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La entrega de Heine

Después de que Viper entregara a Heine como esclava a Rokugo como parte del trato de rendición, Heine cayó de rodillas frente a su reina, desesperada. Las lágrimas corrían por su rostro mientras intentaba aferrarse a cualquier esperanza de salvación.

—¡Por favor, mi reina Viper! ¡No me dejes con él! ¡No sabes lo que ese degenerado podría hacerme! —suplicó Heine, su voz temblorosa mezclada con pánico absoluto.

Viper miró hacia otro lado, incapaz de enfrentar las súplicas de su fiel sirvienta. A pesar de todo, sabía que no había otra opción; entregar a Heine era necesario para garantizar la paz entre su pueblo y el Reino de Grace.

Rokugo, viendo la desesperación de Heine, decidió aprovechar la oportunidad para ganar puntos malos. Con una sonrisa burlona y un brillo travieso en sus ojos, se inclinó hacia ella, disfrutando de su incomodidad.

—¿Sabes, Heine? Ahora que eres mía, puedo hacer contigo lo que quiera... —dijo Rokugo lentamente, dejando que cada palabra resonara en el aire tenso.

Heine lo miró con horror, temiendo lo peor.
—¡No! ¡Por favor, no! ¡Haré lo que sea, pero no me hagas eso! —imploró, retrocediendo instintivamente.

Rokugo sonrió aún más ampliamente, fingiendo considerar algo dramático y cruel. Miró a Russel, quien seguía disfrazado de sirvienta debido a uno de los experimentos previos de Rokugo, y tuvo una idea especialmente retorcida.

—Aquí está mi plan: tú y yo tendremos intimidad, claro está… pero con una pequeña audiencia. Russel aquí medirá qué tan "complaciente" eres. Y créeme, aunque le gustará lo que vea, también se sentirá profundamente avergonzado al verte así, tratada como una simple marioneta bajo mis órdenes —declaró Rokugo, disfrutando de la agonía mental que estaba provocando en Heine.

Heine palideció completamente, balbuceando incoherencias mientras intentaba procesar el escenario ficticio que Rokugo describía. Su respiración se volvió errática y parecía a punto de desmayarse del terror.

Sin embargo, antes de que Rokugo pudiera continuar con su elaborada amenaza, Alice intervino de manera abrupta. Sin decir palabra, golpeó a Rokugo directamente en la cabeza con fuerza suficiente para derribarlo al suelo.

—Capitán, esto no es apropiado ni productivo. Nadie encuentra humor en tus acciones, y estás socavando la moral del grupo —dijo Alice con frialdad, ajustándose las gafas mientras lo observaba desde arriba.

Rokugo se frotó la cabeza adolorido, sorprendido por la reacción de Alice. Cuando levantó la vista, notó que Snow, Rose e incluso Grimm lo miraban con expresiones de desaprobación absoluta. Incluso Viper parecía incómoda con la situación.

—¿Qué? ¡Solo estaba jugando un poco! No iba a hacer nada de verdad! —se defendió Rokugo, levantándose rápidamente mientras intentaba recuperar su dignidad.

Snow cruzó los brazos y lo fulminó con la mirada.
—Tus bromas nunca son divertidas, Rokugo. Solo logras hacer que todos se sientan incómodos o molestos. ¿Podrías comportarte como un adulto por una vez?

Rose asintió en silencio, claramente disgustada, mientras Grimm murmuraba algo sobre cómo siempre terminaba siendo humillada por culpa de sus juegos absurdos.

Rokugo suspiró, rascándose la nuca con frustración.
—Bien, bien… Lo siento, ¿de acuerdo? No volveré a asustar a Heine. Al menos no hoy.

Heine, todavía temblando, se alejó de Rokugo tan rápido como pudo, refugiándose detrás de Viper. Aunque sabía que ahora pertenecía a Rokugo según los términos del trato, la sola idea de estar cerca de él la llenaba de ansiedad.

Alice, siempre práctica, rompió el silencio incómodo.
—Sugiero que continuemos con la misión principal. Todavía queda mucho por hacer si queremos asegurar la paz definitiva.

Con eso, el grupo comenzó a dispersarse, dejando a Rokugo solo con sus pensamientos y una ligera sensación de vergüenza. Por primera vez, se dio cuenta de que tal vez había ido demasiado lejos con sus bromas.

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