Rokugo en snk 2024 cap 5

El grupo se reunió alrededor del cuerpo inerte de Grimm. La falta de agua y alimentos comenzó a pasarles factura. Aunque nadie lo dijo en voz alta, la idea de comerse a Grimm para sobrevivir cruzó sus mentes.

Rose, incapaz de contenerse, miró el cuerpo de Grimm con hambre.

—¿Podemos... ya saben? —dijo, con una sonrisa incómoda.

Rokugo se llevó las manos a la cabeza, tratando de mantener la compostura.

—¡No podemos comernos a Grimm! Todavía podemos revivirla si la llevamos al templo de Zenarith en Grace.

Rose bufó, cruzando los brazos.

—¿Comernos a Grimm? No podemos comernosla.. o ¿si podemos? 

la oportunidad de revivirla. Además, dudo que comernos a Grimm nos ayude tanto como piensan.

Snow, tratando de desviar la atención, se ofreció.

—Rokugo... si necesitas puntos malos, puedes usarme. Haz lo que quieras, no me importa.

Rokugo suspiró y lo intento sin recibir puntos malos.

—Snow, No funciona si es consensuado. —Hizo una pausa, mirando a Grimm—. Ni siquiera mirar debajo de la falda de Grimm sirve. Está muerta, no cuenta.

Alice, mirando los restos de Grimm, ofreció una alternativa más práctica.

—Deberíamos continuar antes de que salga completamente el sol. Si la dejamos aquí, perderemos

Al caer la noche, el grupo armó la carpa comprimible de Kisaragi para descansar. Snow, cargando a Grimm, se ofreció a vigilar el perímetro junto a Alice.

—Rokugo, tú quédate con Rose. —dijo Snow con un tono que mostraba confianza—. Necesito un descanso de tus tonterías, y tú necesitas reflexionar un poco.

Rokugo alzó una ceja, pero no protestó. Sabía que Rose era un problema menor en comparación con el peso de cargar a Grimm y el humor implacable de Snow.

Mientras Rokugo intentaba relajarse dentro de la carpa, Rose se le acercó

—Tengo tanta hambre... —dijo con una sonrisa que mostró sus dientes afilados—. Si no como algo pronto, puede que te coma a ti, Rokugo.

Rokugo soltó una carcajada, pensando que era una de las extrañas bromas de Rose.

—Vaya manera de coquetear, Rose. Mira, soy mucho mayor que tú. Hay reglas sobre esas cosas, y además...

Antes de que pudiera terminar la frase, Rose se abalanzó sobre él y le mordió la mano con una fuerza sorprendente.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —gritó Rokugo, apartándola de un empujón.

Rose lo miró, sus ojos brillando con un hambre que no era del todo humana.

—No estoy bromeando. Estoy hambrienta. Si no como algo, empezaré contigo.

Rokugo se levantó de inmediato, sujetando su motosierra circular.

—¡Muy bien, pequeña bestia! Soy el agente especial 6, Rokugo de la corporación Kisaragi, y ahora obtendré mis puntos malos contigo.

La batalla dentro de la carpa fue caótica. Se escuchaban los rugidos de Rose y los gruñidos de Rokugo mientras luchaban cuerpo a cuerpo. Golpes, mordidas y arañazos resonaban en el silencio del desierto. Desde el exterior, el sonido era como si un hombre estuviera peleando a puño limpio contra una bestia salvaje.

Finalmente, Rokugo salió de la carpa, arañado y con los nudillos ensangrentados. Rose estaba inconsciente detrás de él, con marcas de golpes en su rostro, pero nada grave. Rokugo miró su brazalete, satisfecho.

—¡Puntos malos llenos! —dijo, riendo entre dientes.

Cuando Snow y Alice regresaron, vieron a Rokugo cubierto de arañazos y sangre, y a Rose inconsciente en el suelo de la carpa.

—¿Qué pasó aquí? —preguntó Snow, alarmada.

Rokugo, tratando de mantener su tono despreocupado, respondió:

—Nada grave. Rose tenía hambre y decidió que yo era el plato principal. La dejé inconsciente antes de que pudiera morderme algo más importante.

Alice revisó a Rose y luego miró a Rokugo.

—Al menos parece que lo manejaste con precisión. ¿Y los puntos malos?

Rokugo sonrió y levantó su brazalete.

—Suficientes para canjear agua y otro vehículo.

Alice rápidamente usó los puntos para adquirir un transporte nuevo y varias raciones de agua comprimida. Con el nuevo vehículo, cargaron a Grimm y se dirigieron de regreso al Reino de Tilis. 

El grupo llegó al templo al anochecer. Lo primero que hicieron al llegar fue tomar comida en abundancia, llenando sus estómagos después de días de hambre y estrés. Luego, llevaron el cuerpo inerte de Grimm al altar del templo.

Rokugo miró a Snow, quien parecía más tranquila ahora que estaban de regreso.

—Bueno, espero que este ritual funcione, porque no tengo más paciencia para revivir a Grimm si esto falla.

Snow asintió, colocando una pequeña ofrenda en el altar.

—Funcionará. Lo hace siempre... eventualmente.

La reprimenda de la princesa Tilis

El grupo de Rokugo se reunió con la princesa Tilis en el salón del trono después de regresar del desierto. El ambiente era tenso, y la princesa no ocultaba su irritación.

—¿Así que regresan sin las nueces de agua? —preguntó Tilis con una mezcla de decepción y enojo—. ¿Saben cuánto necesitamos esos recursos para sostener el reino?

Snow, bajando la cabeza, intentó justificarse.

—Su Alteza, enfrentamos al Rey de la Arena, Al parecer las plantas donde crecen las nueces de Agua son parte de el , perdimos nuestro transporte, y... Grimm murió temporalmente.

La princesa suspiró y negó con la cabeza.

—Eso no cambia nada. ¡El fracaso sigue siendo fracaso! Snow, como líder del grupo, te descontaré más sueldo. Si esto sigue así, te quedarás trabajando gratis.

Rokugo sonrió maliciosamente, murmurando para sí mismo:

—Al menos no soy yo quien está pagando las consecuencias.

Tilis los interrumpió antes de que pudieran discutir más.

—Dejemos este desastre atrás. Hay algo más urgente que necesitan hacer. Heine y Russel están en las ruinas de Toris buscando un arma antigua. Deben infiltrarse ilegalmente en Toris y obtenerla antes que ellos. Es una misión crítica 

De vuelta en la base de Kisaragi, mientras Rokugo y su equipo se preparaban para la nueva misión, el Hombre Tigre observaba desde un rincón con los brazos cruzados.

El hombre tigre, que había estado callado durante gran parte del viaje, finalmente no pudo contener su frustración.

—¡Yo también quiero explorar las ruinas, nya! —se quejó, mirando con envidia a Alice mientras ella manipulaba los controles del vehículo.

Alice le dirigió una mirada rápida antes de responder con su tono calculador.

—Las ruinas fueron invadidas por el Lord Demonio y Toris. Vienen a luchar contra Grace, así que no es un lugar para que un grupo de soldados vagos como nosotros se interne. Necesitamos que lideres un grupo de soldados en el bosque de Grace para evitar cualquier incursión del enemigo mientras nosotros nos adelantamos a las ruinas, mientras nosotros nos adelantamos a las ruinas a buscar el "arma antigua".

El hombre tigre gruñó en voz baja, claramente descontento con la respuesta, pero sabía que Alice tenía razón. No podía evitar sentir celos de los que tenían la oportunidad de explorar.

—¡Me parece injusto, nya! ¡Pero está bien! ¡Lucharé contra esos demonios en el bosque!

Mientras tanto, el grupo continuaba su viaje hacia las ruinas. En el vehículo, el ambiente era tenso. Rose, que no había dicho mucho en el camino, finalmente rompió el silencio con una pregunta que le ardía en la lengua.

Rokugo, Alice, Snow, Rose y Grimm se prepararon para partir hacia las ruinas de Toris. Grimm, aún algo afectada por su experiencia en el desierto, miraba sus pies con desconfianza.

—No puedo creer que me obligaran a usar calcetines, —murmuró.

Rokugo soltó una carcajada.

Snow, ajustando su equipo 3D, suspiró con frustración.

—Espero que esta misión sea más organizada que la última. No podemos permitirnos otro desastre.

Rose, sentada en el techo del vehículo que canjearon, mordisqueaba una barra energética.

—¿Qué tan peligrosa puede ser una ruina? 

Alice, con su tono habitual, intervino:

—Según los registros de las ruinas, es probable que encontremos trampas, criaturas antiguas y enemigos. Su concepto de "diversión" parece altamente subjetivo.

Rokugo encendió el motor del vehículo, mirando a su equipo.

—Muy bien, mis queridos inadaptados. Es hora de demostrarle a la princesa que somos los mejores... o al menos los únicos que tienen el valor suficiente para hacer esto.

Con eso, el grupo partió hacia las ruinas, preparados para enfrentarse a lo desconocido una vez más.

—¿Por qué me restregaste tu exhibicionismo en la cara del príncipe, comandante? —dijo Rose, mirando a Rokugo con una ceja levantada. —Eres un verdadero tonto, ¿sabías eso?

Rokugo, un tanto avergonzado, intentó defenderse.

—¡Esa no era mi intención! Además, tú… tú puedes ser muy cruel, Rose. No olvides que en nuestra misión anterior intentaste comerme vivo, ¡literalmente!

Rose se encogió de hombros, como si no le importara lo más mínimo.

—¿Hice qué? No recuerdo nada de eso.

Rokugo suspiró, murmurando para sí mismo.

—Claro, una excusa conveniente.

Snow, que había estado en silencio por un rato, de repente empezó a sollozar, su rostro cubierto por las manos mientras las lágrimas caían sin control.

—¡Me retuvieron mi sueldo! ¡No puedo soportarlo! —sollozó, casi con desesperación.

Alice, incapaz de soportar más los llantos de Snow, suspiró con resignación.

—Está bien, Snow. Si eres útil en esta misión, te subsidiaré, como hago con Rokugo. No quiero más llantos.

Snow, con los ojos llenos de esperanza, de inmediato se lanzó a abrazar a Alice, gritando de felicidad.

Snow levantó la cabeza de inmediato, con una sonrisa radiante.

—¿Hablas en serio, Alice? ¡Eres un ángel! —Snow se lanzó a abrazar a Alice, pero al hacerlo, casi hizo que el vehículo se volcara.

—¡Cuidado! —gritó Rokugo, girando el volante para estabilizar el vehículo—. ¡¿Quieres matarnos antes de llegar a las ruinas?! 

Tras calmarse, Snow suspiró y se acomodó en su asiento.

—El dinero lo es todo en la vida, ¿saben? Por dinero, haría cualquier cosa: traicionaría a mis compañeros, mataría a mis conocidos... incluso a mis padres, si los hubiera conocido.

Rokugo la miró por el retrovisor, sorprendido por lo seria que parecía.

—¿Hablas en serio?

Snow lo miró con una expresión fría.

—Por supuesto. El dinero mueve el mundo.

Alice, con su lógica de robot, comentó con desaprobación:

—Snow, eres una basura de persona.

Rokugo, en japonés para que solo Alice lo entendiera, añadió:

—Sabes, Alice, creo que Snow podría servir en Kisaragi. Tiene lo necesario para ser un agente.

Alice respondió en el mismo idioma:

—Discrepo. Snow no es lo suficientemente mala. Solo es una cretina, codiciosa, arruinada y cae más bajo cada día.

Snow, sin entender una palabra, sonrió creyendo que la estaban halagando.

—¡No sé qué están diciendo, pero gracias! ¡Sabía que en el fondo me respetaban! 

Snow, sin entender una palabra de japonés, asumió que Alice la estaba elogiando por la forma en que hablaban. Sonrió, satisfecha con su interpretación errónea.

—¡Sí! ¡Lo sé! ¡Soy genial! —dijo alegremente, sintiéndose más importante de lo que realmente era, sin saber que Alice acababa de calificarla negativamente.

Llegada a las ruinas

Cuando finalmente alcanzaron las ruinas, la estructura antigua se alzaba imponente bajo la luz de la luna. Rokugo apagó el motor y miró al grupo.

—Muy bien, inadaptados. Prepárense para lo peor. No tengo idea de lo que nos espera aquí, pero espero que sea algo que me dé muchos puntos malos.

Rose bajó del vehículo con una sonrisa.

—Espero que haya algo delicioso para comer.

Snow ajustó su equipo 3D, decidida a demostrar su valía.

—Estoy lista. Esta vez no fallaré.

Grimm, despertando lentamente, se frotó los ojos y murmuró:

—Espero no morir aqui.

Alice verificó su brazalete y miró a Rokugo.

—Según nuestros datos, estas ruinas contienen tecnología que podría ser peligrosa. Procedamos con precaución. 

El grupo se posicionó cerca de las ruinas, ocultándose tras una formación rocosa. Rokugo ordenó a todos quedarse quietos y observar.

—No hagamos nada estúpido. Solo observaremos y analizaremos lo que ocurre. No atacaremos el campamento de Heine. Al menos no todavía.

Alice usó sus ojos digitales para examinar la estructura.

—Esta civilización... —murmuró mientras procesaba la información—. Es increíble. Parece tan avanzada como Kisaragi. Estas ruinas no son solo una construcción antigua, sino un centro de fabricación. Los sistemas automatizados aún están activos, lo que indica que esta instalación estaba diseñada para fabricar armamento sin que los habitantes del planeta 407 lo supieran. 

El equipo acampaba a una distancia prudente de las ruinas. 

Rokugo, que estaba sentado cerca del fuego, observó a Grimm con una expresión fría y distante.

—Tu última misión no hizo nada, Grimm —respondió, casi como si no le importara en lo más mínimo.

Grimm frunció el ceño, su rostro se endureció por la frustración.

—¡¿Qué?! ¡¿Estás diciendo que no hice nada?! —su tono se tornó sarcástico—. ¡Soy mucho más útil de lo que tú crees, Rokugo!

Rokugo no se inmutó. Su mirada seguía fija, distante.

—Haz lo que quieras, Grimm, pero no estamos aquí para jugar tus juegos. —dijo con indiferencia, dejando claro que su opinión no cambiaría.

El enojo de Grimm aumentó, y estaba a punto de contestar, cuando Snow, que había estado escuchando la conversación, intervino.

—¿Y si aprovechamos que Heine y Russel están dormidos? —sugirió con voz baja, mirando en dirección a las figuras dormidas cerca de las ruinas. —Solo hay unos orcos como guardias. Podemos ir a matarlos mientras duermen.

La propuesta de Snow dejó a Grimm paralizada por un momento. No le gustaba la idea de atacar a alguien mientras dormía, pero algo en su mirada lo hacía reconsiderarlo.

—Snow, se supone que eres una caballero —dijo Grimm, su voz cargada de incomodidad.

Rose, que había estado callada hasta ese momento, intervino rápidamente para detener la sugerencia.

—¡No hagas eso, Snow! —dijo con un tono tajante—. No te dejes influenciar por lo mala persona que es Rokugo. No podemos ser tan crueles.

Rokugo, al escuchar esto, se rió de manera despectiva.

—Ese plan es muy aburrido, pero igual, descansad. —dijo, desechando la sugerencia de Snow como si no tuviera importancia. —Lo mejor es que Heine y Russel acaben con todas las trampas de las ruinas primero. Luego los seguiremos y, cuando estén cansados, los atacaremos por la espalda.

Las palabras de Rokugo fueron como una chispa que encendió la ira de Grimm, Rose y Snow.

—¡¿Qué?! —exclamó Grimm, indignada—. ¿Vamos a esperar a que se cansen para atacarles por la espalda? ¡Esa no es una estrategia!

Snow, frunciendo el ceño, también mostró su desaprobación, mientras que Rose parecía aún más disgustada por la actitud de Rokugo.

—Esto es absurdo. —dijo Rose con un tono mordaz. —Nunca pensé que el comandante Rokugo fuera tan cobarde. ¿Qué le pasa?

Pero Rokugo, imperturbable, les dirigió una mirada desafiante.

—El plan es el plan —dijo con frialdad, sin importarle las opiniones de sus compañeros—. Cuando estemos dentro, veremos cómo se desarrolla todo. Mientras tanto, descansad. 

—Esto es ridículo... No puedo creer que esté pensando lo mismo que tú, Rokugo. —Suspiró Snow profundamente—. Tal vez convivir contigo me está corrompiendo.

Rokugo se giró hacia ella, con una sonrisa burlona.

—Eso no es algo malo, Snow. Te estás volviendo más eficiente. Bienvenida al lado práctico de la vida. 

El grupo pasó la noche ocultos, observando el campamento enemigo. Alice seguía registrando movimientos, asegurándose de que no hubiera sorpresas.

Al amanecer, Rokugo reunió a todos.

—Muy bien, esta noche entraremos. Sigilosamente, sin llamar la atención, y esperaremos a que Heine y Russel lleguen al arma. Solo entonces atacaremos.

Snow ajustó su equipo 3D y miró al horizonte.

—Espero que esto no termine en otro desastre.

Cuando la noche cayó, Rokugo y su grupo se adentraron sigilosamente en las ruinas, siguiendo de cerca a Heine y Russel. Las instalaciones internas eran vastas, llenas de corredores oscuros y maquinaria oxidada que aún funcionaba como si nunca hubiese pasado el tiempo. Los sistemas automatizados defendían el lugar, con trampas y drones mecánicos que patrullaban las áreas clave. 

todos los miembros del equipo se sintieron un escalofrío al ver la estructura gigantesca que se alzaba ante ellos. La civilización que había construido esas ruinas era tan avanzada como Kisaragi. La estructura parecía un antiguo centro de fabricación, y algo en su aspecto, con sistemas automatizados aún en funcionamiento, daba la sensación de que estaba en defensa. Los miembros del equipo sabían que no era solo una instalación cualquiera, sino un complejo militar de armas que los habitantes del planeta 407 nunca habían imaginado.

Alice observó la estructura con binoculares, sus ojos entrecerrados mientras leía los labios de dos figuras que salían de las instalaciones: Heine, la demonio, y Russel, el niño quimera.

El equipo se adentró discretamente en las ruinas. Rokugo, con su característico aire de confianza, miraba las estructuras con una mezcla de asombro y desaprobación.

—Estas ruinas... —comentó en voz baja, mirando las luces de los focos encendidos que parecían salirse de una película de ciencia ficción. —Es como si estuviéramos dentro de una película del futuro.

Alice, que lo escuchó, frunció el ceño mientras caminaba detrás de él.

—Sí, las ruinas son impresionantes, pero mi hipótesis sigue en pie: esta civilización desapareció debido a guerras. No hay otra explicación para tanta destrucción.

Rokugo asintió lentamente, pero parecía más interesado en el camino que en la conversación.

Rose, por su parte, miraba a su alrededor, con una sensación extraña en su pecho. Sus ojos recorrían cada rincón, como si el lugar le resultara familiar, a pesar de nunca haber estado allí.

Alice observaba todo con fascinación, procesando información constantemente.

—Este lugar es sorprendente. Parece un centro de fabricación de armas completamente automatizado, —dijo, mientras sus ojos digitales brillaban con los datos recopilados—. No puedo evitar notar la similitud con las instalaciones de Kisaragi.

—¿Crees que alguien de Kisaragi estuvo aquí antes? —preguntó Rokugo, intrigado.

—No necesariamente. La convergencia tecnológica puede explicar las similitudes. Pero algo aquí no cuadra. Es como si esta instalación estuviera diseñada para permanecer activa indefinidamente.  

—¿Sabéis? —comentó en voz baja, casi para sí misma—. Estas ruinas... me parecen tan familiares. Como si ya las hubiera visto antes, o quizás, como si alguna vez las hubiera sentido cerca.

—Este lugar... —dijo en voz baja, observando las altas paredes de concreto y metal—. 

—Entonces será mejor que tengamos cuidado. —Rokugo comentó, mientras ajustaba su cinturón de armas—. ¿Sabes si hay trampas?

Alice asintió, mirando las cámaras de seguridad aún operativas.

—Lo que queda de este lugar parece estar en perfectas condiciones, pero si algo no anda bien, no lo sabremos hasta que nos toque.

Rokugo frunció el ceño. Algo en su interior le decía que había más de lo que parecía.

 El grupo de Kisaragi continuaba su avance sigiloso por el complejo, pero Snow estaba distraída, visiblemente inquieta. Sus ojos recorrían con avidez cada rincón en busca de algo que pudiera ser útil, algo valioso.

—¿Crees que alguna de esta tecnología podría valer algo en el mercado? —preguntó Snow, claramente desesperada. Sus manos no dejaban de moverse nerviosamente, buscando alguna pieza que pudiera llevarse.

Alice, que caminaba unos pasos adelante, observó cómo Snow trataba de rascar y sacar piezas de un robot viejo que yacía en el suelo, cubierto de polvo y óxido. Sus circuitos chisporroteaban, pero la mayoría de las máquinas estaban inactivas debido a la falta de mantenimiento.

—Esos robots no valen nada —dijo Alice con un suspiro de frustración—. Están demasiado descompuestos, Snow. No creo que puedas vender algo así.

Pero Snow no parecía dispuesta a darse por vencida. Levantó una parte del brazo de uno de los robots, intentando guardarla en su mochila.

—¡Con algo se empieza! —exclamó, claramente convencida de que podría encontrar alguna forma de sacar algo de provecho.

Desde las sombras, el grupo observó cómo Heine y Russel sorteaban las trampas de la instalación. Heine, con su usual actitud confiada, parecía estar liderando, mientras Russel seguía sus pasos con determinación. Alice, usando su habilidad de lectura de labios, les interpretaba en tiempo real.

—¡Cuidado, pequeño! —rió Heine, mientras su tono era claramente protector. Russel, aunque joven, no parecía intimidado por la situación. Sonrió mientras se incorporaba, mirándola como si ella fuera su hermana mayor.

—¡Ya voy! ¡No soy tan pequeño! —respondió Russel con una sonrisa traviesa, antes de activar una trampa y hacer que el robot se desintegrara en una nube de chispas.

Rokugo, que observaba la escena desde la distancia, notó algo interesante. Su mirada se centró en Russel, viendo con atención lo que sucedía.

—¿Ves eso? —dijo Rokugo, su tono serio—. Ese niño... tiene la capacidad de generar agua, y además, parece ser capaz de curar a Heine.

Alice, que había estado prestando atención también, frunció el ceño.

—Eso podría ser útil... —murmuró, pensativa.

Heine, sin embargo, se detuvo por un momento y, mientras observaba a Russel con una mirada cálida, comenzó a hablar con él.

—Russel, el plan de Lord Demonio es usar tus habilidades para destruir al Titan Topo Rey de Arena —comentó Heine con seriedad—. Pero, incluso si lo logras, no dejaré que mueras en el proceso. Nadie más tiene el derecho de quitarte la vida.

El equipo de Kisaragi, escondido detrás de unas columnas caídas, escuchó toda la conversación.

—Russel está hablando de que necesita estar vivo para usar el arma, —informó Alice—. Parece que tiene algún tipo de conexión con lo que buscan.

—¿Y qué dice Heine? —preguntó Snow, mientras ajustaba su equipo 3D.

—Le está diciendo que, incluso después de eliminar al Rey de la Arena, no permitirá que muera, —respondió Alice, su voz carente de emoción pero clara.

Rose observó la interacción entre los dos demonios y murmuró:

—Parece que tienen una relación similar a la de una hermana mayor y un hermano menor.

Rokugo, observando con una expresión calculadora, se giró hacia Grimm y la despertó con una sacudida brusca.

—Grimm, maldícelos. Quítales su magia para que mueran en una trampa. —dijo Rokugo, de forma fría y sin mostrar piedad.

Grimm parpadeó, todavía medio dormida.

—No puedo maldecir a alguien si no sabe que lo estoy haciendo. Las maldiciones requieren que la víctima sea consciente de la intención.

Rokugo frunció el ceño.

—Bueno, no importa ahora. Vamos a esperar hasta que lleguen al arma. Entonces los atacaremos. 

Rose, que había estado escuchando en silencio, se acercó rápidamente a Rokugo, mirando a los demás miembros del equipo con preocupación.

—¡No lo hagas! —exclamó Rose, casi suplicante. —¡Heine y Russel están esforzándose! No merecen eso.

Snow, aunque igualmente disgustada, se mantenía en silencio por un momento, pensativa. Al final, habló con una mirada fría.

—Es lo que debemos hacer... Si Rokugo lo dice, será por algo —dijo, con una falsa calma—. Además, al terminar esta misión, Alice me dará un bono, ¿verdad?

Alice, al escuchar las palabras de Snow, levantó una ceja y asintió ligeramente.

—Sí, lo haré. Pero no lo hagas por el bono, Snow. Hazlo porque es lo que se debe hacer.

Grimm asintió, mirando hacia el frente.

—Es cierto. No me importa mucho el honor, pero esto se siente mal.

Snow, quien había estado callada, finalmente habló.

—Y pensar que mi primera idea fue atacar el campamento y luego ir por el arma. Eso es igual de deshonroso. —Suspiró profundamente—. Tal vez convivir tanto contigo me está corrompiendo, Rokugo.

Rokugo sonrió, sin mostrar un ápice de culpa.

—Es simple pragmatismo, Snow. Sobrevive el que juega más inteligente, no el más honorable.

Alice, siempre lógica, comentó:

—Si alguno de ustedes prefiere enfrentar las defensas de la instalación directamente, es libre de hacerlo. Pero esta estrategia tiene la mayor probabilidad de éxito.   

Mientras se acercaban a la entrada principal Heine, había formado una estrategia para desactivar las barreras de seguridad, mientras Russel estaba más interesado en los controles internos.

—Vas a necesitar mi ayuda para poder entrar, ¿verdad? —dijo Heine con una sonrisa fría mientras lanzaba un explosivo controlado que destruyó parte de la puerta de seguridad.

—Déjame hacerlo. —respondió Russel, mirando las enormes pantallas que se encendían a su alrededor—. ¡Encontré lo que buscaba!

Rokugo y las chicas, manteniéndose a unos metros de distancia, observaron en silencio. No podían hacer mucho por el momento.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Rose, mirando hacia la construcción.

—Nada. —dijo Rokugo, sus ojos clavados en la figura de Russel, que ya se había aproximado a un robot gigante que se encontraba dentro de la instalación. 

 El aire estaba cargado de tensión mientras Heine y Russel seguían adelante en las ruinas, atravesando pasillos oscuros y evitando trampas. Al final, llegaron a una gran cámara subterránea donde, en el centro, reposaba una gigantesca figura humana, cubierta por una capa de polvo y telarañas. Era un robot, pero no cualquier robot. La estructura, de proporciones colosales, parecía haber sido hecha a medida para enfrentar a los titanes. Tenía el cuerpo de un guerrero, con armaduras pesadas y sistemas de armas que evidenciaban un diseño primitivo pero eficaz.

—Esto... ¿esto es lo que estábamos buscando? —preguntó Russel, su voz llena de asombro y fascinación mientras se acercaba al robot.

Heine observó la máquina en silencio, su rostro serio. Cuando habló, su voz sonaba algo amarga.

—Parece que sí... —dijo, suspirando—. Una antigua máquina de guerra. Pensada para enfrentarse a los titanes. Probablemente fue diseñada en una época cuando la humanidad aún luchaba por sobrevivir.

Russel, que había estado examinando el robot, se tensó al escuchar sus palabras. Se giró hacia Heine, con una expresión de enojo que no podía ocultar.

—¿Sabes qué? —dijo Russel, casi susurrando con furia—. Odio a los humanos. Ellos son los que nos han arrastrado a todo esto, los que nos condenaron a vivir esta maldita existencia. No importa cuántos de nosotros mueran, siempre lo hacen por alguna causa estúpida de los humanos.

El grupo de Rokugo llegó finalmente al corazón de las ruinas, donde un gigantesco robot humanoide descansaba en posición reclinada. La máquina, diseñada con una estructura robusta y múltiples armas integradas, parecía lista para enfrentar a los titanes más grandes.

—Esto no es un arma común, —comentó Alice, escaneando el robot con sus ojos digitales—. Es un coloso mecánico diseñado específicamente para enfrentar titanes colosales.

Russel, parado junto al robot, miraba la máquina con reverencia y una chispa de odio en sus ojos.

—Con esto, la humanidad pagará por sus crímenes, —dijo con rabia contenida.

Heine, a su lado, cruzó los brazos y habló con un tono más personal:

—No odio a toda la humanidad. Solo hay un humano al que detesto profundamente. —Sus ojos brillaron con furia, dejando en claro que hablaba de Rokugo.

Desde las sombras, Rokugo murmuró:

—Bueno, parece que alguien está obsesionada conmigo. No la culpo, soy bastante encantador.   

Russel guardó silencio por un momento, reflexionando sobre las palabras de Heine. Finalmente, se acercó a la consola del robot y comenzó a examinarla con rapidez, buscando alguna forma de activarlo. Sus dedos presionaban botones y deslizaban palancas, pero el sistema parecía estar inactivo desde hace mucho tiempo.

Rokugo aprovechó un momento de distracción y, en un movimiento rápido y sucio, golpeó a Russel con una patada directa y baja

—No tan rápido, niño.

Heine reaccionó al instante, girándose para enfrentar a Rokugo, quien, junto con Alice, Snow, Rose y Grimm, apareció del otro lado de la sala, rodeando a Russel y Heine.

—¡Siempre funciona! —exclamó Rokugo mientras Russel se doblaba de dolor y caía al suelo.

Snow, por su parte, usó su equipo 3D para atacar a Heine por la espalda. Aunque logró herirla ligeramente, Heine se giró y les lanzó una mirada furiosa.

—¡¿Cobardes?! —gritó Heine—. ¿Nos han estado siguiendo todo este tiempo para aprovecharse de nuestro trabajo? ¡Son la peor escoria!

—Gracias por el cumplido, —respondió Rokugo con una sonrisa burlona—. Lo tomaré como un reconocimiento a mi ingenio. 

—¡Malditos tramposos! —exclamó Heine, su rostro distorsionado por el enojo—.  ¿Están tan desesperados por aprovecharse de nuestra fatiga?

Rokugo, imperturbable, dio un paso hacia adelante y sonrió de forma burlona.

—Sorpresa. Yo soy el malo. —dijo, con sarcasmo—

Alice, por otro lado, parecía preocupada al ver a Russel aún consciente pero débil.

—Está bajo el pulso. Necesita primeros auxilios, Rokugo —dijo Alice, mirando al niño con algo de compasión, aunque trataba de ocultarlo.

Mientras Heine estaba ocupada enfrentando a Snow, Russel, aún adolorido, sonrió de forma peligrosa. Bajó su ritmo cardíaco deliberadamente, haciendo que su pulso casi desapareciera. Alice, al observarlo, pensó que estaba muriendo.

—No podemos permitir que muera, —dijo Alice con su lógica fría, sacando una inyección de adrenalina y aplicándosela.

Rokugo, visiblemente molesto, se giró hacia ella con rapidez.

—¿Primero auxilios? ¡Rápido, Alice! Hazlo.

Alice se acercó a Russel y comenzó a tratarlo con cuidado. Mientras tanto, Snow, Rose y Grimm intercambiaron miradas de arrepentimiento. No estaban tan seguros de que esta fuera la forma correcta de hacer las cosas.

Cuando Russel recuperó el conocimiento, su mirada se encontró con la de Rokugo, quien lo observaba con una sonrisa sádica.

—Levántate —ordenó Rokugo—. Termina de liberar la máquina.

Russel, con dificultad, se incorporó y, aunque se sentía débil, caminó hacia el robot. Sus manos temblaban ligeramente al activar el último de los controles. Cuando los sistemas del robot comenzaron a cobrar vida, una luz roja brillante iluminó la sala. Sin embargo, cuando la figura del robot se puso de pie, algo inesperado ocurrió.

Lo que Alice no sabía era que ese era el plan de Russel. Al recibir la inyección, recuperó su fuerza y rápidamente subió al robot gigante, activándolo con una conexión directa.

Russel, con un destello de decisión en los ojos, corrió hacia la estructura metálica y, en lugar de activar las armas, comenzó a trepar por el interior del robot. En un par de minutos, Russel estaba completamente dentro del sistema del robot, controlando sus movimientos con sorprendente habilidad.

—¡Idiotas! —gritó Russel desde el interior del coloso—. ¡Ahora este poder es mío! 

Heine, observando la escena, se preparó para lo inevitable. De un solo movimiento, lanzó una piedra que había guardado en su bolsa y, en un parpadeo, desapareció en una nube de humo, teletransportándose fuera de la sala.

Rokugo, sorprendido por la rapidez del cambio, levantó la vista, y vio cómo el robot gigante se erguía ante él, con Russel ahora pilotándolo.

—¡Maldito! —gritó Rokugo, levantando la voz—. ¡Esto no termina aquí!

Pero el gigante, con sus enormes puños cerrados, se preparaba para enfrentar a Rokugo, quien se encontraba completamente vulnerable frente a la máquina de guerra.

Russel, desde dentro del robot, miró hacia abajo con una sonrisa llena de desafío.

—Es hora de que paguen por todo lo que hicieron.

—¡Vas a ver lo que puedo hacer ahora! —gritó Russel mientras el robot se ponía en pie y comenzó a mover sus enormes brazos.

En cuestión de segundos, el robot gigante comenzó a destruir la construcción, desintegrando las paredes y activando sistemas de defensa que apenas podían seguirle el ritmo. Los disparos láser y los cohetes comenzaron a volar por todo el lugar.

Rokugo observó la escena en silencio, sabiendo que era el momento de actuar.

—Chicas, al suelo. —dijo, sin volverse hacia ellas. - Corran a la salida 

El coloso mecánico haciendo que la tierra temblara a su alrededor. Con un movimiento imponente, aplastó parte de las ruinas, causando que escombros comenzaran a caer por todas partes.

—¡Eso no está bien! —gritó Rose, mirando cómo los escombros bloqueaban la salida.

—¡Corran hacia la salida! —ordenó Rokugo, esquivando trozos de concreto que caían.

Alice, siempre metódica, intentó trazar la ruta más rápida mientras cargaba una pequeña cantidad de explosivos en caso de que necesitaran abrirse paso.

Grimm, aún medio adormilada, se tambaleaba detrás de Rose, quien la cargó en su espalda para evitar que quedara atrapada.

—¿Por qué siempre nos pasan estas cosas? —se quejó Grimm, agarrándose con fuerza.

Snow, con su equipo 3D, ayudaba a mover a los demás cuando era necesario, aunque no dejaba de lanzar miradas furiosas hacia Rokugo.

—Esto es culpa tuya, Capitan. Siempre haces que todo salga mal.

—¡Sí, pero también hago que todos sobrevivamos! —respondió Rokugo mientras saltaba por encima de un bloque de escombros. 

Con el robot destruyendo la construcción a su alrededor, el grupo apenas logró escapar por una entrada secundaria. Cuando finalmente salieron al exterior, estaban cubiertos de polvo, pero vivos.

Rokugo miró hacia atrás, viendo cómo la instalación se desmoronaba mientras el coloso se alejaba hacia el horizonte.

—Bueno, eso salió... más o menos como esperaba, —dijo Rokugo, jadeando.

Snow, aún furiosa, le señaló con un dedo.

—¡Esto fue un desastre total! ¡Ahora Russel tiene un arma que podría destruirnos a todos!

Rokugo, con una sonrisa despreocupada, respondió:

—Sí, pero al menos tenemos algo que contar cuando volvamos. Además, ¿quién necesita honor cuando tienes ingenio?

Rose y Grimm simplemente se desplomaron en el suelo, exhaustas, mientras Alice ya estaba analizando posibles contramedidas contra el coloso. 

Mientras Russel tomaba control del coloso, Grimm, aún tambaleante después de ser cargada por Rose, decidió tomar la iniciativa. Señaló al robot gigante con su dedo, con una mirada solemne.

—¡En el nombre de Zenarith, decreto que una roca golpeará tu cabeza! —exclamó, invocando una maldición improvisada.

El grupo miró expectante. Por un breve momento, una roca desprendida de los escombros cayó... directamente sobre la cabeza de Grimm, dejándola inconsciente de inmediato.

—¿Por qué siempre le rebota? —murmuró Rokugo, masajeándose las sienes con frustración. 

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Rose, mirando el desastre.

Rokugo, viendo que las opciones se reducían, no dudó.

—No hay tiempo para tonterías. —dijo, mirando a Alice—. ¿Cuántos puntos negativos tengo?

Alice no tuvo que mirar dos veces los registros, ya que había estado observando atentamente el desempeño de Rokugo.

—Tienes suficientes puntos negativos para hacer algo grande. Pero no te olvides de las consecuencias. —Alice puso un tono serio—. Los puntos negativos pueden destruirte si no sabes cómo manejarlos.

Rokugo no pareció vacilar.

—No tengo otra opción. ¡Voy a usarlos todos!

Alice analizó rápidamente la situación, sus ojos digitales brillando mientras revisaba información en su base de datos.

—Rokugo, usaremos una solución de emergencia. Según los registros recopilados por el Agente 22 en su asignación, había un diseño para un arma mecánica similar en funcionalidad a este robot. Se llamaba "El Destructor".

Rokugo levantó una ceja.

—¿"El Destructor"? Suena prometedor.

Alice asintió, continuando su explicación:

—Puedo usar tus puntos malos para solicitar las piezas a través del brazalete. Sin embargo, el sistema solo permite transportar una pieza a la vez. Tendrás que ganar tiempo mientras ensamblamos todo.

—¿Ganar tiempo? ¡Claro, por qué no! No es como si estuviera enfrentándome a un robot gigante por diversión, —gruñó Rokugo, preparándose para la pelea. 

Rokugo avanzó hacia el coloso mecánico mientras Alice comenzaba a recibir las piezas del Destructor y ensamblarlas detrás de él. Equipado con armas de Kisaragi, lanzó una ráfaga de disparos y explosivos contra el robot, pero los proyectiles apenas rayaron su blindaje.

—¿Eso es todo lo que tienes? —gritó Russel desde el interior del coloso, su voz amplificada resonando en el desierto.

—¡Aún no he terminado, mocoso! —respondió Rokugo, cambiando a un lanzallamas portátil, esperando debilitar alguna junta del robot.

—¡Me estás subestimando! ¡Soy invencible! —gritó, mientras operaba al robot con furia.

Russel pronto se dio cuenta de que los ataques de Rokugo no estaban dirigidos a derrotarlo, sino a distraerlo.

—Estás ganando tiempo, ¿verdad? —dijo Russel con una sonrisa sarcástica—. No me subestimes, humano. 

Mientras el combate continuaba, Rokugo comenzó a notar algo alarmante. Criaturas titánicas se estaban acercando al área, atraídas por el olor de Rokugo y su grupo.

Alice, monitoreando los alrededores, confirmó su teoría.

—Los titanes ignoran al robot y a Russel porque no los perciben como humanos. Esto podría ser una ventaja para nosotros.

—¿Ventaja? ¡Es un problema enorme! —gritó Rokugo, mientras esquivaba los ataques del coloso y los titanes que comenzaban a rodearlo.

Sin embargo, Rokugo tuvo una idea. Usando su conocimiento de los titanes, comenzó a moverse estratégicamente para que los titanes se interpusieran en el camino del robot.

—¡Vamos, grandotes! ¡Venid por mí! —gritó, atrayendo a los titanes hacia el coloso.

El caos comenzó a reinar mientras los titanes intentaban alcanzar a Rokugo, pero se encontraban con el coloso en su camino. Algunos lograron sujetarse a la máquina, dificultando los movimientos de Russel

Rokugo se plantó frente al coloso, armado hasta los dientes con equipamiento de Kisaragi. Sin usar el modo SIN LIMITES debido a sus consecuencias, decidió utilizar una variedad de armas para retrasar a Russel.

—¡Oye, mini-quimera con complejo de superioridad! —gritó Rokugo, apuntando un lanzacohetes al coloso—. ¿Crees que este es mi primer robot gigante? ¡Piensa otra vez!

Disparó varios cohetes, que apenas dejaron rasguños en la armadura del robot. Russel, desde el interior, rió con desdén.

—No haces más que alargar lo inevitable. Sé que solo estás ganando tiempo. Pero no importa, disfrutaré aplastándote.

Russel movió al coloso con precisión, atacando a Rokugo con enormes barridos de sus brazos. Rokugo, usando su agilidad, esquivaba como podía, pero comenzó a notar que algunas criaturas titán se estaban acercando, atraídas por su presencia.

—Bueno, esto se pone interesante, —murmuró Rokugo, dándose cuenta de que los titanes ignoraban a Russel debido a su condición de quimera.

Rokugo usó a los titanes como distracción, esquivando sus ataques mientras se aseguraba de que interfirieran con los movimientos del coloso.

Russel, frustrado por los estorbos, finalmente logró golpear a Rokugo con la mano del coloso. Rokugo cayó al suelo, aturdido, y antes de que pudiera levantarse, el robot lo aplastó con su enorme mano, inmovilizándolo.

—No me subestimes, humano, —dijo Russel con una sonrisa sádica—. Te romperé las costillas una por una. Quiero que sientas cada momento de tu insignificante final.

Rokugo apenas podía moverse bajo la presión, jadeando de dolor. Sabía que no podía resistir mucho más. 

Justo cuando Russel estaba a punto de aplicar más presión, un estruendo metálico resonó en el aire. Desde las sombras de las ruinas emergió un gigantesco robot araña, el Destructor, completamente ensamblado y pilotado por Alice.

—¿Te gusta aplastar humanos? —dijo Alice, su voz amplificada por los altavoces del robot—. Entonces prueba a enfrentarte a algo de tu tamaño.

El Destructor se lanzó hacia el coloso con una velocidad impresionante. Usando sus patas afiladas, golpeó al robot de Russel, haciendo que este soltara a Rokugo. Alice aprovechó la distracción para empujar al coloso lejos del grupo.

Rokugo, malherido, intentó ponerse de pie, pero sus fuerzas lo abandonaron. Antes de desmayarse, murmuró con una sonrisa débil:

—Sabía que tú podías, Alice...

Alice, concentrada en el combate, apenas notó las palabras de Rokugo mientras continuaba enfrentando al coloso. El resto del grupo corrió hacia Rokugo, tratando de mantenerlo con vida mientras el Destructor luchaba contra el gigantesco enemigo. 

El Destructor, pilotado por Alice, se erguía imponente frente al robot de Russel. Con una combinación de tamaño, fuerza y tecnología avanzada, era evidentemente superior. Cada golpe de sus patas metálicas hacía temblar el suelo, y sus armas devastadoras destrozaban las defensas del coloso pilotado por Russel.

—¡Esto no es posible! —gritó Russel desde el interior de su robot, mientras trataba desesperadamente de contraatacar.

Alice, con su tono frío y calculador, respondió:

—Te enfrentarías mejor a tu destino si simplemente aceptaras que no puedes ganar. La tecnología de Kisaragi siempre prevalece.

Con un último ataque devastador, el Destructor lanzó una explosión concentrada que deshabilitó el robot de Russel. Este cayó al suelo con un estruendo, marcando el final de la batalla.

Desde las cercanías, el ejército de Toris, que había estado enfrentando a los agentes de Kisaragi liderados por el Hombre Tigre, observó horrorizado cómo el Destructor se alzaba victorioso. Su imponente presencia era suficiente para hacerlos retroceder.

El Hombre Tigre, reconoció al Destructor de inmediato.

—¡Nya! ¡Ese es uno de los juguetes más populares de Kisaragi desde que Rokugo desapareció! —exclamó con entusiasmo—. ¡Es incluso más imponente en persona!

El ejército de Toris, desmoralizado y aterrado, se retiró sin mirar atrás, dejando el campo de batalla en manos de Kisaragi y sus aliados. 

Rokugo abrió los ojos lentamente, parpadeando ante la luz tenue de la habitación. El dolor en su cuerpo le recordó de inmediato su enfrentamiento con el coloso de Russel.

—¿Estoy muerto? —preguntó con una voz ronca.

Alice, sentada en una silla junto a su cama, cruzó los brazos y lo miró con expresión neutra.

—No, pero estuviste inconsciente durante tres días. Tu estado era crítico. Tuve que bañarte, cambiarte el pañal y monitorizar tus signos vitales constantemente.

Rokugo esbozó una sonrisa débil.

—¿Cambiarme el pañal? Bueno, ahí se fue mi dignidad... Nunca me voy a casar después de esto.

Alice inclinó la cabeza ligeramente, como si considerara su comentario.

—Dado tu historial, las probabilidades de que alguien quiera casarse contigo ya eran bajas.

Rokugo rio, a pesar del dolor en su pecho. 

Alice se levantó y se acercó a una mesa cercana, donde tenía su brazalete y algunos informes.

—Para que lo sepas, el Destructor cumplió su objetivo. Con él, derroté al robot de Russel y espanté a las fuerzas de Toris. También logramos capturar a Russel, quien ahora está prisionero.

Rokugo se recostó con una expresión de alivio.

—No esperaba menos de ti, Alice. Siempre cumples.

Por un momento, Rokugo miró a Alice con una expresión más seria.

—Sabes, no solo te veo como una máquina. Después de todo lo que hemos pasado juntos, diría que eres mi compañera. Y aunque nunca lo diga en voz alta... lo aprecio.

Alice, a pesar de su programación lógica, mostró un destello de sorpresa y quizás algo de emoción en sus ojos digitales.

—Aprecio tus palabras, Rokugo. Mi programación dicta que cuide de ti, incluso si llegaras a ser un anciano. Es mi propósito.

Rokugo sonrió con un toque de burla.

—Cuidarme de viejo, ¿eh? Eso suena como una propuesta de matrimonio.

Alice lo miró, inexpresiva.

—No lo es.

Rokugo, animado por la conversación, decidió seguir con la broma.

—Sabes, Alice, si no estuviera Astaroth y no fueras una androide, podría considerarte como esposa. Porque, veamos... Grimm sería una mala idea, con sus maldiciones y su temperamento. Rose es demasiado joven y francamente me da miedo. Y Snow... bueno, está fuera de discusión. Serías mi única opción viable.

Alice, manteniendo su compostura robótica, respondió:

—Esa es la justificación menos romántica que he escuchado.

Rokugo no se detuvo.

—Podríamos incluso hacer algunos ajustes en tu diseño. Diles que te den un cuerpo nuevo con grandes senos y que después te instalen una vagina para poder jugar. 

Alice levantó una mano, interrumpiéndolo.

—Basta, Rokugo. Antes de que lleves esta conversación más lejos, te recuerdo que sigo siendo tu asistente, no tu juguete personal. Además, la próxima vez que necesites un cambio de pañal, tal vez lo deje a Grimm.

Rokugo se echó a reír.

—Está bien, está bien. Pero admítelo, me cuidas porque en el fondo sabes que soy tu proyecto más importante.

Alice negó con la cabeza.

—Te cuido porque, por razones que desconozco, Kisaragi considera que eres valioso. Aunque empiezo a pensar que mi programación tiene un error.

Los dos intercambiaron una mirada que, aunque cargada de bromas, mostraba el vínculo genuino que habían construido en medio del caos.

Russel como prisioneroCon el robot de Russel completamente inutilizado, el joven quimera fue sacado de los escombros y tomado como prisionero. Atado y escoltado por el grupo de Rokugo, fue llevado de regreso al Reino de Grace.

—¿Esperan que coopere con ustedes? —dijo Russel con desprecio—. Soy una quimera. No me afectan ni el frío ni el calor. No hay nada que puedan hacer para doblegarme.

Rokugo, con su clásica sonrisa burlona, respondió:

—Bueno, hay cosas más aterradoras que el frío y el calor. Por ejemplo... —Hizo un gesto hacia el Hombre Tigre, quien se acercó con una sonrisa escalofriante.

—Hola, nya. —dijo el Hombre Tigre, alzando una mano en un saludo amistoso que, de alguna manera, logró ser inquietante—. No te preocupes, Russel-kun. Estoy aquí para cuidarte.

Russel tragó saliva, claramente incómodo.

—¡No necesito que nadie me cuide! —respondió, retrocediendo.

Rokugo, disfrutando de la situación, añadió:

—Bueno, si no quieres cooperar y producir agua, podemos dejarte un rato a solas con el Hombre Tigre. Estoy seguro de que encontrará la manera de... motivarte.

El rostro de Russel palideció, y finalmente cedió.

—¡Está bien! ¡Haré el agua que quieran! ¡Solo manténganlo lejos de mí! 

Para añadir insulto a la herida, el Hombre Tigre insistió en que Russel usara un traje de sirvienta mientras realizaba su trabajo.

—Es importante que todos vean tu dedicación a tus nuevas tareas, nya, —dijo el Hombre Tigre con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Esto es humillante! —gritó Russel, mientras trataba de ajustar el incómodo atuendo.

—¿Humillante? No, no, nya. Es adorable, —replicó el Hombre Tigre—. Además, es más efectivo si todos saben que estás aquí para servir al Reino de Grace.

Rokugo, observando la escena, no pudo evitar reírse.

—Bueno, al menos ahora estamos solucionando el problema del agua. ¡Buen trabajo, equipo! 

El Festival de los Muertos era una tradición antigua, un evento en el que los muertos regresaban como zombis cada año, siguiendo una regla ancestral. Grimm, siendo una experta en exorcismos, había sido designada una vez más para llevar a cabo la ceremonia y asegurar que los muertos no causaran estragos en la ciudad.

Sin embargo, este año algo se sentía diferente. Grimm parecía más cansada, más abatida de lo normal.

—Esto es más de lo que puedo manejar... —murmuró Grimm mientras observaba los muertos vivientes empezar a surgir de la tierra, sus cuerpos hinchados y en descomposición. Los ojos de Grimm brillaron con una luz pálida, una señal de que su poder estaba a punto de desatarse.

Rokugo, que observaba desde la distancia, la miró con una mezcla de desinterés y curiosidad.

—¿Crees que podrás con esto otra vez? —preguntó Rokugo con una ligera sonrisa burlona.

Grimm no respondió, ya que estaba concentrada en el ritual. Inhaló profundamente, y con un gesto dramático, levantó las manos hacia el cielo.

¡Exorcismo en área! —gritó, desatando una explosión de energía espiritual que arrasó con todo a su alrededor. En un parpadeo, los zombies se desintegraron, cayendo al suelo reducidos a polvo.

Rokugo observó con asombro, pero a la vez un dejo de inquietud crecía en su interior. No fue hasta que el último de los muertos fue destruido que vio algo que lo dejó helado: Grimm cayó al suelo.

Grimm...! —gritó, corriendo hacia ella.

Alice, al verla, no mostró más que una expresión de preocupación calculada.

—No lo entiendo... ¿qué pasó con ella?

Cuando Grimm despertó, no se encontraba en la ciudad. Estaba en el Templo de Zenarith, un lugar sagrado para aquellos que seguían la deidad

Sin embargo, algo no estaba bien. Al abrir los ojos, una sensación de vacío la invadió.

¿Qué... sucedió? —dijo Grimm, mirando las paredes de piedra del templo. Estaba sola.

En ese momento, Zenarith, la deidad

abló en su mente, su voz profunda y majestuosa.

¿Qué has hecho, hija mía? —la voz retumbó en su cabeza. Tu exorcismo ha alterado el balance.

Grimm se tensó. ¡No! —gritó. ¡No quería!

Zenarith siguió, ofendida.

Al realizar el exorcismo en área, te has despojado de la bendición que te otorgué. **Te quité la vida para que pudieras existir más allá de la muerte, pero tú has decidido despojarte de eso.

Grimm, ahora visiblemente afectada, comenzó a temblar. No, esto no puede ser cierto, pensó.

Fue entonces cuando Rokugo y el resto llegaron al templo, encontrando a Grimm, postrada, mirando al suelo con una expresión de profundo pesar.

Rokugo la miró de forma extraña, misteriosa, y en ese momento, todo comenzó a encajar.

¿Te sientes bien, Grimm? —preguntó, con un tono más serio del usual.

Grimm levantó la cabeza, sus ojos pálidos reflejaban una tristeza profunda.

No estoy viva, ¿verdad? —murmuró, sin mirar a nadie en particular.

Rokugo, al escuchar sus palabras, lo entendió todo. Grimm no estaba completamente viva, sino que era un cadáver reanimado, con un alma atrapada en una existencia entre la vida y la muerte.

—Grimm... —dijo Rokugo, con una mezcla de sorprendido y compasivo. Tú nunca fuiste "normal".

Grimm se apartó de su mirada, como si se estuviera negando a aceptarlo.

—¡Eso no es cierto! —gritó. ¡Yo... yo estoy viva! ¡Vivo, respiro, siento!

Pero en el fondo, Grimm sabía que la verdad era más amarga que cualquier mentira. Su piel fría, su mirada vacía, su sensación constante de desconexión del mundo vivo, todo cobraba sentido ahora.

No... no soy un muerto... no soy un no-muerto... —se repitió, con voz quebrada.

Rokugo observó, con una mirada fría, mientras Grimm seguía luchando contra lo que en su interior ya sabía.

Escena: Construcción de la base y los ataques de la tribu Hiragi

Tras el incidente con Grimm, la guerra seguía avanzando, y Rokugo había decidido canjear sus puntos malos por maquinaria de construcción para erigir una nueva base para Kisaragi. Estaba claro que la lucha por el poder y el control en ese mundo no se limitarían solo a las batallas físicas, sino también a las máquinas, a la tecnología y a lo que la Corporación Kisaragi pudiera conseguir.

En el frente de batalla, Rokugo y las chicas, como siempre, se encontraban enfrentando una larga lista de amenazas. El primero de estos obstáculos fueron los titanes animales que emergían del suelo, algo que Rokugo no había anticipado en sus planes de construcción.

—¿En serio esto está pasando? —preguntó Rokugo, mirando a un enorme tigre titan que había aparecido en medio de la construcción, arrancando los cimientos de la base.

A su alrededor, Grimm y las chicas estaban preparadas para atacar, pero se veía que los ataques que recibían de estos titanes animales no eran tan fáciles de detener.

—No puede ser, esto es una pesadilla... —murmuró Grimm, mientras intentaba desintegrar a un lobo titan que se lanzaba contra ellos.

—¡Esto no es nada! ¡Los titanes animales están por todas partes! —gritó Snow, mientras miraba a Grimm, que con su poder de exorcismo estaba luchando por mantenerse firme.

Rokugo, viendo el caos que se estaba desatando, hizo una seña a Alice, quien rápidamente canjeó puntos malos por un tractor blindado que ayudaría a limpiar el área.

—¡Esto me recuerda a algo! —dijo Alice, mientras controlaba el tractor con precisión

Rokugo frunció el ceño, sin saber si eso era una broma o una referencia importante.

— ¿Y qué tiene que ver eso con los titanes? —preguntó Rokugo, mientras usaba sus poderes para derrotar a una manada de lobos titanes que atacaban desde un costado.

Alice no dejó de trabajar mientras lo decía:

En el informe que había enviado el agente 22, hablaba de una especie de criaturas gigantes que atacaban a los habitantes. Algo similar a los titanes... Pero, aquí parece que se presentan como animales mutados, tal vez debido a la radiación 

Rokugo pensó por un momento, pero antes de que pudiera responder, un nuevo ataque llegó: un zombi gigante apareció desde un terreno cercano, mientras una planta carnivora con forma humana comenzaba a devorar las estructuras de la base.

—¡Maldición! Esto se está poniendo cada vez peor... —gritó Grimm, observando la planta, cuyo aspecto le resultaba inconfundible.

—Esa planta... —dijo Alice, con un tono preocupado—, es muy parecida a lo que el agente 22 mencionó en sus informes sobre las criaturas alienígenas que intentaron conquistar un planeta vecino. Se trataban de plantas carnívoras, pero con una inteligencia similar a la de las criaturas que eran controladas por el mismo sistema que ellos.

Rokugo, tras destruir la planta de un disparo certero, observó a Grimm, Snow y Rose, que se estaban encargando de contener los titanes animales. Su mente no dejaba de dar vueltas sobre esa mención de titanes, agentes 22 y conquistas fallidas.

La conexión estaba más cerca de lo que pensaba.

En la base, donde Tilis había instalado su cuartel general, los agentes de Kisaragi no podían dejar de meterse en problemas. A pesar de los ataques constantes, los agentes continuaban con su comportamiento incontrolable.

Uno de los agentes, de nombre desconocido, apareció en la habitación de la princesa Tilis, sin previo aviso. La princesa, molesta y visiblemente desconcertada, intentó detenerlo.

—¿Qué crees que estás haciendo aquí? —gritó la princesa Tilis, en un intento de poner orden.

El agente, sin hacerle caso, comenzó a organizar un juego de Yenga con algunos de los demás agentes, que se habían infiltrado en el cuartel sin su permiso, solo para ganar puntos malos.

—¿No deberían estar ocupados deteniendo ataques y defendiendo la base? —protestó la princesa, cruzando los brazos.

—¡Eso puede esperar! —respondió uno de los agentes—. ¡Lo que importa ahora es ganar puntos malos y jugar un poco!.

La princesa frunció el ceño, frustrada, mientras el caos aumentaba dentro de su cuartel general. Era evidente que la disciplina no era lo suyo.

Rokugo, al enterarse de esta situación, simplemente observó desde una de las pantallas.

Esto se está saliendo de control. —dijo, rascándose la cabeza mientras analizaba los datos de los ataques y canjeaba más puntos.

¿Qué harás con ellos? —preguntó Grimm, observando la pantalla mientras manejaba un dispositivo de comunicación.

—Lo mismo de siempre... —respondió Rokugo con una sonrisa torcida. —Tendrán que demostrar que valen la pena.

Escena: El bar y la interacción con Grimm

La luz tenue del bar iluminaba las caras cansadas de los clientes. La música suave y los murmullos de fondo daban un aire de tranquilidad temporal, mientras la gente buscaba relajarse tras un día agotador. Rokugo se encontraba en una mesa al fondo, disfrutando de una copa de vino, cuando una joven se le acercó con una sonrisa coqueta.

—¿Me dejas probar un poco de tu comida? —preguntó la chica, con la mirada fija en el plato de Rokugo, haciendo una pequeña seña con los dedos.

Rokugo, sin muchos ánimos pero con una sonrisa que dejaba entrever su desinterés, ofreció un pedazo de carne del plato.

—Claro, pruébalo —dijo, sin darle mucha importancia a la situación.

La chica, al morder la carne, parecía estar perdiéndose en sus propios pensamientos. Sus ojos se entrecerraron, y un brillo travieso apareció en ellos. De repente, comenzó a fantasear con la idea de que Rokugo hiciera cosas mucho más… íntimas.

Rokugo parecía no darse cuenta de las insinuaciones que la joven estaba sugiriendo, hasta que una voz furiosa cortó el aire.

—¡Escúchame, idiota! ¡Él es mío! —gritó Grimm, entrando en la habitación con su silla de ruedas, lanzando una mirada fulminante hacia la chica y luego hacia Rokugo.

La chica, sorprendida por la furia de Grimm, dejó el tenedor y se alejó rápidamente, mientras Rokugo simplemente levantaba una ceja, sin cambiar su expresión.

—Vaya, Grimm, parece que te tomaste más tiempo del habitual en revivir —comentó Rokugo, como si no fuera gran cosa.

Grimm, visiblemente irritada por la mención de su muerte reciente, comenzó a negárselo a sí misma.

—Eso no fue nada. ¡Solo fue un mal sueño! —respondió, refregándose las manos con frustración. — ¡Zenarith se ofendió por nada! Me dijo algo sobre que me había quitado la bendición, pero fue todo un sueño… solo eso.

Rokugo la miró de reojo, claramente desinteresado, pero sin ganas de hablar del tema más de lo necesario.

—No quiero oírlo, Grimm —respondió, levantándose lentamente para irse.

Sin embargo, Grimm no iba a dejarlo ir tan fácilmente. De repente, sonrió de manera astuta.

—Si no te vas… te compro una cerveza —dijo con un tono persuasivo.

Rokugo, al escuchar esto, se detuvo y se volvió hacia ella, claramente menos interesado en la oferta que en la idea de alejarse.

—Ah… ¿y Snow? Parece que está otra vez en quiebra. Me han dicho que ahora se va a dedicar a vender pudines de su leche —comentó Rokugo con tono indiferente, observando el bar mientras meneaba la cabeza con desdén.

Grimm frunció el ceño, claramente molesta por el comentario, pero antes de poder responder, Rokugo, aprovechando la oportunidad, se acercó a una chica random que estaba en la barra. Con una sonrisa encantadora, le ofreció una copa.

—Te invito una bebida, en nombre de Grimm —dijo, con tono seguro y mirando de reojo a Grimm.

—dijo, con tono seguro y mirando de reojo a Grimm.

Grimm, viendo la escena, se quedó en silencio, pero el dolor se reflejó en su rostro. No le gustaba para nada lo que Rokugo hacía, pero no podía hacer mucho al respecto.

No me gusta que me hagas esto, Rokugo —dijo, molesta y algo dolida—. ¡No coquetees con otras chicas cuando estoy aquí!

Rokugo, ya con la copa en mano y sin ningún remordimiento, solo levantó las cejas.

—¿Y qué? —preguntó, sonriendo con una mezcla de desinterés y diversión. — Es solo una copa.

Grimm, sintiendo una creciente incomodidad, se cruzó de brazos, furiosa. Rokugo simplemente dejó la situación en sus manos, como de costumbre.

El ambiente se mantenía pesado y cargado, pero la ironia de la situación no podía evitar hacer sonreír a Rokugo mientras Grimm, por su parte, intentaba evitar mostrar más su dolor. La tensión entre ellos era palpable, pero era un juego que ambos jugaban sin querer admitirlo.

Escena: El bar y la declaración fallida de Grimm

El bar seguía en su tranquilo caos, con Rokugo sentado despreocupadamente en su asiento, bebiendo sin mirar a nadie. Grimm, por otro lado, estaba a su lado, nerviosa y con una expresión de incomodidad que delataba lo que intentaba ocultar. Por fin, parecía que había encontrado el valor para decir lo que llevaba días queriendo sacar.

Rokugo, yo... —empezó, con una mano en el regazo y el otro apretando con fuerza la bandeja de comida que aún no había tocado.

Rokugo, sin quitar la vista del bar, soltó un suspiro de aburrimiento. Grimm lo notó, pero no se desanimó. Se inclinó hacia él, mirando fijamente al punto ciego de su atención.

—Yo... quiero decirte algo importante, y creo que ya no puedo seguir ignorándolo —dijo Grimm, algo torpemente, sin mirarlo directamente.

Rokugo levantó la mirada finalmente, volviendo a observar a Grimm con el mismo interés mínimo que dedicaba a cualquier conversación que no involucrara dinero, comida o sexo.

—¿En serio? ¿Otra vez con eso? —comentó con tono plano.

Grimm se sintió avergonzada, pero su determinación creció cuando finalmente miró a Rokugo directamente a los ojos. Sabía que si no lo decía ahora, tal vez nunca lo haría.

—Yo... —gritó un poco más fuerte, casi atragantándose con las palabras—, ¡yo estoy enamorada de ti!

Antes de que pudiera continuar, Rokugo, sin darse cuenta de la seriedad de la situación, se puso a describir, de manera completamente despreocupada, con la misma actitud que uno tomaría al hablar del clima, la forma en que su hombría genital se veía en su ropa ajustada.

—Ah, sí, claro, todo el mundo tiene un lado de su cuerpo que es bastante... impresionante, ¿no? —murmuró, volviendo a su copa, como si hablara de cualquier cosa menos de una declaración de amor.

Grimm se quedó paralizada, su corazón latiendo rápidamente, sintiendo una mezcla de confusión, desilusión y rabia que la hizo perder el hilo de lo que estaba diciendo. Justo en ese momento, notó que la chica random que Rokugo había invitado, la que había bebido su copa, la estaba mirando fijamente, como si estuviera observando algo más que su comida.

La joven se volvió hacia el cantinero, y éste, con una sonrisa algo misteriosa, le lanzó una frase que detonó la incomodidad de Grimm de inmediato.

—Sí, lo que Rokugo dijo es cierto, pero fue en nombre de Grimm —dijo el cantinero mientras limpiaba un vaso con un trapo sucio.

La chica, sonrojándose al recibir tal información, se volvió hacia Grimm con una mirada desconcertante y romántica.

—¿Estás... con él? —preguntó, casi como si fuera una insinuación.

Grimm sintió cómo su estómago se encogía y el rojo le subía a las mejillas. Intentó controlarse, pero la escena estaba siendo tan incómoda que empezó a temer lo peor.

Rokugo, como si no le importara nada de lo que estaba ocurriendo, sonrió satisfecho, levantando la copa en dirección a la chica random, como un pase de batalla.

—¿Grimm? No te preocupes, es solo una copa... —dijo, riendo de forma casual mientras le daba el giro a la silla de ruedas de Grimm, asegurándola con un clic sonoro, dejándola inmovilizada.

Rokugo, sin remordimiento alguno, se levantó y empezó a alejarse.

Grimm, completamente incapacitada para moverse, sólo miraba con desesperación cómo la chica random se acercaba con una mirada decidida.

No me dejes aquí, comandante... —dijo Grimm con la voz temblorosa, luchando por mantener su compostura, sabiendo lo que se venía.

Rokugo, ya caminando hacia la salida del bar, se giró un segundo para tirar una última frase sin mirar atrás.

—Nah, no te preocupes, tienes todo bajo control, ¿no? —Y con eso, se fue, dejando a Grimm atrapada en su propia silla.

Al mismo tiempo, en la habitación privada de la princesa Tilis, Rokugo se reunió con su colega de Kisaragi, un hombre musculoso y rubio conocido como Parker. Ambos estaban planeando algo completamente desacertado y estúpido.

—Entonces, Parker... ¿qué tal si hacemos una carne asada aquí, en la habitación de la princesa? —dijo Rokugo, sonriendo de manera traviesa. —Es la forma perfecta de ganar puntos malos mientras disfrutamos de la vida, ¿no?

Parker, con una risa burlesca, aceptó con entusiasmo.

—¡Vaya, qué idea! Carne asada desnudos, claro, ¿por qué no?

Ambos se pusieron a preparar la carne, sin ningún tipo de remordimiento por invadir la habitación de la princesa, listos para llevar a cabo su plan irresponsable para ganar puntos malos, sin importarles lo que pasara después.

Escena: El día siguiente en la tienda y el reclamo de Grimm

Al día siguiente, Rokugo estaba en una tienda de la ciudad con Rose, la joven con la que trabajaba en Kisaragi. Estaba revisando los estantes mientras ella metía cosas en su bolso con una rapidez desconcertante. En un momento, se detuvo frente a un carrito con verduras frescas y algunas especias.

Rose, con la mirada fija en el dinero que le quedaba, comentó sin mucha emoción:

—Nunca tengo suficiente dinero... todo lo gasto en comida. Ya sabes, hay que comer para sobrevivir.

Rokugo, al observar a Rose, se percató de algo curioso. Sus ropas eran viejas y desgastadas; las sandalias que llevaba estaban rotas por los costados, y notó que muchas partes de su cuerpo estaban vendadas, como si hubiera sufrido heridas y no tuviera suficiente dinero para comprar ropa nueva.

—Ya veo —comentó Rokugo, mientras miraba de reojo las vendas que cubrían partes de su piel expuesta—. Entonces eso explica... el estilo tan... peculiar que tienes, ¿eh?

Rose, sin inmutarse, continuó buscando entre los estantes, sonriendo con una especie de tristeza resignada.

—Sí... supongo que el dinero nunca es suficiente para todo lo que quiero —dijo mientras ponía una botella de agua en su bolso.

Justo en ese momento, la puerta de la tienda se abrió con un estrépito, y Grimm irrumpió en la escena, furiosa. Estaba manejando su silla de ruedas con una rapidez que dejó a todos sorprendidos.

—¡¿Cómo pudiste dejarme allí ayer?! —gritó Grimm, dirigiéndose directamente hacia Rokugo mientras casi derrapaba al frenar—. ¡Esa chica random intentó seducirme! ¡Casi me hace dudar, idiota!

Rokugo, despreocupado como siempre, levantó una ceja y le dedicó una mirada exasperada.

—¿En serio? ¿Estás reclamando por eso? —respondió mientras tomaba unas frutas de la mesa—. Me fui a hacer carne asada, Grimm, ¿quién te va a cuidar todo el tiempo?

Grimm no parecía dispuesta a dejar ir el asunto tan fácilmente, y lo siguió, insistiendo.

—¡No me hagas hacer esto, Rokugo! ¡Yo estaba tan vulnerable, y esa chica, esa maldita chica! —añadió, casi hiperventilando de la furia—. Pero bueno, no se trata de ella, sino de vosotros, ¿cómo pudiste abandonar a una pobre chica como yo?

Rokugo no parecía prestarle atención, y se cruzó de brazos.

Grimm, claramente molesta, desvió la conversación rápidamente hacia otro tema.

—Bien, de todas formas, tenemos que hablar del festival. Yo hice unos peluches especiales para los espíritus. Van a usarlos como recipientes durante el festival, pero ya sabes, lo más raro es que estos muertos... me atacaron —gritó, su voz temblando—. ¡Hay algo raro con esos espíritus! Estoy segura de que alguien está controlándolos.

Sin embargo, Rokugo no parecía interesado ni un poco en lo que decía. En lugar de eso, se estaba acercando a un niño pequeño que lo había estado insultando en la plaza.

¡Mira, Grimm! —dijo con una sonrisa sarcástica—, voy a hacer que este niño aprenda lo que es un buen golpe... y también a no molestarme.

Grimm se quedó atónita al ver cómo Rokugo se acercaba peligrosamente al niño. Intentó gritarle, pero su voz se perdió en el aire.

¡Rokugo, detente! —exclamó Grimm, pero era demasiado tarde. Rokugo, en su estilo característico, intentaba bajarle los pantalones al niño, mientras los espíritus cercanos empezaban a alterarse.

Grimm, queriendo proteger al comandante, no podía simplemente quedarse ahí. Decidió actuar rápidamente.

—¡Voy a hacer que todo esto se termine de una vez por todas! —dijo, levantando sus manos hacia el cielo, comenzando a cantar una maldición en el aire.

Pero lo que no sabía era que esta maldición afectaría no solo a los espíritus cercanos, sino también a la pequeña área donde Rokugo y los demás estaban presentes. Al final, el poder de la maldición no solo removió la bendición de Zenarith

resultó en la muerte de Grimm.

En el instante en que Grimm cayó, Rokugo y Rose se quedaron allí, observando el cuerpo inerte de Grimm, sin ninguna expresión de compasión.

¿De nuevo, Grimm? —murmuró Rokugo, sin mucha pena, mientras se rascaba la cabeza.

Rose, mirando a Rokugo, murmuró con un tono seco.

—No la vamos a revivir ahora, ¿verdad? No hasta que acabe el festival de los no-muertos. Es... es lo mejor.

Rokugo, encogiéndose de hombros, aceptó la sugerencia sin siquiera pensarlo dos veces.

—Sí, sí, ya veremos más tarde. —Y volvió a centrarse en sus asuntos, como si todo fuera una rutina diaria.

Escena: Los Peluches, Heine y el Plan para Rescatar a Russel

Alice observaba el peluche con una mirada escéptica, dándole pequeños golpecitos con el dedo mientras lo sostenía frente a Rokugo.

—No puedo creer que dentro de estos peluches realmente haya espíritus. Vamos, eso suena ridículo —comentó Alice, frunciendo el ceño con desdén.

Rokugo sonrió, levantando los hombros en una muestra de indiferencia.

—Bueno, solo hay una forma de averiguarlo, ¿no? Vamos a abrirlo.

Con un tirón, Rokugo abrió el peluche con una mano, esperando encontrarse con algún tipo de espíritu, pero en su lugar, salió disparada una pequeña figura, Heine la demonio, quien había estado oculta en ese peluche en particular.

—¡¿Qué rayos...?! —exclamó Alice mientras retrocedía, completamente sorprendida.

Heine, con una expresión de pura furia en su rostro, se levantó, claramente molesta por su abrupta exposición.

—¡Idiotas! ¿Cómo se atreven a abrirme de esta forma? —gritó, tratando de mantener la dignidad a pesar de que estaba cubierta de trozos de peluche. Al parecer, Heine había aprovechado el festival de los no-muertos para infiltrarse en el país de Grace con la intención de rescatar a Russel, quien llevaba semanas esclavizado.

Snow, al ver a Heine, se acercó con un brillo codicioso en los ojos.

—¡Perfecto! ¡Vamos a entregar a esta demonio! Con la recompensa que nos darán, ¡finalmente podré salir de la bancarrota!

Rokugo ignoró el entusiasmo de Snow y se inclinó hacia Heine, esbozando una sonrisa burlona mientras aprovechaba la situación para manosearla sin ningún tipo de vergüenza. Sin embargo, al escuchar sus verdaderas intenciones, algo dentro de él se conmovió.

—¿Así que querías rescatar a ese mocoso de Russel? —preguntó con un tono más suave, aunque sin dejar de sostenerla firmemente.

Heine soltó un suspiro exasperado, aunque no podía ocultar la angustia en su rostro.

—Sí... ese niño no debería estar en esta situación. ¡Es apenas un niño! —respondió, mordiéndose el labio con frustración.

Alice, observando la escena, intervino con un tono práctico y frío.

—De acuerdo, podemos permitirle ver a Russel, pero bajo nuestras condiciones. —Y con eso, amordazaron a Heine para evitar que lanzara cualquier tipo de hechizo, llevándola a ver al niño en cuestión.

Cuando finalmente llegaron al lugar donde Russel estaba retenido, Heine contuvo la respiración al ver en qué condiciones se encontraba su pequeño aliado. Russel había sido obligado a vestir de maid como parte de su castigo, lo que le daba un aspecto extremadamente humillante. El chico, al notar la presencia de Heine, se sonrojó de vergüenza.

—¡No me mires así, Heine! —dijo, intentando taparse con las manos—. ¡Es tan humillante...!

Desesperado, Russel corrió hacia Heine, quien lo miraba con una mezcla de pena y preocupación.

—¡Por favor, no me dejes aquí! —suplicó Russel, aferrándose a ella.

Alice, quien había estado observando con una sonrisa sarcástica, se inclinó hacia Heine y le quitó una piedra que llevaba escondida, la cual resultó ser su fuente de poder. Luego, ajustó las cuerdas de Heine aún más para asegurarse de que no intentara nada.

—Sinceramente, sería un desperdicio no sacar provecho de esta situación —dijo Alice, observando a Rokugo—. Podríamos usar a esta demonio como una especie de "cabra de Judas". Liberarla con un dispositivo rastreador que nos permita localizar al tal Lord Demonio. Sería útil, ¿no crees?

Antes de que pudieran decidirse, fueron interrumpidos por un mensajero que les informó que la princesa Tilis había ordenado su presencia de inmediato en el castillo.
Escena: La Princesa Tilis Colapsa

Al llegar al castillo, encontraron a la princesa Tilis en un estado de completa frustración y desesperación. Parecía que había llegado al límite de su paciencia. Se notaba agotada y temblorosa, con los ojos inyectados de furia y ojeras marcadas.

—¡Ya... no puedo más! —exclamó Tilis con un tono desesperado, mirando a Rokugo y a sus agentes—. ¡Cada noche, alguno de ustedes se mete en mi habitación sin permiso! ¡Desnudos! ¡Haciendo... cosas completamente triviales como jugar a la torre de bloques! ¡¿Por qué tienen que estar desnudos para eso?!

Rokugo la miró, sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento, mientras Alice y Snow intentaban no reírse ante la situación.

—Bueno, princesa, es nuestra forma de... ganar puntos malos —respondió Rokugo, encogiéndose de hombros.

La princesa Tilis lo miró con una expresión de pura desesperación.

—¡Prométanme que dejarán de hacer eso! ¡Por el amor de los dioses, necesito paz en mi propia habitación!

Rokugo simplemente levantó la mano en un gesto de indiferencia.

—Está bien, está bien. No lo haremos más... por ahora.

Escena: La Ciudad y el Regreso de Grimm

Después de salir del castillo, Rokugo y sus compañeros pasearon por la ciudad, donde el festival de los no-muertos estaba en pleno apogeo. Los habitantes parecían estar disfrutando de la presencia de los peluches recipientes de espíritus creados por Grimm. Varios niños corrían alrededor de los peluches, riendo y hablando con ellos como si fueran sus antiguos familiares.

En un rincón, Rokugo observó a una joven que sostenía un peluche en forma de oso, hablando con él con una sonrisa nostálgica.

—Dicen que este peluche contiene el espíritu de su abuelo. Parece feliz —comentó Alice mientras observaba la escena.

Rokugo asintió, aunque su mirada se desvió cuando vio una figura familiar entre la multitud.

Grimm había vuelto a revivir, completamente ilesa y tan enérgica como siempre, como si nada hubiera pasado. Al verla, Rokugo simplemente suspiró, y con tono resignado murmuró:

—¿Otra vez tú, Grimm? Justo cuando pensaba que podríamos disfrutar un festival tranquilo...

Grimm, ignorando el comentario, sonrió con confianza y levantó la mano, saludándolo.

—¡Comandante! ¡Estoy de vuelta para cuidarte y protegerte!

Escena: El Hombre Tigre y el Festival de los No-Muertos

En el centro de la ciudad, en medio del festival de los no-muertos, un grupo de niños rodeaba al Hombre Tigre. Los pequeños, con los ojos brillando de emoción, lo confundieron con uno de los peluches contenedores de espíritus y, antes de que él pudiera reaccionar, lo abrazaron emocionados.

—¡Miren! ¡Es un peluche de tigre gigante! —exclamó uno de los niños, apretando al Hombre Tigre con fuerza.

Hombre Tigre gruñó, irritado, mientras intentaba deshacerse de los niños que lo abrazaban por todas partes.l

os niños lo ignoraban completamente y continuaban abrazándolo, creyendo que era un "peluche especial".

Desde la distancia, Rokugo observaba la escena con una sonrisa burlona. Decidió aprovechar la situación y se acercó con sus armas en mano, enfrentándose al Hombre Tigre mientras le lanzaba una mirada de desaprobación.

—Hey, ¿qué haces dejándote abrazar así por niños? —dijo Rokugo, alzando una ceja—. Recuerda, la pedofilia está estrictamente prohibida en Kisaragi.

Hombre Tigre lo miró con incredulidad y gruñó, preparándose para enfrentarlo.

—¡¿Qué dices, maldito pervertido?! ¡Estos niños no me dejan en paz, malinterpretaste todo!

—Eso dicen todos, hombre peludo. —Rokugo sonrió con malicia, blandiendo sus armas—. Pero yo seré el juez aquí. ¡Prepárate!

Ambos se lanzaron a una pelea, con Rokugo esquivando los zarpazos del Hombre Tigre mientras lanzaba ataques juguetones, disfrutando del caos que causaban en medio del festival. Los niños finalmente se alejaron, confundidos por la repentina pelea entre el "peluche gigante" y el "hombre extraño".

Escena: La Cafetería del Festival

Con el primer día oficial del festival de los no-muertos en marcha, Rokugo y sus compañeras decidieron aprovechar la oportunidad y abrir una cafetería improvisada en medio del caos del festival. Snow, quien estaba en busca de ingresos rápidos, se ofreció a ser la camarera... con un atuendo bastante provocativo que dejaba poco a la imaginación.

—¿Estás segura de que quieres usar eso? —preguntó Alice, levantando una ceja mientras observaba el atuendo atrevido de Snow.

Snow, con una sonrisa confiada, le guiñó el ojo.

—¡Por supuesto! Es para atraer clientes, y cuanto más llamativo, mejor. —Dijo mientras posaba, recibiendo ya varias miradas de los curiosos.

Sin embargo, la situación no duró mucho. Poco después de que la cafetería comenzara a ganar popularidad, una patrulla de guardias llegó para clausurar el local por "ofensas a la decencia pública". Snow fue arrestada en el acto, mientras Rokugo escapaba rápidamente, sin molestarse en rescatarla.

—¡Rokugo! ¡Vuelve aquí y ayúdame! ¡Esto es culpa tuya! —gritó Snow mientras los guardias la arrastraban, pero Rokugo ya estaba fuera de vista, fingiendo no escuchar.

Escena: Grimm y el Estrés del Festival

Mientras deambulaba por el festival, Rokugo se encontró con Grimm, quien lo miró con los brazos cruzados y una expresión molesta.

—¡Rokugo! ¡No me estás ayudando en absoluto con este festival! —le reclamó Grimm con un puchero—. La última vez que me morí, ni siquiera te molestaste en llevar mi cuerpo al templo de Zenarith para restaurarme. ¡Organizar un festival de no-muertos es estresante!

Rokugo sonrió con suficiencia y le dio una palmada en la espalda.

—Oye, lo estás haciendo bien, Grimm. Además, es un festival de no-muertos. ¿Qué puede salir mal? —dijo, con tono burlón—. De hecho, creo que te está quedando genial. ¡Felicidades!

Grimm lo miró, sorprendida, con un leve rubor en las mejillas.

—N-no seas tan amable, Rokugo. Podría… podría terminar enamorándome de ti —murmuró, tratando de mantener la compostura.

Rokugo, sin perder el ritmo, sonrió con picardía.

—Entonces, para celebrar tu arduo trabajo, ¿qué tal si te compro un collar bonito? —ofreció, guiñándole un ojo.

Grimm se sonrojó aún más y rápidamente asintió.

—¡S-sí! Pero... vamos a una tienda barata. No quiero abusar de tu generosidad. —Grimm intentó no parecer emocionada, pero la felicidad en su rostro era evidente—. Pero, ¡ten cuidado, Rokugo! Un detalle más y... y no habrá vuelta atrás. ¡Me enamoraré completamente de ti!

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