El Climax

Escena: La casa de Grimm

Grimm estaba sentada en el borde de su cama, sintiéndose insegura y vulnerable. Aunque había decidido dar un paso importante con Rokugo, no podía evitar sentirse cohibida. Con sus manos cubriendo su cuerpo desnudo, miró a Rokugo con una mezcla de timidez y frustración.

—¡Comandante! No me mires así, esto es vergonzoso... —dijo Grimm, claramente incómoda mientras intentaba cubrirse aún más.

Rokugo, por su parte, se cruzó de brazos y sonrió con suficiencia, disfrutando del espectáculo.
—Vamos, Grimm, si ya llegamos hasta aquí, no tiene sentido que te pongas tímida ahora. Solo déjate llevar.

Grimm frunció el ceño, aunque su expresión seguía siendo adorablemente avergonzada.
—Pero... ¡es diferente! Esto no lo esperaba.

Sin darle tiempo a protestar más, Rokugo retiró delicadamente las manos de Grimm que cubrían su cuerpo. Ella se resistió un poco, pero pronto cedió, dejándose guiar por él. Rokugo, siguiendo lo que había visto en sus revistas para adultos, decidió "innovar". Usó su lengua en una zona íntima de Grimm, lo que provocó una reacción inmediata.

—¡Espera, espera! ¿Qué estás haciendo? ¡Eso es raro y desagradable! —exclamó Grimm, todavía procesando lo que ocurría.

Rokugo levantó la vista, con una sonrisa confiada.
—Confía en mí, sé lo que hago. Es... investigación avanzada.

Grimm lo miró con escepticismo, pero al sentir una sensación inesperada, comenzó a relajarse poco a poco. Para su sorpresa, terminó disfrutando el momento, dejándose llevar por las caricias de Rokugo hasta alcanzar un clímax inesperado.

Después, Rokugo se acercó para besarla apasionadamente. Grimm, todavía pensando en lo que acababa de pasar, hizo una mueca.
—¡Puaj! Tu lengua sabe raro ahora... ¡No puedo creer que me beses después de eso!

A pesar de su queja, Grimm correspondió al beso con torpeza, incapaz de resistirse al calor del momento. Sin embargo, cuando todo terminó, Grimm se quedó insatisfecha. Había pasado toda su vida imaginando este tipo de escenas románticas basadas en las revistas que había leído, y la realidad no cumplió con sus expectativas.

—Esto... no fue como pensé que sería —murmuró Grimm, cruzándose de brazos con gesto molesto.

Rokugo arqueó una ceja, visiblemente divertido.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo esperabas que fuera?

Grimm lo fulminó con la mirada, aunque no pudo evitar sonrojarse.
—¡No importa! Pero tú... tú eres demasiado frío para estas cosas.

Rokugo soltó una carcajada, sin tomarse en serio su comentario.
—Vaya, gracias por el cumplido. Por cierto, también noté que sigues demasiado tensa. Deberías aprender a relajarte más.

La escena terminó con ambos bromeando y discutiendo sobre sus expectativas irreales, cada uno basándose en fuentes absurdas: Rokugo en videos para adultos y Grimm en revistas de seducción. Era evidente que ninguno de los dos tenía idea real de lo que hacían, pero eso solo añadía más humor a la situación. 


Escena: La habitación de Grimm - En pleno acto

El ambiente estaba cargado de pasión, y Grimm, aunque avergonzada, no podía evitar sentirse orgullosa. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía deseada y especial. El calor del momento los envolvía, y ambos estaban a punto de alcanzar el clímax.

De repente, Grimm decidió romper el silencio con una petición inesperada.
—Espera... —susurró, jadeando ligeramente mientras intentaba recuperar el aliento—. Quiero que contemos nuestras fantasías para más placer. Así será más emocionante.

Rokugo arqueó una ceja, sorprendido por la sugerencia pero dispuesto a seguirle el juego.
—Está bien, tú empiezas —respondió con una media sonrisa burlona.

Grimm se sonrojó intensamente, pero comenzó a hablar con timidez, dejándose llevar por sus pensamientos más profundos.
—Bueno... me imagino que eres un caballero romántico que me lleva a lugares lujosos. Me compras ropa elegante, me tratas como una princesa... y siempre estamos juntos, sin preocupaciones ni misiones peligrosas. Solo... felices.

Rokugo soltó una risita baja, visiblemente divertido por la imagen tan idealizada que Grimm tenía de él. Sin embargo, decidió seguirle la corriente.
—Interesante... Ahora es mi turno. Mi fantasía sería tener un harem.

Grimm abrió los ojos de golpe, deteniendo de inmediato cualquier gemido que pudiera haber escapado de sus labios. Lo miró con una mezcla de incredulidad y celos.
—¿Un... harem? ¿Qué clase de fantasía es esa? ¡Eres un infiel!

Rokugo levantó las manos en señal de defensa, tratando de calmarla.
—¡Espera, espera! No es literal. Solo era parte de la fantasía.

Pero antes de que Grimm pudiera responder, Rokugo continuó hablando sin pensar demasiado en las consecuencias.
—Aunque ahora que lo pienso... también me gustaría hacerlo con Viper... mientras tú observas.

La atmósfera cambió drásticamente. El calor del momento desapareció por completo, reemplazado por un silencio incómodo. Grimm se quedó quieta, imaginando la escena que Rokugo había descrito. Su rostro pasó de la confusión al enfado, y finalmente a una rabia contenida.

Se volteó hacia él, fulminándolo con la mirada.
—Si alguna vez intentas algo así, te lanzaré una maldición que te dejará impotente para siempre. Ni siquiera Zenarith podrá salvarte.

Rokugo tragó saliva, dándose cuenta de que había metido la pata. Intentó restarle importancia al comentario.
—Vamos, Grimm, fue solo una broma. No tienes que tomártelo tan en serio.

Pero Grimm no estaba dispuesta a dejarlo pasar tan fácilmente.
—No es gracioso, comandante. Viper es demasiado ingenua y fácil de convencer. Capaz hasta pelearía desnuda si la batalla lo requiriera, ahora que tiene ese poder de crecer a voluntad. Y estoy segura de que bastaría con que le digas "para fortalecer las relaciones entre Kisaragi y demonios" para que acepte cualquier cosa.

Rokugo se sintió atrapado y, para su vergüenza, admitió en voz baja:
—Bueno... sí, Viper es bastante fácil de convencer con eso de "fortalecer la amistad".

Grimm lo miró con decepción, sacudiendo la cabeza.
—No puedo creer que seas tan... predecible. Aunque, ahora que lo pienso, no puedo enojarme tanto con Viper. Es cierto que es ingenua, pero después de todo lo que ha pasado, no puedo culparla por querer ayudar.

Rokugo se sintió aún más culpable al ver la expresión de Grimm. Sabía que había arruinado el momento, pero también entendía que ella tenía razón.
—Lo siento, Grimm. No quise ofenderte. Fue solo una tontería mía. No voy a hacer nada de eso, lo prometo.

Grimm suspiró, todavía molesta pero incapaz de mantener su enojo por mucho tiempo.
—Más te vale que lo cumplas, comandante. Porque si me entero de que haces algo con Viper... no respondo por lo que pueda pasar.

Rokugo asintió rápidamente, sabiendo que era mejor no discutir más. Aunque el ambiente ya no era el mismo, ambos decidieron continuar, aunque con un poco menos de entusiasmo. El incidente les dejó claro que algunas cosas simplemente no debían mencionarse, especialmente durante momentos íntimos.

Fin de la escena.


v2


La casa de Grimm - En pleno acto

El ambiente estaba cargado de pasión mientras Rokugo y Grimm seguían explorando su relación, aunque ambos estaban guiados más por el calor del momento que por una verdadera experiencia. Mientras Grimm se sentía cada vez más abrumada por las emociones, Rokugo decidió hacer un comentario casual que, en retrospectiva, tal vez no era el más adecuado.

—Sabes, Grimm —dijo Rokugo con una sonrisa traviesa mientras acariciaba su cabello—, este planeta realmente está lleno de mujeres increíbles. Pero bueno, al menos tú eres... interesante.

Grimm, a pesar de su timidez inicial, sintió cómo su corazón se inflaba de orgullo. Desde su perspectiva, esto era casi una declaración de amor.
—"Interesante" es mejor que nada, supongo —respondió Grimm, tratando de ocultar su sonrisa, aunque sus mejillas estaban completamente rojas—. Después de todo, de todos los agentes de Kisaragi que han sido enviados aquí, tú, el comandante, me elegiste a mí.

Rokugo arqueó una ceja, visiblemente divertido por la interpretación de Grimm, pero decidió no corregirla. Al fin y al cabo, parecía que eso la hacía feliz.

Sin embargo, justo cuando estaban llegando al clímax, Rokugo soltó otro comentario sin pensar demasiado.
—Oye, Grimm, para futuros encuentros deberíamos intentar cosas más... intensas. Como invitar a Viper también. Apuesto a que sería divertido.

El cambio en la atmósfera fue inmediato. Grimm se detuvo abruptamente, como si hubiera chocado contra una pared invisible. Rokugo, quien no había notado el desastre que acababa de causar, tardó unos segundos en darse cuenta de que algo iba mal.

—¿Qué? ¿Por qué te detienes? —preguntó Rokugo, confundido.

Grimm se giró lentamente hacia él, con una expresión de furia apenas contenida.
—¿Cómo puedes decir algo así en un momento como este? ¡Estás pensando en serme infiel! ¡Y ni siquiera lo niegas!

Rokugo levantó las manos rápidamente, tratando de calmarla.
—¡Espera, espera! Fue solo una broma. No hablaba en serio.

Pero Grimm no estaba dispuesta a dejar pasar el comentario tan fácilmente.
—No, Rokugo, esto es serio. ¿Acaso crees que Zenarith aprueba las relaciones poliamorosas? ¡Eso es pecado! ¿Cómo puedes siquiera pensar en traer a otra mujer?

Rokugo suspiró, rascándose la nuca.
—Bueno, técnicamente, nunca dije que íbamos a hacerlo. Solo especulaba sobre posibilidades...

Grimm lo fulminó con la mirada, visiblemente molesta.
—¡No cambies las cosas! Además, ¡Viper es demasiado ingenua! Es capaz de pelear desnuda si la batalla lo requiere, y ahora que Kisaragi le dio el poder de crecer a voluntad, ¡es incluso más fácil manipularla! Seguro solo le dirías que es "para fortalecer las relaciones entre Kisaragi y los demonios", ¿verdad?

Rokugo no pudo evitar reírse un poco ante la descripción de Viper, aunque sabía que estaba metido en problemas.
—Bueno, técnicamente, con Viper ni siquiera necesitas tanto pretexto. Con decirle que es "para fortalecer la amistad", ya estaría convencida.

Grimm se quedó en silencio por un momento antes de que su expresión se oscureciera aún más.
—Así que admites que has pensado en ello —dijo Grimm, su voz llena de indignación—. Debería lanzarte una maldición que te deje impotente para que aprendas a no pensar en otras mujeres.

Rokugo tragó saliva, repentinamente nervioso.
—¡Fue una broma, Grimm! ¡Solo estaba jugando! Sabes que no soy tan idiota como para hacer algo así... ¿verdad?

Pero Grimm ya no estaba escuchando. Se hizo a un lado, cruzándose de brazos con gesto enfurruñado. El ambiente romántico había desaparecido por completo, dejando solo una tensión incómoda en el aire.

—Donde hagas algo como eso, te juro que Zenarith misma vendrá a castigarte —advirtió Grimm, todavía molesta.

Rokugo suspiró profundamente, sabiendo que había arruinado el momento por completo.
—Lo siento, ¿de acuerdo? No volveré a mencionarlo. Ahora, ¿podemos seguir donde lo dejamos?

Pero Grimm no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente. Con un bufido, se levantó de la cama y comenzó a vestirse, murmurando algo sobre cómo los hombres nunca aprenden.

La habitación de Grimm - Explorando diferencias culturales

Rokugo estaba sentado en el suelo, rodeado de varios objetos extraños que había sacado de una bolsa. Grimm lo observaba con curiosidad desde su silla de ruedas, aunque claramente desconfiada.

—Grimm, quiero presentarte algo que es muy común entre las parejas de la Tierra —dijo Rokugo con una sonrisa traviesa mientras levantaba un objeto vibrante y de formas inusuales.

Grimm lo miró horrorizada, inclinándose hacia atrás instintivamente.
—¿Qué... qué es eso? ¿Para qué sirve?

Rokugo se encogió de hombros, disfrutando de la reacción exagerada de Grimm.
—Es un juguete sexual. Se usa para aumentar el placer durante el acto. Muy popular en mi mundo.

Grimm frunció el ceño, visiblemente perturbada.
—¿Y... dónde exactamente se supone que va eso? ¡No pienso meter nada de eso en mi cuerpo! ¡Ni siquiera sé cómo funcionan esas máquinas!

Rokugo suspiró, decepcionado.
—Vaya, así que no vas a dejar que probemos algunas cosas que he visto en videos porno… Qué lástima.

Grimm lo fulminó con la mirada, cruzándose de brazos.
—¡Eres un degenerado, comandante! ¿Cómo puedes pensar en usar esas cosas tan raras? En mi planeta, las parejas simplemente hacen lo que los animales hacen durante el apareamiento. Nada de máquinas ni cosas extrañas.

Rokugo soltó una carcajada, incapaz de contenerse.
—Oh, Grimm, realmente no tienes idea. Los humanos de la Tierra somos mucho más creativos de lo que imaginas.

Grimm arqueó una ceja, intrigada a pesar de sí misma.
—¿A qué te refieres?

Rokugo se inclinó hacia adelante, adoptando un tono conspirador.
—Por ejemplo, hay personas que tienen fetiches por cosas específicas: el color de piel, el tamaño del trasero o los pechos... —hizo una pausa para guiñarle un ojo—, como yo. Y otros tienen fetiches aún más raros, como ver pies bonitos.

Grimm abrió los ojos como platos, ofendida.
—¡Estás burlándote de mí porque siempre ando descalza, ¿verdad?!

Rokugo negó rápidamente con las manos en alto.
—¡No, no! Te lo juro, esto es real. Incluso conozco gente a la que le gusta ver manos bonitas. La diversidad de gustos es infinita.

Grimm sacudió la cabeza, incrédula.
—Los de la Tierra están locos. Son demasiado... degenerados.

Rokugo no pudo evitar reírse aún más.
—Bueno, déjame contarte algo más. En la Tierra también jugamos a hacer "rol", donde fingimos ser otras personas o estar en situaciones diferentes solo para el acto.

Grimm lo miró como si estuviera hablando en otro idioma.
—¿Y eso tiene sentido? ¿Por qué alguien querría fingir ser otra persona en un momento así?

Rokugo se encogió de hombros.
—Es parte de la fantasía. A veces hace las cosas más emocionantes.

Grimm bufó, obviamente pensando que todo eso era absurdo. Decidió cambiar de tema y sacó una revista de debajo de su cama.
—Mira esto, Rokugo. Esto es lo que leo para inspirarme. Es una revista para adultos llamada "Piyoko Club" . Aquí dicen cosas como "El poder del romance está en los pequeños detalles" o "Sé creativo con flores y poemas".

Rokugo hojeó la revista brevemente antes de devolvérsela con una expresión de aburrimiento total.
—Esto es tan anticuado... Parece hecho para gente que vive en el pasado. No me sorprende que tus ideas sean tan limitadas.

Grimm se ofendió inmediatamente.
—¡Oye! Estas revistas son populares aquí, ¿sabes? Además, ¿qué tiene de malo querer algo romántico y especial?

Rokugo sonrió, disfrutando de la discusión.
—Nada, pero podrías intentar algo nuevo de vez en cuando. No todo tiene que ser flores y poemas.

Grimm lo miró con desconfianza, pero al final decidió ignorarlo. Sabía que Rokugo siempre trataría de convencerla de probar cosas extrañas, pero ella tenía sus propios estándares. Aunque, en el fondo, no podía evitar preguntarse si tal vez había algo más allá de lo que conocía...

Fin de la escena.

Escena: Reflexiones sobre la ropa y el origen humano

Rokugo estaba recostado en el suelo de la pequeña sala donde solían reunirse, con las manos detrás de la cabeza mientras miraba al techo. Grimm, sentada frente a él, estaba ocupada arreglando un pequeño altar portátil dedicado a Zenarith. Sin previo aviso, Rokugo lanzó una pregunta que parecía más producto de su curiosidad ociosa que de algo realmente importante.

—Oigan, Grimm —dijo Rokugo con tono casual—, ¿por qué usas ropa? ¿Qué sentido tiene cubrir tu cuerpo si, según tú, Zenarith creó a los humanos para adaptarse a cualquier ambiente?

Grimm dejó de lado el incienso que había estado preparando y frunció el ceño, claramente sorprendida por la pregunta.
—¿Cómo que "qué sentido tiene"? La ropa es parte de nuestra evolución cultural. Además, Zenarith nos dio la capacidad de adaptarnos a cualquier entorno, pero también nos otorgó el juicio para elegir cómo hacerlo. La ropa protege nuestra piel del frío, del calor extremo y de otros peligros ambientales.

Rokugo se encogió de hombros, visiblemente intrigado.
—Sí, pero eso no explica por qué decidimos cubrirnos completamente. Quiero decir, antes de que existiera la "moda", ¿qué hacían?

Grimm suspiró, como si estuviera explicando algo obvio a un niño pequeño.
—Según la mitología de Zenarith, cuando los primeros humanos fueron creados, tenían la libertad de vivir desnudos sin vergüenza ni prejuicios. Pero luego aprendieron a distinguir entre lo necesario y lo superfluo, y comenzaron a usar pieles, hojas y telas para protegerse y diferenciarse de los animales. Fue un acto de progreso, no solo físico sino también espiritual.

Rokugo sonrió, disfrutando del tema.
—Interesante... En mi mundo, hay varias versiones de esa historia. Por ejemplo, en Japón, hay mitos sobre dioses que descendieron a la Tierra para enseñar a los humanos a vestirse y comportarse. Pero sabes qué historia me resulta más fascinante... la de Adán y Eva.

Grimm parpadeó, visiblemente intrigada.
—¿Adán y Eva? ¿Quiénes son ellos?

Rokugo se incorporó, adoptando un tono dramático mientras narraba la historia.
—Bueno, según esta versión, Adán y Eva vivían en un paraíso llamado el Jardín del Edén, donde todo era perfecto. Estaban desnudos y felices, sin preocupaciones. Pero entonces llegó una serpiente que tentó a Eva con un fruto prohibido. Ella lo probó y, después, convenció a Adán de hacer lo mismo. Ese fruto representaba el conocimiento, y cuando lo comieron, se dieron cuenta de su propia desnudez y sintieron vergüenza por primera vez. Entonces se cubrieron con hojas y fueron expulsados del paraíso.

Grimm lo miró con los ojos bien abiertos, procesando la historia.
—Espera... ¿Eva permitió que la corrompieran y luego corrompió a Adán? Suena como si fuera su culpa que todo saliera mal.

Rokugo asintió con una sonrisa traviesa.
—Exacto. Algunos interpretan esa historia como una metáfora del despertar sexual. El fruto prohibido podría simbolizar el descubrimiento de ciertos placeres, y la vergüenza posterior es como una representación de cómo la sociedad impone normas sobre esos temas.

Grimm inclinó la cabeza, pensativa.
—Entonces... ¿eso significa que podríamos hacer un juego de rol basado en esa historia? Ya sabes, fingir que somos Adán y Eva en el Jardín del Edén...

Rokugo levantó una ceja, visiblemente sorprendido por la propuesta.
—Vaya, no esperaba que te interesara tanto. Pero no, gracias. Esa historia me parece demasiado moralista y aburrida. Además... —hizo una pausa, observándola con una media sonrisa—, no creo que tengas la personalidad para ser dominante, Grimm. Y yo nunca actuaría de sumiso.

Grimm lo fulminó con la mirada, ofendida.
—¿Dominante? ¿Sumiso? ¿De qué estás hablando? No entiendo nada de lo que te gusta o no.

Rokugo se echó a reír, disfrutando de su confusión.
—Exacto, Grimm. No has entendido nada. Pero tal vez algún día lo hagas.

v1

Escena: La habitación de Grimm

Grimm estaba recostada en su cama, mirando a Rokugo con una mezcla de curiosidad y nerviosismo. Aunque ya habían avanzado bastante, todavía tenía preguntas.
—Espera, Rokugo... —dijo Grimm, levantando una mano como si quisiera detenerlo—. ¿Esto... esto no te hará daño, verdad?

Rokugo sonrió con suficiencia, acercándose un poco más.
—No te preocupes, Grimm. Seré gentil.

Grimm frunció el ceño, confundida.
—¿Gentil? ¿Qué quieres decir con eso?

Rokugo se encogió de hombros, adoptando un aire casual.
—Bueno, hay una manera de hacerlo suave y despacio. Pero para eso, necesitaré tu ayuda.

Grimm lo miró con desconfianza.
—¿Mi ayuda? ¿Qué tengo que hacer?

Rokugo se inclinó hacia ella, susurrándole al oído.
—Quiero que me hagas una MMD.

Grimm parpadeó, completamente perdida.
—¿Una... qué? ¿Qué es eso?

Rokugo suspiró, recordando que Grimm no era exactamente una experta en términos modernos.
—Es como... cuando los bebés tienen hambre y hacen eso con la boca.

Grimm hizo una mueca de asco.
—¿Así? ¿Eso no suena asqueroso?

Rokugo asintió con seriedad fingida.
—Así es como lo hacemos en mi planeta. Es normal.

Grimm, aunque seguía pensando que sonaba raro, decidió aceptar. Después de todo, ya habían llegado tan lejos. Sin embargo, una vez que terminó de hacerlo, sacudió la cabeza con disgusto.
—¡Eso fue asqueroso! ¿Por qué haces que haga cosas tan extrañas?

Rokugo se rio, ignorando su queja mientras se acomodaba para continuar.
—Relájate, Grimm. Ahora viene la parte divertida.

Conforme avanzaban, Grimm comenzó a sentirse abrumada por una oleada de sensaciones. Justo antes de llegar al clímax, lo miró con urgencia.
—¡Rokugo! ¡Voy a...!

Rokugo sonrió maliciosamente, acercándose a su oído para susurrarle.
—Tranquila, Grimm. Tengo un superpoder especial. Puedo controlar cuándo acaban mis parejas. Es uno de los poderes que Kisaragi nos dio.

Grimm lo miró desconcertada, pero pronto sintió cómo su cuerpo se quedaba suspendido en ese estado de calentura sin liberación. Desesperada, comenzó a mover sus caderas, buscando algún tipo de alivio.
—¡Rokugo, por favor! ¡Déjame acabar!

Rokugo soltó una carcajada, disfrutando de su reacción.
—Está bien, está bien. Te lo concedo.

Finalmente, ambos llegaron al clímax, cayendo exhaustos en la cama. Grimm, aún recuperando el aliento, lo miró con curiosidad.
—Oye... ¿cómo funciona ese poder tuyo? ¿De verdad puedes controlarlo?

Rokugo se rio, incapaz de contenerse.
—Solo fue psicológico, Grimm. No hay ningún superpoder real.

Pero en el fondo, se dejaba entrever que quizás sí había algo de verdad en sus palabras. Después de todo, los poderes de Kisaragi siempre habían sido impredecibles. Sin embargo, Rokugo no podía evitar joderla un poco después de sus comentarios anteriores.


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