Bad ending

Aqua dio un paso adelante sin mirar a nadie.

Aqua:
—Si Historia muere… no voy a poder traerla de vuelta.

El silencio cayó de golpe.

—¿Qué? —dijo alguien.
—¿Cómo que no? —dijo otro.

Aqua apretó el bastón con ambas manos. No levantó la vista.

Aqua:
—No es ahora cuando quería decirlo.
—Desde… ese día con Eren.
—Mis poderes no están completos.
—Para esto no me alcanza.

Nadie respondió de inmediato.

Eren la miró. No dijo nada. Sus garras temblaron.

Silvia rió, breve, sin fuerza.

Silvia:
—Qué conveniente.

Historia respiró hondo. No gritó.

Historia:
—Eren.

Eren no contestó.

El Titán Mandíbula se movió.

No fue hacia Historia.

Las garras se cerraron sobre el torso del titán de Silvia. No tiró. No arrancó. Cortó.

Silvia gritó. El cuerpo perdió tensión. El vapor comenzó a salir sin control.

Silvia cayó de rodillas. Ya no miraba a nadie.

Silvia:
—Evaporarse no duele…
—Solo se siente… frío.

Se apoyó en una mano que ya no era sólida.

Silvia:
—Fallé.
—No cumplí la orden.
—Y tampoco… llegué a amar a nadie.

No hubo respuesta.

El vapor la cubrió por completo.

Cuando se disipó, el cuerpo del titán colapsó y quedó inmóvil.

Aqua corrió hacia adelante sin esperar permiso. Cayó de rodillas junto a Historia.

Aqua:
—Historia… mírame.

Eren dio un paso. Luego otro. Se detuvo.

El Titán Mandíbula golpeó el suelo una vez. Luego otra.

La transformación se rompió.

Eren cayó de rodillas, humano otra vez. Golpeó la tierra con el puño. No gritó. El llanto vino después.

Un suspiro salió de los labios de Historia.

Sus ojos se abrieron.

Había gente alrededor. Capas rojas. Voces bajas. La aldea.

Historia intentó incorporarse.

No pudo.

Historia:
—¿…?

Movió la cabeza. Los hombros. Los antebrazos.

El resto no respondió.

Historia:
—No…
—No, no, no.

Yunyun se abrió paso entre la gente y se arrodilló a su lado.

Yunyun:
—Historia, estás viva.
—Estás aquí.

Historia respiraba rápido.

Historia:
—No puedo moverme.

Intentó otra vez. Nada.

El cuerpo del titán seguía allí. Inerte. Unido a ella.

Aqua la miraba en silencio.

Darkness avanzó con la espada en alto.

Darkness:
—Puedo sacarte.
—Solo… dame un segundo.

Clavó la hoja con cuidado.

No hubo resistencia.
No hubo cuerpo.

Darkness retiró la espada lentamente. La miró. Limpia.

El titán reaccionó. La zona donde estaba Historia se regeneró.

Darkness retrocedió un paso.

Darkness:
—No…
—No hay nada.

Aqua cerró los ojos.

Aqua:
—Si mis poderes estuvieran bien…
—Si hubiera podido…

No terminó la frase.

Historia miraba el cielo. Parpadeó varias veces.

Historia:
—Siento el cuerpo.
—Pero no obedece.

Nadie respondió.

Eren seguía arrodillado, con las manos hundidas en la tierra.

La gente empezó a alejarse despacio. Nadie sabía qué hacer.

El titán seguía respirando.
Historia también.

Nada se resolvió ahí.
Solo quedó claro que algo se había roto, y que no iba a arreglarse pronto.

La noticia se esparció rápido en la aldea.

No hubo celebración ruidosa. Tampoco discursos. La gente se acercó de uno en uno. Algunos dejaron comida cerca del carro improvisado. Otros solo se quedaron ahí, sin saber qué decir.

—Gracias —murmuró Historia más de una vez, sin mirar a nadie.

Silvia había sido derrotada. El general del Rey Demonio había caído en su territorio. Para los magos carmesí, eso significaba una recompensa importante. El consejo decidió sin discusión que todo iría a nombre de Historia.

Ella no reaccionó.

Pasaron los días y dejó de hablar. Respondía cuando era necesario. Comía cuando alguien insistía. El resto del tiempo miraba el suelo, o el cielo, o nada.

Eren evitaba mirarla demasiado tiempo.

Una mañana pidió reunirse con las “fuerzas especiales” del clan. Le señalaron un grupo reducido, sentados a la sombra, jugando cartas.

—¿Ustedes? —preguntó.

—Nos turnamos —dijo uno—. Hoy tocaba vigilar… pero hacía calor.

Eren no gritó. Eso fue peor.

Habló de turnos reales. De rutas. De guardias. De no usar títulos si no estaban dispuestos a sostenerlos. No pidió permiso. Dio órdenes. Cuando terminó, nadie se rió.

Ese mismo día, varios magos comenzaron a trabajar en silencio. Madera reforzada. Placas de acero. Un eje simple. No era elegante, pero resistía.

Eren se transformó en el Titán Bestia solo el tiempo necesario para acomodar el cuerpo de Historia en el carro. Lo hizo despacio. Con cuidado excesivo.

—Así al menos… —dijo alguien— podrá moverse.

Historia no respondió.

Yunyun preparó el hechizo sin decir mucho.

—Voy a ir a la capital —avisó antes de partir—. Porco está ahí. Si alguien sabe qué hacer… será él.

La luz los envolvió.

Axel los recibió como siempre: ruido, voces, curiosidad. Eso duró hasta que vieron el carro.

—…¿qué es eso?
—¿Es un golem?
—No, espera…

Armin fue el primero en acercarse.

—Historia… —dijo—. ¿Te transformaste?

Ella negó despacio.

—Ojalá.

Mikasa no dijo nada. Sasha bajó la mirada.

Ymir llegó corriendo. Había oído rumores, pero no eso.

—¿Qué hiciste? —le gritó a Eren, y le dio un golpe seco en el pecho.

Eren no reaccionó.

—¡Ymir! —dijo Historia, alzando la voz por primera vez en días—. Basta.

Ymir volvió a levantar el puño. Se detuvo.

—No fue él —continuó Historia—. Fui yo.
—Hablé de más.
—Me metí donde no debía.

Ymir apretó los dientes. Se acercó al carro y apoyó la frente contra el metal.

—Entonces me quedo —dijo—.
—No te voy a dejar sola.

Aqua observaba desde atrás.

Ahora dormía mal. Comía poco. A veces se quedaba quieta, con una mano sobre el vientre, como si no supiera qué hacer con eso. No decía nada. No podía. No ahora.

Eren volvió a la mansión esa noche.

Usó el poder del Titán Martillo de Guerra sin público. Dividió el terreno. Derribó muros. Dejó un espacio amplio, reforzado, con rampas simples. Cuando terminó, entregó las llaves a Historia.

—Es tuyo —dijo—.
—No es un favor.

Historia miró el lugar. Luego a él.

—Soy una carga —dijo, sin levantar la voz—.
—No puedo moverme sola.
—No puedo luchar.
—No puedo…

Se detuvo. Tragó saliva.

—No era así como quería quedarme.

Eren bajó la cabeza.

Nadie corrigió esas palabras.
Nadie dijo que no fuera cierto.

Solo empezaron, uno por uno, a quedarse cerca.

Lo intentaron todo.

Magia de sellado. Cortes limpios. Separación por capas. Nada funcionó.

El primer intento serio fue con el antebrazo.

—Solo para ver si libera algo —dijo uno de los magos, sin convicción.

El corte fue rápido. El antebrazo se deshizo en vapor. Nadie celebró. Desde el hombro de Historia, la carne titánica volvió a crecer y, en segundos, otro brazo ocupó su lugar.

Historia no gritó. Solo cerró los ojos.

Después probaron lo contrario.

Cortaron solo lo que no parecía titán.

El resultado fue peor.

El cuerpo entero se evaporó, como si hubieran apagado una llama… y desde el punto donde debía estar Historia, el titán volvió a formarse, incompleto al principio, luego estable. Igual que antes.

—No hay forma de aislarla —dijo alguien, finalmente.

Eren no respondió.

Esa noche no volvió.

No dejó una nota. No avisó a nadie. Solo transfirió todo lo que tenía a nombre de Historia y desapareció del mapa. A pie. Rumbo a la aldea de los magos carmesí.

Su idea no la compartió con nadie: convertirlos en algo útil, en algo capaz de acabar con el Rey Demonio. Si eso lo mataba, mejor.

Cuando Aqua se enteró, se quedó sentada en el suelo.

—No… —dijo, en voz baja.

No explicó nada más. No podía. Lo que sabía, lo que debía decir, se le atragantaba. Ver a Historia así ya era suficiente castigo. No iba a añadir el suyo.

Ymir se encargó de alimentar a Historia. Cucharada por cucharada, despacio, sin hablar demasiado.

Fue así como se enteró de lo de Eren.

—Se fue —dijo, sin rodeos—. Solo.

Historia parpadeó.

—No —respondió—. No me dejaría así.

Ymir apoyó la cuchara en el borde del recipiente.

—No te dejó a ti. Se fue porque no pudo con esto.
—Y tú lo sabes.

Historia negó con la cabeza, una y otra vez.

—No —repitió—. No fue por mí.

Ymir respiró hondo.

—Estoy aquí —dijo—. Yo no me voy.

Esa noche, cuando el lugar quedó en silencio, Ymir volvió a acercarse. Historia no estaba mirando al frente. Tenía los ojos perdidos.

—Ymir… —dijo—. No puedo seguir así.

Ymir se apoyó contra el metal y la carne del cuerpo titánico.

—Estoy aquí.

—Mírame —continuó Historia—. Esto no soy yo.

La voz se le quebró.

—No tengo cuerpo. No sé qué hace esta cosa con la comida. No siento mis manos. No siento nada… excepto que estorbo.

Ymir no respondió de inmediato.

—Construyeron una habitación gigante solo para que yo exista —añadió Historia—. Eso no es vivir.

Ymir apoyó la frente contra el hombro que aún era de ella.

—No eres un monstruo —dijo—. Eres la misma persona.
—Y te amo. Así. Ahora. Aunque duela.

Historia abrió los ojos.

—¿Cómo puedes?

—Porque sigo viéndote —respondió Ymir—. No al cuerpo. A ti.

Hubo silencio.

—No voy a dejarte —añadió—. Aunque no sepamos cómo arreglar esto. Aunque nunca se arregle.

Historia no contestó. Pero dejó de temblar.

Eren llevaba semanas en la aldea carmesí.
Y aunque había logrado lo imposible —convertir a un montón de prodigios arrogantes en algo que se parecía a un ejército—, algo andaba mal. Sentía… un vacío. Una bajada súbita de energía, un cansancio que no tenía origen físico. Era como si algo estuviera drenándolo desde adentro.

Los magos carmesí lo notaban.

—Eren, tu aura está apagándose —dijo un anciano—. Eso no es normal.

Eren solo apretó los dientes.
Tenía un objetivo: vengar a Historia y destruir al Rey Demonio.
No necesitaba más.


Mientras tanto, en Axel…

La ausencia de Eren había dejado un silencio extraño. Aqua estaba a punto de dar a luz, el grupo estaba roto, y la ciudad parecía sostener la respiración. La vida seguía, pero torcida, incompleta.

Historia, confinada en su cuerpo de titán cuadrúpedo, luchaba por no hundirse.

Ymir era la única que lograba que comiera, que hablara, que no se desplomara emocionalmente. A veces, al entrar en la habitación gigantesca creada para ella, Historia parecía más estatua que persona.

—¿Quieres ir al gremio hoy? —preguntó Ymir un mediodía.

Historia negó con violencia.

—¡No! ¡No quiero que me vean así! ¡No quiero que me miren como a un animal! ¡Déjame!

Intentó apartar la cabeza, casi golpeando a Ymir.

Pero Ymir no retrocedió.
Nunca lo hacía.

La miró, profunda, con esa mezcla suya de amor y terquedad.

—Estás mintiendo —dijo suavemente.

Historia apretó los dientes.

—Solo me estás evitando, Ymir. No quiero que tú… me veas así.

Ymir respiró hondo… y comenzó a quitarse la capa.

—¿Qué haces? —preguntó Historia, confundida.

Luego se quitó la camisa. La falda.  Las medias. Las botas.

Historia se quedó completamente fuera de su espiral depresiva por primera vez en días.

—¡¿Ymir, qué demonios estás haciendo?! —explotó.

Ymir cruzó los brazos, totalmente desnuda y sin vergüenza.

—Muy simple —respondió—. Si tú no quieres ir al gremio porque te avergüenza que te miren…
—Entonces yo iré así. Sin nada. Que me vean a mí.
—Y así nadie te mirará a ti.

Historia abrió los ojos como platos.

—¡Eso es estúpido! ¡Es ridículo! ¡Es ilegal! ¡Y—!

—¿Tú misma no dijiste una vez que varias aventureras iban en bikini para llamar la atención? —contraatacó Ymir—. Pues yo iré sin bikini. Nada.

Historia no sabía si quería llorar o reír.

—Ymir… por favor… no hagas eso…

—Entonces ven conmigo —respondió Ymir, suave pero firme—. No tienes que hablar. No tienes que ver a nadie. Solo… no te encierres en ti misma. No quiero perderte.

Historia bajó la mirada.
La vergüenza seguía allí… pero ya no era la única emoción.

—Está bien… —dijo, casi susurrando—. Pero… ponte la ropa, ¿sí?

Ymir sonrió triunfante mientras se vestía.

Y, aunque Historia seguía sintiendo que su existencia era una carga… esa noche no lloró.

Era un pequeño progreso.
Pero progreso al fin.

En la aldea carmesí, el entrenamiento jamás se completó.

Eren no cayó en batalla.
No hubo sangre, ni gritos finales.

Simplemente… desapareció.

La maldición que lo había acompañado desde el inicio terminó por alcanzarlo. Su cuerpo se deshizo en vapor ante los ojos incrédulos de los magos carmesí, dejando atrás solo recuerdos fragmentados, órdenes inconclusas y un silencio imposible de llenar.

Cuando la noticia llegó a Axel, lo hizo tarde.
Como todas las tragedias irreversibles.

Aqua, ahora humana, sostuvo a su hijo en brazos frente a una casa demasiado grande y demasiado vacía. Vivía de la ayuda del gremio, agradecida, pero humillada. No tocó ni una sola moneda del dinero que Eren había dejado a Historia. No se sentía digna.


Aquella noche, el peso acumulado terminó de romper a Historia.

Ymir estaba con ella, como siempre. Exhausta, helada, sosteniendo una promesa que ya empezaba a parecer absurda incluso para ella misma.

—Tú no lo entiendes —dijo Historia de pronto. Su voz no era fuerte, pero sí quebrada—. Nunca lo vas a entender.

Ymir no respondió. Esperó.

—Tú puedes irte de tu forma de titán cuando quieras —continuó Historia—. Puedes elegir. Yo no.

El aire en la habitación se volvió denso.

—Rechacé a la princesa —admitió—. No pude soportar la idea de que me viera así. No quiero que nadie me recuerde de esta forma.

Intentó moverse. El cuerpo respondió tarde, torpe, ajeno.

—No soy yo —susurró—. Y ya no sé si alguna vez lo volveré a ser.

Ymir dio un paso adelante. Historia reaccionó con brusquedad, apartándola sin querer. El impacto resonó en la sala vacía.

—¡No te acerques! —gritó—. ¡No finjas que esto se puede arreglar!

Su voz se quebró por completo.

—He pensado cosas horribles, Ymir. Cosas que no debería pensar. Y lo peor… es que ni siquiera tengo el control suficiente como para huir de ellas.

Silencio.

Ymir no discutió. No negó. No corrigió.

Se acercó despacio y apoyó su frente contra la de Historia, como pudo.

—No tienes que ser fuerte ahora —dijo—. Yo puedo serlo por las dos.

Historia temblaba.

—Ya no soy yo…

—Sí lo eres —respondió Ymir con firmeza—. Sigues siendo tú. Incluso ahora. Especialmente ahora.

Ymir tomó una decisión sin pedir permiso.

Se hirió.
La transformación llegó de inmediato.

El Titán Mandíbula se inclinó frente a ella, no como arma, sino como presencia. Con cuidado imposible para un cuerpo así, Ymir apoyó su frente contra la cabeza del titán cuadrúpedo de Historia.

Un gesto torpe. Ridículo. Inútil.

Perfecto.

—No me importa la forma —dijo Ymir—. Me importas tú.

Historia dejó escapar una risa húmeda.

—Eso es lo más impráctico que has dicho jamás…

—Entonces es una gran idea —respondió Ymir.

Historia cerró los ojos.

—Gracias… Yo también te amo.

Nada estaba resuelto.
Nada estaba curado.

Pero mientras Ymir permaneciera allí,
la oscuridad no ganaría del todo.


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