El sonido del lápiz de Wakana Gojo se detuvo. Llevaba casi media hora dibujando patrones de kimono en los márgenes de su cuaderno, pensando en cómo podría aplicar las técnicas que aprendió en el taller de su abuelo a diseños modernos.
—“Si logro dominar la puntada más fina, podría mejorar la caída del dobladillo en los vestidos de las muñecas…” —murmuraba en voz baja.
Su ensimismamiento fue interrumpido por un golpe seco en el escritorio de la profesora.
—¡Atención, clase! —la voz de la maestra resonó con formalidad, aunque la sonrisa en su rostro parecía casi divertida—. Hoy vamos a repasar la dinámica de la asignatura más… especial de su último año.
Todos los estudiantes alzaron la vista. Algunos con curiosidad, otros con nerviosismo. Gojo tragó saliva, incómodo con la sola idea de que algo interrumpiera su rutina tranquila.
La maestra continuó:
—Como saben, nuestro colegio ha implementado la asignatura Prácticas de Matrimonio Juvenil. Su propósito es enseñarles responsabilidad, comunicación y cooperación en pareja, habilidades esenciales para la vida adulta en nuestra sociedad.
Los murmullos estallaron en el aula. “¿Otra vez con esto?”, “Seguro me toca alguien insoportable…”, “¿Qué pasa si no cumplo?”
La maestra levantó la mano y los alumnos callaron.
—Las reglas son simples pero estrictas:
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Cada pareja estará conformada por un chico y una chica de la clase.
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Vivirán en un departamento del complejo escolar hasta el final del semestre.
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Una inteligencia artificial monitoreará sus interacciones: conversaciones, gestos, cooperación en las tareas del hogar. No es vigilancia humana para darles comodidad.
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Ganarán puntos según la “armonía conyugal” que demuestren: cocinar juntos, estudiar en pareja, resolver conflictos con respeto.
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Prohibido cualquier tipo de contacto sexual o actos indebidos. La IA está programada para detectarlos y penalizarlos. Llamando a la autoridad competente a la hora que fuera de ser necesario
Los puntos obtenidos equivalen al 40% de la nota final. Suspender esta materia significa no graduarse.
Hizo una pausa, dejando que el peso de esas palabras cayera sobre todos.
—Por cierto… si una pareja no coopera, o demuestra hostilidad constante, también perderá puntos. Así que recomiendo que aprendan a tolerarse… o a fingir muy bien.
Gojo bajó la mirada, un sudor frío recorriéndole la frente. ¿Vivir con una chica? ¡Ni siquiera sé mantener una conversación normal con mis compañeras!
En la otra esquina del aula, Marin Kitagawa jugueteaba con el mechón rosado de su cabello, intentando sonreír pero con el corazón acelerado.
¿Y si me toca un compañero que piensa que soy rara por ser otaku? O peor… que me rechace por mis cosplays…
La maestra empezó a leer la lista de asignaciones. Los nombres caían como pequeñas bombas sobre los estudiantes. Cada tanto se escuchaba una exclamación, un suspiro de alivio o un gemido de frustración.
Finalmente, la maestra anunció:
—Departamento 307, edificio B: Marin Kitagawa y Wakana Gojo.
Hubo un silencio extraño en el aula. Marin parpadeó varias veces, sorprendida, mientras su mirada se cruzaba por primera vez con la de Gojo.
Él, pálido como el papel, intentó disimular su nerviosismo bajando la cabeza.
—¿Gojo-kun… cierto? —susurró Marin, casi divertida por la coincidencia.
Gojo apenas pudo asentir. Toda la secundaria en la misma clase y nunca habíamos hablado… y ahora… ¿viviremos juntos?
La maestra cerró la lista y sonrió:
—Bien, queridos alumnos. Empiezan mañana. Les deseo… suerte con su nueva vida en pareja.
El murmullo volvió a llenar el salón. Marin apoyó la barbilla en su mano y observó a Gojo con curiosidad. Parece tímido… pero hay algo en su mirada… ¿será que…?
Él, mientras tanto, solo pensaba en una cosa:
¿Cómo voy a sobrevivir a esto sin arruinarle la vida a mi “esposa de prácticas”?
Cuando el timbre final sonó, el aula se llenó de conversaciones nerviosas. Marin se reunió con sus amigas: Nowa Sugaya, Daia Yahiro y Rune Yamauchi. Ninguna era gal ni otaku, pero siempre habían respetado sus locuras y, de algún modo, las cuatro formaban un grupo bastante unido.
—¿Y entonces? —preguntó Marin con una sonrisa nerviosa—. ¿Con quién les tocó?
Nowa se acomodó el cabello y suspiró teatralmente:
—Con Kensei Morita. Es… algo serio, pero creo que si me organizo, puedo hacer que coopere.
Daia, en cambio, soltó una risita ligera.
—A mí me tocó Shiki Kashiwagi. No sé si será divertido o incómodo, pero al menos tiene cara de no ser problemático.
Rune levantó el pulgar con confianza.
—Yo quedé con Koki Murakami. Puede que no sea tan cercano, pero ya pensé algunos planes para ganar puntos rápido. Cocinar juntos, repartir tareas… lo típico.
—O sea que ustedes ya estaban preparadas psicológicamente para esto… —dijo Marin, llevándose la mano a la frente.
Las tres rieron al unísono.
—¡Claro! —respondió Nowa—. Sabíamos que era inevitable, así que mejor tomárselo en serio.
Marin jugueteó con el mechón de su cabello, pensativa.
—Yo… quedé con Gojo-kun. ¿Qué saben de él?
El grupo se quedó en silencio. Se miraron unas a otras, encogiéndose de hombros. Finalmente Rune habló:
—Solo sé que existe. Nunca lo escuché meterse en problemas ni destacar en nada. Es como… invisible.
—Sí —añadió Daia—. Creo que siempre cumple lo justo, pero nada más.
Marin ladeó la cabeza, sorprendida. ¿Tan desapercibido puede pasar alguien?
Al salir del aula, Marin intentó acercarse a Gojo, que recogía sus útiles con cuidado casi obsesivo.
—Oye, Gojo-kun —lo llamó, con una sonrisa abierta—. ¡Nos veremos mañana en el departamento, eh!
Gojo se sobresaltó, casi dejando caer su cuaderno. La miró apenas un segundo, luego bajó la vista.
—Sí… —respondió en voz baja, sin sonar grosero, pero claramente incómodo.
Marin infló las mejillas. Ni siquiera sabe cómo reaccionar… qué tipo tan raro.
Más tarde, Marin pasó por su casa. Su padre la esperaba en la sala, y juntos cargaron dos maletas grandes. Entre ropa, maquillaje y accesorios, Marin no olvidó meter varias bolsas de ramen instantáneo, papas fritas y chocolates.
Antes de salir, se detuvo frente a una foto enmarcada de su madre fallecida.
—Mamá… ahora voy a empezar esta rara práctica escolar. Deséame suerte, ¿sí? —susurró con una sonrisa melancólica.
Mientras tanto, Gojo regresó a la tienda de muñecas. El olor a madera y laca lo tranquilizó. Su abuelo, al verlo con la mochila lista, arqueó una ceja.
—Así que vivirás con una chica, ¿eh? —dijo, cruzándose de brazos con una sonrisa pícara—. ¿Y ya sabes cocinar? ¿O solo piensas alimentarte de arroz instantáneo?
—A-Abuelo, no es así… —Gojo se ruborizó—. Es solo una práctica escolar.
—Ya, ya… práctica —rio el anciano—. Bueno, no te sobrepases, ¿entendido?
Gojo se atragantó con el té que estaba tomando.
—¡N-No diría ni haría nada indebido!
El abuelo, divertido, lo ayudó a cargar una vieja pero confiable máquina de coser.
—Llévala contigo. No importa dónde vivas, mientras trabajes con dedicación, siempre tendrás tu arte contigo.
Gojo asintió, acariciando el metal de la máquina. Aunque viva en un departamento pequeño… seguiré practicando.
Mientras cerraba la maleta, solo pudo pensar:
¿Cómo se supone que voy a vivir bajo el mismo techo con una chica como Kitagawa-san…?
El departamento 307 del edificio B no tenía nada de especial: paredes blancas, suelo de linóleo gastado y un olor a limpieza recién hecha que resultaba poco acogedor. Al abrir la puerta, Marin y Gojo se quedaron en silencio, observando el espacio que se suponía sería su “hogar conyugal” durante meses.
—…Es… —murmuró Marin, llevándose una mano a la boca.
—Muy… pequeño —completó Gojo, incómodo.
El depa tenía apenas lo justo: un sofá viejo frente a una tele plana, una cocinita de dos hornillas, un baño diminuto y dos dormitorios estrechos.
—¡Esto es casi una caja de zapatos! —exclamó Marin, dejando caer su maleta sobre el sofá.
Gojo, tímido, evitó mirarla directamente.
—Supongo que… es lo necesario.
Marin, en su entusiasmo, intentó romper el hielo.
—¡Oye, Gojo-kun! Podemos ganar puntos si cocinamos juntos, ¿qué tal si hacemos la cena? O… podemos ver algo en la tele y fingir que somos una pareja feliz… o, mejor aún, ¡vamos a sacarnos una selfie y la mandamos al sistema, seguro nos da puntos extra!
Gojo retrocedió un paso, levantando las manos.
—E-eh… yo… no sé si… eso… —balbuceaba, incapaz de seguirle el ritmo a su energía.
Marin bajó los brazos, decepcionada.
—Gojo-kun… si no cooperamos, vamos a perder puntos. Yo no puedo hacer todo sola… ¿no quieres graduarte?
Él apretó los labios, sintiendo la presión. Finalmente levantó la voz, aunque todavía nervioso.
—Podríamos… desempacar juntos y ordenar el lugar. Así… al menos hacemos algo cooperativo.
Marin lo observó por un momento y luego sonrió.
—¡Vale, me sirve!
Empezaron a abrir las maletas. Gojo colocó cuidadosamente su ropa doblada en un cajón y acomodó su máquina de coser en un rincón como si fuera un tesoro. Marin, en cambio, vació montones de bolsas de papitas, ramen, chocolatinas y refrescos sobre la mesa.
Gojo se quedó congelado al ver la montaña de comida chatarra. ¿Eso es… toda su dieta? Evitó comentar, pero sus ojos lo delataron.
Marin giró hacia él con una sonrisa sospechosa, poniendo cara de loca.
—Oye…
Él palideció, moviendo las manos en negación.
—¡N-No! No estaba pensando nada raro, lo juro…
Marin soltó una carcajada
¿sabes usar una máquina de coser?
Gojo parpadeó, confundido.
—¿Eh? Claro, es… lo que más sé hacer.
Los ojos de Marin brillaron como estrellas.
—¡Perfecto! Porque yo soy cosplayer, pero no sé usarla. Siempre mando a hacer mis trajes, pero quería intentarlo sola y… bueno…
Antes de que Gojo pudiera preguntar más, Marin empezó a abrir su maleta, revolviendo entre telas. En su emoción, casi se desabrocha el uniforme escolar ahí mismo, pero justo a tiempo se detuvo.
—¡Ups! Espera un segundo.
Corrió a su dormitorio y, minutos después, salió luciendo un cosplay de doncella oscura: Shizuku Kuroe. El problema era evidente: costuras torcidas, dobladillos desiguales, encajes despegados y un lazo torcido en la espalda.
Gojo la miró, y su timidez desapareció como si alguien hubiese presionado un interruptor. Su expresión cambió a la de un artesano que evalúa una obra inacabada.
—El borde del delantal está mal alineado, la tela no tiene caída porque el patrón no se cortó en el sesgo, los encajes están mal cosidos y el lazo… el lazo parece más un nudo de zapato que un adorno…
Marin lo miraba con los ojos abiertos, mientras cada palabra caía como una daga en su orgullo. Finalmente, sus labios temblaron y…
—¡Uwaaaah! ¡No me digas todo eso de golpe! —rompió en lágrimas, con el rímel casi corriéndosele.
Gojo se petrificó, regresando de golpe a su modo tímido.
—¡L-Lo siento, Kitagawa-san! No era mi intención… ¡solo lo dije sin pensar!
Marin se secó las lágrimas con la manga y, tras un respiro, le dedicó una sonrisa tierna.
—No pasa nada, Gojo-kun. De hecho… ¿me ayudarías a arreglarlo?
Gojo la miró sorprendido, con el corazón latiéndole a mil por hora. ¿Ella quiere que… la ayude con su cosplay?
La IA del sistema, en silencio, marcó en su pantalla:
+5 puntos por cooperación en intereses personales.
Gojo y Marin se quedaron un momento congelados, mirando la notificación flotante en la pantalla que mostraba la IA: +5 puntos por cooperación en intereses personales.
—¿Eh… de verdad nos dio puntos por eso? —preguntó Marin, incrédula y emocionada a la vez.
—Parece que sí… —murmuró Gojo, bajando la mirada—. Aunque no entiendo bien cómo funciona todo esto.
Marin dio un salto y agitó las manos.
—¡Perfecto! Entonces podemos empezar por esto. Podemos ganar puntos mientras hago mi cosplay y tú lo arreglas.
Gojo tragó saliva, sintiéndose repentinamente abrumado. Seguro en cualquier momento dice que es una broma y me va a insultar por ser hombre y saber coser…
—O-oye… —balbuceó, dudando cómo expresar su incomodidad—. Seguro esto… no es… usual…
Marin lo sacó de sus pensamientos extendiéndole una revista con dibujos, patrones y técnicas de cosplay.
—Mira, Gojo-kun. Esto te ayudará a entender cómo hacer los trajes bien.
Gojo hojeó las páginas con cuidado. Cada tip, cada técnica, cada explicación sobre costuras, dobladillos y encajes era sorprendente. Nunca había visto estas cosas… Su mirada se iluminó mientras memorizaba fórmulas y pasos.
Marin, por su parte, se frotaba la nuca, avergonzada.
—…Teniendo esta guía, hice un desastre con Shizuku Kuroe…
Gojo asintió lentamente, sin decir nada, aunque por dentro se sentía un poco decepcionado: Marin realmente era mala cosiendo. Pero ninguno de los dos lo comentó; el silencio estaba lleno de tensión y concentración.
—E-eh… si… si quieres, puedo ayudarte a hacer el cosplay —dijo Gojo al final, incapaz de decir que no.
Marin brilló con entusiasmo.
—¡Genial! Pero… debo advertirte algo… “Shizuku Kuroe” es de un juego +18.
Gojo se atragantó con la sorpresa. ¿Un juego +18? Siempre pensé que las chicas no se interesaban en ese tipo de juegos… Se sintió incómodo, recordando que él mismo se mantenía alejado de ese tipo de títulos.
Marin, totalmente emocionada, empezó a sacar de entre sus cosas el juego original.
—¡Aquí está! Quiero que lo juegues para que veas todos los detalles del traje. No tendrás que comprar nada ni preparar materiales. Solo tu tiempo, Gojo-kun.
—…Solo mi tiempo… —repitió Gojo, todavía inseguro.
Marin dio un salto y agitó los brazos como si estuviera celebrando.
—¡Y mientras tú trabajas, yo puedo limpiar el depa y cocinar! Así aprovechamos al máximo nuestro tiempo y ganamos puntos.
Gojo asintió con timidez y encendió la tele. Insertó el juego y empezó a jugar, siguiendo las indicaciones de Marin. Al principio todo era normal: revisar diseños, colores, accesorios y proporciones del traje. Pero, inevitablemente, el juego avanzó hacia escenas eróticas que lo incomodaron.
—…E-eh… esto… —balbuceó, mirando la pantalla de reojo mientras Marin estaba a varios metros.
Marin, lejos de incomodarse, estaba totalmente concentrada.
—¡Mira! La tela del corset tiene pliegues que podrían reforzarse aquí, y los adornos del vestido combinan con los detalles del cabello. ¡Incluso los guantes tienen costuras invisibles para mayor comodidad!
Gojo, respirando profundamente, comenzó a tomar notas como un profesional. Cada tip, cada error potencial y cada detalle técnico era registrado cuidadosamente. Aunque su rostro estaba rojo por la vergüenza de la situación, su enfoque era absoluto.
La IA volvió a marcar su pantalla: +3 puntos por cooperación y aprendizaje en actividad extracurricular.
Marin sonrió, emocionada:
—¡Ves, Gojo-kun! Esto es exactamente lo que quería. ¡Trabajaremos juntos y ganaremos puntos mientras haces tu magia con la máquina de coser!
Gojo solo asintió, tratando de ignorar la parte del juego que lo ponía nervioso, concentrado en la misión más importante: arreglar el cosplay de Shizuku Kuroe.
El sábado por la mañana, el sol entraba a raudales por la ventana del departamento. Marin despertó con energía desbordante y un brillo en los ojos que solo aparecía cuando un proyecto de cosplay la emocionaba. Se levantó, se estiró y salió de su cuarto con una sonrisa amplia, lista para un día productivo.
—Gojo-kun, ¡arriba! —llamó, sorprendida al ver que el sofá seguía ocupado—.
Gojo dormitaba plácidamente, con el control del juego todavía en la mano y la tele encendida. Marin lo observó unos segundos antes de preguntar:
—¿Qué pasó? ¿No dormiste anoche?
Gojo despertó con un sobresalto y se frotó los ojos.
—Ah… eh… intenté trasnochar un poco… es que…
bueno… después de lo de ayer… el juego me… sobreemocionó.
Marin frunció el ceño un instante, confundida, pero decidió no insistir y cambió de tema.
—¡Entonces vamos a tomar mis
medidas! Así puedo planear bien el cosplay.
Gojo palideció.
—E-eh… no puedo… para hacer el cosplay… la persona debe estar en ropa interior…
Marin soltó una risa coqueta.
—¡Ya lo pensé ayer mientras dormías!
Sin darle tiempo a reaccionar, entró en su habitación y salió poco después con un bikini de color guepardo.
, dejando a Gojo con la mandíbula casi en el suelo. Su respiración se volvió rápida, y sus manos temblaban ligeramente.
—…E-eh… —balbuceó, incapaz de mirar directamente—. Esto… esto es… demasiado…
Marin, divertida con la reacción de Gojo, empezó a posar de manera exagerada, girando y moviendo las manos mientras él tomaba las medidas con la cinta métrica. Cada gesto suyo parecía diseñado para provocar una reacción, y Gojo respiraba profundo, obligándose a concentrarse en la cinta y no en el cuerpo frente a él.
Sin darse cuenta, su mano se deslizó un poco más de lo debido, tocando un área que no debía. Marin se quedó paralizada por un segundo.
—¿Todo bien, Marin-san? —preguntó Gojo, alarmado
Marin recuperó la compostura, sonriendo tímidamente:
—Sí… sí, todo bien —dijo—. Solo… dejemos de bromear tanto. Ya entendí la lección.
Gojo asintió rápidamente, ajustando la cinta y respirando profundamente mientras terminaba de medirla. Finalmente, bajó la cinta y guardó sus herramientas.
—Listo —dijo, casi en un susurro, como si necesitara recuperarse de la tensión.
Marin sonrió y, dejando a un lado su coquetería, ofreció:
—¡Yo puedo cocinar algo mientras tú trabajas!
Gojo frunció ligeramente el ceño, recordando la montaña de comida chatarra que Marin había traído ayer.
—Mejor… cocinemos juntos —propuso—. Así podemos… balancear un poco lo de ayer.
Marin asintió, divertida y emocionada al mismo tiempo.
—¡Perfecto! ¡Será como un entrenamiento de pareja… y ganaremos puntos al mismo tiempo!
Mientras la IA ya comenzaba a sumar puntos por cooperación y organización, ambos comenzaron a desempacar los ingredientes y a preparar la primera comida juntos. Marin, aunque relajada, ya estaba pensando en el siguiente paso: hacer que su cosplay de Shizuku Kuroe fuera perfecto, mientras Gojo mantenía su profesionalismo y concentración en cada costura.
Después de terminar de cocinar y ordenar un poco la cocina, Gojo suspiró suavemente.
—Bueno… creo que me voy a trabajar con el abuelo. —dijo, guardando sus cosas y ajustando la mochila.
Marin lo miró con una sonrisa amplia y energética.
—¡Vale!
Gojo asintió, despidiéndose con un gesto tímido y salió del departamento. Mientras caminaba hacia la tienda, no pudo evitar pensar en lo entretenido que había sido el juego de Marin y en todos los detalles del traje que había anotado.
Al regresar más tarde por compromiso profesional, termino el juego ,
Se recostó un momento en el sofá y, por primera vez, se dio cuenta de algo: no podré trasnochar siempre jugando… Con un suspiro, decidió que a partir de entonces dormiría en uno de los dormitorios del depa, para tener algo de rutina y espacio personal.
Esa madrugada, Gojo despertó sobresaltado por un sueño inducido por las escenas del juego de Marin.
Debo… cambiarme… —pensó, incómodo, mientras se levantaba del futón improvisado y se dirigía al baño. Tras vestirse con ropa limpia, suspiró y decidió salir temprano a trabajar con su abuelo, evitando cualquier contacto innecesario con Marin hasta la mañana siguiente.
El lunes, el colegio estaba lleno de murmullos. Marin no dejaba de buscar a Gojo con la mirada, sonriendo y saludando discretamente cuando lo encontraba. Ante los demás compañeros, su actitud parecía exagerada; algunos susurraban que se estaba tomando demasiado en serio las “prácticas de matrimonio”.
Al terminar las clases, Gojo trató de alejarse discretamente por la salida principal. Sin embargo, Marin lo alcanzó fácilmente en la salida trasera.
—Gojo-kun… —dijo con voz firme pero coqueta
Gojo frunció el ceño, nervioso.
—Marin… no tienes que actuar así en la escuela. Aquí no te darán puntos… y los demás compañeros…
Marin se cruzó de brazos, con una sonrisa que mezclaba determinación y diversión.
—¡Yo actúo así porque quiero! No me importa lo que piensen los demás.
Hizo una pausa, ladeando la cabeza y bromeando.
—Si quieres… podemos hacernos novios de verdad.
Gojo quedó desconcertado, sin saber cómo responder. Marin, divertida, tomó su mano con suavidad y tiró ligeramente de él.
—Vamos a comprar más materiales para el cosplay.
Mientras caminaban hacia la tienda, Marin sacó ropa interior muy parecida a la de Shizuku Kuroe y se la puso en los vestidores.
rápidamente como broma. Se dio vuelta y se mostró a Gojo un instante, guiñándole un ojo.
—¡Una recompensa por ayudarme! —dijo, riendo.
Gojo se ruborizó hasta las orejas y balbuceó:
—¡E-eh! ¡Marin!… ¡puedes ser… un poco indecente!
Marin se rió, se coloco su ropa,
sacando la bolsa de materiales y caminando junto a él. Durante todo el camino, hablaron sobre el videojuego de Shizuku Kuroe, discutiendo detalles del traje, los diseños, los accesorios y hasta errores de animación que ella había notado.
Gojo, concentrado en los detalles y en cada explicación de Marin, empezó a perder toda timidez. Su entusiasmo profesional y la pasión de Marin por el cosplay lo envolvían, y pronto, entre risas y debates técnicos, ambos terminaron en la hamburguesería local, compartiendo su primera comida juntos fuera del depa, relajados y con una complicidad naciente.
Al regresar al departamento, Marin dejó las bolsas sobre la mesa y suspiró con una mezcla de diversión y decepción.
—Lástima que no nos darán puntos por comer afuera… —dijo, señalando la hamburguesería—. La IA solo cuenta la cooperación dentro del depa.
Gojo asintió, aunque distraído por las notas que había tomado sobre el cosplay.
—Sí… bueno… supongo que no todo puede ser puntuado.
Marin cambió rápidamente de tema, con el entusiasmo que la caracterizaba.
—¡Oye! Estaba pensando en la cultura del cosplay y buscando el evento más cercano. —Se sentó frente a la computadora y buscó entre varias páginas—. ¡Hay uno en dos semanas!
Gojo levantó la vista y frunció el ceño ligeramente, malinterpretando de inmediato.
¿Dos semanas…? ¿Me está dando ese plazo para terminar el vestido de Shizuku? —pensó, sintiéndose abrumado.
Entre atender la tienda de su abuelo, cumplir con las tareas del colegio, estudiar para los exámenes, y coordinar puntos con Marin, Gojo comenzó a trabajar con constancia en el vestido. Cada puntada, cada dobladillo y cada detalle lo llevaban a un progreso constante.
Cuando finalmente le mostró el vestido a Marin, ella se emocionó al verlo estéticamente hermoso y perfectamente confeccionado.
—¡Es increíble, Gojo-kun! —exclamó, con los ojos brillantes.
Pero su expresión cambió rápidamente cuando escuchó su propio comentario:
—Oh… pensaba que querías que lo tuviera listo para el evento en dos semanas…
Marin sintió que algo se rompía en su interior y lágrimas comenzaron a caer.
—¡No, Gojo-kun! —sollozó—. No quería que te sobreesforzaras ni que sufrieras por mi culpa… ¡yo quería ir al evento contigo, no que fueras esclavo del vestido!
Gojo, atontado por dormir poco y la acumulación de responsabilidades, respiró hondo y con voz suave trató de calmarla:
—Ya que el vestido está hecho… ¿por qué no te lo pruebas?
Marin asintió, secándose las lágrimas con la manga del uniforme. Cuando se puso el vestido, quedó claro que era una obra maestra: los bordados, los pliegues y los detalles eran perfectos, reflejando toda la dedicación de Gojo.
—¡Es tan hermoso! —Marin lo abrazó levemente, emocionada—. Gracias, Gojo-kun… de verdad.
Al día siguiente, ambos se dirigieron al evento de cosplay. Marin posaba frente a la cámara con confianza, mientras Gojo ajustaba pequeños detalles del vestido y tomaba fotos de referencia para futuras correcciones. Compraron accesorios y recuerdos, y Marin, entre risas, comentó:
—Este vestido… da mucho calor.
Gojo frunció el ceño, comprendiendo de golpe algo que nunca había considerado.
Como siempre cosí ropa de muñecas, nunca pensé que la tela podría ser tan gruesa y calurosa para alguien de tamaño real…
Marin, jadeando un poco por el calor, se quitó parcialmente el vestido en un gesto que no era coqueto sino práctico, y le pasó una toalla a Gojo.
—Gojo-kun, ¿puedes secarme la espalda un poco? Traje esta toalla por si hacía calor…
Gojo tragó saliva, respirando profundo, y asintió con profesionalismo. Mientras secaba cuidadosamente la espalda de Marin, su mente estaba concentrada únicamente en el cuidado del traje y en mantener la compostura frente a su “cliente”
Al terminar el evento, ya de regreso, Gojo y Marin caminaban en silencio bajo las luces nocturnas de la ciudad. Gojo, con un gesto serio, tomó aire y habló con suavidad:
—Kitagawa-san… hoy te veías… hermosa con el vestido.
Marin se quedó de piedra. Sus mejillas se tiñeron de rojo al instante. ¿Hermosa? Hasta ahora, ella pensaba que Gojo solo usaba esa palabra al hablar de sus muñecas tradicionales. Que se lo dijera a ella… la desarmó.
—A-ah… gra-gracias, Gojo-kun… —balbuceó, bajando la mirada con una sonrisa nerviosa.
Ya en el depa, mientras Marin lavaba con cuidado el vestido y la peluca, no podía dejar de pensar en lo que sentía. Algo en Gojo era distinto. Algo que no podía poner en palabras, pero que la hacía sentir calor en el pecho.
Ya no es solo un compañero… ni un sastre… Me gusta. De verdad me gusta.
Sin embargo, incapaz de procesar aquello, disimuló durante la cena, calentando sobras y compartiendo con Gojo unas risas cansadas. Al terminar, ambos fueron directo a sus habitaciones, vencidos por el agotamiento.
En plena madrugada, un golpeteo insistente en la puerta despertó a Gojo. Medio dormido, arrastró los pies hasta la entrada y abrió. Ante él estaba una chica empapada por la lluvia. Su estatura lo confundió al principio: pensó que era una niña, pero pronto se dio cuenta de que era solo bajita, casi de su edad.
—¿E-estás bien? —preguntó Gojo, sorprendido—. ¿Cómo llegaste aquí?
La chica evitó su mirada, cruzando los brazos como si se protegiera del frío.
—Solo… déjame ducharme. Y préstame ropa.
Gojo quedó paralizado. ¿Qué hace una desconocida en las habitaciones de la escuela? ¿Será de otro curso? ¿Habrá perdido su llave?
Antes de que pudiera responder, Marin salió de su cuarto, medio despeinada y frotándose los ojos.
—¿Qué pasa, Gojo-kun? ¿Quién…?
Marin se congeló al ver a la chica salir minutos después de la ducha, usando una camiseta grande que apenas le cubría. Los ojos de Marin brillaron al instante, como si hubiera visto a un ángel bajar del cielo.
—¡¡¡E-eres tú!!! ¡¡La cosplayer Juju!! —gritó, emocionadísima.
De inmediato, Marin comenzó a bombardearla de preguntas: sobre sus técnicas de maquillaje, sobre cómo editaba sus fotos, sobre sus trajes más icónicos. Cada palabra de Marin era como una ráfaga que golpeaba a Juju, que se iba arrinconando poco a poco contra la pared.
—Ya basta —murmuró Juju, algo molesta—. Te lo confieso: vi las fotos de tu cosplay en internet… me dieron envidia. Te vi en el evento y… los seguí hasta aquí. Me metí sin permiso solo para saber dónde demonios habían hecho ese vestido.
Marin quedó con la boca abierta, pero lejos de asustarse, se llevó las manos a las mejillas con ilusión.
—¡¡¡Mi ídola me vio!!! ¡No lo puedo creer!
Gojo, en cambio, no sabía dónde meterse. ¿Eso no es acoso? ¿Cómo puede meterse ilegalmente en la escuela así como así?
Marin, radiante, tomó la iniciativa.
—Gojo-kun, te presento… ¡a Juju-sama! Y Juju, este es Gojo-kun… mi cariñito sastrerito ♥.
Gojo casi se atraganta con el aire.
—¿Ca-cariñito qué…? —preguntó, desconcertado, con las orejas completamente rojas.
Juju alzó una ceja, cruzándose de brazos con fastidio.
—Así que tú eres el sastre detrás de ese cosplay… —murmuró, evaluando a Gojo con una mirada fría pero interesada—. No pareces nada especial.
Marin, en cambio, sonreía como si la situación fuera lo más natural del mundo.
Juju, aún con el cabello húmedo y la expresión fría que la caracterizaba, se sentó frente a la mesa del depa y, sin más rodeos, habló:
—Quiero encargar un cosplay contigo, sastre. Te mandaré mis medidas por mensaje.
Gojo se acomodó incómodo, evitando la mirada directa.
—C-claro… estaré atento…
Juju lo señaló con el dedo, con un tono que sonaba más a advertencia que a petición:
—Pero que quede claro: solo te contrato como sastre. Nada más. —Sus ojos se movieron hacia Marin, con evidente sospecha—. No me interesa entrometerme en tu relación.
Gojo casi se atraganta.
—¡N-no, no somos pareja! —explicó, nervioso—. Vivimos juntos solo por una dinámica de la escuela… Es un… programa obligatorio.
Marin, que hasta ese instante escuchaba con atención, se quedó mirando a Gojo en silencio. Que él confirmara estar soltero encendió en su corazón una chispa traviesa y esperanzada. Si no tiene pareja… entonces… quizá en el futuro…
De pronto, Marin dio un aplauso, cambiando la conversación.
—¡¡Oye, Juju-sama!! ¿Y si hacemos un cosplay grupal de Flower Princess Blaze?
—¿Un grupal? —replicó Juju, arqueando una ceja—. Eso es un gasto extra en vestuario, maquillaje, transporte…
Marin se inclinó hacia adelante con una sonrisa pícara.
—Pero si compartimos, nos sale más barato alquilar un estudio para la sesión de fotos. ¿A que suena bien?
Hubo un breve silencio. Juju suspiró resignada.
—Está bien… pero solo porque es más económico.
Marin casi saltó de alegría.
—¿Y te vas a quedar a dormir, Juju-sama? —preguntó con la ilusión de seguir conviviendo con su ídola.
—Solo hasta que mi ropa se seque… —respondió Juju con frialdad.
El problema apareció de inmediato: el mini depa no tenía secadora. Gojo trató de sugerir colgar la ropa, pero con la tormenta afuera era imposible. A regañadientes, Juju aceptó quedarse la noche. Eso sí, impuso condiciones: dormiría en la habitación de Marin, mientras Marin misma se resignaba a dormir en el sofá. (Aunque Marin fantaseó con dormir junto a Juju, Juju le dejó claro que eso sería demasiado.)
Al día siguiente, Juju se marchó temprano con un simple “nos vemos”. Marin, todavía emocionada por la experiencia, pasó el resto del día pegada a Gojo.
Encendieron la televisión para ver Flower Princess Blaze, el anime que inspiraría su cosplay grupal. Pero Marin apenas prestaba atención a la pantalla: estaba demasiado enfocada en sentirse cerca de Gojo. Se acomodó en el sillón junto a él, tan cerca que sus hombros se rozaban.
Gojo, tratando de concentrarse en la trama, no podía ignorar un detalle obvio: Marin, con su pijama holgado, no llevaba sostén debajo. El calor en su rostro lo delataba, pero Marin parecía no notarlo en absoluto.
—Tengo hambre —anunció Marin al cabo de unos episodios.
Gojo se levantó enseguida.
—Yo puedo cocinar algo.
La verdad era que, aunque nunca lo decía en voz alta, la dieta de comida chatarra de Marin empezaba a empalagarlo. Pero Marin insistió, con sus ojos brillando como si fuera una oportunidad de oro:
—¡No, no! ¡Esta vez cocino yo!
Sacó huevos, arroz y salsa de tomate. Preparó un omelet con toda la concentración del mundo, tarareando una canción del anime. Cuando sirvió el plato frente a Gojo, sonrió nerviosa.
—Quería hacer algo especial… dibujé una carta de confesión de amor en el omelet…
El problema era evidente: el dibujo con ketchup se veía más como un garabato abstracto que como un mensaje romántico. Marin apretó los labios, frustrada, mientras sus mejillas se sonrojaban.
Gojo miró el omelet con seriedad, y luego a Marin, que esperaba un juicio devastador. En lugar de criticar, tomó el tenedor y probó un bocado.
—Está… rico.
Marin lo miró incrédula, pero pronto rió con alivio. Aunque su “confesión” no había salido como quería, la calidez en la voz de Gojo valía más que cualquier dibujo torcido en ketchup.
Marin se quedó con los ojos muy abiertos al escuchar a Gojo decir que le había gustado.
—¿E-en serio? —preguntó, inclinándose hacia adelante, como si temiera que solo estuviera siendo amable.
Gojo asintió, un poco sonrojado, mientras cortaba otro pedacito del omelet.
—Sí… me sorprendió, la verdad. Es diferente a lo que solemos comer, y se siente… más ligero.
Marin parpadeó varias veces y luego sonrió de oreja a oreja.
—¡Sabía que podía hacerlo! —dijo, aunque en realidad estaba segura de que había salido un desastre.
Se dejó caer en la silla frente a él, apoyando la barbilla en sus manos, observándolo comer con atención.
Gojo trató de ignorar la mirada fija, pero se ponía más nervioso con cada bocado.
—M-marin, si me miras tanto… no voy a poder tragar bien.
Ella rió suavemente, llevándose una mechita de cabello tras la oreja.
—Es que… me hace feliz. Nunca cociné para alguien especial antes.
Gojo levantó la cabeza de golpe, sorprendido.
—¿E-especial?
Marin se tapó la boca enseguida, dándose cuenta de lo que había dicho, y sus mejillas se tiñeron de rojo.
—Q-quiero decir… ¡como amigo! Obvio… ¿qué más iba a querer decir?
El silencio que siguió fue incómodo, pero cálido. Gojo no supo qué contestar y se enfocó en terminar el plato, aunque en el fondo, esas palabras le habían acelerado el corazón.
Cuando Marin se levantó para lavar los platos, tarareando la canción de Flower Princess Blaze, Gojo la miró de reojo. Se dio cuenta de que no estaba usando sostén bajo la pijama, y casi se atraganta con el último bocado. Tosió fuerte, apartando la mirada con rapidez.
—¡Gojo-kun, ten cuidado! —Marin corrió a darle un vaso de agua, sin notar nada extraño.
Gojo bebió despacio, intentando recuperar la calma. Pensó en cómo su vida había cambiado desde que Marin entró en ella: antes todo giraba alrededor de las muñecas y la costura, ahora había risas, comidas improvisadas y momentos como ese… demasiado íntimos para su corazón tranquilo.
Cuando Marin volvió a sentarse junto a él en el futón, pegándose otra vez como si fuera lo más natural, Gojo no supo si debía sentirse agradecido o asustado de lo rápido que estaba cambiando todo.
—Oye, Gojo-kun… —susurró Marin, con una sonrisita juguetona—. Si mañana no tienes nada que hacer, ¿vemos juntas la segunda temporada de Flower Princess?
Gojo la miró, con el corazón golpeando fuerte en el pecho.
—S-sí, claro.
Y Marin pensó, mordiéndose el labio, que quizá esa era su oportunidad de seguir acercándose… poco a poco.
Al día siguiente, Marin despertó más temprano de lo normal, con una mezcla de nervios y emoción. Había pasado gran parte de la noche pensando en lo que había dicho frente a Gojo: “Nunca cociné para alguien especial antes”. Cada vez que recordaba la palabra “especial”, sentía que la cara le ardía.
Mientras tanto, Gojo revisaba la máquina de coser que había traído del taller de su abuelo. Quería asegurarse de que funcionara bien para los cosplays que venían, en especial ahora que Shinju le había pedido ayuda en secreto. Se preguntaba cómo iba a manejar esa situación sin que Marin lo notara, porque… vivir juntos hacía casi imposible ocultar algo.
Ese mismo día, después de clases, Marin corrió hacia él con su habitual energía.
—¡Gojo-kun! ¿Listo para lo de Juju-chan?
Gojo asintió, acomodando la mochila en el hombro.
—Sí, nos vemos en la cafetería que mencionó.
Al llegar, Juju ya estaba sentada con una expresión seria, y a su lado estaba Shinju, que se veía un poco nerviosa. Marin se emocionó de inmediato.
—¡Waaa! ¡Así que tú eres Shinju-chan! ¡Eres tan linda y alta! ¡Pareces modelo!
Shinju, tímida, bajó la mirada.
—G-gracias…
Gojo, en cambio, saludó con un gesto respetuoso, y se sentaron a hablar de detalles: telas, accesorios y el plan para ahorrar dinero. Juju propuso el edificio abandonado para las fotos, lo cual Marin encontró súper genial, mientras Gojo lo veía más como un desafío logístico y de seguridad.
En medio de la charla, Shinju pidió hablar un momento a solas con Gojo. Salieron un instante al pasillo de la cafetería.
—Gojo-kun… —murmuró Shinju, apretando los dedos de su blusa—. Yo también quiero hacer un cosplay… pero… quiero que sea secreto.
Gojo abrió los ojos sorprendido.
—¿Un cosplay secreto?
—S-sí… —ella dudó—. Es un personaje masculino. No quiero que mi hermana se entere todavía.
Gojo pensó en voz baja, rascándose la nuca.
—El problema es que… vivo con Kitagawa-san. Va a ser difícil ocultarlo.
Shinju lo miró fijamente.
—Podría ser en tu taller… donde haces las muñecas. Allí nadie nos molestaría.
Gojo asintió despacio, aunque sabía que aquello traería más complicaciones de las que admitía.
Al día siguiente, saliendo de la escuela, Marin lo interceptó con una sonrisa enorme.
—¡Gojo-kun! Vamos a la playita, ¿sí? Está cerquita y nunca vamos…
Gojo la miró, sorprendido.
—La verdad… aunque esté tan cerca, nunca he ido.
Marin lo observó como si no pudiera creerlo.
—¿¡Qué!? ¡Eso es imperdonable! —dijo riendo, aunque por dentro se sintió conmovida.
Caminaron hasta la costa, y mientras Marin disfrutaba de la brisa marina, Gojo murmuró sin darse cuenta:
—Me gustaría viajar a más lugares contigo, Marin-san…
Ella se quedó helada. No era una confesión, lo sabía, pero esas palabras le sonaron tan cercanas que el corazón le dio un brinco.
Para disimular, intentó un pequeño juego. Compró una hamburguesa y trató de hacer que Gojo abriera la boca para darle de comer. Pero justo cuando estaba a punto de lograrlo, una gaviota bajó en picada y se robó el pan.
—¡¡¡Ahhh nooo!!! —Marin gritó con frustración, mientras Gojo contenía la risa nerviosa.
De regreso a casa, Marin no sabía qué hacer con el revoltijo de emociones. Se metió a bañar, pero al salir tomó una decisión impulsiva: en vez de ponerse la pijama, se colocó un traje de baño llamativo. Caminó hasta la sala y se plantó frente a Gojo.
—Oye, Gojo-kun… ¿qué opinas?
Gojo casi dejó caer la aguja que tenía en la mano. La sorpresa fue tan grande que apenas atinó a asentir torpemente.
—S-se ve… bien.
Marin frunció los labios, decepcionada de que la sorpresa se arruinara. Pero luego pensó: Bueno, al menos dijo que le gustó.
Esa noche, mientras Marin fingía ver televisión pero en realidad pensaba en él, Gojo recibió un mensaje de Shinju:
"Gojo-kun… ¿puedo ir al taller este fin de semana? Quiero empezar con ese cosplay masculino."
Gojo suspiró, mirando a Marin de reojo. Supo que, tarde o temprano, tendría que explicarle todo. Pero por ahora, lo único que podía hacer era responder:
"Claro. En el taller será mejor."
Llega el día de la sesión en el edificio abandonado. Juju, como siempre, impecable en su papel de modelo profesional, y Marin llena de energía, con cada pose y sonrisa brillando más que el sol que entraba por las ventanas rotas. Gojo acomodaba las telas improvisadas como fondos, cuidando cada detalle de luz y ángulo.
Pero en un descanso, Marin abrió mucho los ojos al notar que Gojo sacaba de su mochila un cosplay adicional, uno que no estaba en los planes. Era masculino, sencillo pero muy trabajado. Y lo más sorprendente: estaba hecho para Shinju.
—¿Eh? ¡¿Gojo-kun?! —Marin lo señaló, con la mandíbula floja—. ¿¡Cuándo tuviste tiempo de hacer eso!?
Gojo, nervioso, se rascó la nuca.
—Ah… bueno… Shinju-san me pidió ayuda… y pensé que sería mejor tenerlo listo hoy…
Marin sonrió forzadamente, aunque por dentro una chispa de celos le quemaba el pecho. ¿Entonces sí estuvo a solas con Shinju? Esa idea no le gustó nada. Se limitó a cruzar los brazos y murmuró:
—Ya veo… trabajaron juntitos en secreto, ¿eh?
Gojo intentó aclarar, pero Marin ya estaba metida en su cosplay, ocultando con sonrisas su incomodidad.
Esa misma noche, en su depa, Marin trató de no darle tantas vueltas al asunto. Para distraerse, sacó un nuevo plan de cosplay.
—Gojo-kun, ¿qué te parece si hago a Veronica? —le enseñó la imagen en su celular: una prisionera de piel morena, con apenas un bikini de cadenas como atuendo.
Gojo abrió mucho los ojos, en estado de shock.
—¿E-eso?
Y aun así, lo confeccionó. El traje era simple en estructura, pero requería precisión. Cuando Marin fue a probárselo, comenzó a desvestirse frente a él, con toda naturalidad, sacando sus cosas de maquillaje.
—Aquí mismo me lo pongo, ¿ok?
Gojo dio un brinco hacia atrás, ruborizado hasta las orejas.
—¡E-espera, Marin-san! ¡No puedes hacerlo aquí mismo!
Marin lo miró con sorpresa.
—¿Eh? ¿Por qué no?
Gojo tragó saliva, intentando sonar calmado.
—Ese cosplay es… demasiado revelador. Y además… yo… estoy aquí.
Marin cayó en cuenta de golpe. Su cara se encendió y se tapó con las manos.
—¡Aaahhh, qué estaba pensando! ¡Soy una tonta!
Se vistió rápido con otra ropa y, aún roja, murmuró en voz baja:
—Igual… me lo voy a poner en mi cuarto,
pero… me guardaré las fotos solo para mí. —Le lanzó una sonrisa traviesa, con la mirada desviada—. O… tal vez te pase una, Gojo-kun.
Él se atragantó con el té que estaba bebiendo, mientras Marin se reía, disfrutando de su reacción.
Durante la cena, Marin lanzó indirectas con tono ligero:
—Sabes, de las
nueve ya son novios de verdad.
Gojo la miró, confundido, y luego cambió el tema de golpe.
—¿Quieres más arroz, Marin-san?
Ella lo observó con un puchero, claro que había entendido mal a propósito.
Para no forzarlo más, sacó un nuevo plan de cosplay:
—Bueno, entonces el siguiente… ¡una súcubo! —Le mostró una ilustración de un cómic corto donde una súcubo jugueteaba con el protagonista.
Gojo estudió el diseño.
—Hmm… es muy simple. Podría quedar mejor si agregamos detalles en las alas, un corset más trabajado y quizás accesorios en las botas… —Su tono se volvió profesional, casi apasionado, y empezó a hacer bocetos rápidos en una hoja.
Marin lo miraba en silencio, con el mentón en las manos. Le encantaba esa concentración, esa pasión genuina de Gojo. Y aunque él no lo notara, su corazón ya estaba perdido por completo.
Al día siguiente, en plena clase, la profesora anunció con tono firme:
—A partir de ahora, las notas de los exámenes serán promediadas entre los integrantes de cada pareja.
Un murmullo recorrió el aula. Varios estudiantes se miraron nerviosos, y algunos hasta suspiraron resignados. Marin solo se giró hacia Gojo con una sonrisa confiada.
—Tranquilo, Gojo-kun, ¡yo voy a estudiar duro! —le dijo, levantando el puño como si fuera un shōnen hero.
Gojo asintió, aunque por dentro sintió el peso de una nueva responsabilidad: no puedo dejar que Kitagawa-san baje sus notas por mi culpa.
Pasaron los días, y Gojo finalmente tuvo listo el traje de la súcubo para Marin. Ella estaba emocionada, había buscado un estudio de fotografía en internet, pero al observar su propio cuarto notó algo curioso:
—Oye… ¿no te parece que mi cuarto se parece más al del cómic?
Gojo se tensó al instante.
—¿E-en tu cuarto?
—¡Sí! —respondió Marin, entusiasmada—. ¡Tiene la misma vibra otaku! Mira, posters, figuritas, estanterías llenas… ¡es perfecto!
Con ese entusiasmo arrastró a Gojo. Y, en efecto, el cuarto de Marin era un santuario otaku: pósters de idols, personajes de anime, figuras en vitrinas. Todo tan caótico que a Gojo se le borró la incomodidad de estar en la habitación de una chica. Aquí… no hay nada raro. Es como un estudio improvisado.
Marin se maquilló con precisión sorprendente, se puso las alas y el corset, y se miró al espejo con brillo en los ojos.
—¿Qué tal?
Gojo tragó saliva.
—E-es perfecto… —respondió, ajustando con cuidado un detalle en las cintas.
Comenzaron a tomar fotos, posando como en las páginas del cómic. Gojo, inspirado, sugirió:
—Podríamos imitar la escena donde la súcubo se sienta sobre el protagonista, ¿recuerdas?
Marin, divertida, accedió. Primero se acomodó sobre el estómago de Gojo, sonriendo coqueta para la cámara. Pero en un movimiento natural, casi inconsciente, terminó encima de él, sus rodillas apoyadas a los costados de su cintura.
Gojo, instintivamente, puso sus manos en la cadera de Marin para sostenerla. En ese instante, la cercanía, el calor, el perfume a maquillaje y shampoo… todo explotó en el aire.
Marin sintió un vuelco en el pecho. Antes de pensarlo demasiado, inclinó el rostro y besó a Gojo.
Él, sorprendido al inicio, no la apartó. Al contrario, cerró los ojos y le correspondió.
Y entonces—
¡Tirín!
Un sonido electrónico, como el de una aplicación, resonó en el cuarto. Marin se apartó de golpe, con los labios aún rozando los de Gojo, los ojos muy abiertos y el rostro rojo hasta las orejas.
—¿Q-qué fue eso? —preguntó Gojo, jadeando apenas.
Marin estaba demasiado confundida para contestar. ¿Acaba de sonar… el sistema de puntos de pareja?
Su mente se llenó de pensamientos desordenados: ¿Me va a rechazar ahora? ¿Me dirá que solo me ve como amiga? ¿O peor… que solo soy su “cliente” para los cosplays?
Tragó saliva, apartando la mirada, con miedo de escuchar la respuesta de Gojo. Mientras tanto, él aún esperaba, sin comprender del todo qué estaba pasando.