos, sin rastro de la elfa que alguna vez fue.

F19 cayó de rodillas.

"Mi reina..." susurró, con la voz que no usaba desde hacía veinte años. "Faustress del Viento ha regresado."

Viper levantó la vista.
Lo reconoció.
Pero no sonrió.
No lloró.
No corrió a abrazarlo.

Solo dijo, con una voz que no era la suya:

"No hay 'reina' aquí. Soy Ejecutiva Viper. Y tú... eres F19."

F19 palideció.

"Pero... soy yo. Faustress. Tu leal..."

"Ese nombre murió cuando aceptaste el collar de Kisaragi," lo interrumpió ella, sin emoción. "El Reino Demoníaco ya no existe. Ahora es Distrito 7 de Kisaragi. Y tú... eres un agente más."

F19 bajó la cabeza.
Las lágrimas cayeron sobre el suelo de acero.

Miró sus manos—mecánicas, modificadas.
Recordó cómo Belial lo había vencido en las oficinas del Tercer Planeta.
Cómo le había roto la voluntad.
Cómo le obligó a borrar su pasado.
Cómo le arrancó sus alas demoníacas y las reemplazó con estas... prótesis silenciosas.

Y pensó lo peor:
"La lobotomizaron. La convirtieron en mutante contra su voluntad. La borraron."

Pero no era así.

Lo que no entendía era que Viper no había sido forzada.
Había elegido.
Día tras día, decisión tras decisión, rebelión tras rebelión, Baltinus, los insultos, las traiciones, los niños que la llamaban "monstruo"...
la habían consumido.

Una pequeña parte de ella aún intentaba hacer el bien.
Pero ya no podía permitirse ser débil.
Ni elfa.
Ni reina.
Ni Viper.

Solo Ejecutiva.

En el Más Allá, Zenarith cerró los ojos.

"No todos los monstruos son creados por la fuerza. Algunos... se transforman para sobrevivir."

Aqua, inusualmente seria, murmuró:

"Al menos Eren todavía me llama por mi nombre."

Chronia, sin mirarlas, dijo:

"Kisaragi no mata reinos. Los convierte en departamentos. Y a sus reyes... en empleados."



Y en la sala de cristal negro,
Viper siguió tecleando.
Porque si paraba...
recordaría quién era.
Y eso...
sería peor que la muerte.

En la Planta Energética Subterránea, el aire olía a ozono, sudor y metal caliente.

Russel, aún con su uniforme de sirvienta—ahora remendado, pero impecable—limpiaba una válvula cuando el zumbido familiar de alas mecánicas lo paralizó.

Se giró.
Y allí estaba Faustress.

No como el General del Viento que recordaba—con plumas negras, aura de tormenta, mirada de lealtad absoluta—sino como un espectro: ojos hundidos, alas de acero, cicatrices donde antes había tatuajes sagrados.

"¡Hermano!" gritó Russel, corriendo hacia él, voz quebrada. "¡Pensé que estabas muerto!"

Heine, desde los paneles de control, se giró... y se desmoronó en llanto.
"¡Faustress! ¡Gracias a Zenarith... a Aqua... a quien sea! ¡Estás vivo!"

Los tres se abrazaron entre tuberías humeantes y generadores pulsantes, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera roto.

Pero Faustress sabía que sí.

"¿Qué pasó?" preguntó, voz temblorosa.

Heine secó sus lágrimas con el dorso de la mano.

"Después de que desapareciste... Rokugo mató a Gadalkand. Me convirtió en su esclava. A Russel lo secuestró... y a la princesa Viper..." Hizo una pausa, amarga. "La sedujo. La corrompió. Y ella... entregó el reino."

Faustress cerró los ojos.

"No fue así..."

Y entonces, contó la verdad.

"Intenté matar al Elegido. Pero en el combate, activó un hechizo de teletransportación aleatoria. Aterricé... directamente en el patio de Belial. Me arrancaron mi nombre. Mi rostro. Mi alma. Me obligaron a firmar contratos con sangre modificada. Me dieron estas alas... y me enviaron a conquistar mundos fingiendo ser reyes demonio


Hizo una pausa.
"Incluso fui al Planeta 7054. Tuve que fingir ser un 'Rey Demonio' para que Kisaragi pudiera vender sus servicios de 'protección'. Todo era teatro. Incluso conocí a Rokugo allí. No es un monstruo... solo un peón muy bueno."

Russel bajó la mirada, avergonzado.

"Un... horrible mutante llamado el Hombre Tigre... me sodomizó. Me obligó a usar una jaula de castidad. Me cortó la cola... e inyectó hormonas femeninas. Me hizo... esto." Señaló su cuerpo, su voz apenas un susurro. "Pero... Viper puso leyes. Leyes que lo detuvieron. Ahora... soy libre. Más o menos."

Heine asintió.


"Mi trabajo ahora es generar fuego para la termoeléctrica. No es malo. Gracias a Viper. Pero al principio... era esclava. Los ejecutivos venían a verme sudar. Decían que mi fuego era 'exótico'."

Faustress los miró a ambos.
Y por primera vez en años, sonrió.

"Entonces... todavía tenemos un hogar."

No era el Reino Demoníaco.
No era un trono.
Era esto: tres almas rotas, reconstruyéndose en la sombra de una máquina.

Y en ese momento, no importaba que Viper ya no fuera reina.
Porque ellos...
todavía eran familia.

En el Más Allá, las diosas observaban.

Aqua, con los ojos brillantes:

"Incluso en el infierno... hay hermanos."

Zenarith, en silencio, encendió una vela negra.
No por Grimm.
Por Heine.
Porque incluso las esclavas del fuego...
merecen ser vistas.

Chronia, cerrando su reloj, murmuró:

"Kisaragi puede borrar nombres...
pero no vínculos."

Y en la planta subterránea,

El Templo de Zenarith – Día de la Boda

La cueva seguía allí.
Húmeda. Oscura. Olía a incienso viejo, tierra mojada... y ahora, extrañamente, a rosas sintéticas.

Grimm entró con su vestido de novia modificado: falda corta reforzada, hombreras estilizadas, cinturón brillante, y por supuesto, descalza. No por superstición. Por necesidad.

Y allí, frente al altar, estaba él.

El monaguillo.
Ahora un hombre de treinta y tantos, barba recortada, ojos cansados pero firmes, túnica negra con bordes dorados.

"Grimm Grimmore," dijo, inclinándose con respeto. "Bienvenida de vuelta. Es un honor verte... viva."

Grimm parpadeó.

"¿Tú? ¿Sumo sacerdote?"

"Así es. Desde que desapareciste, el culto estuvo a punto de extinguirse. Pero Kisaragi... en su extraña misericordia... nunca lo prohibió. Ni siquiera durante la sequía. Incluso permitieron que el Festival de los No Muertos continuara... aunque ahora es más una atracción turística que un rito sagrado."

Grimm frunció el ceño.

"Entonces... ¿puedo retomar mi puesto? Soy la sacerdotisa más antigua. La más devota..."

El sumo sacerdote negó con tristeza.

"Grimm... tú te fuiste. Nosotros nos quedamos. Entrenamos nuevos devotos. Adaptamos los rituales. Sobrevivimos sin ti. En este mundo... ya no eres la maestra."

Detrás de él, tres jóvenes con túnicas negras inclinaron la cabeza.
Silenciosos. Devotos. Reales.

Grimm apretó los puños...
y luego soltó una risa ligera.

"No importa. Nada arruinará mi día. Me voy a casar."

En la cafetería de KisaragiRose devoraba un trozo de carne cruda cuando Grimm le entregó la invitación.

"¿Boda?" preguntó, con la boca llena. "¿Habrá comida?"

"Sí. Toda la que quieras."

"Entonces iré." Tragó. "Aunque no entiendo por qué te casas con ese pervertido."

En su oficinaSnow, la Eterna Gerente, leyó la invitación mientras firmaba un contrato para importar agua reciclada de Marte Secundario.

Su despacho era un exceso absurdo: alfombras de seda tejida con hilos de Titán, estatuas en miniatura de los Cuatro Colosales, una fuente de cristal que escupía licor interestelar.

"La Eterna Gerente..." murmuró, leyendo el título impreso. "Qué irónico."

Al ver el nombre de Rokugo, sus ojos se endurecieron.

"Así que ha vuelto... y se casa con ella."

Cerró el puño. Luego, con una sonrisa fría, escribió al margen:

"Invitar también a Heine y Russel. Que vean lo que su 'comandante' ha hecho con su vida."

La boda fue un caos perfecto.

El templo había sido reparado con los últimos puntos malos de Grimm y el dinero que Rokugo ganó vendiendo secretos de Hiiragi en la darknet interestelar.
Veladoras flotantes.
Flores bioluminiscentes.
Un altar hecho de restos del primer robot de combate de Grimm.

Los invitados eran un catálogo de supervivientes:

Belial, borracha, lanzando fuego controlado al techo "por arte".Alice 2.0, registrando datos emocionales de los asistentes "para futuras simulaciones matrimoniales".Viper, en un rincón, bebiendo Nitro en silencio, mirando a Faustress desde lejos.Heine y Russel, vestidos con túnicas ceremoniales, llorando discretamente.El Hombre Panda, durmiendo en la primera fila.Astaroth, sentada en la última fila, con los brazos cruzados, fingiendo indiferencia... pero con los ojos húmedos.

Y en el centro, Rokugo.

Vestido con un traje que parecía un ataúd elegante, mirada perdida, alma ausente.
Una vez, había sido libre.
Ahora, estaba atrapado en una ceremonia que ni él mismo entendía.

Pero Grimm...

Grimm brillaba.

Con 80 años, cicatrices, trauma, y la certeza de que todos los que amaba morirían antes que ella...
ella sonreía.
Porque había ganado.

En el Más Allá, las tres diosas observaban desde sus tronos, palomitas en mano.

Zenarith: "Apuesto a que duran seis meses."
Aqua: "¡Dos semanas! ¡Él va a intentar escapar en la noche de bodas!"
Chronia, seria: "No se divorciarán. Se odian demasiado para separarse."

Hubo una pausa.

Luego, Aqua suspiró, aburrida.

"¿No deberíamos preocuparnos porque Kisaragi sigue colonizando otros mundos?"

Zenarith se encogió de hombros.

"Problemas de otras diosas."

Chronia giró su reloj.

"¿Qué más hay?"

 Y así, entre chismes, apuestas y la vida de millones de almas,

las diosas siguieron viendo...
porque, al final del día,
el universo no era un campo de batalla.

Era un telenovela interestelar.

Y esta...
todavía tenía episodios.


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