—Hoh… Esto no está nada mal…
Rokugo musitó en voz alta, con una mano frotándose la barbilla mientras observaba, absorto, una escena que ni en sus sueños más pervertidos —y había tenido muchos— hubiera imaginado posible.
Frente a él, dos de las mujeres más espectacularmente tetonas de sus respectivos reinos se retorcían en el suelo, en plena pelea… o más bien, en una lucha de fango húmeda y sudorosa, porque de épica ya no quedaba nada: ahora era solo fuerza bruta, insultos, tetas rebotando y nalgas que parecían tener vida propia.
Todo había comenzado como una escaramuza más: Rokugo, con su táctica habitual de “dejar que los demás se cansen primero”, había logrado neutralizar una incursión del ejército de Lord Demonio… y, de paso, humillar a uno de sus generales estrella (otra vez). Pero nadie —ni siquiera él— esperaba que eso desencadenara esto.
Uno de los combates secundarios entre Snow y Heine, en lugar de terminar con honor y una rendición simbólica, se había convertido en un catfight digno de un burdel de nivel S.
Snow —antes Comandante de la Guardia Real de Grace, ahora simple subordinada de Rokugo y, por desgracia para su orgullo, empleada de Kisaragi con salario en rojo— sudaba como nevera rota, su piel pálida brillando bajo el sol del desierto. Su armadura ligera estaba hecha jirones, y su top, más bien un sujetador de cuero muy revelador, apenas contenía sus voluminosos pechos, que saltaban con cada forcejeo… y sí, en un giro afortunado, uno de sus pezones había decidido darse un paseo al aire libre. Rokugo, por supuesto, ajustó su ángulo de visión estratégicamente.
Del otro lado, Heine —ex Selecta de Lord Demonio, piroquinesis de primera, ahora prisionera de guerra y criada ocasional— no se quedaba atrás. Su piel caramelo y su figura curvilínea habrían hecho temblar a cualquier héroe… si no fuera porque ahora estaba luchando boca abajo, con la falda levantada hasta la cintura, mostrando unas braguitas diminutas que probablemente le habían puesto como parte de su humillación. Sus enormes nalgas se retorcían con cada intento de zafarse de Snow… y Rokugo se preguntó, con una sonrisa perversa, si el Hombre Tigre le habría enseñado técnicas de combate… o de seducción.
—¡Agh…! ¡Q-Quita tu culo gordo y asqueroso de mi cara, humana asquerosa! —chilló Heine, mientras Snow le aplastaba la cara con sus nalgas como si fuera un cojín de meditación zen.
Snow, agotada pero satisfecha, se tomó el momento para respirar… y para disfrutar.
—Pfft. Mi trasero es un regalo mejor del que una demonio como tú se merece… —dijo, con una sonrisa burlona… hasta que ¡PAZ!.
Una nalgada monumental de Heine le hizo soltar un chillido agudo —¡KYAA!— que resonó por todo el campamento.
—¡¿Pero qué…?! —Snow se levantó de un salto, el glúteo izquierdo ya enrojecido como un semáforo—. ¡Te voy a matar, puta demonio!
Y así comenzó la segunda ronda: estrangulamiento, patadas, tirón de pelo… y una exposición progresiva de ropa interior que haría llorar de envidia a cualquier diseñador de lencería.
Rokugo, con los ojos brillantes y una erección que amenazaba con perforar su armadura, soltó una carcajada ronca.
—¡Hohhh…! ¡Este mundo sí que mejora día a día! —exclamó, sin ni siquiera intentar disimular.
Se giró hacia Alice, que observaba la escena con una mezcla de decepción y cálculo pragmático.
—Oye, Alice. ¿A quién le apuestas? ¿A la Comandante Tetas Uno o a la Comandante Tetas Dos?
Alice suspiró, ajustándose las gafas.
—Agente 6, su nivel de degeneración ha alcanzado un nuevo récord histórico. —Pausa breve—. Pero, internamente, ya aposté dos veces a que Heine recuperará la ventaja y derrotará a Snow en menos de tres minutos.
Rokugo rio, volviendo a centrarse en el espectáculo: ahora Heine tenía un pecho completamente fuera del top, y su cara, entre furia y vergüenza, era pura poesía.
—¡Esto sí que es entretenimiento de calidad…!
—Comandante…
Una voz fría, dulce… y cargada de veneno, lo sacó de su ensoñación.
Rokugo giró la cabeza.
Y allí estaba Grimm.
Sentada en su silla de ruedas de aluminio, con su falda morada hasta las rodillas, su túnica bien abrochada y sus pies descalzos como siempre… pero con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—¿Qué pasa, Grimm? —dijo Rokugo, con un suspiro exagerado—. Estoy un poco ocupado aquí, ¿sabes?
—Sí… —ella entrecerró los ojos, la sonrisa se endureció—. Lo veo. Pero… ¿de verdad es tan fascinante ver a esas dos… bestias… atacarse así? —su voz tembló ligeramente—. ¿Qué tienen ellas… que yo no tenga?
Rokugo la miró como si acabara de preguntar por qué el agua moja.
—¿Eh? ¿Hablas en serio? —Señaló con el pulgar hacia la pelea, donde Snow acababa de perder su falda por completo—. Mírate. Te cubres los pechos como si fueran armas de destrucción masiva. Y ni siquiera te levantas de esa silla para mostrar ese culito que, por cierto, debes tener… ¿no?
Grimm palideció. Su autoestima, ya frágil tras la maldición del ángel y la revelación de ser una no-muerta, se resquebrajó aún más.
—Yo… mi vestimenta… y mi silla… son parte de mi devoción a Zenarith… —murmuró, débil.
—¡Bah! —Rokugo volvió a señalar la pelea, ahora con Heine forcejeando con una mano en el pecho izquierdo de Snow—. ¡Mira eso! ¡Un pecho al aire, sin complejos! Si quieres que te miren, viste así. Incluso podrías mantener el estilo religioso… ¿una monja sexy? ¿Un hábito transparente? Zenarith no te va a fulminar por usar un poco de lycra.
Grimm abrió la boca, horrorizada.
—¡Jamás! ¡Eso sería una blasfemia! ¡Mi fe no se negocia por… por miradas!
—Entonces… —Rokugo se encogió de hombros, ya aburrido—. Usa esa cara bonita. O… esos pies. Al menos son lo único que no escondes.
—¿Mis… pies?
—Sí. En mi mundo hay un montón de idiotas que adoran los pies de las mujeres. Les gusta olerlos, besarlos, adorarlos… —dijo con total naturalidad, como si hablara del clima—. A mí no me va, claro. Todos sabemos que los pechos son superiores.
Alice, por primera vez en semanas, frunció el ceño y cruzó los brazos.
Grimm, en cambio, se quedó helada.
¿Adorar… pies?
¿Hombres ricos… arrodillándose… por sus pies?
Un calor extraño, traicionero, subió desde su estómago hasta sus mejillas. No era indignación… era… curiosidad. Tentación.
Lentamente, levantó la vista. Y miró a Rokugo con una calma escalofriante.
—Comandante… —dijo, con una voz suave… demasiado suave—. Por favor, quédate quieto un momento.
Rokugo, que ya estaba a punto de volver a la acción, sintió un escalofrío.
Algo en ese tono… en esa mirada… le dijo que iba a arrepentirse.
—¿Eh? ¿Qué…?
Pero ya era tarde.
Grimm cerró los ojos, alzó las manos al cielo, y su voz resonó con un poder antiguo, profundo… y muy personal:
—¡Oh, Gran Zenarith!
¡Haz caer una calamidad sobre este necio sin vergüenza!
¡Que sus ojos se cierren a los pechos y sus manos a las nalgas!
¡Que su alma se incline solo ante los pies de las mujeres!
¡Desde los más suaves hasta los más duros!
¡Desde los más limpios hasta los más… olorosos!
¡Que adore las botas que calzan doncellas!
¡Que quiera besar las plantas hasta que su corazón estalle de éxtasis!
La oración salió con tal fervor que hasta Snow y Heine se detuvieron, jadeando, cubriéndose como pudieron, mirando a Grimm con los ojos como platos.
Una niebla púrpura —la marca de una maldición genuina— emergió de sus manos y se condensó en una esfera brillante.
Y antes de que Rokugo pudiera reaccionar…
¡ZAS!
El orbe lo envolvió por completo.
No hubo esquiva.
No hubo modo Sin Límites.
Solo… el destino, riéndose de él.
Y en algún lugar, muy lejos, Zenarith suspiró… y se permitió una pequeña, muy pequeña, sonrisa.
Heine, aún aturdida por la maldición de Grimm y con el rostro enrojecido por la humillación, apenas había procesado el caos cuando Snow se movió.
No fue un ataque de honor. No fue un duelo limpio. Fue una estocada rápida, precisa, aprovechando el instante en que Heine bajó la guardia al oír los gritos de Rokugo y Grimm.
Con un movimiento que hasta ella misma llamó cobarde, Snow le dio un golpe limpio en la base del cuello —no letal, pero suficiente para dejarla inconsciente— y, sin siquiera mirarla a los ojos, se enderezó con orgullo renovado.
—Victoria —declaró, con una voz fría y definitiva—. Y que esto sirva de lección: la debilidad no tiene lugar en la guerra.
Heine cayó de rodillas, sin fuerzas para replicar.
Pero Snow no celebró.
En lugar de eso, miró a Rokugo y Grimm con una expresión de profunda aversión —casi miedo.
—Ustedes dos… —murmuró, retrocediendo lentamente—. Juntos, son veneno. No solo para ustedes… sino para todos los que los rodean.
Y sin más, se dio la vuelta y desapareció entre las sombras del pasillo, dejando a Heine derrotada… y a Grimm con los ojos bien abiertos, aún en shock.
Heine, con la conciencia tambaleante, logró levantar la cabeza… y vio a Rokugo.
Algo andaba mal.
Él no estaba riéndose. No estaba burlándose. No tenía esa mirada socarrona que siempre la hacía querer arrancarle la lengua.
Estaba… vacío. Como si su alma hubiera salido de su cuerpo y solo su cáscara permaneciera allí, de pie, temblando levemente.
Y entonces, comenzó a caminar hacia Grimm.
No con pasos firmes. No como un depredador. Más bien… como un niño que ve su postre favorito al otro lado de la mesa.
Grimm, aún sentada en su silla de ruedas, parpadeó, confundida.
—¿R-Rokugo? —llamó, con voz temblorosa—. ¿Estás… bien?
Él no respondió.
Solo se acercó… y se acercó… y se acercó…
Hasta que estuvo tan cerca que Grimm podía sentir su aliento.
Y entonces… algo imposible ocurrió.
Grimm juraría —juraría sobre Zenarith mismo— que Rokugo levitó.
No fue mucho. Solo unos centímetros. Pero fue suficiente para que sus pies dejaran de tocar el suelo, como si una fuerza invisible lo hubiera alzado… atraído… hacia ella.
Sus ojos estaban desenfocados. Su boca entreabierta, emitiendo un gemido bajo, casi animal.
—¿Rokugo? —Grimm retrocedió en su silla, asustada—. ¡Despierta! ¡No es gracioso!
Pero él solo la miraba… con una fijeza que no era deseo. Era necesidad.
Como si ella fuera el único oxígeno en un mundo asfixiado.
Alice, que hasta ese momento había estado evaluando a Heine con frialdad, giró bruscamente al notar la anomalia.
—Agente 6 —llamó, con tono de alerta—. ¿Estás bajo influencia externa?
No hubo respuesta.
Alice se acercó, escaneó su chip cerebral, su armadura, sus signos vitales…
—Curioso —murmuró—. No hay señales de hipnosis conocida. Pero su sistema nervioso está en un estado de extasis neurológico máximo. Es como si estuviera experimentando… placer constante. Al nivel de una sobredosis química… pero sin sustancias externas.
Grimm abrió los ojos como platos.
—¿Placer? ¿Está… disfrutando esto?
—Sí —confirmó Alice, con una leve pausa—. Su corteza cerebral está activa en zonas asociadas a recompensa, apego y liberación de dopamina. En términos simples… está feliz. Extremadamente feliz.
Grimm se sonrojó hasta las orejas.
—¡Eso es vergonzoso! —gritó, cubriéndose el rostro con las manos—. ¡No quería que fuera así! ¡Quería que sufriera, no que… que flotara como un globo enamorado!
Pero en medio del horror… algo se encendió.
Una chispa. Oscura. Antigua.
Todas las veces que Rokugo la había ignorado.
Todas las veces que la había usado como broma.
Todas las veces que le había dicho “no eres mi tipo”… “solo es un contrato”… “no te ilusiones, Grimm”.
Ella lo había perdonado. Lo había seguido. Lo había adorado.
Y ahora… él estaba a sus pies. Literalmente. En éxtasis. Inofensivo. Suyo.
—Alice —dijo Grimm, con una voz suave… peligrosa—. ¿Puedes despertarlo?
—Estoy intentando —respondió Alice, enviando pulsos de emergencia al chip de Rokugo.
Pero cuando Alice colocó una mano en el hombro de Rokugo para forzarlo a reaccionar… él simplemente movió el brazo, sin violencia, sin agresión… pero con una firmeza imposible de ignorar.
La apartó.
No la empujó. No la insultó. Solo… la ignoró. Como si Alice no existiera. Como si solo Grimm importara en ese universo.
Alice se quedó paralizada.
—Esto… no es normal —susurró—. Ni siquiera en un humano.
Grimm, por su parte, respiró hondo.
Lentamente, se inclinó hacia adelante en su silla.
—Rokugo… —dijo, con una voz dulce, casi maternal—. Mírame.
Él obedeció al instante. Sus ojos se fijaron en los de ella como si fuera una orden divina.
Grimm sonrió.
—Bien… —murmuró, mientras alzaba una mano y, con el dedo índice, acariciaba su mejilla con una ternura que escondía una intención muy distinta—. Si esto es lo que Zenarith me ha dado… entonces lo usaré.
Y entonces, con una gracia que nadie sabía que tenía, Grimm se dejó caer de su silla… y, con los pies descalzos apoyados en el suelo, se puso de pie.
Por primera vez en meses.
Por primera vez desde que la maldición la ató a esa silla.
Y Rokugo… tembló.
No de miedo.
De expectación.
Grimm se acercó, lentamente, y se detuvo a escasos centímetros de él.
—Sabes… —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Siempre dijiste que no era tu tipo. Que era demasiado rara. Que mis pechos eran pequeños, que mi fe era ridícula… que yo era ridícula.
Hizo una pausa.
—Pero ahora… ahora no puedes mentirme, ¿verdad, comandante?
Y entonces, con una suavidad que contrastaba con la furia en su corazón, Grimm tomó su rostro entre sus manos… y lo besó.
No fue un beso apasionado.
Fue un sello.
Un acto de posesión.
Un juramento silencioso:
Esta vez… no seré la segunda opción.
Rokugo seguía en trance.
Sus ojos brillaban con una fijeza inhumana, sus movimientos eran lentos, deliberados, como si cada paso estuviera dictado por un instinto primario que no comprendía ni podía controlar. Y todo —absolutamente todo— giraba en torno a los pies de Grimm.
No los miraba como objeto de deseo. Ni siquiera como fetiche.
Los adoraba.
Cuando Grimm, aún incrédula y con las mejillas ardiendo de vergüenza, se sacó las sandalias desgastadas y dejó al descubierto sus pies polvorientos, Rokugo se arrodilló sin dudarlo. Olisqueó el aire como un animal al acecho, y luego… los lamió.
Un lametazo lento, húmedo, desde el talón hasta los dedos.
Grimm soltó un grito ahogado, retrocediendo instintivamente.
—¡¿Pero qué estás haciendo, idiota?! —chilló, mirando a Alice con los ojos como platos—. ¡Esto es asqueroso!
Alice, por enésima vez, intentó sacudirlo, aplicar descargas controladas desde su brazo robótico, incluso usar un estímulo doloroso con agujas electromagnéticas. Nada funcionó. Su sistema neurológico estaba bloqueado por la maldición: no percibía dolor, no respondía a órdenes verbales, no mostraba signos de conciencia. Solo tenía una función activa: servir a los pies de Grimm.
Y Grimm, entre el horror y una extraña curiosidad, suspiró.
—…Bueno. Si es lo que se necesita para que me hagas caso… —murmuró, enderezándose en su silla—. Acepto.
Las primeras 24 horas fueron extrañas.
Grimm, por primera vez en su vida, mandaba. No con gritos ni con súplicas… sino con un simple movimiento del pie.
—Rokugo, tráeme agua.
—Rokugo, masajeame los dedos.
—Rokugo, arrodíllate y bésame el empeine.
Y él obedecía.
Sin dudar. Sin burlarse. Sin ese brillo de cinismo que siempre lo acompañaba.
Grimm se emocionó. Esto era lo que siempre había soñado. Un hombre que la escuchara… que la respetara… que la reverenciara. Incluso se permitió fantasear: ¿Y si así se queda para siempre?
Pero la realidad la golpeó pronto.
En el mercado, una vendedora se quitó una chancla para rascarse el pie… y Rokugo se desvió. Se le escapó un gemido bajo, y sus ojos se clavaron en ese tobillo desnudo como si fuera una reliquia sagrada.
Grimm, horrorizada, lo agarró del cuello con ambas manos.
—¡No! ¡Mírame a mí! ¡Solo a mí!
Rokugo parpadeó, volvió a enfocar… y retomó su postura servil.
Pero el daño estaba hecho.
Grimm entendió: su maldición no lo hacía leal… lo hacía esclavo del fetiche.
Y cualquier mujer con los pies al descubierto era una amenaza potencial.
Cuando vio a Rose, caminando con sus sandalias rotas —esas sandalias que llevaba desde que la conoció, con las cintas deshilachadas y la suela agrietada—, el pánico la paralizó.
—¡ROSE! —gritó, acercándose a toda velocidad en su silla—. ¡Vete! ¡Vete ahora mismo!
Rose, sorprendida, se detuvo.
—¿Grimm? ¿Te sientes mal?
—¡No me hables así! —respondió Grimm, con la voz temblando—. ¡Eres una traidora! ¡Una… una enemiga!
Rose frunció el ceño, herida.
—¿Enemiga? ¿Qué diablos pasa contigo?
Grimm no respondió. En lugar de eso, tomó a Rokugo del brazo y lo arrastró lejos, murmurando:
—No puedo… no puedo arriesgarme… no otra vez.
Esa noche, Grimm lo llevó a su casa.
Una cabaña pequeña en las afueras de Grace, llena de velas negras, estatuillas de Zenarith y un altar cubierto de ofrendas secas. Todo olía a incienso, a polvo… y a sudor.
Rokugo se quedó en el umbral, inmóvil.
Grimm, con el corazón acelerado, lo miró. Y entonces… notó la erección.
No era obscena. No era vulgar. Era… inevitable. Como si su cuerpo también estuviera respondiendo a la maldición, aunque su mente ya no estuviera presente.
Grimm tragó saliva.
—…Entra —dijo, con voz temblorosa—. Quiero… conocerte.
Rokugo obedeció.
A la mañana siguiente, Grimm salió de su casa con el cabello despeinado, los ojos hinchados y una expresión entre traumatizada y… pensativa.
—Nunca imaginé… —murmuró, mirando al cielo—… que los pies se pudieran usar así.
Alice, que la esperaba bajo un árbol, levantó una ceja.
—¿Éxito en la desactivación de la maldición?
—No —respondió Grimm, ruborizándose—. Pero… descubrí cosas.
Alice asintió, y sin mediar palabra, le entregó un paquete de revistas encuadernadas en cuero negro.
—Estas son publicaciones de la Sociedad Secreta Kisaragi para el Estudio Avanzado del Comportamiento Sumiso. Contienen técnicas de dominación psicosexual, rituales de sumisión voluntaria y protocolos para relaciones jefe-subordinado con fines reproductivos óptimos.
Grimm las abrió con manos temblorosas.
Ilustraciones detalladas.
Posiciones.
Instrucciones: "La Ama debe sostener el collar con la mano izquierda mientras ordena al sumiso lamer sus pies en espiral, de los dedos al tobillo, mientras recita los Nueve Mandamientos del Servicio".
Otra página: "Si el sumiso se resiste, aplicar castigo con cepillo de cerdas duras. Repetir hasta que el acto se vuelva placentero para ambos."
Grimm se imaginó:
Ella, sentada en un trono de hueso y cristal.
Rokugo, encadenado a sus pies, con un collar grabado con el símbolo de Zenarith.
Ella ordenando: “Bésame el arco plantar, perro”.
Él obedeciendo… con una sonrisa.
Se estremeció.
—Nunca… nunca podría hacer eso —dijo, cerrando las revistas con fuerza—. No soy… así.
Alice la observó con sus ojos fríos y analíticos.
—Entonces prepárate para lo inevitable.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Grimm, inquieta.
—La maldición no se disipará sola —explicó Alice—. Rokugo seguirá en este estado hasta que:
A) La maldición se rompa por voluntad divina…
B) Tú te arrepientas profundamente…
C) Necesitemos a Rokugo en plenas facultades… y tú ya no aguantes tenerlo así.
Grimm palideció.
—¿Cómo… cómo sabes eso?
—Simulaciones —dijo Alice—. He modelado 12,742 escenarios posibles. En el 98.3% de ellos, tú lo liberas antes de que pase una semana.
No por compasión…
—hizo una pausa, casi con lástima—
…sino por frustración.
Porque tenerlo así… no es tenerlo de verdad.
Grimm bajó la mirada.
Sí. Ya lo sabía.
Lo que quería no era un esclavo de pies.
Era al Rokugo que la desafiaba.
El que la hacía enojar.
El que la hacía reír… y llorar… y sentirse viva.
No un autómata con erección.
—¿Y si…? —susurró—. ¿Y si yo rompo la maldición?
Alice negó con la cabeza.
—No puedes. Solo Zenarith… o tú misma, si renuncias a tu deseo más profundo.
Grimm cerró los ojos.
Mi deseo más profundo…
Que él me elija… a mí… solo a mí… y que lo haga por voluntad propia.
…No hay forma de que eso ocurra.
—Entonces… —dijo, con voz quebrada—… supongo que tendré que esperar.
Y en su interior, una voz muy antigua, muy oscura, respondió:
No esperes, hija mía.
Decide.
¿Lo quieres… o lo necesitas?
En la recién inaugurada Ciudad Escondida —antes simplemente “la base”—, el ambiente era tenso. Las murallas brillaban con paneles de energía, los drones de vigilancia zumbaban en lo alto, y los nuevos agentes de Kisaragi entrenaban bajo el sol abrasador del desierto. Pero en el centro de todo… había una anomalía.
Una anomalía con pies.
En la sala de reuniones central —un espacio amplio, con asientos modulares, una pantalla holográfica y la bandera de Kisaragi ondeando en la pared—, Alice daba órdenes como si llevara décadas siendo la comandante suprema.
—Agente 44 —dijo sin levantar la vista de su tablet—, sus puntos malos no cubren el costo del lanzacohetes que solicitó. Reduzca su petición a granadas de fragmentación.
—Agente 8, su informe sobre las tribus indígenas está incompleto. Adjunte análisis de ADN de los restos del Supopotchi que cazó.
—Agente 10, se le prohíbe acercarse a menos de 50 metros de la residencia de la princesa Tilis. Por tercera vez.
Los agentes asentían con respeto. Algunos se atrevían a preguntar:
—¿Y el Agente 6? ¿No dará él las órdenes hoy?
Alice no vaciló.
—El Agente 6 está indispuesto. Como lo ha estado los últimos 37 días. Y como ha estado, en promedio, 78% del tiempo desde su llegada al planeta.
Los murmuros se extendieron.
—¿Otra vez?
—¿Qué le pasa ahora?
—¿Está herido? ¿Envenenado? ¿Poseído?
La puerta corredera se abrió con un clic suave.
Y allí estaba.
Rokugo, arrodillado sobre una alfombra forrada de terciopelo rojo —sí, terciopelo rojo, canjeado con 120 puntos malos— frente a Grimm, quien estaba sentada con los pies desnudos sobre un cojín de seda. Él, con una expresión de éxtasis vacío, acariciaba meticulosamente los dedos de Grimm con movimientos lentos, casi ceremoniales. Entre ellos, una bandeja con sales aromáticas, aceites y una lima de plata.
Grimm, por su parte, tenía los ojos bien abiertos, las mejillas rojas y una mano estrangulando su propia túnica.
No por placer.
Por pánico.
Porque todo el cuarto los estaba mirando.
Snow se tapaba la cara con las palmas. Rose miraba al techo, murmurando algo sobre “no quiero ser cómplice de esto”. Heine, sentada en una esquina con los brazos cruzados y un uniforme de sirvienta ligeramente modificado (más digno, menos humillante), soltaba bufidos de asco cada tres segundos.
Y la princesa Tilis, invitada como observadora diplomática por Alice, tenía la mandíbula tensa y los nudillos blancos alrededor de su taza de té.
—No lo entiendo —murmuró, casi para sí misma—. El mismo hombre que me besó a la fuerza en el despacho del rey… ahora solo quiere… oler dedos.
Heine susurró sin mirarla:
—Es peor de lo que piensas. Ayer intentó entrar a mis aposentos con una nariz de cerdo inflable y una botella de aceite de lavanda. Dijo que era “para una prueba de compatibilidad olfativa”.
Tilis dejó caer la taza. Se hizo añicos.
Después de la reunión, Snow, Heine y Tilis interceptaron a Grimm en el jardín trasero de la base, donde Rokugo —ahora con una correa sujeta al cuello, sostenida por Grimm como si fuera un perro entrenado— dormitaba bajo un árbol, con la nariz enterrada entre los dedos de Grimm.
—Basta —dijo Tilis, con voz tajante—. ¿Qué le hiciste?
Grimm retrocedió, tirando suavemente de la correa para no despertar a Rokugo.
—¡Yo no hice nada! ¡Fue la maldición! ¡La que lancé sin querer!
Heine dio un paso al frente, los ojos llameantes.
—¿La maldición de “hazle sentir placer al tocar pies”? ¿Esa?
—¡No! —gritó Grimm—. ¡Fue “que adore los pies de las mujeres”! ¡No era para esto!
Snow se llevó las manos a la cabeza.
—Grimm. Escúchame bien. Rokugo ya era un monstruo. Pero al menos era útil. Nos salvó del Rey de Arena, nos dio agua, detuvo una invasión demoníaca… ¡Hasta mató a un gorrión gigante con estilo!
—Ahora… —miró a Rokugo, quien acababa de despertar y, al ver que Grimm había cruzado las piernas, se lanzó hacia una soldado que pasaba con chanclas abiertas—… ahora es un proyecto de zapatero obsesivo.
Rokugo, en ese momento, acariciaba los tobillos de la soldado mientras murmuraba:
—¿Este cuero es genuino? ¿O es sintético? Porque si es sintético, no absorbe bien los aceites naturales del pie… y eso afecta la experiencia olfativa…
La soldado parecía a punto de desmayarse.
Tilis cerró los ojos.
—Devuélvelo como era.
—¿O qué? —preguntó Grimm, con la voz temblorosa—. ¿Me exiliarán? ¿Me matarán? Porque créanme, yo también quiero que vuelva.
Heine la miró con una mezcla de compasión y desesperanza.
—¿Sabes deshacer maldiciones?
Grimm bajó la mirada.
—…No.
—¿Sabes siquiera cómo funcionan las tuyas?
—No.
—¿Te has preguntado por qué no puedes usar zapatos, pero sí puedes usar sandalias, o calcetines, o incluso una prótesis de madera?
Grimm abrió los ojos.
—…Nunca lo pensé.
—Entonces quizás —intervino Snow, cruzándose de brazos—, las maldiciones tienen vacíos legales. Como contratos mal redactados.
Esa noche, en la habitación de Grimm (ahora con cortinas opacas y un letrero que decía: “Solo entrar si no usas calzado abierto”), Rose llegó con un cuaderno y un lápiz.
—He estado pensando —dijo, sentándose en el suelo—. Si tu maldición tiene excepciones —sandalias, calcetines, sillas de ruedas con ruedas de goma—, entonces la de Rokugo también debe tenerlas.
Grimm asintió, con los ojos húmedos.
—Pero… ¿cuáles?
Rose mordió el lápiz.
—Lo único que siempre evita es la oscuridad. Cuando no ve los pies… se calma. Se vuelve… normal. Por unos minutos.
Grimm lo miró. Rokugo estaba sentado en una silla, con los ojos vendados con una venda de seda negra (canjeada con 5 puntos malos), canturreando una nana antigua de Zenarith.
—¿Sabes qué dijo hoy, cuando estuvo así cinco minutos?
—¿Qué?
—Que quiere renunciar a Kisaragi… y abrir una zapatería.
Rose se atragantó.
—¿Una… zapatería?
—Sí. Dijo: “Quiero hacer zapatos cómodos, elegantes, y con ventilación estratégica para el sudor podal. El mercado está subestimado”.
—Luego añadió: “Podría diseñar una línea exclusiva para mujeres con arco plantar alto. Sería revolucionario”.
Rose se tapó la cara.
—Esto es peor de lo que pensaba.
Grimm suspiró, acariciando la venda de Rokugo con ternura.
—Lo peor no es eso.
—¿No?
—Lo peor es… que cuando habla de zapatos… suena… feliz.
Y entonces, con voz quebrada, añadió:
—Y eso… me mata de celos.
Rose la miró.
—¿Celos? ¿De… zapatos?
—¡No! —gritó Grimm, agarrándose el pecho—. ¡De los escenarios hipotéticos que mi mente inventa! ¡De las posibilidades!
—¿Qué tipo de… posibilidades?
Grimm entrecerró los ojos, y su voz se volvió un susurro aterrador:
—Que conozca a una zapatera.
—Que se enamore de una clienta con pies perfectos.
—Que abra una tienda junto a Heine y diseñen sandalias demoníacas.
—Que Tilis le encargue una colección real… y se casen por conveniencia fiscal.
—Que Snow, con sus pies aristocráticos, se convierta en su musa…
—Que Alice lo ayude a desarrollar zapatos con GPS y escáner de sudor.
—¡Y que yo… yo solo sea la primera clienta, la que le dio la idea… pero no la dueña del corazón!
Rose parpadeó.
—…Grimm. Eres más peligrosa que un titan enojado.
Grimm se levantó, con el fuego de Zenarith ardiendo en sus pupilas.
—Entonces… tenemos un plan.
Rose asintió.
—Sí.
—Vendaremos sus ojos…
—Lo encerraremos en una cueva oscura…
—Y le daremos un martillo, cuero y clavos.
—Y rezaremos…
—…para que el Rokugo que construya zapatos…
—…no sea el mismo que se enamora de los pies ajenos.
Y así, mientras la luna se alzaba sobre la Ciudad Escondida, Rokugo —el Agente 6, el Destructor de Titanes, el Acosador de Reinas— fue conducido, con los ojos vendados y una sonrisa soñadora, hacia una cueva subterránea bajo las ruinas del Rey del Bosque.
Allí, con una vela apagada y una caja de herramientas, comenzó a tallar su primer zapato.
—Para Grimm —murmuró, acariciando el cuero—. Con refuerzo en la planta… porque camina mucho en la arena.
—Y una suela antideslizante… por si vuelve a caerse al atacar parejas.
—Y… un compartimento secreto… para guardar ofrendas a Zenarith.
En la entrada de la cueva, Grimm lo observaba en silencio.
Y por primera vez…
El silencio en la habitación era denso. El aire cargado no de polvo, ni de humo, ni de vapor de titán… sino de frustración.
Grimm miraba a Rokugo. No con deseo. No con devoción. No con esperanza.
Con agotamiento.
Él ya no era el Rokugo que la hacía reír con sus bromas absurdas, ni el que la hacía gritar con sus insinuaciones pervertidas, ni siquiera el que la humillaba con su indiferencia. Ahora era… esto: un hombre arrodillado a sus pies, con la mirada suave, los gestos cuidados, el tono reverente… y una adoración tan intensa que dolía.
—Rokugo… —dijo Grimm, con la voz quebrada—. Esto… esto ya no es divertido.
Rokugo la miró, sus ojos brillantes, casi vidriosos.
—¿Divertido? ¿Por qué tiene que ser divertido, Grimm? Tú eres lo más sagrado que existe para mí. Yo… solo quiero servirte.
Grimm cerró los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Me equivoqué. Fue egoísta. Fue estúpido. Yo… —tragó saliva—. ¿No quieres volver a ser como eras?
Silencio.
Largo. Profundo.
Rokugo se levantó lentamente. No con arrogancia. No con burla. Con una calma que asustaba más que su rabia.
—Grimm… —dijo, mirando sus manos como si no le pertenecieran—. Lo que tú conociste… ya no está aquí.
Ese Rokugo… era otro hombre. Otro tiempo. Otra vida.
Yo ya no soy él.
Grimm se estremeció.
—¡No es cierto! —gritó, golpeando el suelo con el puño—. ¡Está ahí! ¡Lo sé! ¡Solo tiene miedo!
Rose, que había estado en silencio desde el inicio, se acercó. Sus ojos, normalmente distraídos, estaban alerta… calculando.
—Grimm… —murmuró—. ¿Y si sabe? ¿Y si se está haciendo el loco? ¿Y si esta… actuación es solo una forma de fastidiarte?
Grimm lo miró. Rokugo no reaccionó.
Solo sonrió.
—No. No es una actuación… —dijo Grimm, con voz vacía—. Es peor.
Él cree que es real.
Y entonces, como si el destino hubiera escuchado su desesperación…
—Oye.”
La puerta se abrió sin aviso.
Alice entró, sus pasos fríos, su mirada impasible. Detrás de ella, el Hombre Tigre cargaba una caja metálica con el logo de Kisaragi: PROTOCOLO PSYCHE-7: REESTRUCTURACIÓN VOLITIVA.
Grimm la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué quieres, Alice? ¿Venir a decirme que mi fe es una tontería? ¿Que mis maldiciones son solo “ráfagas de aire caliente”?
Alice asintió, sin rodeos.
—Exacto. Tus maldiciones no son divinas, Grimm. Son psicológicas. Sugestión. Hipnosis inducida por trauma y deseo. Funcionan en mentes débiles… o en hombres como Rokugo, que quieren creer en algo… cualquier cosa.
Se acercó, dejando que la luz de la lámpara iluminara sus ojos mecánicos.
—En Kisaragi… ya hemos tenido que reprogramar agentes antes. No con magia.
Con ingeniería psicológica.
Con condicionamiento aversivo.
Con… La Naranja Mecánica.
Grimm palideció.
—¿Estás diciendo que… podrían arreglarlo?
—No “arreglarlo”. —Alice negó—. Revertirlo. Pero hay riesgos. Podría quedar catatónico. Podría perder la memoria. Podría… convertirse en alguien peor.
Grimm miró a Rokugo. Él la miraba con ojos de perro fiel.
—Haré lo que sea necesario —dijo, con voz firme—. Quiero que vuelva a ser él.
Rokugo se tensó.
—No.
No lo harán.
Y en un instante… atacó.
No con su motosierra. No con su modo Sin Límites.
Con pura, sucia, desesperada violencia humana.
Golpeó a Alice en el abdomen, lanzándola contra la pared. Se lanzó contra Rose, derribándola con un placaje brutal. El Hombre Tigre intentó inmovilizarlo, pero Rokugo lo esquivó con una agilidad que no había mostrado en semanas.
—¡ÉL YA NO EXISTE! —gritó, con la voz ronca—. ¡LO MATARON! ¡LO MATARON CUANDO LE DIJERON QUE ERA UNA NO-MUERTA! ¡CUANDO LE DIJERON QUE ERA UN FALSO PROPHETA! ¡CUANDO LE DIJERON QUE NADIE LO AMABA VERDADERAMENTE!
Grimm retrocedió, asustada… pero no confundida.
Porque en ese grito… había reconocido al verdadero Rokugo.
El que gritaba para no llorar.
El que atacaba para no rendirse.
El que mentía para no sufrir.
—Entonces… —dijo, con voz baja, casi sagrada—. Te lo pido, Lord Zenarith.
Y alzó las manos.
—Paralízalo.
La maldición impactó como un rayo silencioso.
Rokugo cayó de rodillas. Sus músculos se tensaron. Sus ojos se abrieron como platos, pero no podía mover ni un dedo. Solo podía mirar.
Alice se levantó, imperturbable. Rose se acercó, con los ojos llorosos.
—Lo siento, Capitán… —murmuró—. Pero esto… es por tu bien.
Alice abrió la caja. Dentro: un casco neural, cables, un proyector holográfico… y una carpeta etiquetada:
“CONTENIDO – REESTRUCTURACIÓN COGNITIVA (NIVEL 9)”
Con cuidado, le colocaron el casco. Le abrieron los párpados con pinzas mecánicas. Proyectaron la pantalla frente a sus ojos.
Y entonces… empezó.
[La Naranja Mecánica de Kisaragi]
No eran videos de violencia. No eran torturas físicas.
Eran… momentos.
- Rokugo, riéndose mientras Snow lo golpeaba por tocarla sin permiso.
- Rokugo, fingiendo ser un “Ziperman” para asustar chicas y ganar puntos malos.
- Rokugo, burlándose de Astaroth en una videollamada, llamándola “mi reina del hielo”.
- Rokugo, diciéndole a Grimm: “Si te casas conmigo, te compraré un collar… pero solo si me das un tanga a cambio”.
- Rokugo, gritando: “¡SOY EL AGENTE 6, Y NADIE ME CONTROLA!” mientras activaba el modo Sin Límites por primera vez.
- Rokugo… riendo.
Uno tras otro. Sin pausa. Sin descanso. Sin piedad.
Horas.
Días.
Rokugo lloraba. Gritaba. Temblaba. Pero no podía cerrar los ojos.
Hasta que… en la noche del tercer día…
El casco se apagó.
Alice lo retiró.
Rokugo cayó hacia adelante, jadeando.
—…¿Q-qué…?
Levantó la vista. Miró a Grimm. A Rose. A Alice.
Y entonces… sonrió.
No la sonrisa suave. No la sonrisa devota.
La sonrisa socarrona. La sonrisa de mierda. La sonrisa que hacía temblar a los demonios.
—Vaya… —dijo, frotándose los ojos—. Qué película más rara. ¿Dónde la conseguiste, Alice?
¿Está en KisaragiFlix?
Grimm se arrodilló frente a él. No con miedo. No con esperanza.
Con alivio.
—¿Rokugo…?
Él la miró. Y, por primera vez en semanas, le guiñó un ojo.
—Grimm… si me ofreces un collar de nuevo… esta vez te pido que venga con una llave de cuello. Porque si vuelvo a enamorarme de ti… quiero que sea por elección, no por magia barata.
Grimm soltó una carcajada. Llorando. Riendo. Viva.
Rose se abalanzó sobre él y lo abrazó con fuerza.
—¡Capitán idiota! ¡No vuelvas a asustarnos así!
Rokugo, por un instante, se permitió corresponder el abrazo.
Luego, con su vieja voz:
—Vale, ya, ya. Suéltame antes de que te muerda.
Y Alice… —miró a la androide—. La próxima vez que quieran “arreglarme”…
Pidan mi permiso.
O juro por Astaroth que les lleno los sistemas con pornografía del Tercer Planeta.
Alice asintió.
—Notado.
—Y Grimm…
—¿Sí?
—La próxima vez que quieras “reprogramarme”…
—Mmm…
—Usa zapatos.
—¿…?
—Así, al menos, me desmayo antes de que funcione.
Grimm sonrió.
Rose rió.
Alice… casi sonrió.
Y en algún lugar, muy lejos, Zenarith suspiró…
y sonrió.
no sabía si debía reír, llorar… o matar a alguien antes de que fuera demasiado tarde.
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