El Mensaje de Juan Montalvo

 Naturalismo de Juan Montalvo 

 Si el naturalismo es el arte de escribir según la naturaleza y de presentar las cos-tumbres de los hombres y los pasos de la vida como ellos ocurren, yo no alcanzo la necesidad de presentarla siempre por su aspecto desdichado y criminal. El bien, la virtud, la felicidad están en la naturaleza, tanto como el mal, el vicio y la desgracia: 

luego puede haber un naturalismo limpio y casto, y los autores que visiten el seno de la sociedad humana, sigan ávida y hábil-mente el desenvolvimiento de las pasiones generosas, y las inmortalizen en libros sublimes, serán tan naturalistas como los  que andan espiando a la naturaleza en sus funciones secretas y pregonando sus ignominias. Infidelidad, adulterio, veneno, suicidio, no contiene otra cosa la naturaleza? Naturaleza, ser indefinido y profundo, en tu seno se está formando y desenvolviendo eternamente el misterio de donde el hombre toma sin saberlo así lo bueno como le malo, así lo puro como lo torpe.

El pintor Callot que había estudiado con tesón la cara fea de la vida, ya no podía pintar la hermosa; ¿era, pues, un naturalista? Pensar que el poeta, el pintor que toman al hombre por su aspecto noble y grandioso está siempre bajo el poder de una quimera, es negarle á la naturaleza la mitad de ella misma. El género humano, como la divinidad antigua, es un misterioso dualismo: Ormús y Arimanes son el eterno emblema del hombre, en cuya cabeza nace el sol y se derrama la noche, en cuyo pecho  entona la virtud su himno glorioso, y aulla el crímen para tirarse al mundo. El verdadero escritor naturalista será el que presente á la naturaleza en todas sus faces, sin ocultar las simpáticas y respteables, ni exagerar las feas y repulsivas. Lord Byron, cuando describe el cuadro espantoso que vio en las murallas de Constantinopla; la cabeza humana cuyo pelo se enredaba en los dientes de los perros que la estaban royendo, es un terrible naturalista. ¿Pero quién más idealista que el bardo de los héroes y las heroínas imposibles? ¿Quién más idealista que el cantor de las ruínas de Atenas, el visitante nocturno de la antigua Roma, que á la luz de la luna va pasando por los arcos del Coliseo, mientras la corneja echa su grito de tumba, y el grillo está chillando debajo de la yerba? Este idealismo está en la naturaleza para los poetas del espíritu, mas no para los que se sien- ten incapaces de estos arranques de inteli-gencia y melancolía. El naturalismo, por que es cosa natural; el realismo, por que es cosa real, es Madame Bovary rindiendo homenaje al vicio en el zaguán de su casa; dejándose caer infamemente en el camino al pie de un árbol, á medio día; glorifi-cando á cada instante el adulterio con una nueva corona. A esto llaman los apasiona-dos de Flaubert profundo estudio fisioló-gico, forma bella, estilo incomparable. Una grande pecadora que le confiesa al cura las torpezas de su vida, es una insigna naturalista; ¿pero qué obligación tiene el sacerdote de poner todo eso por escrito en bella forma, y echarlo á los cuatro vien-tos? ¿Qué aprende la esposa honrada en ese libro? ¿Qué la aprovecha ese estudio á la asociación géneral? Esas aventuras son la prueba del agua amarga para los hombres. El paladín del Ariosto que se niega á hacerla con su mujer, es un sabio filósofo. Los acontecimientos felices, los ejemplos decorosos pudieran también prestarse al arte, la forma, el estilo, que son los timbres de los maestros de la nueva escuela, y éstos serían tan naturalistas cuando nos describiesen matrimonios cas-cos y prudentes, como cuando nos estoma-gan con esos personajes abominables y esas currencias indignas sin las cuales piensan que no son adeptos genuinos de la nueva doctrina literaria. Nueva doctrina.... San-Cho Panza es anterior á Emilio Zola, y él puso en la escena de los batanes la primera piedra del naturalismo.

Los naturalistas franceses han dado un gran paso hacia el triunfo de la nueva lite-ratura, han llevado al teatro el natura--lismo, que hasta ahora no se había atrevido á salir de la novela. Doña Emilia Pardo Ba- zán, que no lo sabe todo sino por que todo lo ve y estudia en su insaciable curiosidad literaria, quiso un día asistir á la representación de los << Misterios de París » que se daba en el Ambigú Cómico. Tramas odiosas, robos, asesinatos, no hay cosa que no ocurra en el escenario á la vista del público. Hasta las mujeres dan callandito sus puñaladas por la espalda, y se van muy frescas dejando allí el difunto. El maestro de escuela y la Lechuza, patibularios á cual más feo, puerco y ruin, se agarran en las tablas, se echan á rodar en tierra, y allí se están una hora revolcándose. El maestro de escuela, empeñado en ahorcar á la Lechuza, aprieta y más aprieta; la vieja aúlla de furor y se defiende con desesperacion, mientras el Rengo, el Renguito, bella y amable figura, se está riendo y aplaudiendo con las manos. Doña Emilia no decía palabra, yo la estaba observando, haciendo en su fisonomía un estudio fisiológico. Cuando cayó el telón sobre ese donoso cuadro naturalista, le pregunté : ¿Qué le parece? No me gusta, respondió la señora con sincero disgusto. Me alegro mucho, repliqué.

Otra noche, Le Ventre de Paris, drama de Busnach y Zola, en el teatro de las Na-ciones. ¡Qué cuadros! El mercado, les Dames de la Halle con sus vestidos, sus modales, su jerigonza, todo á lo natural. Sogas de carne, sartas de pescado hediondo, montones de coles podridas, á lo natural; y los personajes, con sus palabras, sus modos naturales y reales, yendo y viniendo en sucia muchedumbre, gritando, peleando, dándose de porradas y hartándose de soe-ces injurias, todo tan natural, que el na-turalismo triunfaba en toda la línea. Doña Emilia Pardo callada, callada. De cuando en cuando hacía un gesto de mujer culta y en su fisonomía un estudio fisiológico. Cuando cayó el telón sobre ese donoso cuadro naturalista, le pregunté : ¿Qué le parece? No me gusta, respondió la señora con sincero disgusto. Me alegro mucho, repliqué.

Otra noche, Le Ventre de Paris, drama de Busnach y Zola, en el teatro de las Na-ciones. ¡Qué cuadros! El mercado, les Dames de la Halle con sus vestidos, sus modales, su jerigonza, todo á lo natural. Sogas de carne, sartas de pescado hediondo, montones de coles podridas, á lo natural; y los personajes, con sus palabras, sus modos naturales y reales, yendo y viniendo en sucia muchedumbre, gritando, peleando, dándose de porradas y hartándose de soe-ces injurias, todo tan natural, que el na-turalismo triunfaba en toda la línea. Doña Emilia Pardo callada, callada. De cuando en cuando hacía un gesto de mujer culta y pulcra. Cayó el telón: ¿Qué le parece? le pregunté. No me gusta, respondió. Ahora vayan los españoles á traducir para el Teatro Real El Vientre de París. el vientre de Paris.... Hasta el título es indecente: 

La barriga de Paris. ¿Qué sobriedad, qué belleza, qué inspiración ha de haber en la barriga de Paris? Si lo feo y lo brutal son los asuntos exclusivos de la novel literatura, yo no seré naturalista; pero si la belleza en sus formas castas y amables es tratada naturalmente por una clase cualquiera de autores, seré naturalista. Ninguna de las novelas de Doña Emilia Pardo vale más, en mi concepto, que esa en donde menos ha seguido á los dramaturgos de la barriga; esto es, «Los Pazos de Ulloa». Realismo hay mucho, por que Lodo es sencillo, cierto, ocurridero; personajes vivos, conocidos; escenas, de las que pasan cada día; diálogo admirable;  lengua casta y castiza. Yo pienso que, des. pués de Le Ventre de Paris del Ambigú, mi ilustre amiga podrá quedar partidaria de la novela naturalista; pero al teatro naturalista no le arriendo la ganancia. Su impetuoso talento la arranca de la vil ma-teria y la lleva á las regiones superiores del universo; su corazón no bate fuerte-mente sino donde reinan el amor puro y las pasiones acrisoladas; y así, será idea-lista siguiendo fiel y santamente a la natu-raleza, como será naturalista sin estrellarse contra la belleza impalpable y el fuego sagrado de la idea. En uno de sus libros me ha llamado rabioso idealista », como si entre la rabia y las fervientes reclama-ciones del espíritu hubiera correlación mo-ral. Hay vocablos que no admiten vínculos entre sí, por que las ideas que representan no se ofrecen para una combinación razo-nable. Dudo que un idealista pueda ser ra- bioso; pero aun así y todo, acepto el juicio, por que él me endereza el tuerto que me hacen pensadores menos discretos que ella. 

Bruto de crítico ha habido en América que me ha calificado de escritor pornográfico; y otros hay que van á buscarme en la escuela de Zola. Yo pienso que un escritor naturalista puede no estar reñido con el bello ideal, que en todas las cosas es la belleza en su forma perfecta y más elevada; 

y pienso también que el escritor idealista no es adversario implacable del naturalismo, por que tan luego como se aparta de la naturaleza, la idea viene å ser extravagante y monstruosa. Admiro á Doña Emilia mucho más por su estudio filosóficosocial de la Rusia contemporánea, que por la admiración que ella experimenta en favor de ciertos novelistas franceses. No dirá, á lo menos, que en sus lecturas del Ateneo, con las cuales está embelesando á  la flor de la capital de España, no es idealista, idealista sublime, cuando su alma se roza con los entes invisibles y puros que se llaman filosofía, filantropía, moral, libertad? A esas cumbres no se levanta el naturalismo con su pesado materialismo; y somos los idealistas, con rabia y todo, quienes estamos en potencia de descubrir el secreto de la felicidad humana y las puertas  sagradas de los otros mundos.   

Lo que Puede el Patriotismo de Juan Montalvo 

Obra completa https://books.google.com.ar/books?id=oFoUAAAAYAAJ&printsec=frontcover&source=gbs_atb#v=onepage&q=Capitalista&f=false 

 Francia, con sus derrotas gigantescas, sus cien mil valientes caídos en los campos de batalla, sus trescientos mil prisioneros llevados á tierra enemiga, sus cinco mil millones de contribución y rescate, sus ciudades arruinadas, sus fortalezas desmanteladas, sus provincias perdidas, á los quince años de tan gran desastre, se halla en pie, más poderosa, más adelantada que nunca en artes, industria, leyes y todos los ramos de la sabiduría que son el fundamento de la prosperidad y grandeza de las naciones. Es por que en medio de su cataclismo el alma de este pueblo había permanecido entera, no habiéndole alcanzado  sino al cuerpo los golpes del enemigo. Valor, constancia, deseo de progreso, vocasión para la libertad, y más virtudes que caracterizan á las razas superiores, son el alma de un pueblo; y mientras esas virtudes permanecen intactas, importa poco que vengan á menos los intereses materiales. Las naciones enérgicas y valientes no pierden nunca la fe en ellas mismas, y al través de sus dolores y lágrimas van adelante en busca del fin de las sociedades humanas, que es el engrandecimiento por medio de los triunfos de la inteligencia aplicados al ejercicio de la vida.


Si la guerra con Alemania fue cosa grande, la guerra civil que sobrevino después fue cosa terrible; y si los alemanes se contentaron con llevarse prisionero al emperador de los franceses y con incendiar el alcázar de San Cloud, los comunistas pusieron á dos dedos de la ruína completa la capital del mundo. A lo menos que tiraron fue á convertir en cenizas esta gran ciudad, suceso que, si se hubiera verificado, hubiera arrancado lágrimas hasta á las potencias envidiosas y malquerientes de esta Francia tan llena de defectos y buenas cualidades, de vicios y virtudes. Las llamas y el humo de las Tullerías subiendo furiosamente al cielo; el palacio del Consejo de Estado inflamando las aguas del río y haciéndolas resplandecer con el fuego que le devora por todos los costados; el Hôtel de Ville ó Casa Consistorial desvaratándose con ruído aterrador en medio de París, son testigos iracundos de la locura de un pueblo que llama derechos sus ilusiones, y quiere hacer llegar á viva fuerza los tiempos que están quizá andando lentamente por la oscuridad del provenir, y que no comparecerán en el  mundo sino en buena sazón, á pasos contados, que son los firmes y provechosos. Las invasiones en los tiempos futuros no pueden salir bien si algún día llegan á ser moneda corriente las ideas de los anarquistas, los autonomistas y los positivistas, ese día no está á las puertas, y es delirio alargar el brazo armado de una tea criminal para atraer hacia nosotros las formas de gobierno, los sistemas económicos y las creencias religiosas que irán llegando cada una en su siglo respectivo, sin necesidad de asonadas que hacen temblar el mundo y aterran al género humano.

La resistencia que han opuesto y están oponiendo tenazmente los hombres cuerdos, las clases principales de la nación francesa á esos empresarios de ideas fuertes, de principios crudos, es prueba clara de la sana razón y el buen juicio de este  pueblo. Luisa Michel, recorriendo con unabandera negra en la mano la ciudad, no puede allegar gente: fantasma casi solitario, su símbolo de muerte se refleja en el Sena, pero no corren á su sombra legiones de ciudadanos y patriotas. Lo que la revolución puede hacer, lo hizo ya la revolución francesa para acontecimientos tan extraordinarios, un siglo de intervalo es poca cosa. ¿Qué tiene ahora que derribar el pueblo? un trono? Ya la guillotina se  puso en su lugar. ¿Una testa coronada? 

Las que le molestaban, rodaron por el polvo, y el verdugo, de lo alto del patíbulo, anunció á la tierra que no había reyes en Francia. Y nada tiene que conquistar, porque los derechos del hombre son un hecho,no solamente en Francia, sino también en las demás naciones. En cuanto á la libertad, es un principio práctico en todas sus formas; libertad religiosa, libertad de im  prenta, ¡y que libertad! sin límite, sin freno. Libertad de palabra, hasta para que los enemigos de la República griten: Abajo a República! Igualdad ante la ley, ante el juez; distribución de justicia, todo existe en Francia, y no en leyes y códigos simplemente, sino en ejercicio real y verdadero.

Ah, una cosa falta para que el equilibrio de las clases sociales sea perfecto y el pueblo no tenga que decir; cosa sin la cual ni la tranquilidad será constante, ni la paz segura, por que no puede haber paz ni tranquilidad donde la desproporción de bienes de fortuna es tan notable, tan escandalosa que, mientras el capitalista levanta palacios y come como el rey de Persia, el trabajador, el operario, con doce horas de fatiga y todo el sudor de su frente, no alcanza á mantener á su mujer y sus dos hijos. En América llamará quizá la atención este modo de decir, «dos hijos». Allá todo hombre casado puede tener doce, y á nadie le ocurre no tener sino dos, como número del cual no debe pasar. En las ciudades populosas de Europa no es así; dos hijos son ya lujo para los pobres, y es raro, muy raro, un matrimonio que, entre los jornaleros, goce de libertad de reproducción. Estas restricciones impías que lo pobres se imponen voluntariamente son una de las llagas de nuestro tiempo. Los franceses, cuando se despiertan de improviso del sueño de su vanidad, asustados, dan la voz de alerta! Franceses, la Francia se despuebla! gritan los periodistas: franceses, la Francia se despuebla! gritan los publicistas.

¿Y cómo no se ha de despoblar, si el hambre se come el triste fruto de dos millones de matrimonios? Los ricos se repro ducen poco; éste es un misterio lamentatable de la abundancia ó una maldición secreta de la Providencia. En una de las obras más famosas del bibliófilo Jacob he visto comprobado este fenómeno con el examen que hace de la ciudad de París : los barrios aristocráticos y opulentos, como el de San Germán, el del parque de Monceau, el del Arco del Triunfo se componen de mansiones casi desiertas. Estos palacios que siempre están cerrados, como desconfiando del pueblo ó asqueando en miseria; estos edificios sin tiendas ni departamentos de arrendar, cuyas puertas, altas como las del palacio de Cambises, no se abren sino para que entre ó salga el coche arrastrado por dos corceles árabes, son, por la mayor parte, suntuosas tumbas donde yacen los restos de la nobleza envuelta en oro. El niño es raro en esta soledad: esas bandadas de serafines humanos que en ciertos países del nuevo mundo se disparan por los corredores llenando de música los ámbitos de la casa, no existen aquí. Las familias nobles contienen pocos miembros: los ricos pagan con la esterilidad la pena de la soberbia. El bibliófilo Jacob no da razón ninguna de esta triste ley de la aristocracia; y á fuero de monárquico y adulador elocuente de los grandes, dice solamente que las castas superiores, en el reino animal, han desaparecido, como el mastodonte, y que el elefante no tardará en desaparecer. El leon se reproduce poco, en efecto; y Buffon afirma que la hembra del tigre no pare sino una vez en su vida. Contra la esterilidad de los nobles y el hambre de la clase humilde, nada pueden, hasta hoy, ni el valor ni el patriotismo. 

La mendicidad en Paris de Juan Montalvo


 Libro Completo: https://books.google.com.ar/books?id=oFoUAAAAYAAJ&printsec=frontcover&source=gbs_atb#v=onepage&q=odio%20mortal&f=false 

 Si un hombre, en todo un día de trabajo, no puede ganar el pan de tres personas, ¿qué había de hacer de las demás bocas, si cumpliera con las leyes de la naturaleza y con el fin del matrimonio? Esos dos niños mismos no están ciertos, ni del mendrugo indispensable para la vida, ni del trapo con que han de cubrir las carnes de su cuerpo; y así, el padre de familia, honrado, hábil, laborioso, orgulloso quizá con el santo orgullo de la vergüenza, pasa por el dolor de echar sus hijos á la calle para que le ayuden con el fruto de la limosna. Esos dos muchachitos cubiertos de harapos, con su montera en la corona, ó descubiertos aun en el frío del inverno;

con sus manecitas moradas, sus ojos azules, que se llegan al que va á pasar, y endulce voz le piden un centavo para pan, son quizá hijos de un hombre de bien, apasionado por el trabajo, y muchas veces de rara habilidad en un arte ó un oficio. Con frecuencia este hombre cae enfermo,ó queda imposibilitado por pérdida ó fractura de un miembro de sostén y apoyo de su casa, viene á ser carga de su familia:


la mujer tiene que buscar el pan, no solamente de sus hijos, sino también de sumarido; ahora pues, ¿como lo busca? No hay remedio, se tira á la calle, se planta en una esquina con su chiquita de tres años cogida por la mano y su recien nacido en los brazos, y más pide con los ojos que con la boca, pues esa mirada larga y profunda de dolor está saliendo del abismo de miseria en donde la ha precipitado lamuerte ó la ruína de su marido.

Yo tengo odio mortal á esos periódicos perversos que corrompen la caridad de los corazones bien formados infundiéndoles desconfianza y poniéndolos en guardia contra el fraude y la impostura, dicen. Privar de mi limosna á una madre desventurada que tendrá con mis dos sueldos para media libra de pan, insinuándose conmigo para que yo tenga á esa mujer por impostora y vagabunda, me parece una obra indigna de estos oficiales públicos que se llaman escritores y periodistas. Si doy una moneda de cobre á una pilla que no la merece, mi ruin moneda está quizá mal empleada; pero si ésa es hambrienta de buena fe, y si por bajas aprensiones le niego el auxilio que solicita, hago mala obra, por que todos estamos obligados á dar de comer al que tiene hambre. De miedo de ser engañadosno la hemos de socorrer de ningún modo?

En todo caso, el mal que resulta para nosotros de que un falso mendigo nos extorsione con mentiras dos ó tres sueldos, es mucho menor que el que se seguiría del negarlos al pobre verdadero. No digo que demos á todos; eso sería nunca acabar en este mar de hambrientos y necesitados;

pero cada cual de nosotros debe tener sus preferencias: unos suelen dar á los ciegos, otros á los tullidos; yo, por mi parte, tengo una flaqueza irresistible por los niños y los ancianos, esos viejos trémulos que están pegados á la pared, con las canas en triste desorden, y que apenas tienen fuerza para levantar los ojos. Los dos extremos de la vida son débiles; las necesidades y los dolores hallan menos resistencia en ellos, y es preciso que andemos alargándoles la mano en el camino de miserias y lágrimas que siguen, los unos en busca de la vida, los otros en busca de la muerte; los unos en los umbrales del mundo, los otros á los labios de la sepul- tura.

No ha habido hasta hoy pueblo tan sabio que halle el equilibrio perfecto de las clases sociales, ni tan feliz que no hubiese oído en ningún tiempo los ayes de la miseria. Los romanos acostumbraban dar socorros al pueblo, y sus graneros públicos preser- vaban del hambre á los hijos de las ciu- dades. Las naciones modernas tienen hos- picios, hospitales, y estas fundaciones sal- vadoras que se llaman asilos de noche; pero no han querido imitar á los antiguos en la distribución diaria de alimentos, por que todo el mundo puede hallar trabajo en las innumerables profesiones, artes y ofi- cios que componen nuestra civilización, y sería animar la ociosidad y dar pábulo á la vagancia el racionar al pueblo que puede y debe e'ercitar las fuerzas en labores productivas. Pero como á despecho del amor al trabajo y de las aptitudes de una persona sucede muchas veces que ésta no halla o cupación, por falta de obras y por sobra de operarios, ya se levanta una de las dificultades con que tropiezan los gobiernos, y brota del seno de la asociación general una causa de inquietud y un peligro para el orden. ¿Qué hacen los miles de trabajadores que necesitan la tarea de cada día para el pan de cada día? Hombres de bien y buena voluntad, llenos de vida y fuerza, madrugan, se van á las cuatro de la mayana a una milla de distancia, al taller conocido, y el patrón, el implacable patrón, los recibe el día menos pensado con estas fatídicas palabras : « Amigos, no hay trabajo; se cierra el taller ». ¿Qué comen esos hombres ese día? ¿qué dan de comer á sus esposas y sus hijos? He allí una legión de mozos útiles, á vagar sin objeto por las calles, alargando quizá la mano á los transeuntes á pesar de orgullo del hombre fuerte, y sin hallar casi nunca la caridad indispensable para el sustento de sus familias. La limosna suele huir de la juventud, la salud, la fuerza: ¿por qué pide este hombre? dicen todos. Cómo! usted, joven, robusto, de buena cara, sale á men- digar? No tiene usted vergüenza?

Es raro, muy raro, que un artesano, un jornalero sin trabajo alcance á conmover á nadie. Casi nunca se le da; y muchas veces, ese hombre que pide por que no puede otra cosa, y no halla conmiseración, vuelve á su casa con las manos vacías y se vuela la tapa de los sesos, ó lleno de cólera y ren- cor, declara la guerra á la sociedad hu- mana. La falta de trabajo le hace ladrón, la venganza le convierte en asesino. Es tan frecuente en París leer avisos como éste :

« L. B....., honrado jornalero, se ha as- fixiado anoche junto con su mujer, por huir de la miseria ». No há veinte días una familia se entregó á la muerte, por esca- par del hambre. Primero que salir en busca del agrio pan del crimen, un hombre, des- pués de haber recorrido en vano la ciudad solicitando tra bajo, determinó quitarse la vida. Puesta en consejo esta fúnebre reso- lución, fue aprobada, tanto por su mujer como por su hija; y todos tres, serena, valerosa, filosóficamente, se encerraron, prendieron un brasero y se fueron á donde no hay hambre ni sed, donde el espíritu vive de luz, luz que conforta y alegra á los que se nutren de ella por los siglos de los siglos. El padre y la madre no volvieron en sí; á la hija se la arrancó de los brazos de la muerte. Como joven, había resistido más; ó quizá por que, tirada al pie de una ventana, hilos de aire salvador la estuvie-

ron sosteniendo en la agonía. Pobre niña! cuando recobró los sentidos, vio á sus pa- dres muertos en la cama, dio un grito y quedó loca. ¡Ya esto llamamos nosotros salvarse! Entre la sepultura y el manico- mio, entre el Padre Lachaise y Charen- ton, pocos habrá que se queden al segundo. ¿Qué es la lecura sino muerte con vista, muerte con voz, y quién sabe si muerte con dolores morales? De muerte á muerte, yo prefiero la verdadera, la grande y aca- bada, esa que se rodea de oscuridad bien- hechora, sobre la cual reina el olvido.

Entre los cien mil pordioseros que... Yo no diré infestan la ciudad de París, como dicen ciertos periódicos impíos, por que el hambre no es lepra; entre esos cien mil pordioseros que entristecen las calles, los que más en duda nos ponen son los menes- trales sin trabajo. Si hemos de dar, si no hemos de dar, no lo sabemos. Si ese hom- bre de casquete que nos alarga la mano es un trabajador honesto, preciso es que nos manifestemos humanos, cuando no gene- rosos; si es un tunante que profesa la men- dicidad como oficio, no debemos premiar y fomentar su mala maña. Pero cómo sa- berlo? En estos casos convendría que el corazón nos diese avisos ciertos y nos lle- vase de la mano por este laberinto de ayes sinceros y fingidos, lesiones verdaderas y contrahechas, lágrimas de dolor ó de burla, por donde estamos pasando todos los días en las calles de esta Babilonia.

Dos jornaleros sin trabajo, de esos de blusa y gorra, se me venían no há mucho de vuelta encontrada por la carrera de Me- cina. Ninguna de las personas á quienes se dirigieron antes que yo llegase les dio nada; ni los miró siquiera. El mal ejemplo me corrompió en el acto, é hice yo lo propio. No pudieron más los desgraciados; se plantaron allí, vueltos hacia nosotros, y en voz de ira y desprecio, dijo el uno : Quels idiotas! ¡Mira a este sinvergüenza! lo que en buen castellano quiere decir: Gente embrutecida, hombres sin corazón... Ah, canallas! canallas! La sangre se me agolpó á las mejillas, tuve vergüenza, miedo, y apreté el paso. Si no hubiera temido su furía, me hubiera vuelto, y les hubiera dado lo que les negué al principio. Pero yo sé cómo irritan las satisfacciones que vienen tarde, y más cuando son forzadas. La superchería no suele indignarse de una negativa; es artera, mañosa, pero humilde:

esos dos hijos del pueblo, evidentemente, no habían comido ese día y no hallaban trabajo. Hay cóleras que son pruebas de la verdad; y así, me hallo lejos de condenar ese bofetón de la semana pasada, que, en pleno boulevard de los Italianos, le dio una mujer pobre á una gran señora. La sangre de las venas de esta rica, sa- liendo á borbollones por las narices y en- suciándole los vestidos primorosos, le ha- brá enseñado á ser más justa y modesta con los desgraciados, y á responder con menos insolencia á las súplicas de los que tienen hambre. Dos centavos salvadores no hubieran abierto brecha á sus riquezas, y ella se hubiera visto libre de ese soplamo- cos que no estaba en su libro.

Verdad es que muchas veces somos enga- ñados por bribones que fingen miseria, por vagamundos que quieren vivir sin tra- bajar, saboreados como están por la li- mosna inmerecida. Pero entre negar dos sueldos al mendigo de buena fe y darlos al impostor, lo más razonable será siempre exponernos á ser engañados. A los que gus- tan poco de las obras de misericordia no

les falta nunca que decir: «Vagos, >> << pícaros,» «tunantes»: « Ése pide para beber, y otras de éstas. Los mandamientos de la ley de Dios no dicen solamente: Dar de comer al hambriento, sino también: Dar de beber al sediento. Ese pide para beber pues que beba! La sed de nuestros seme jantes será por ventura razón de nuestra inhumanidad y tacañería? « Ese pide para beber, » dicen los bebedores de ajenjo. A éstos sí que yo no les diera, por que no es obra de caridad fomentar el ensucimiento y entorpecer el espíritu con estas agradables ponzoñas que están debilitando y pervirtiendo á las clases distinguidas.

Pero un pobre diablo roto y harapiento, que lleva en toda su persona el sello de la miseria, ¿qué mesa, que silla tiene en donde se bebe el elixir de la locura y de la tumba? Para él no hay café, para él no hay  taberna; en ninguna parte le reciben, y él no se atreve à llegarse á ninguna parte. La piedra, el suelo de la calle son sus lugares de recreo: si pide, es para no morir de hambre; si bebe, es por que tiene sed. Ese desventurado á quien el frío le está co- miendo las carnes por las roturas del ves- tido; cuyo rostro pálido indica el ayuno; cuyos ojos apagados anuncian la muerte, ése, ése es el agua de la Escritura; echad vuestro pan en ella. Echa tu pan en la corriente, dice el Señor; que más abajo, y cuando menos acuerdes, lo voluvrás á tomar.

Andando á eso de la oración por la calle de Prony, acerté á pasar una tarde al lado de una mujer que tenía un niño tierno en brazos. No me pidió limosna, sino las se- ñas del asilo de San Jacobo. Buena mujer, está usted á una legua de ese asilo : á pie,  y con señas, á las diez de la noche no habrá usted llegado. Ay, señor, y ya no puedo: anoche dormí en Ville-d'Avray en una casa, de donde me han despedido sin darme un bocado. He andado todo el día por un bosque muy grande, y á estas horas no sé ni en que barrio de París me encuen- tro, ni por dónde he de tomar para ir al asilo de mujeres. Vengo de Versalles á ver á mi marido que está loco en Charenton hacen diez meses. El doctor Legrand du Saulle me ha hecho decir que ha entrado en convalecencia, y que puedo venir á sa- carlo. Para ir mañana á Charenton, nece- sito pasar esta noche en alguna parte. Por dónde debo irme? Mi chiquito, mi pobre chiquito, ya no tiene que mamar; por que como no he comido todo el dia, no tengo leche.

En esta sazón el niño salió testigo de su madre, y dio un vagido que se me clavó en  el corazón. Sin fuerzas, sin rumbo, esa mu- jer no hubiera llegado ni en toda la noche á San Jacobo. Díganme los que entienden de estas cosas si yo hice mal en guiarla un buen trecho, ponerla en el ómnibus conve- niente, pagar su asiento, darle un puñado de piezas de cobre y las instrucciones ne- cesarias para que llegase á las puertas del asilo? Partió la buena mujer ofreciéndome el pago de Dios, y yo quedé con el alma refrescada, por haber hecho, por casuali- dad, una buena obra, en descuento de cien malas, probablemente.

Al otro día, en el Boulevard de Males- herbes, cerca de la Magdalena, entre os- curo y claro, he allí el mismo personaje : Ay, señor, ¿cómo haré para llegar al asilo de San Jacobo? Vengo de Versalles. Mi ma- rido está en Charenton hacen diez meses: el doctor Legrand du Saulle me ha hecho decir que está convaleciente, que venga á sacarlo. Pero en dónde paso esta noche? Y mi chiquito, mi pobre chiquito, ya no tiene que mamar, por que, como no he comido todo el día, no tengo leche.

No es ésta, dije para mí, la primera vez que he sido tonto; mas en siendo fundada la relación de esa mujer, yo me muero de pesadumbre si veo en los periódicos al día siguiente, que dos cadáveres, los de una mujer y un niño, habían sido sacados del Sena por un batelero. Como esto de los ca- dáveres del Sena es cosa de todos los días, vale más ser bobo por costumbre que dejar morir una mujer y su hijo sin alargarles la mano. Nunca en la vida he pasado noche más negra que una en que vi la Morgue en sueños. El hambre, el abandono, la desesperación allá van á parar. Los dioses desnudos de ese templo del suicidio afligen á los hombres más duros de corazón y aterran á los más valientes. 

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