La batalla había terminado, y entre los soldados de la Guardia Real que regresaban al castillo, Rose y Grimm destacaban, exhaustas pero satisfechas. Al entrar, notaron a Rokugo conversando con la princesa Tilis en el gran salón. La atmósfera parecía relajada, pero la conversación rápidamente captó la atención de ambas.
—Capitán, —dijo la princesa Tilis, con tono firme—, después de lo que hiciste en el campo de batalla, estoy considerando nombrarte caballero del Reino de Grace nuevamente. Eres una pieza valiosa, y creo que este reino necesita a alguien como tú.
Rokugo, sentado con las piernas cruzadas, respondió sin ningún respeto por la formalidad.
—No, gracias. Ser caballero es un fastidio. Tener que cuidar a mis subordinadas es demasiado trabajo. Prefiero evitarlo.
Antes de que pudiera decir algo más, Rose se lanzó hacia él como un torbellino, mordiéndole el brazo con fuerza.
—¡¿Cómo te atreves a decir algo así?! ¡Eres nuestro Capitán! —exclamó, aún con los dientes hundidos en él.
Grimm, por su parte, tomó a Rokugo del otro brazo, con los ojos llenos de lágrimas dramáticas.
—¡No nos abandones otra vez! ¡Ya fue suficiente con la primera vez!
Rokugo, incapaz de moverse por la emboscada, levantó las manos en señal de rendición.
—¡Está bien, está bien! Perdón, fue solo una bromita. Relájense.
Grimm soltó su brazo y lo miró con una mezcla de alivio y reproche.
—¿Bromita? ¿Así le llamas a dejarnos?
Rokugo suspiró, mirando a Rose, quien todavía no soltaba su mordida.
—Rose, por favor, suelta mi brazo antes de que pierda la sensibilidad.
Rose finalmente lo soltó, pero su mirada seguía siendo desafiante.
Mientras la escena se desarrollaba, Snow observaba desde un rincón, claramente molesta pero tratando de mantener la compostura.
—Rokugo, no voy a preguntarte más sobre quién eres o de dónde vienes. Pero si no quieres ser caballero, al menos podrías trabajar como mercenario. El reino sigue necesitando tu ayuda.
Rokugo levantó una ceja, interesado.
—¿Mercenario, eh? Bueno, si es así, tengo una idea mejor. ¿Por qué no contratan a los agentes de Kisaragi como mercenarios? Somos eficientes, organizados, y... bueno, hacemos el trabajo. A nuestro estilo, claro.
Snow abrió la boca para protestar, pero la princesa Tilis habló antes.
—Esa idea podría funcionar, —dijo Tilis, pensativa—. Si su organización está dispuesta a trabajar con nosotros, podrían ser una fuerza de protección a largo plazo.
Rokugo sonrió ampliamente, claramente satisfecho.
—Princesa, creo que este es el comienzo de una hermosa relación laboral.
La princesa Tilis extendió la mano para sellar el trato.
—Entonces es un trato. A partir de ahora, consideraremos a Kisaragi como aliados contratados mientras el Reino de Grace se recupera.
Rokugo estrechó su mano con entusiasmo, mientras Grimm y Rose lo observaban con ojos brillantes, claramente aliviadas de que su Capitán no las abandonara.
Snow, aunque aún escéptica, cruzó los brazos y suspiró.
—Espero que esto no termine en desastre.
Rokugo se giró hacia ella con su típica sonrisa arrogante.
—Oh, Snow, conmigo al mando, el desastre está garantizado... pero también la victoria.
De vuelta en su base improvisada en el planeta 407, Alice revisaba los registros de Rokugo con expresión neutra. Rokugo, sentado cómodamente, esperaba buenas noticias, pero Alice lo miró con desaprobación.
—Capitán, tenemos un problema, —dijo Alice
Rokugo arqueó una ceja.
—¿Qué clase de problema? ¿Las chicas están empezando a enamorarse demasiado de mí? ¿O tal vez los demonios se están rindiendo porque les doy miedo?
Alice ignoró el comentario y señaló su brazalete.
—Tus puntos malos están en números negativos debido a... tu "despilfarro" en contenido inapropiado.
Rokugo frunció el ceño.
—¡¿Qué?! ¿Cómo es eso posible?
Alice suspiró.
—La última batalla, aunque efectiva, costó más puntos de los que tenías, así que ahora estás en deuda. Si regresas a Japón en este estado, el Escuadrón de Penitencia te castigará severamente.
El rostro de Rokugo se puso pálido.
—¡No puedo dejar que eso pase! ¡El Escuadrón de Penitencia es peor que enfrentar a esos Titan Golem!
Alice, como siempre, tenía una solución.
—Podemos enviar una propuesta a Kisaragi indicando que te harás cargo de nuestras operaciones en el planeta 407. Con tu idea de contratar a los agentes de Kisaragi como mercenarios para el Reino de Grace, podremos generar ingresos y justificar nuestra permanencia aquí.
Rokugo sonrió ampliamente, su confianza regresando.
—Alice, eres un genio. Eso me dará tiempo para acumular más puntos malos y evitar ese maldito castigo.
Esa noche, Alice preparó un informe detallado para Kisaragi. Incluyó información sobre la finalización de la máquina teletransportadora, la construcción de una base en el planeta 407, y los detalles sobre cómo el Reino de Grace podría ser un cliente valioso para la organización. mientras Rokugo la observaba desde detrás, un poco aburrido. La pantalla mostraba fotos y notas, todo lo necesario para informar a la Corporación Kisaragi sobre su progreso. Al final del documento,
En la imagen aparecían Rokugo, Alice, Snow y Rose posando. Rokugo sonreía ampliamente con su típico aire de confianza. Alice mostraba su habitual expresión impasible. SRose, con una expresión confundida, sin entender por qué estaban posando; y Snow, quien miraba con desconfianza y escepticismo. y Grimm estaba dormida en una esquina, completamente ajena a lo que sucedía.
—Ah, eso debería bastar para el reporte —dijo Alice con satisfacción, añadiendo un toque final al documento—. La base está casi lista para recibir más agentes de Kisaragi. ¡Será el comienzo de nuestra conquista de este planeta!
Rokugo se rió y se cruzó de brazos.
—¡Perfecto! Aunque, a decir verdad, ¿no crees que Kisaragi deberían darnos un descanso? Me he ganado más puntos malos en esta semana que en todo el tiempo que llevo como agente.
Alice le lanzó una mirada seria.
—No te olvides de que tienes un contrato que cumplir, Rokugo. Aunque sí, admito que has sido bastante... "dedicado" en tu trabajo.
De vuelta en la base principal de Kisaragi, las ejecutivas revisaban el informe. Lilith, la científica otaku, no pudo evitar soltar una carcajada al ver la foto.
—¡Miren esto! Rokugo parece estar disfrutando demasiado de su misión. ¿No creen? —dijo, señalando la imagen con burla.
Belial, siempre autoritaria, arqueó una ceja.
—Ese idiota probablemente está usando esto como excusa para no regresar. ¿Qué demonios está haciendo con ese escuadrón?
Lilith continuó, sin perder la oportunidad de molestar a Astaroth.
—Apuesto a que no regresa porque, en ese planeta, al estar en guerra, hay pocos hombres y muchas mujeres hermosas. Seguro ya se consiguió una amante, ¿verdad, Astaroth?
Astaroth, visiblemente incómoda, negó rápidamente, su rostro enrojecido.
—¡Eso es absurdo! Rokugo no es así. Estoy segura de que está concentrado en su misión... ¡y nada más!
Belial rodó los ojos.
—Conociendo a Rokugo, seguro está causando caos. Solo espero que no comprometa la reputación de Kisaragi.
Mientras tanto, Astaroth permanecía en silencio, tratando de convencerse de que Lilith estaba equivocada. Sin embargo, no podía evitar sentir una punzada de preocupación por lo que Rokugo podría estar haciendo en ese lejano planeta.
En el patio de entrenamiento de la base de Kisaragi, Belial se encontraba de pie frente a dos nuevos agentes, sus brazos cruzados y su mirada severa. Los recién llegados, etiquetados como F17 y F18, estaban arrodillados, ambos mostrando signos claros de haber sido sometidos a un combate brutal.
—Escuchen bien, —gruñó Belial, señalándolos con un dedo intimidante—, aquí no importa quiénes eran antes. Ya no son "Faustress del Viento" ni "Héroe". Ahora son F17 y F18, y obedecerán las órdenes de Kisaragi. ¿Está claro?
F18, el más joven de los dos, alzó la vista con un brillo desafiante en sus ojos.
—¡No puedo aceptar esto! ¡Soy un príncipe, y mi país me necesita! ¡Déjeme ir!
F17, por su parte, se giró hacia su compañero, su expresión marcada por el rencor.
—¡Todavía tengo asuntos pendientes contigo, ! ¡Quiero enfrentarme a ti ahora mismo!
Belial no perdió tiempo en acabar con sus protestas. Con un movimiento rápido, lanzó un golpe que dejó a ambos fuera de combate, estampados en el suelo.
—Ya basta, —dijo con tono gélido—. No tienen derecho a quejarse. Ahora son agentes de Kisaragi y cumplirán con su deber.
Desde una ventana del edificio principal, Astaroth observaba la escena con una mezcla de curiosidad y desconcierto. A su lado, Lilith revisaba un monitor mientras murmuraba para sí misma.
—¿Quiénes son esos dos? —preguntó Astaroth, frunciendo el ceño—. Nunca los había visto antes.
Lilith, sin apartar la vista del monitor, respondió con indiferencia.
—Simplemente aparecieron de la nada en el patio de Belial. Según lo que me dijo, comenzaron a atacarse mutuamente sin razón aparente, así que los venció y los reclutó.
Astaroth parecía preocupada.
—¿Y qué historia tienen? ¿De dónde vienen?
Lilith se encogió de hombros.
—Eso no importa. Pronto olvidarán sus nombres, su pasado y todo lo que eran antes. Así es como funciona Kisaragi. En poco tiempo, solo serán F17 y F18, agentes leales a nuestra causa.
Más tarde, en el interior de una celda temporal, F18 seguía resistiéndose a aceptar su destino. Golpeaba las paredes, mientras sus gritos resonaban en el pasillo.
—¡No pueden hacerme esto! ¡Soy un príncipe! ¡Mi gente me necesita!
F17, sentado en la esquina opuesta, lo miraba con desprecio.
—Deja de gritar. A nadie le importa quién eras. Aquí todos somos iguales.
F18 se giró hacia él, con los ojos llenos de ira.
—¿Y tú qué sabes? ¡Tú también tenías un título, un ejército! ¿No te importa haberlo perdido?
F17 apretó los dientes, su rostro endurecido.
—Claro que me importa. Pero Belial tiene razón. Ya no somos quienes éramos. Ahora solo somos herramientas para ellos.
De vuelta en la sala de control, Lilith y Astaroth observaban las cámaras de seguridad que mostraban a los dos nuevos agentes en su celda.
—F18 es testarudo, —comentó Lilith con una sonrisa divertida—. Pero pronto se dará cuenta de que no tiene elección.
Astaroth, con una expresión más seria, murmuró.
—¿Y si no lo hace? ¿Y si intenta rebelarse?
Lilith soltó una risa burlona.
—Entonces, Belial se encargará de él... otra vez. Aunque dudo que haga falta. Nadie puede resistirse a Kisaragi por mucho tiempo.
Astaroth se quedó en silencio, observando cómo F18 seguía golpeando las paredes, su espíritu aún intacto. Algo en su interior le decía que estos dos nuevos agentes serían más complicados de manejar que los reclutas habituales.
Mientras Alice enviaba el reporte, ambos se pusieron a revisar los informes de otros agentes. Rokugo hojeaba los reportes de forma desinteresada, hasta que uno en particular llamó su atención.
—Oye, ¿qué es esto? —preguntó Rokugo, señalando la pantalla—. Parece que el Agente 22 envió un mensaje de "Misión fallida, planeta hostil".
Alice frunció el ceño y revisó el archivo.
—Sí, ese es el Agente 22. Lo enviaron a un mundo similar a este, con tecnología medieval y aventureros. Veamos qué tiene que decir...
Rokugo y Alice comenzaron a leer el reporte, y a medida que avanzaban, sus expresiones se tornaban cada vez más sorprendidas.
Reporte del Agente 22: "Misión Fallida - Planeta Hostil"
"En mi llegada a este planeta, intenté iniciar con una táctica de baja visibilidad y acepté un empleo como albañil para recopilar información básica sobre la cultura local. Esto fue suficiente para mantenerme bajo perfil por un tiempo, aunque debo decir que el hecho de que nadie cuestionara mi traje tecnológico en un mundo medieval me resultó extraño."
"Entre mis compañeros de trabajo, había una mujer de cabello azul que parecía tener habilidades excepcionales. Podía construir paredes en un tiempo récord y sólo trabajaba medio turno en la construcción, lo cual levantó mi sospecha. En una ocasión, uno de nuestros colegas murió en un accidente, y ella lo revivió con facilidad, aceptando una cerveza como pago. Al principio pensé que era una especie de curandera, pero sus habilidades parecían exceder cualquier explicación lógica."
"En cuanto a la fauna local, descubrí que existen ranas gigantes que pueden devorar personas de un solo lengüetazo. Sorprendentemente, los aventureros de ese mundo cazaban a estas criaturas sólo con espadas. Vi incluso a un sujeto que podía manipular brazos gigantes que salían de su espalda para mover los cadáveres de las ranas. Honestamente, comencé a dudar de mi propia cordura al ver cosas así."
"Entre mis observaciones, noté también una pequeña niña que lograba causar explosiones gigantescas, aparentemente sólo para cazar una de estas ranas. Lo más extraño de todo es que nadie parecía alarmado; era algo rutinario para ellos. Fue en ese momento cuando comencé a pensar que este mundo era mucho más peligroso de lo que inicialmente había anticipado."
"Intenté ganar puntos malos para equiparme con mejores herramientas. Me acerqué a una mujer que parecía una guerrera y decidí asustarla, pero la situación se salió de control. Ella se emocionó y me atacó, y aunque intenté defenderme, su resistencia física era tan absurda que terminé rompiéndome la mano. Era como golpear una pared."
"Para mi asombro, incluso hubo un extraño hombre que afirmaba saber que yo era un espía. Me dijo que mi presencia allí era 'intrigante'. En un ataque de pánico, le disparé, pero no le hizo absolutamente nada. En lugar de reaccionar, simplemente se rió y se fue como si no le importara."
"Por último, debo mencionar que los vegetales en este mundo son capaces de salir de la tierra y atacar a cualquiera que tengan cerca. Los habitantes parecen estar acostumbrados a esto y hasta organizan cosechas armadas. Todo en este planeta es absurdo e ilógico, y he llegado a cuestionar mi cordura durante mi tiempo aquí."
"Para rematar, me informaron que la ciudad donde me encontraba, Axel, era una zona tranquila y usada por los aventureros novatos para iniciarse. Esto significa que, en teoría, era el lugar menos peligroso del planeta."
"Al completar mi máquina de teletransportación en una mazmorra abandonada que compre, antes llamada "El Calavoso de Keele" para salir de allí, decidí poner a prueba una última teoría sobre la gente de este mundo. Vi a una chica bajita y delgada, sola, y pensé que podría atacarla para medir su reacción. Sin embargo, me di cuenta de que estaba rodeada por esa misma albañil de cabello azul, la guerrera resistente y la niña de las explosiones. Parecía ser la líder de su grupo, y la forma en que la miraban y la respetaban me intimidó. Finalmente, desistí de mi plan y decidí abandonar ese lugar antes de que algo peor me sucediera."
Rokugo y Alice terminaron de leer el reporte en completo silencio. Rokugo parecía atónito, mientras que Alice miraba la pantalla con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿Así que... el Agente 22 fue prácticamente derrotado psicológicamente? —dijo Rokugo, soltando una carcajada—. ¡Ese tipo es un cobarde! ¡Una chica bajita lo intimidó sólo porque parecía ser la líder de un grupo! ¡Ja!
Alice asintió, aunque con un toque de seriedad en su mirada.
—Puede que sea divertido, pero si el Agente 22 falló en ese planeta, eso significa que hay algo más en ese lugar. No deberíamos subestimarlo, especialmente si queremos establecer una base allá en el futuro. Quizás sea mejor evitar enviar agentes a ese planeta... por ahora.
Rokugo chasqueó la lengua, intrigado. —. Bueno, mientras no nos crucemos con ellas, todo está bien.
Alice asintió, archivando el reporte del Agente 22 en los registros.
—De acuerdo, centrémonos en nuestra misión aquí. Pronto la base estará lista y podremos traer a los soldados de Kisaragi para iniciar la conquista en serio. Aunque, tal vez en el futuro tengamos que considerar qué tipo de enemigos pueden existir en otros mundos. Si hay personas como las que el Agente 22 describe, puede que enfrentemos obstáculos inesperados.
Rokugo se encogió de hombros, confiado.
—Bah, obstáculos o no, somos de Kisaragi. No hay planeta o grupo de aventureros raros que puedan detenernos.
Alice sonrió, aunque una parte de ella sentía curiosidad por aquel extraño mundo y sus inusuales habitantes. El misterio de ese lugar quedaba como una incógnita para el futuro, una que podría cambiar el rumbo de la Corporación Kisaragi en formas que ni siquiera ellos podían prever.
Escenario- Base improvisada de Kisaragi
Después de completar el reporte y enviar la información a Kisaragi, Alice se dirigió al equipo tecnológico que había instalado en aquella casa abandonada en medio del desierto. En un rincón de la sala, varios cables colgaban y parpadeaban luces de diferentes colores. Rokugo estaba descansando en una silla, observando cómo Alice terminaba de configurar el sistema.
—Bien, creo que eso es todo. Ahora tenemos internet en esta base improvisada —dijo Alice, dando unos toques finales en el teclado y luego mirando a Rokugo—. Con esto podremos conectarnos directamente con la corporación y transmitir la información en tiempo real.
Rokugo soltó un suspiro de alivio.
—¡Por fin! Estoy harto de estar desconectado del mundo. Ya no podía soportar otro segundo en este caluroso desierto sin poder ver mis programas.
A medida que Rokugo observaba la pantalla de la máquina recién ensamblada, el rostro familiar de Astaroth apareció en la videollamada. Su sonrisa amistosa y una mirada de genuina alegría se mezclaban con una pizca de sorpresa.
—¡Rokugo! —exclamó Astaroth—. ¡Por fin puedo verte! No tienes idea de cuánto hemos esperado esta comunicación.
—Rokugo... —dijo, intentando mantener su tono neutral pero claramente aliviada de verlo—. ¿Así que aún sigues vivo en ese caluroso desierto?
Rokugo sonrió con su típica arrogancia.
—¿Me extrañaste, Astaroth? Apostaría a que sí. Aunque puedo decir que estás celosa.
Astaroth frunció el ceño, tratando de ocultar su incomodidad.
—¿Celosa? ¿De qué?
Rokugo se recostó en su silla, fingiendo estar relajado.
—Oh, no sé. Tal vez porque aquí tengo tres lindas chicas en mi escuadrón. Seguro leíste mi reporte, ¿verdad?
Astaroth desvió la mirada, cruzando los brazos.
—Leí el reporte. Pero esas chicas son tus subordinadas. No estoy celosa. Además, ¿por qué no has regresado? Podrías estar aquí conmigo, en vez de quedarte en ese planeta olvidado por el tiempo.
Rokugo suspiró.
—Confía en mí, me encantaría regresar, pero hay un pequeño problema... —miró hacia Alice, quien asintió en silencio.
Alice explicó.
— Ejecutiva suprema de Kisaragi , la conquista del planeta sera mucho mas eficiente si los habitantes nos colaboran y Rokugo es el agente en el que los locales confian.
Rokugo se encogió de hombros.
—Ya sabes cómo soy. Pero no te preocupes, tengo una solución. Quiero quedarme aquí y construir una base fuerte para Kisaragi en este planeta. Además, hay algo más que quiero proponerte.
Astaroth lo miró con cautela.
—¿Qué cosa?
Rokugo sonrió de lado.
—Quiero que te cases conmigo y me mantengas.
Astaroth se sonrojó inmediatamente, desviando la mirada.
—¡No digas tonterías! ¡Esto es una videollamada oficial!
Antes de que Rokugo pudiera insistir, Alice intervino.
—Rokugo, la máquina teletransportadora está activada. Nuestro primer refuerzo está a punto de llegar.
—Astaroth, ya ni recordaba cuántos meses llevo en este planeta polvoriento —dijo Rokugo, rascándose la cabeza con un gesto entre molesto y aliviado—. Y no me malinterpretes, ¡ha sido una experiencia enriquecedora!, pero... ¿cuándo van a enviar más refuerzos?
La expresión de Astaroth cambió, y su tono se volvió más serio.
—Desearía poder decirte que están en camino, Rokugo —dijo ella, suspirando—, pero hay una nueva revolución en la Tierra, y todos nuestros agentes están luchando contra los rebeldes. La situación está bastante complicada.
Rokugo se inclinó hacia la pantalla, frunciendo el ceño.
—¿Otra revolución? ¿Contra quién están peleando ahora?
—Un grupo de antiguos operativos de la Corporación Kisaragi —explicó Astaroth—. Se unieron y ahora están intentando derrocar las bases de control para formar una nueva organización.
Antes de que Rokugo pudiera responder, un fuerte zumbido de la máquina de teletransporte lo hizo girar sobre sus talones. La estructura emitió un destello brillante, y en medio de las chispas apareció una figura enorme, imponente, con rayas felinas y una cola que se movía con agilidad.
—
—¡Nyaa! —saludó el recién llegado con entusiasmo, levantando una mano—. ¡Rokugo, viejo amigo! ¡Es bueno verte!
Rokugo soltó una carcajada.
—¡Hombre Tigre! No esperaba verte tan pronto. ¿Te hicieron "nyaar" al final de cada oración como parte de la cirugía?
El Hombre Tigre sonrió ampliamente.
—Por supuesto, nyaa. ¡Es para proteger a los niños! Quiero que confíen en mí, nyaa. Y ahora, ¡estoy aquí para ayudarte con esta misión, nyaa!
Rokugo se frotó la frente, intentando contener otra carcajada.
—Eres todo un personaje, amigo. Bueno, déjame ponerte al tanto.
Astaroth, desde la pantalla, no pudo evitar reírse de la interacción.
—Hombre Tigre es uno de nuestros agentes más dedicados —dijo ella—. De hecho, él fue voluntario para convertirse en un "peluche protector" después de que una horda de rebeldes atacara una colonia de familias en la Tierra.
Rokugo miró a Hombre Tigre con admiración.
—Eso es lealtad y dedicación, compañero. Aunque... —dijo, riéndose—, ¿no te resulta incómodo terminar cada frase con "nyaa"?
Hombre Tigre soltó una risa profunda y sin titubeos.
—Para nada, nyaa. Es la manera perfecta de demostrarle a los niños que soy de fiar y que no les haría daño, nyaa. Si eso significa protegerlos mejor, entonces estoy feliz de "nyaar" cuando sea necesario.
La seriedad y convicción en la voz de Hombre Tigre demostraban cuánto respetaba su misión de proteger a los más vulnerables, pero Rokugo no pudo evitar responder con una sonrisa burlona.
—Bueno, con esa actitud de "niñera felina" seguro que te ganaste unas cuantas miradas extrañas, amigo.
Hombre Tigre encogió los hombros con resignación.
—Sí, pero no hay nada que no haría por un "¡Gracias, señor Tigre!" al final del día, nyaa. Y ahora, aquí estoy, listo para ayudarte a limpiar este planeta 407 de lo que sea que lo amenace, nyaa.
Rokugo sonrió de lado y se cruzó de brazos, sintiéndose reconfortado por la presencia de su leal y peculiar compañero.
—¡Oh, Astaroth! Créeme, ninguna de esas chicas puede igualarte. Además, sólo estoy aquí porque quiero asegurarme de que esta misión sea un éxito. Nada de sentimentalismos, ya sabes.
Astaroth frunció el ceño, claramente molesta.
—Espero que así sea, Rokugo. No me gustaría pensar que has perdido el rumbo por un par de sonrisas. Pero en fin, les enviaré refuerzos.
Astaroth colgaria la videollamada
Rokugo se llevó las manos a la nuca, contento.
—¡Perfecto! El Hombre Tigre será una gran ayuda aquí. No puedo esperar para verlo en acción de nuevo.
Alice asintió mientras revisaba algunos archivos en la computadora.
—Bien, en cuanto llegue el Hombre Tigre, podremos continuar con nuestras operaciones. Nos han asignado una misión interesante para empezar.
Rokugo suspiró y se volvió hacia Hombre Tigre, quien estaba claramente emocionado de explorar el nuevo mundo.
—Mira, amigo, tengo que ponerte al tanto de lo que nos espera aquí —dijo Rokugo, con un tono de advertencia—. Este planeta, que llaman "407," es mayoritariamente desértico, o al menos el Reino de Tilis, donde estamos. Entre tanta arena y ruinas, hay muy pocos hombres, ya que la guerra los ha diezmado; la mayoría de la población es femenina. Eso significa que tendrás que controlar tu "impresionante encanto," ¿sí? Este no es nuestro territorio.
Hombre Tigre asintió, pero sus orejas se movían con interés por la información.
—Entiendo, nyaa. Pero, ¿y los enemigos? ¿Algún tipo de fauna local que deba conocer?
Rokugo sonrió.
—Ah, sí, los monstruos aquí son una especie de "animales gigantes". Les llaman "Titanes." No son solo grandes y brutales; tienen un talento molesto: regeneración. La única forma de matarlos es darles en la nuca, así que mantén eso en mente si tienes la mala suerte de enfrentar uno.**
Hombre Tigre gruñó y se pasó una garra por la barbilla, tomando nota.
—Curioso, nyaa. Nunca me he enfrentado a nada así. Bueno, al menos no me hace falta una motosierra, ¿verdad?
—He tenido que usar mi modo SIN LIMITES varias veces desde que llegué. Y eso incluye lidiar con demonios y Titanes Golem.
El Hombre Tigre levantó una ceja, sorprendido.
—¿Tú? ¿Usando el modo SIN LIMITES varias veces? En la Tierra, casi nunca lo activabas, ni siquiera contra héroes o armas de guerra. Eso dice mucho sobre este planeta, nyaa.
Rokugo asintió, su expresión seria.
—Sí, este lugar es diferente. Pero con tu ayuda, tal vez podamos darle un buen giro a esta situación.
El Hombre Tigre sonrió, mostrando sus colmillos.
—Cuenta conmigo, nyaa. ¡Trabajaremos juntos como en los viejos tiempos!
Mientras Alice ajustaba la máquina teletransportadora para futuras llegadas, Rokugo y el Hombre Tigre comenzaron a planificar su próximo movimiento, listos para enfrentar los desafíos de este extraño y peligroso planeta.
La expresión de Hombre Tigre pasó de divertida a concentrada.
—Eso sí que es serio, nyaa. No imaginaba que fuera tan intenso.
—Créeme, lo es. —Rokugo asintió y luego le dio una palmada en la espalda—. Pero hablemos de algo más agradable. Ven, quiero presentarte a mi unidad.
En el patio del castillo, Snow, Rose y Grimm esperaban a Rokugo. Al llegar con el Hombre Tigre, las tres reaccionaron de manera predecible.
Snow retrocedió de inmediato, llevándose la mano a la espada.
—¿Qué es esto? —dijo con una mezcla de incredulidad y alarma—. ¿Es algún tipo de demonio?
Rose, con una expresión seria, se acercó un poco más.
—No creo que sea un demonio. Parece más una quimera... Aunque, —hizo una pausa y se lamió los labios—, si es un felino, debe saber interesante.
El Hombre Tigre levantó las manos rápidamente.
—¡Espera, nyaa! No soy comida, nyaa. Soy un aliado, nyaa.
Grimm, quien acababa de despertarse de su siesta en el suelo, se levantó de golpe y terminó cayéndose hacia atrás.
—¡¿Qué demonios es eso?! ¿Me he perdido algo importante mientras dormía?
Rokugo soltó una carcajada.
—Chicas, cálmense. Este es el Hombre Tigre. Es un viejo amigo mío y también un agente de Kisaragi. Está aquí para ayudarnos.
Las tres mujeres se miraron entre sí, claramente confundidas.
—¿De dónde viene exactamente? —preguntó Snow, con un tono sospechoso—. Al igual que tú y Alice, no parece de este mundo.
Grimm asintió.
—Sí, ahora que lo mencionan... ¿de dónde vienen ustedes? ¿cómo es que no llegaron en carretas o volando?
Rokugo suspiró, dándose cuenta de que la pregunta era inevitable.
—Está bien, escuchen. No somos de este planeta. Venimos de otro mundo, y nuestra misión es expandir los servicios de Kisaragi por todo el universo.
Rose frunció el ceño.
—¿Universo? ¿Qué significa eso? ¿Es algún tipo de reino lejano?
Snow cruzó los brazos, claramente escéptica.
—¿Nos estás diciendo que eres... de otro mundo? Eso suena completamente ridículo.
Sin embargo, Grimm parecía emocionada.
—¡Eso tiene sentido! Seguro son poderosos magos de otro mundo. Eso explica todo.
Rokugo rodó los ojos.
—No somos magos, Grimm. Y no somos dioses ni algo por el estilo. Solo somos agentes de una organización interplanetaria. Aunque... —miró a Alice—, tal vez deberíamos aclarar algo más.
Alice asintió y se adelantó.
—También soy un androide. Eso significa que soy una máquina con apariencia humana, diseñada para seguir instrucciones.
Snow y Rose parecían más confundidas que nunca. Snow frunció el ceño.
—¿Un... qué? ¿Cómo un golem?
Rokugo se rascó la barbilla.
—Algo así. Aunque, siendo honesto, Alice tiene demasiada personalidad para ser solo un golem.
Grimm parecía totalmente fascinada.
—¡Eso es increíble! Entonces, ¿qué otras cosas pueden hacer ustedes? ¿Tienen armas mágicas? ¿Secretos místicos?
Rokugo sonrió con suficiencia.
—Tenemos muchas cosas interesantes, pero tendrán que esperar para verlas. Ahora mismo, lo más importante es prepararnos para lo que venga.
—Chicas, él es Hombre Tigre, un viejo amigo y compañero de mi país. Vino para ayudarnos en la misión.
Snow examinó a Hombre Tigre, pero su atención se dirigió rápidamente a su enorme katana.
—Impresionante arma que tienes ahí, Hombre Tigre. ¿La usaste en muchas batallas?
—Por supuesto, nyaa. En la Corporación Kisaragi, cada agente se enfrenta a todo tipo de peligros, y nunca falta una buena pelea, nyaa.
Mientras tanto, Rose lo olfateaba curiosamente y ladeaba la cabeza.
—¿Eres algún tipo de quimera? —preguntó con genuina intriga—. Pareces un felino, pero no huelo carne humana en ti... ¿qué eres?
Hombre Tigre dejó escapar una carcajada amistosa.
—Digamos que fui "mejorado" por nuestro país. Así es más fácil cuidar a... criaturas jóvenes. Y cuando es necesario, ¡también peleo, nyaa!
Por otro lado, Grimm se despertó bruscamente de su siesta en el suelo, lanzándose hacia atrás al ver a Hombre Tigre.
Rokugo se cruzó de brazos y observó cómo sus tres compañeras trataban de procesar la presencia de un tigre humanoide en el grupo.
—Es un amigo confiable. Nos conoce bien a Alice y a mí, y no se preocupen por su apariencia. Pueden confiar en él como si fuera uno de los nuestros.
Snow miró a Rokugo con curiosidad, mientras Rose y Grimm intercambiaban miradas.
—¿Así que de ahí vienes, Rokugo? —dijo Snow, interesada—. ¿Es un país donde todos son así de... únicos?
—Digamos que nuestra tierra es... distinta —respondió Rokugo con un tono evasivo, intercambiando una mirada rápida con Alice y Hombre Tigre—. Pero, eso es todo lo que necesitan saber, por ahora.
Rose suspiró, un poco frustrada por la falta de respuestas, pero no insistió.
—Bueno, supongo que solo nos queda confiar en ustedes, ya que estamos todos en el mismo barco, o en el mismo desierto, al menos.
Rokugo miró a Hombre Tigre y asintió.
—Eso mismo, Rose. —Luego se volvió hacia su viejo amigo—. Bienvenido al equipo, Hombre Tigre. Esto apenas comienza, y seguro que nos divertiremos.
El Hombre Tigre, aunque un poco intimidado por las peculiares personalidades de las chicas, se mostró entusiasta.
—Parece que tienes un escuadrón muy único, nyaa. Esto será divertido, nyaa.
Rokugo asintió, aunque sabía que los días venideros estarían llenos de desafíos.
—Sí, divertido es una manera de describirlo. Solo espero que estas tres no se vuelvan locas ahora que saben un poco más de nosotros.
Snow, aunque todavía escéptica, no pudo evitar sentir una pequeña chispa de curiosidad.
—Por ahora, solo espero que todo esto no termine en desastre.
Grimm levantó la mano emocionada.
—¡Yo digo que terminemos esto con una celebración!
Rokugo suspiró, mirando a Alice y al Hombre Tigre.
—Esto va a ser un largo mes.
Más tarde, Rokugo llevó a Hombre Tigre ante la princesa Tilis para completar la documentación necesaria y oficializar su incorporación temporal en la unidad.
—Princesa Tilis, he venido a solicitar que mi colega, Hombre Tigre, sea admitido como miembro mercenario de combate de Kisaragi al servicio del reino. Su fuerza y habilidades pueden ayudarnos en las próximas misiones, explicó Rokugo, con una ligera inclinación.
La princesa observó a Hombre Tigre con ojos amplios y curiosos. Era evidente que la figura de un tigre humanoide la sorprendía, aunque mantenía una sonrisa de bienvenida.
—Vaya, vaya, Rokugo. Parece que tienes amigos bastante peculiares —dijo Tilis, lanzando una mirada divertida—. Es un alivio ver que por fin tienes un aliado. Aunque, ¿no estarán planeando alguna especie de invasión a nuestro reino, verdad?
Rokugo soltó una risa falsa, fingiendo tomarse el comentario a la ligera.
—Claro que no, princesa. No hay planes de ese tipo, puedo asegurarlo. Estamos aquí para ayudar.
La princesa asintió, complacida con su respuesta, y finalmente aceptó su solicitud. Luego, sin perder tiempo, le asignó al grupo una misión que parecía casi un favor personal.
Esa noche, Rokugo decidió llevar a cabo un plan que llevaba días considerando. Entró sigilosamente a la habitación de Snow, observando con cuidado cómo dormía profundamente, abrazada a su espada mágica. Con movimientos calculados, tomó la espada de su lado sin despertarla.
—De verdad duerme con esta cosa. —murmuró Rokugo para sí mismo mientras salía de la habitación con una sonrisa traviesa.
En la base de Kisaragi, Rokugo encontró al Hombre Tigre practicando sus movimientos. Sin pensarlo mucho, le lanzó la espada de Snow.
—¡Vamos a probar tu destreza, Tigre! Quiero ver si puedo vencerte con esta espada mágica.
El Hombre Tigre atrapó la espada en el aire, observándola con curiosidad.
—Nyaa, eso no es justo. ¡Es una espada mágica, nyaa! Yo solo tengo mi katana, nyaa.
Rokugo se rio.
—Deja de quejarte y pelea.
El combate comenzó rápidamente, pero terminó en segundos. La katana del Hombre Tigre cortó la espada de Snow limpiamente en dos.
Ambos quedaron paralizados, observando los fragmentos de la espada en el suelo.
—¡Nyaa, esto es malo! —dijo el Hombre Tigre, entrando en pánico.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Rokugo, igual de asustado.
Alice, que había estado observando desde un rincón, se acercó con calma.
—Podemos arreglarlo lo suficiente para que Snow piense que la rompió cuando la usó. O podemos decir que era de mala calidad y reclamar al vendedor.
Antes de que pudieran decidir qué hacer, Snow apareció en la base, claramente enfadada.
—¡¿Dónde está mi espada?! —gritó, mirando directamente a Rokugo y al Hombre Tigre—. ¡Sé que tú tienes algo que ver con esto, Rokugo! ¡Y tú, bestia demoníaca, también!
Rokugo intentó calmarla con una historia inventada.
—Snow, escucha. Tu espada... cobró vida. Gritó algo sobre "homicidas clonados" y salió corriendo.
Snow lo miró con incredulidad.
—¿De qué estás hablando? ¡Esa es la excusa más ridícula que he escuchado!
Rokugo continuó, improvisando.
—Volvió, pero estaba rota. Parece que la espada se vengó de sí misma.
Snow vio los fragmentos de su espada en el suelo y, al darse cuenta de que estaba rota, comenzó a llorar.
—¡Aún no termino de pagarla! —sollozó, cayendo de rodillas.
El Hombre Tigre, sintiendo empatía por Snow, dio un paso adelante y le ofreció su propia katana.
—Snow, toma mi katana, nyaa. Puede que no sea mágica, pero es una excelente espada, nyaa.
Snow tomó la katana, sus lágrimas desapareciendo rápidamente mientras sonreía de oreja a oreja.
—¿En serio? ¿Es para mí? ¡Gracias, best...! Digo, ¡gracias, Hombre Tigre!
Por primera vez, Snow trató al Hombre Tigre con respeto y amabilidad, aunque él no olvidaba cómo lo había llamado "bestia demoníaca".
—¿Tienes más espadas como esta? —preguntó Snow con entusiasmo—. Tal vez no sea un problema para ti conseguir más, ¿verdad?
El Hombre Tigre soltó una risa nerviosa.
—No tantas como crees, nyaa...
Mientras Snow probaba la katana con emoción, Rokugo se apoyó contra una pared, suspirando.
—Bueno, al menos no intentó matarme esta vez.
Alice, siempre práctica, añadió.
—Deberías ser más cuidadoso, Rokugo. No siempre tendrás a alguien como el Hombre Tigre para salvarte de tus problemas.
Rokugo sonrió, mirando a Snow mientras practicaba con su nueva espada.
—Quizás tengas razón. Pero, por ahora, digamos que este desastre terminó mejor de lo esperado.
El grupo estaba reunido en una ruidosa taberna de Grace, donde el bullicio de los clientes y el olor a comida peculiar llenaban el ambiente. Grimm y Rose habían pedido su cambio oficialmente, renunciando a la Guardia Real para volver a ser simples soldados. Aunque no lo admitieran abiertamente, ambas sentían que no encajaban bien en la estructura rígida de la corte.
—No es como si nos necesitaran allá arriba —comentó Grimm mientras mordisqueaba un trozo de pan duro—. Además, prefiero estar aquí abajo, donde nadie me mira como si fuera una extraña.
Rose asintió mientras devoraba su plato con entusiasmo.
—Sí, al menos aquí puedo comer sin que me juzguen por mi apetito.
Snow, quien estaba sentada en una esquina de la mesa, fingía indiferencia mientras miraba hacia otro lado. Aunque había recuperado su puesto como comandante de la Guardia Real, no estaba exactamente feliz. La princesa Tilis la había alejado discretamente de su círculo cercano, probablemente porque seguía desconfiando de ella tras el incidente con Rokugo.
—Estoy aquí solo para vigilarlos —dijo Snow con tono autoritario, aunque evitaba hacer contacto visual con el resto del grupo—. No piensen que esto es una reunión amistosa.
Rokugo, ignorando sus palabras, se inclinó hacia atrás en su silla con una sonrisa arrogante.
—Admítelo, Snow. Estás aquí porque te sientes sola. Sin nosotros, tu vida sería demasiado aburrida.
Antes de que Snow pudiera responder, un grupo de niños pasó junto a su mesa, señalando a Rokugo con risas burlonas.
—¡Es Zipper Man! ¡El pervertido del pueblo!
La expresión de Rokugo cambió de confiada a molesta en un instante.
—¿Todavía con eso? ¿Cuándo se olvidarán de esos carteles?
Alice, siempre analítica, intervino:
—Capitán, la reputación es un factor importante en las relaciones sociales. Sugiero que tome medidas para mejorarla.
Rokugo bufó antes de dirigirse al camarero.
—¿Puedo pedir algo en este menú que no sean orcos cocinados? Ya saben, algo que no me haga sentir que estoy comiendo a un pariente lejano.
El camarero lo miró con indiferencia.
—Lo siento, señor. Los orcos son lo más accesible. Si quiere algo diferente, tendrá que pedirlo especial.
Snow levantó la mano sin esperar a que Rokugo respondiera.
—Yo quiero un Mokemoke . Y sírvanlo rápido.
Rokugo frunció el ceño cuando le colocaron el plato frente a él. El "Mokemoke" parecía una langosta gigante con un brillo extraño en su caparazón.
—¿Qué demonios es esto? —preguntó mientras pinchaba el cuerpo con el tenedor.
Snow cruzó los brazos y respondió con aire de superioridad:
—Es una langosta titán que vive en el Bosque Oscuro. Ocasionalmente, algunos valientes cazadores van a buscarlas. Claro, hay que inyectarles un químico antievaporante para poder consumirlas sin que desaparezcan.
Rokugo hizo una mueca de disgusto.
—¿Y por qué alguien querría comer algo así? Parece salido de una pesadilla.
Alice, interesada en la explicación, se inclinó hacia Snow.
—¿Podrías llevarnos a cazar uno? Me gustaría observar cómo se hace.
Snow arqueó una ceja.
—¿Por qué debería ayudarte?
Alice sonrió ligeramente.
—Te pagaré. Considera esto una oportunidad para demostrar tus habilidades... y tal vez para liberar algo de estrés.
Snow suspiró, pero finalmente aceptó.
—Bien. Pero no me culpes si alguno de ustedes termina muerto o convertido en cena de titanes.
En ese momento, Grimm se levantó de la mesa abruptamente.
—Nos vemos luego. Tengo una fiesta de té a la que asistir.
Rose la miró confundida.
—¿Una fiesta de té? ¿Ahora?
Grimm asintió con una sonrisa traviesa.
—Exacto.
Con el equipo de maniobras 3D ajustado perfectamente, Snow lideró a Rokugo y Alice hacia el Bosque Oscuro, un lugar conocido por su densa neblina y criaturas peligrosas. Las ramas retorcidas de los árboles apenas dejaban pasar la luz del sol, creando un ambiente sombrío y opresivo.
—Manténganse cerca —advirtió Snow mientras activaba su equipo—. Este bosque está lleno de trampas naturales y titanes pequeños que podrían atacarnos sin previo aviso.
Rokugo, aún incómodo con el equipo de maniobras 3D, intentó seguirle el paso.
—¿Sabes? Prefiero caminar sobre mis propios pies. Este traje me hace sentir como un mosquito colgante.
Alice lo ignoró y continuó registrando datos en su dispositivo.
—Capitán, recuerde que estamos aquí para observar. No se distraiga.
Después de unos minutos de avanzar cuidadosamente, Snow señaló una figura enorme en la distancia.
—Ahí está. Un Mokemoke adulto. Prepárense.
Snow se lanzó hacia adelante con precisión quirúrgica, usando su equipo de maniobras 3D para rodear al monstruo. Rokugo observó impresionado mientras ella inyectaba el químico antievaporante en el caparazón del titán con rapidez y eficiencia.
—Wow —murmuró Rokugo—. No está mal para alguien tan rígida.
Snow lo fulminó con la mirada.
—Cierra la boca y aprende, idiota.
Mientras tanto, Alice tomaba notas detalladas del proceso, claramente fascinada por la técnica utilizada.
—Interesante. La combinación de tecnología y química es notable. Esto podría ser útil para futuras misiones.
El grupo avanzaba de regreso al castillo después de su exitosa cacería del Mokemoke. Alice, caminando al lado de Rokugo, parecía absorta en sus pensamientos.
—Rokugo, —dijo con tono pensativo—, hay algo que no tiene sentido sobre los seres titán de este mundo.
Rokugo, masticando un pedazo de jerky que había llevado como snack, la miró con curiosidad.
—¿Ah, sí? ¿Qué cosa?
Alice ajustó sus lentes ficticias.
—Según las leyes de la física y la biología, no deberían existir. Su tamaño debería colapsar sus estructuras internas, Estas criaturas generan temblores pequeños al caminar, pero son absurdamente ligeros muertos. Además, su regeneración desafía cualquier lógica científica. No puedo explicar cómo algo tan grande puede moverse, menos aún cómo puede regenerarse indefinidamente.
Rokugo se encogió de hombros.
—Bueno, tal vez solo son otra de esas cosas raras de este mundo. Ya sabes, como los vegetales asesinos
Alice asintió, aunque claramente seguía dándole vueltas al asunto.
La tribu Kachiwari/Headslitters
Mientras avanzaban, Rokugo detuvo su paso al notar algo extraño en el camino. En un claro del bosque, una enorme serpiente titán estaba incrustada en un palo. Su cuerpo intentaba moverse, pero parecía estar atrapada en un ciclo interminable de regeneración y daño. Las escamas de la criatura brillaban bajo la luz del sol, pero su estado inmóvil era desconcertante.
—¿Qué diablos es eso? —preguntó Rokugo, señalando a la serpiente.
Snow, que venía detrás de él, suspiró al verla.
—Eso es un Supopotchi. También son sabrosos si sabes cómo cocinarlos. Pero, —añadió con seriedad—, ver a un ser titán en esta situación solo significa una cosa.
Rokugo levantó una ceja, preocupado.
—¿Y qué significa?
Snow miró alrededor con cautela antes de responder.
—Estamos en territorio Headslitters.
Rokugo sintió un escalofrío al escuchar ese nombre.
—¿Headslitters? ¿Qué demonios es eso?
Snow cruzó los brazos, claramente tensa.
—Headslitters o Kachiwari como se autonombran, Es una tribu salvaje que vive en el bosque. Son increíblemente hostiles y extremadamente territoriales. Si alguien invade su territorio, no dudan en atacar. Nadie sabe cómo lo logran, pero no tienen armas ni tecnología. Sin embargo, en vez de ser comidos por los titanes, ellos los cazan con sus propias manos.
Alice, intrigada, intervino.
—¿Cazan titanes con sus propias manos? ¿Cómo es eso posible?
Snow negó con la cabeza.
—Nadie sabe cómo lo hacen, pero lo logran. Dicen que los Headslitters pueden aplastar la cabeza de cualquiera que se atreva a cruzar su camino. Los pocos que han escapado de ellos no cuentan la historia completa, pero todos coinciden en que son despiadados.
Rokugo comenzó a sudar frío, retrocediendo lentamente mientras miraba nerviosamente a su alrededor.
—¿Dijiste... aplastar la cabeza? ¿Cómo? ¿Con las manos? ¿Con un palo? ¡Esto es una locura!
Snow arqueó una ceja, confusa ante su reacción.
—¿Estás... asustado? ¿Tú, el comandante que enfrentó a los Titanes Golem y a selectos de lord demonio?
Rokugo levantó las manos, claramente alterado.
—¡Oye, una cosa es enfrentar a demonios y monstruos con un punto débil claro! ¡Pero una tribu de locos sin armas que pueden aplastar cabezas es otro nivel! ¿Cómo se supone que pelee contra eso?
Grimm, todavía adormilada, soltó un bostezo y murmuró.
—¿No puedes usar tu motosierra circular para cortarles las cabezas antes de que te aplasten la tuya?
Rokugo la miró incrédulo.
—¡Eso es si no me sorprenden primero, Grimm!
Rose, que había estado observando tranquilamente, señaló algo entre los árboles.
—Creo que ya saben que estamos aquí.
Rokugo sintió una especie de vibración en el aire, como si los árboles mismos estuvieran susurrando advertencias. Un instante después, figuras cubiertas de barro comenzaron a emerger entre la vegetación, cada una con una máscara de madera tallada y hachas de guerra en las manos.
—¿Pero qué...? —murmuró Snow, colocando la mano en su espada.
Alice analizó las figuras, pero su chip interno solo emitía errores y códigos desconocidos. Rokugo frunció el ceño y concentró su propio chip de traductor, pero el lenguaje que hablaban los nativos no se traducía en absoluto. Los Headslitters, como los conocían los locales, hablaban en una lengua antigua y casi espiritual, incomprensible para todos.
—Esto no se ve bien, dijo Snow, intentando mantenerse despierta y maldiciendo entre susurros. **—Siempre me dijeron que los Headslitters solo salen cuando sienten que su territorio está en peligro... o cuando buscan venganza.
Uno de los Headslitters, cubierto de barro rojizo, dio un paso adelante, levantando el hacha en un gesto de advertencia y emitiendo un sonido gutural, como si los árboles y el viento fueran su voz. La comunicación era imposible, y parecía que la tribu estaba consciente de lo que había ocurrido con el Mokemoke.
—No podemos enfrentarnos a todos ellos —susurró Snow mientras mantenía la mirada fija en cada movimiento de los nativos—. No sin arriesgar el manjar que acabamos de conseguir.
Rokugo alzó las manos, intentando mostrar que no tenían malas intenciones, aunque sabía que la tribu estaba lejos de entender sus palabras. Lentamente, comenzó a retroceder, gesticulando para que su equipo hiciera lo mismo.
—Es mejor que no los provoquemos, susurró Rokugo al grupo. **—Por lo que sabemos, estos tipos podrían aplastarnos antes de que tengamos oportunidad de siquiera contraatacar.
Snow desenvainó su espada con rapidez.
—No hagas movimientos bruscos, Rokugo. Tal vez aún no nos consideren una amenaza.
Alice, siempre lógica, analizó la situación.
—Sugiero que nos retiremos con precaución. Si entramos en combate, corremos el riesgo de alertar a más de ellos.
Rokugo asintió rápidamente.
—Buena idea, Alice. ¡Retirada lenta y sin movimientos sospechosos!
Mientras se retiraban, los Headslitters no avanzaron. Observaban, moviéndose solo cuando el grupo intentaba alejarse. Era como si les estuvieran permitiendo marcharse como una advertencia, un recordatorio de que el bosque y sus criaturas les pertenecían.
—Gracias al cielo... —exclamó Snow en voz baja, aunque todavía con una mano en su espada, lista para cualquier reacción violenta.
—Esto fue solo un aviso, murmuró Alice, sus ojos fríos analizando a la tribu mientras se alejaban. **—Dudo que tengamos una segunda oportunidad si volvemos a este bosque.
Finalmente, los Headslitters se desvanecieron entre las sombras, y el grupo emergió de nuevo en la seguridad del claro, con el Mokemoke aún en sus manos y un recordatorio claro de que debían evitar a la tribu en futuras expediciones.
El grupo llegó al castillo tras su aventura en el bosque. Durante la cena, Rose, aparentemente sin mala intención, mencionó algo interesante.
—Grimm ha estado haciendo invocaciones últimamente.
Rokugo dejó caer su cuchara, mientras Alice se giró inmediatamente hacia Grimm con una expresión crítica.
—¿Invocaciones? —preguntó Alice, cruzando los brazos—. Eso es absurdo. La magia no existe.
Grimm, que estaba mordisqueando un pedazo de pan, alzó una ceja, claramente ofendida.
—¿Qué quieres decir con que no existe? ¡La magia es real! Lo uso todo el tiempo.
Alice sacudió la cabeza.
—Lo que tú llamas "magia" son fenómenos que no comprendes. Todo puede explicarse científicamente. La teletransportación que usamos, por ejemplo, es tecnología avanzada. Y las habilidades "especiales" que podrías ver en otros son simplemente mutaciones o ingeniería genética.
Rokugo, siempre buscando evitar discusiones serias, trató de cambiar el tema.
—¡Vamos, chicas! ¿Qué importa si es magia o tecnología? Mientras funcione, yo estoy feliz.
Pero Grimm no estaba dispuesta a dejarlo pasar.
—¡Te probaré que la magia es real! —declaró, golpeando la mesa con una mano.
Alice alzó una ceja, claramente interesada en el desafío.
—Adelante. Estoy esperando.
Esa noche, Grimm reunió a Rokugo y Alice en el sótano. Colocó un círculo de invocación en el suelo con líneas complicadas y runas que, según ella, eran sagradas. Rokugo parecía aburrido, mientras Alice observaba todo con una mezcla de escepticismo y curiosidad científica.
—¿Y qué se supone que va a pasar? —preguntó Rokugo.
Grimm cerró los ojos, levantando las manos al cielo.
- Primero... tengo que matar este conejo... Capitan ¿Quiere hacer los honorres?
- Preferiria no hacer los horrores
- Por favor, no quiero matarlo
- Porque no compraste carne directamente?
Alice se adelantaria y desnucaria al conejo
- Alice ¿Donde quedo tu compasion?
-Los androides no tenemos compasion
—Oh, gran Zenarith, escucha mi llamado. Envíanos uno de tus siervos para probar el poder de tu magia.
El círculo comenzó a brillar, y en un destello de luz apareció una figura demoníaca. Era un ser alto, con alas membranosas, cuernos y ojos resplandecientes. Su voz resonó en la habitación.
—¿Quién me ha llamado?
Rokugo dio un paso atrás, sorprendido.
—¡¿Qué demonios es eso?! Yo quería un fantasma.
Alice, sin embargo, no parecía impresionada.
—Un holograma. Tiene que haber un proyector oculto en algún lugar.
El demonio se giró hacia Alice, frunciendo el ceño.
—No soy un holograma. Soy un siervo de Zenarith, y estoy aquí para conceder un deseo.
Alice lo señaló con desdén.
—Si eres real, demuéstralo. ¿Dónde está el proyector?
El demonio pareció ofendido, pero no respondió. Alice, frustrada por no encontrar pruebas, se cruzó de brazos.
—Bien, si dices ser un "siervo mágico", cumple mi deseo. Quiero la dominación mundial.
El demonio sacudió la cabeza.
—Ese deseo está más allá de mi poder.
Alice levantó una ceja.
—Entonces haz tres planetas habitables con atmósferas adecuadas para humanos.
El demonio se quedó en silencio, claramente confundido.
—Ese deseo... es... complicado. Necesito más detalles.
Rokugo, que había estado observando en silencio, se adelantó con una sonrisa sarcástica.
—¿Sabes qué? Si no puedes hacer algo impresionante, entonces haz algo útil. Limpia mi casa. Está hecha un desastre.
El demonio miró a Rokugo, suspiró con resignación y comenzó a recoger los papeles y herramientas esparcidos por la habitación. En unos minutos, el lugar estaba impecable.
—Tu deseo ha sido concedido, —dijo el demonio, con tono cansado.
Cuando el demonio desapareció, Grimm miró a Alice con una sonrisa triunfante.
—¿Y bien? ¿Suficiente prueba de que la magia es real?
Alice, sin embargo, no estaba convencida.
—Solo porque no pude encontrar el proyector no significa que sea magia. Probablemente fue una ilusión bien elaborada.
Rokugo, divertido por todo el espectáculo, palmeó a Grimm en el hombro.
—Bueno, Grimm, al menos limpió mi casa. Eso sí que es útil.
Grimm bufó, cruzando los brazos.
—Algún día me tomarán en serio.
Alice seguía analizando todo con escepticismo, mientras Rokugo y Grimm discutían. Aunque la magia seguía siendo un punto de debate, una cosa era segura: la noche había sido, al menos, entretenida.
La conversación con Tilis
En el salón del trono, la princesa Tilis se encontraba frente a Rokugo, quien estaba sentado con su habitual postura relajada. Tilis lo miraba con una mezcla de desaprobación y resignación.
—Rokugo, tenemos un problema que, desafortunadamente, involucra algo que tú hiciste. —comenzó la princesa, con un tono serio.
Rokugo levantó una ceja, fingiendo inocencia.
—¿Yo? ¿Qué hice ahora?
Tilis suspiró, claramente frustrada.
—Cuando llegaste a nuestro reino y reparaste el generador de agua con tu compañera Alice, decidiste establecer una contraseña particularmente inapropiada: "Festival del pene".
Rokugo trató de contener una carcajada, pero falló miserablemente.
—Bueno, era memorable. ¿Quién podría olvidarla?
La princesa lo fulminó con la mirada.
—El problema es que mi padre, el rey, se negó rotundamente a decir esa contraseña en voz alta para activar el generador. En su frustración, huyó sin proveer agua a nuestro pueblo. Yo misma intenté usar el generador, pero me negué a pronunciar semejante vulgaridad.
—Ah, aquí vamos... —murmuró Rokugo, mientras se acercaba para leer el mensaje.
Alice soltó una pequeña risita y le dio un golpecito a la pantalla para mostrarle a los demás.
Mensaje de Tilis: "Rokugo, Ahora, sin agua y sin generador, me veo obligada a enviarl a Snow al reino vecino de Toris para negociar un suministro. Como embajadora, claro. y Quiero que tu y tu unidad sean sus guardaespaldas"
Rokugo no pudo evitar reír, aunque algo nervioso, al recordar la reacción del rey.
Tilis respiró hondo para calmarse.
—Snow será enviada como embajadora al Reino de Toris para negociar la compra de agua. Será una misión diplomática delicada, pero tengo un plan.
Tilis continuó explicando mientras Rokugo la escuchaba con una mezcla de interés y cautela.
—El príncipe de Toris tiene fama de ser extremadamente lujurioso. Es probable que intente propasarse con Snow. Si lo hace, podremos denunciarlo públicamente y presionarlo para que nos venda agua a un precio reducido.
Rokugo frunció el ceño.
—¿Quieres usar a Snow como cebo? ¿Estás segura de eso?
La princesa lo miró con determinación.
—Confío en Snow. Es una mujer fuerte y capaz. Además, tú y tu grupo serán sus guardaespaldas. Asegúrate de que nada pase más allá de lo que necesitamos para completar la misión.
Rokugo suspiró, viendo venir el desastre.
—Está bien, pero si algo sale mal, será tu plan el que fracase, no el mío.
Antes de que pudiera responder, Tilis añadió algo más.
—Normalmente, habría enviado a nuestro estratega para liderar esta misión, pero renunció sin motivo aparente.
El recuerdo de Rokugo
Al escuchar eso, Rokugo recordó en silencio el "motivo aparente" de la renuncia del estratega. Poco después de descubrir que Snow lo había espiado y delatado por orden de dicho estratega, Rokugo había tenido una "conversación privada" con él en el sótano de la base de Kisaragi.
En esa ocasión, Rokugo lo había atado a una silla y usado métodos poco ortodoxos para asegurarse de que no hablara ni causara problemas. Tras varias horas de "persuasión", el estratega había renunciado y desaparecido, aparentemente por voluntad propia.
Rokugo sonrió para sí mismo al recordar el episodio.
—Renunció por razones personales, supongo. Una lástima. —comentó con un tono falsamente despreocupado.
Tilis lo miró con suspicacia, pero decidió no insistir.
La princesa continuaba en su mensaje: "Se les ha concedido la misión de embajadores. El reino de Toris organiza un banquete en su honor. Aprovechen la oportunidad para que la negociación fluya y cumplan con las formalidades. Ah, y por favor, esta vez sin claves absurdas."
—Embajadores, nada menos —añadió Grimm, sonriendo de manera burlona—. **Rokugo, ya eres todo un diplomático.
- ¿Que carruaje nos va a llevar, Quienes seran nuestros guardaespaldas y los señuelos? - PRegunto Grimm
-¿A que te refieres?- Expresaria Rokugo
- El camino entre reinos cubre desierto habitado por titanes.
No hace falta, Observa.
Rokugo, mostrando un poco más de entusiasmo de lo habitual, decidió canjear puntos malos para obtener un vehículo 4x4 todo terreno con Ventana en el techo . La máquina apareció frente a ellos con un brillo metálico reluciente, dejando a Snow, Grimm y Rose boquiabiertas.
—¡¿Qué es esto?! —exclamó Snow, acercándose al vehículo como si estuviera viendo una reliquia sagrada.
Rose ladeó la cabeza, intrigada.
—No tiene caballos ni animales que lo impulsen. ¿Cómo se mueve?
Grimm, frotándose los ojos aún medio dormida, se acercó tambaleándose.
—Esto me recuerda a las historias que contaban los ancianos en mi aldea... ¿No serán esos "autos" de los que hablaban las leyendas?
Rokugo sonrió con suficiencia, golpeando el capó del vehículo.
—Exacto, chicas. Este es un "auto", y vamos a viajar como reyes. Ahora, suban.
Rose quedó boquiabierta. **—¡Un vehículo sin animales! Esto es como lo que cuentan las leyendas de hace siglos, los... ¿autos?
—Tómalo como otro milagro de Kisaragi, Rose —dijo Rokugo, dándole una palmada en la espalda antes de arrancar.
Mientras las chicas ocupaban sus lugares, Grimm insistió en ir con la ventana del techo abierta para sentir el viento en su cara. Snow seguía inspeccionando cada detalle del vehículo, aún impresionada.
Alice sacaria de su antebrazo un adaptador para controlar el Auto, encendiendolo
Mientras avanzaban por el desierto, disfrutando de la velocidad y comodidad del auto, notaron algo en el horizonte. Varias figuras caninas comenzaban a perseguirlos, levantando nubes de polvo detrás de ellos.
—¡Son caninos titán! —gritó Snow, agarrándose de su asiento mientras el auto aceleraba.
Rokugo miró por el retrovisor, chasqueando la lengua.
—¡Maldita sea, no puedo tener un viaje tranquilo ni siquiera una vez! ¡Agárrense!
El vehículo saltaba sobre las dunas, y Grimm, con su ventana abierta, no pudo evitar que se le suba la adrenalina ante la emocion de sentir más viento en su cara.
—¡Esto es genial! —gritó Grimm con una sonrisa amplia.
—¡Siéntate! —le ordenó Rokugo—. ¡Es peligroso!
Pero era demasiado tarde. Al pasar sobre un gran bache, Grimm salió volando por la ventana, aterrizando justo frente a los caninos titán.
—¡GRIMM! —gritó Rose, llevándose las manos a la boca.
Un canino titán se lanzó hacia Grimm, quien yacía inconsciente en la arena. Snow, sin dudarlo, activó su equipo de maniobras tridimensionales, lanzándose hacia la criatura con una velocidad impresionante. En cuestión de segundos, cortó la nuca del titán con un movimiento limpio, derribándolo al suelo.
Rokugo detuvo el auto y salió corriendo hacia Snow y Grimm, con Rose siguiendo de cerca.
—¿Desde cuándo puedes hacer eso? —preguntó Rokugo, aún en shock.
Snow guardó sus espadas y levantó a Grimm con cuidado.
—Siempre he podido. Solo que no lo veía necesario antes.
Rokugo levantó las manos al aire, exasperado.
—¡¿Y no pensaste que sería útil mencionarlo antes?!
Snow le lanzó una mirada molesta mientras acomodaba a Grimm en el asiento trasero.
—Tal vez lo hubiera hecho si no estuvieras tan ocupado jugando a ser un perfecto patan.
Rose soltó una risita.
—Al menos ahora lo sabe capitan, no por nada era comandante de la guardia real.
- Todavia soy comandante de la guardia real, Rose
Con Grimm aún inconsciente pero a salvo, el grupo continuó su camino hacia el Reino del Agua. Aunque las tensiones entre Rokugo y Snow eran evidentes
—Espero que el Reino del Agua sea menos caótico que esto, —murmuró Rokugo, mirando al horizonte.
Alice, siempre lógica, respondió desde el asiento del copiloto.
—Conociendo este planeta, lo dudo mucho. Pero al menos tenemos el auto.
Rokugo soltó un suspiro.
—Eso no es precisamente alentador, Alice.
El grupo llegó a la frontera del Reino de Toris, con una muralla similar a la de Grace, equipada con cañones en el alto del mismo muro, El equipo fue recibido con una cálida bienvenida por parte de los guardias y algunos nobles menores. Mientras cruzaban hacia la capital, Alice observaba todo con su meticulosa lógica robótica.
—Este reino no es diferente de Grace, —comentó Alice—. También está estancado tecnológicamente en un nivel medieval.
Rokugo, conduciendo el vehículo hasta donde lo estacionarían, asintió.
—Lo que significa que probablemente tendrán las mismas absurdas supersticiones y costumbres. Prepárate para un montón de formalidades innecesarias.
Una vez que llegaron al palacio, un mensajero real se acercó y anunció:
—Su Majestad el Rey Engel ha ordenado un banquete en honor a los embajadores de Grace. Por favor, prepárense para la ocasión.
Rokugo y Alice, siempre dispuestos a causar una buena impresión, utilizaron su tecnología de Kisaragi para ajustarse al evento. Ambos aparecieron con trajes de gala que parecían sacados de una película contemporánea de la Tierra. Rokugo llevaba un esmoquin negro perfectamente ajustado, mientras que Alice lucía un elegante vestido rojo que contrastaba con el ambiente medieval del palacio.
Sin embargo, Snow apareció con un vestido que apenas dejaba algo a la imaginación, escandalosamente provocador.
Cuando Snow apareció, Rokugo no pudo evitar arquear una ceja. Su vestido, aunque claramente del estilo medieval, era provocador, destacando su figura con cortes estratégicos que dejaban poco a la imaginación.
—¿Qué demonios llevas puesto, Snow? —preguntó Rokugo, entre divertido y sorprendido.
Snow levantó la barbilla con confianza.
—Voy a seducir al príncipe Engel. Si logro que pierda la cabeza por mí, más que chantajearlo para conseguir agua gratis, puedo convertirme en reina.yo tendré a Toris bajo mi control.
Alice le lanzó una mirada escéptica. **—Snow, incluso si el príncipe fuera un pervertido, dudo que arriesgara su reputación y un conflicto internacional coqueteando con una embajadora.
Snow cruzó los brazos, lanzándoles una mirada desafiante. **—A veces, Rokugo, subestimas mis encantos.
Rokugo suspiró. **—Haz lo que quieras, pero recuerda que estamos aquí para negociar, no para iniciar una telenovela.
Mientras Snow y Rokugo discutían, Grimm apareció por el pasillo, caminando descalza con un vestido que parecía haber salido de una tienda vintage... hace ochenta años. Aunque el vestido tenía cierto aire sensual, no encajaba del todo con los estándares actuales, incluso para ese mundo medieval.
—¡Sentir la alfombra en mis pies es maravilloso! —exclamó Grimm mientras avanzaba con una gran sonrisa.
Rokugo la miró de arriba abajo y no pudo evitar soltar una carcajada.
—Grimm, ese vestido no es sensual, es una reliquia. Parece que lo sacaste del baúl de los recuerdos de alguien. Y, ¿de verdad estás caminando sin zapatos otra vez?
-Ya te dije que mi maldicion me impide caminar con zapatos - Grimm lo fulminó con la mirada, levantando su dedo acusador. —¡Que Zenarith te libere de tu... libido! —exclamó con tono solemne.
Rokugo, previendo lo que se venía, rápidamente movió la mano de Grimm hacia otro lado. La maldición salió disparada en dirección incierta, rebotando en la pared y perdiéndose en la distancia.
—Ya sabes, Grimm, podrías causar un verdadero caos si sigues lanzando maldiciones a lo loco, —bromeó Rokugo.
Rokugo reaccionó rápidamente, agarrando su mano y desviándola antes de que pudiera lanzarle la maldición. La energía de la maldición salió disparada hacia el techo, rebotó en una lámpara de cristal y desapareció en el aire.
—¡¿Qué hiciste?! —gritó Grimm, horrorizada.
Rokugo se rio, relajándose mientras miraba a Grimm.
—Vamos, Grimm, ¿qué haría yo sin mi libido? Sería como... no sé, un perro sin dientes. Además, ¿quién sabe dónde fue a parar esa cosa ahora?
Grimm lo fulminó con la mirada mientras Alice observaba la escena con indiferencia.
—Deberían centrarse en la misión, —interrumpió Alice, siempre práctica—. Este banquete no es para divertirse, sino para negociar. Rokugo, deja de provocar a Grimm.
Snow, aún ajustándose su vestido, lanzó un suspiro exasperado.
—¿Por qué tengo que lidiar con ustedes todo el tiempo?
El grupo se preparó para ingresar al gran salón del banquete. Rokugo, con su esmoquin, lideró al grupo, seguido por Alice, Snow, Rose, y Grimm, quien aún murmuraba cosas sobre la "maldición perdida". El salón estaba decorado con exquisitos tapices y mesas llenas de comida.
El príncipe Engel, un hombre joven con aire refinado, estaba sentado al centro, rodeado de nobles. Miró al grupo con curiosidad al ver sus atuendos tan variados y fuera de lugar, especialmente los de Rokugo y Alice.
—Bienvenidos, embajadores de Grace, —dijo el príncipe con una sonrisa cordial—. Espero que disfruten del banquete.
Rokugo respondió con una sonrisa igualmente falsa.
—Gracias por recibirnos, Alteza. Estoy seguro de que será... interesante.
Mientras tomaban asiento, Rokugo no podía evitar sentirse intranquilo. Algo le decía que esa noche iba a ser mucho más complicada de lo que esperaba.
El banquete comenzó con la presentación de exquisitos platillos, decorados con tanta delicadeza que parecían demasiado hermosos para comer. Sin embargo, para Rose, eso no fue un impedimento. Apenas el primer plato llegó a la mesa, se abalanzó sobre la comida como una leona hambrienta. Los sonidos de su masticación resonaban en el salón mientras devoraba con todo y huesos, e incluso se llevó a la boca un plato, pensando que también era comestible.
—¡Rose! —gritó Snow, horrorizada—. ¿Qué estás haciendo? ¡Compórtate!
Rokugo, frotándose la frente, intentó calmar la situación.
—Rose, deja algo para los demás. Esto es un banquete, no un buffet libre.
Mientras tanto, Snow y Grimm se dedicaron a ejecutar sus particulares "estrategias" para acercarse a los príncipes de Toris. Snow intentó llamar la atención del príncipe mayor, Engel,
Sin embargo, el príncipe, conocido por su fama de mujeriego, parecía completamente desinteresado. Sus respuestas eran corteses, pero cortas, lo que dejaba a Snow sintiéndose frustrada.
—¿Por qué no funciona? —murmuró entre dientes mientras Engel continuaba conversando con otros nobles.
Por otro lado, el príncipe menor, intrigado por la presencia de Grimm, se acercó a ella con curiosidad.
—Disculpe, señora... pero, ¿por qué no lleva zapatos? —le preguntó, visiblemente intrigado.
Con una expresión mística, Grimm respondió solemne. —Es por motivos religiosos.
Snow, aún determinada a seducir al príncipe Engel, se inclinó hacia él con una sonrisa seductora.
—Príncipe Engel, he oído historias sobre su carisma... y otras cualidades, —dijo, haciendo énfasis en "otras cualidades".
Engel, que mantenía una postura rígida, frunció el ceño.
—Es ofensivo que solo se me conozca por esas "cualidades". Soy mucho más que eso, embajadora Snow.
Snow parpadeó, desconcertada por su reacción.
—¿Perdón? Yo... solo quería halagarlo.
El príncipe suspiró, ajustándose el cuello de su túnica.
—Hace media hora tuve una revelación. Sentí que nací de nuevo. Ahora, mi propósito es liderar con virtud y sabiduría, no con frivolidades.
Rokugo, desde la distancia, no pudo evitar reír entre dientes al ver a Snow cada vez más incómoda.
—Esto es patético, —susurró a Alice—. Está arruinando completamente nuestra misión.
Alice, imperturbable, respondió:
—No podemos dejarla sola. Está generando más vergüenza de la que ya tenemos.
Mientras tanto, Rose seguía devorando todo a su alcance, incluyendo huesos, servilletas y platos, mientras Grimm se revolcaba en el suelo frustrada por su fracaso en seducir al príncipe menor.
Desde su asiento, Rokugo miraba la escena y susurró a Alice: —¿Qué te parece si drogamos a Rose , luego apuñalamos a Grimm discretamente y fingimos que se siente mal ? Luego, nos retiramos y la revivimos cuando volvamos a Grace.
Alice soltó una risa disimulada. —podríamos dormir a Rose metiendo algo en su comida antes de que acabe con todo el banquete.
Rokugo asintió, observando cómo Grimm continuaba con su solemne discurso sobre las creencias de Zenarith y Snow hacía lo posible por llamar la atención de Engel sin éxito. Las cosas parecían ir en picada, pero al menos Rokugo disfrutaba del caos habitual que siempre acompañaba a su equipo.
El príncipe levantó una ceja, claramente confundido, pero no dejó que eso lo detuviera.
—Eso es... interesante. —Sin embargo, cuando Grimm se enteró de que el príncipe tenía una novia comprometida, su ánimo decayó y decidió lanzarle una "pequeña maldición" para que se empapara, la maldición rebotó y terminó empapándose ella misma.
Grimm soltó un chillido de frustración mientras se sacudía la ropa mojada.
—¡¿Por qué siempre me pasa esto a mí?! —gritó mientras Snow se tapaba la boca, tratando de no reír.
Incapaz de soportar más la vergüenza, Rokugo suspiró y asintió hacia Alice para retirarse de la sala. A lo lejos, Snow continuaba halagando al príncipe Engel, quien parecía cada vez más incómodo con los intentos de seducción descarada de su "embajadora".
—Su Alteza... debe ser usted el príncipe más encantador del reino— dijo Snow, acercándose peligrosamente a él mientras el príncipe, con una sonrisa tensa, miraba a otro lado buscando algún escape.
Mientras tanto, Rose devoraba sin discriminación todo lo que estaba en la mesa—huesos, servilletas y hasta algún que otro plato—y Grimm se revolcaba en el suelo, frustrada por el fracaso de sus propias estrategias de seducción.
Rokugo y Alice caminaron en silencio a través del pasillo hacia otra sección del castillo, intentando procesar el desastre de su equipo.
Rokugo suspiró. ¿Bonita y pervertida?
- Nunca dije pervertida - Alice expreso, aparentemente satisfecha con su respuesta.
Al doblar una esquina, ambos se detuvieron al notar una habitación cerrada con una puerta de metal. Intrigados, forzaron la cerradura y entraron, encontrándose con un laboratorio lleno de cápsulas cilíndricas, encontraron lo que parecía un tubo generador de homúnculos, parecido al equipo de conversión mutante que Kisaragi usaba para crear agentes con habilidades especiales.
En el centro de la sala, un tubo grande contenía un líquido verde brillante. Dentro del tubo, flotaba una figura humanoide femenina con proporciones increíblemente atractivas.
—¿Qué es esto? —preguntó Rokugo, acercándose al tubo.
Alice escaneó la máquina con su brazalete y dio un informe inmediato.
—Es un generador de homúnculos. Su diseño es similar a las máquinas de Kisaragi para convertir agentes en mutantes. Parece que alguien aquí está replicando nuestra tecnología.
Rokugo sonrió, claramente intrigado.
—¿Así que este reino tiene sus propios proyectos de "creación de aliados"? — murmuró
Rokugo con una sonrisa perversa. —¿Será que aquí también están fabricando chicas sensuales?
Alice negó con la cabeza.
—No saques conclusiones precipitadas. Esto podría ser para experimentos militares. Pero sí, la figura en el tubo sugiere un diseño con un propósito estético.
Rokugo se cruzó de brazos, pensando en cómo usar esta información.
Rokugo miró fijamente el tubo mientras Alice continuaba analizando la máquina con su brazalete. Una idea, evidentemente estúpida, cruzó por su mente.
—Alice, descifra cómo funciona esta cosa. —dijo Rokugo, golpeando ligeramente el tubo—. Nuestra Snow está demasiado corrompida. Deberíamos reemplazarla con un clon.
Alice lo miró, incrédula.
—¿Eso es tu solución? —respondió Alice con tono cortante—. Además de ser un plan inmoral, es completamente innecesario. La Snow actual, aunque sea problemática, al menos es funcional.
Rokugo suspiró, fingiendo estar decepcionado.
—Era solo una idea. No tienes que matarla antes de que nazca, Alice.
Antes de que pudieran seguir discutiendo, un sonido de pasos los alertó. Rokugo se dio la vuelta y vio a Heine de la Flama entrando a la sala, acompañada por un joven quimera de aspecto similar a Rose, con una apariencia entre humano y criatura marina. Tenía escamas brillantes en su piel y ojos intensamente azules.
—¿Qué están haciendo ustedes aquí? —preguntó Rokugo, señalándolos con el dedo.
—No deberíais estar aquí— dijo la demonio Heine, observándolos con expresión suspicaz
Rokugo se giró, alzando una ceja. —Bueno, bueno, si no es la demonio de Grace. ¿Así que tú también estás aquí? ¿Y con un guardaespaldas?
Heine resopló. —Esto no es una invasión, si eso pensáis. Estamos aquí en busca de una alianza con el reino de Toris. El Lord Demonio desea cooperación contra Grace, no conflicto.
Alice escaneó rápidamente a Russel. —Curioso sujeto. Es como una versión "mejorada" de Rose... ¿o una versión en miniatura?
Russel, irritado, le lanzó una mirada amenazante. —¡No soy ninguna "versión"!
Heine los miró a ambos, entrecerrando los ojos. —Si realmente sois embajadores, entonces os sugiero que os comportéis como tal... y dejéis de meter las narices en asuntos que no os incumben.
Rokugo solo sonrió de vuelta. —Tranquila, Heine, solo estábamos haciendo turismo. Aunque parece que este sitio tiene secretos más interesantes de los que esperaba.
Heine ignoró su comentario, cruzando los brazos con aire superior.
—Hemos llegado al Reino de Toris para una negociación importante. No estamos aquí por guerra, sino para forjar una alianza entre el Reino de Toris y el Reino de Lord Demonio. —Heine sonrió con desdén—. Algo que parece que ustedes no lograron hacer, ¿verdad?
El joven quimera, que se presentó como Russel del Agua, no dijo nada, pero sus ojos se posaron brevemente en Alice con curiosidad.
Más tarde, Rokugo, Alice, Heine y Russel subieron a la recepción del castillo. La atmósfera estaba tensa, especialmente con la presencia de dos facciones potencialmente enemigas en la misma sala.
Heine, aprovechando la ocasión, intentó seducir al príncipe Engel con su aire de femme fatale y su vestido revelador.
—Príncipe Engel, —dijo con voz melosa—. Quizás podamos encontrar una forma más... placentera de resolver nuestras diferencias. —Heine le guiñó un ojo.
El príncipe Engel, sin embargo, permaneció inmutable.
—Agradezco su interés, pero prefiero mantener nuestras negociaciones en términos estrictamente diplomáticos.
Snow, viendo la escena, intervino rápidamente, intentando recuperar terreno.
—Príncipe Engel, no permita que esta mujer lo engañe. Estoy segura de que alguien de su estatura sabe distinguir entre propuestas genuinas y... trucos baratos.
Rokugo observó las idas y venidas con una mezcla de aburrimiento y diversión. Finalmente, no pudo contenerse.
—¿Por qué todos están tan tensos? Esto es un banquete, ¡diviértanse! —dijo, levantándose de su asiento.
Antes de que alguien pudiera detenerlo, Rokugo, en un acto absolutamente inapropiado, hizo un "truco de fiesta" restregando su entrepierna en la cara del príncipe Engel.
El salón quedó en completo silencio. El príncipe Engel, con una expresión de furia contenida, se levantó lentamente de su asiento.
—Esto es un insulto no solo para mí, sino para todo el Reino de Toris. —dijo con voz firme—. Considero este acto como una declaración de guerra por parte del Reino de Grace.
Heine, aunque sorprendida por la acción de Rokugo, no pudo evitar reírse discretamente.
—Y aquí pensaba que ustedes eran los embajadores, —dijo con sarcasmo.
Alice, que había estado a punto de detener a Rokugo, suspiró pesadamente.
—Rokugo, creo que acabas de asegurarte un lugar en el libro de las peores decisiones diplomáticas de la historia.
Snow, Grimm y Rose se quedaron boquiabiertas mientras los guardias se acercaban para expulsarlos fuera del castillo.
En cuanto estuvieron fuera, Rokugo no perdió tiempo.
—¡Al auto! —gritó, corriendo hacia el vehículo.
El grupo se subió apresuradamente, con Alice tomando el asiento del piloto y Snow aún protestando por el desastre que acababan de causar.
—¡Rokugo, ¿qué demonios fue eso?! —gritó Snow, golpeando su asiento.
—¡Improvisación! —respondió Rokugo mientras arrancaba el motor y aceleraba hacia el desierto.
Desde el asiento trasero, Grimm murmuró:
—Ni siquiera Zenarith podría salvarnos de esto.
Mientras se alejaban a toda velocidad, Rokugo miró a Alice con una sonrisa.
—Bueno, al menos tenemos algo emocionante que contar cuando regresemos a Grace.
Alice no respondió, limitándose a apuntar algo en su brazalete.
—Espero que tengas un plan para arreglar todo este desastre, Rokugo.
Rokugo soltó una carcajada.
—¡Ese es un problema para el Rokugo del futuro!
Y con eso, el grupo se perdió en el horizonte, dejando atrás una alianza rota, una declaración de guerra, y un salón lleno de nobles escandalizados.
Alice suspiró, notando cómo los intentos de diplomacia de Rokugo siempre acababan en desastre.
—¿Por qué siempre tienes que empeorar las cosas? Ahora tenemos dos reinos en guerra contra nosotros —dijo Alice, masajeándose las sienes.
Viaje nocturno hacia el Reino del Agua
Mientras Alice conducía el auto bajo la luz de la luna, el ambiente dentro del vehículo era tranquilo pero cargado de tensiones residuales. La noche había caído, y con ella llegó la seguridad temporal de saber que los titanes no atacarían. Snow y Rose, agotadas por los eventos del día, se habían quedado profundamente dormidas, roncando suavemente en sus asientos. Grimm, sin embargo, estaba completamente despierta, incapaz de conciliar el sueño después de la humillación sufrida en Toris.
Con una mezcla de frustración y curiosidad, Grimm se inclinó hacia Rokugo, quien estaba sentado a su lado mirando distraídamente por la ventana.
—Capitán, ¿cómo es posible que Alice maneje este... auto? —preguntó Grimm, señalando el volante que Alice manipulaba con precisión mecánica.
Alice, siempre práctica, respondió antes de que Rokugo pudiera abrir la boca:
—El sistema de conducción está diseñado para ser operado mediante interfaces neuronales compatibles con tecnología avanzada. Mi estructura robótica permite una integración fluida con los sistemas de control, maximizando la eficiencia operativa.
Grimm parpadeó, visiblemente confundida.
—Eh... ¿qué?
Rokugo soltó una risa baja y sacudió la cabeza.
—En términos simples, tanto el auto como Alice son creaciones de Kisaragi. Son compatibles porque vienen del mismo lugar. Es como si fueran primos tecnológicos o algo así.
Grimm asintió lentamente, procesando la explicación simplificada. Luego, con una sonrisa traviesa, murmuró:
—Entonces... ¿Alice es como una niña golem?
Alice giró su cabeza robótica hacia Grimm con una expresión indescifrable.
—Soy un androide avanzado. No me compares con mitologías obsoletas.
Rokugo rió entre dientes, disfrutando del intercambio. Sin embargo, pronto su atención regresó a Grimm.
—Por cierto, ¿qué pasó con esa maldición de "eliminación de libido" que casi me lanzas hace unas horas? ¿Funcionó al menos?
Grimm se puso nerviosa, jugueteando con sus dedos.
—Bueno... técnicamente, sí funcionó. Pero no exactamente como esperaba. Creo que la maldición rebotó y terminó afectando al príncipe Engel.
Rokugo abrió los ojos sorprendido.
—¿Estás diciendo que Engel ahora no tiene libido por tu culpa? ¡Eso explica por qué Snow no logró seducirlo y por qué Heine tampoco pudo hacer nada!
Grimm se llevó las manos a la cara, horrorizada.
—¡Oh, no! ¡Arruiné la misión diplomática! Si alguien se entera, será mi culpa. Por favor, capitán, promete que no dirás nada...
Rokugo, con una sonrisa maliciosa, fingió considerarlo.
—Hmm... no sé. Quizás debería decírselo a Snow y Rose. Sería divertido ver cómo reaccionan.
Grimm lo fulminó con la mirada, apretando los puños.
—¡Si lo haces, te maldeciré para que nunca puedas masturbarte otra vez!
Rokugo arqueó una ceja, claramente impresionado por la amenaza.
—Vaya, eso es peligroso. Pero si yo no puedo usar mis manos... entonces usaré a otra persona. Por ejemplo, a ti.
Grimm se puso pálida, retrocediendo instintivamente.
—¡N-no puedes violarme! ¡No podré casarme si eso pasa!
Rokugo levantó las manos en señal de rendición, aunque seguía sonriendo.
—Relájate, solo estaba bromeando. Además, no necesito recurrir a eso cuando tengo tantas opciones disponibles.
Grimm suspiró, todavía temblorosa. Después de unos momentos de silencio incómodo, Rokugo cerró los ojos y se acomodó en su asiento.
—Bien, deja de preocuparte. No diré nada. Ahora déjame dormir.
Con eso, Rokugo se quedó profundamente dormido, dejando a Grimm sumida en sus pensamientos. Mirando su rostro relajado bajo la tenue luz del tablero, Grimm no pudo evitar cuestionarse en voz baja:
—¿Será el capitán Rokugo tan mal partido a estas alturas?
Un leve rubor apareció en sus mejillas mientras apartaba rápidamente esos pensamientos. Sacudió la cabeza y trató de concentrarse en el paisaje oscuro afuera, pero la semilla de la duda ya había sido plantada.
De regreso en Grace, la princesa Tilis no estaba de humor para bromas. Tras recibir la noticia de que ahora estaban en guerra tanto con el Reino de Toris como con Lord Demonio, convocó a Snow, Rokugo y su grupo al salón del trono. La ira en sus ojos era evidente.
—¡Snow! —exclamó Tilis, fulminándola con la mirada—. Te quito tu rango de comandante real. Has permitido que todo esto se convierta en un desastre absoluto.
Snow, claramente devastada, bajó la cabeza.
—Pero, su Alteza... —intentó protestar.
—No hay peros, Snow. —Tilis giró hacia Rokugo, quien estaba cruzado de brazos con una expresión despreocupada—. Y tú, Rokugo, liderarás a tu grupo en una misión humillante para reflexionar sobre tus errores.
Rokugo arqueó una ceja.
—¿Humillante? ¿Qué clase de misión es esa?
Tilis respiró hondo antes de responder.
—Recolectarán nueces de agua en el desierto. De noche. Así podrán reflexionar mientras evitan enfrentarse a titanes.
Rokugo soltó un resoplido.
—¿Nueces de agua? ¿De verdad? Esto suena como una tarea de secundaria.
Tilis ignoró su comentario y les dio la orden de partir de inmediato.
La noche en el desierto era fría y tranquila, con la luna iluminando el camino mientras el grupo viajaba en el auto todo terreno. Grimm, aún traumatizada por su experiencia previa en el vehículo, se había sujetado al asiento con un cinturón extra.
—No pienso moverme de este asiento, —declaró Grimm—. Ni loca vuelvo a volar como la última vez.
Rokugo soltó una carcajada.
—No te preocupes, Grimm. Esta vez evitaremos los baches... probablemente.
Alice, quien estaba en el asiento del copiloto, observaba el paisaje con curiosidad.
—Estos titanes que solo operan de día... es curioso. Es como si fueran la versión inversa de Grimm, que solo funciona bien de noche.
Grimm frunció el ceño.
—¡No me compares con esos monstruos!
Mientras tanto, Snow estaba en la parte trasera del vehículo, visiblemente emocionada por la misión. Tan pronto como llegaron al área donde crecían las nueces de agua, saltó del auto y comenzó a recolectarlas con entusiasmo.
—¡Esto es perfecto! —exclamó Snow mientras llenaba una bolsa con nueces—. Si volvemos con suficientes, podremos redimirnos ante la princesa Tilis.
Rokugo observó a Snow trabajar con diligencia, moviendo las nueces de un lado a otro.
—Mira eso, Alice. Snow está haciendo todo el trabajo voluntariamente. Si sigue así, podría ganar un premio al empleado del mes.
Alice asintió, aparentemente impresionada.
—Es un comportamiento notablemente eficiente para alguien que normalmente se queja de todo.
Después de lo que parecía una eternidad en el desierto, finalmente llegaron al lugar donde las nueces de agua supuestamente crecían. Estas nueces, que en realidad eran una especie de fruto gigante que contenía agua comprimida, eran vitales para sobrevivir en ese árido desierto.
—¡Aquí están! —gritó Snow mientras levantaba un par de nueces de agua, con una sonrisa de victoria.
Mientras Snow, emocionada, se adelantaba recolectando las nueces de agua con toda la energía de una heroína ansiosa por regresar triunfante, Grimm se quejaba de cada paso que daba sobre la arena caliente.
Mientras Snow seguía recolectando nueces, Grimm salió del auto con evidente incomodidad. Al pisar la arena, hizo una mueca.
—Odio caminar sin zapatos en la arena. Es molesto y se siente raro.
Rokugo se cruzó de brazos, observándola.
—Grimm, técnicamente odias caminar sin zapatos en cualquier lugar. Esto no es nuevo.
Grimm le lanzó una mirada de frustración.
—¡Eso no significa que deba acostumbrarme! Y tú, deja de burlarte.
Rose, quien hasta ese momento había estado callada, mordisqueando una de las nueces que encontró, intervino.
—Si caminamos más rápido, terminamos antes y Grimm podrá volver al auto. —Se giró hacia Grimm y añadió con una sonrisa—. Además, piensa que este lugar es como un spa natural para tus pies.
Grimm suspiró y siguió caminando, claramente molesta. Mientras tanto, Rokugo revisaba su brazalete para asegurarse de que sus puntos malos estuvieran registrándose correctamente en caso de necesitar más herramientas en el futuro.
—Bueno, al menos esta misión parece fácil, —dijo Rokugo con una sonrisa irónica—. Espero que no encontremos ningún problema.
Alice, siempre lógica, lo miró de reojo.
—Eso suena como una declaración que inevitablemente atraerá problemas.
Rokugo se encogió de hombros.
—¿Qué es lo peor que podría pasar?
Rokugo, observando cómo Grimm se quejaba de la arena, decidió poner a prueba la famosa maldición de Grimm. Con una sonrisa seductora, se acercó y le habló con un tono exageradamente amable.
—Grimm, deja de preocuparte por eso. Snow está haciendo todo el trabajo. Siéntate y relájate, no tienes nada de qué preocuparte.
Grimm, aunque algo desconfiada, comenzó a ilusionarse con la idea.
—¿En serio? ¿Puedo descansar mientras Snow hace todo el trabajo? ¡Eso suena perfecto! —dijo, sentándose de inmediato en un pequeño montículo de arena.
Grimm parpadeó, intrigada, y asintió lentamente. Pero en el momento que se acomodó, sintió las manos de Rokugo sujetándola con fuerza por los hombros.
—¡A-Ah! ¡¿Qué estás haciendo?! —gritó Grimm, mientras intentaba forcejear para liberarse.
Rokugo miró a Alice con una sonrisa calculadora.
—¡Perfecto! Ahora no te muevas. Alice, canjea mis puntos malos por un par de calcetines. Vamos a resolver este misterio de una vez por todas.
Alice, sin inmutarse, accedió y sacó un par de calcetines del inventario. Mientras tanto, Grimm, al ver las intenciones de Rokugo, entró en pánico y comenzó a retorcerse, dándole un buen cabezazo en la nariz en su intento de soltarse.
Grimm se retorció de inmediato, mirando con pánico a Rokugo.
—¡No, no, no! ¡Si me ponen zapatos, voy a explotar! ¡Es una maldición! —gritó, dándose golpes en la cabeza, como si eso pudiera detener a Rokugo.
Rokugo, con una sonrisa burlona, levantó una ceja y miró a Alice.
—¿Qué opinas, Alice? ¿Le pones los zapatos o me ahorro un poco de drama?
—¡No, no, no! ¡Déjenme ir! ¡Les digo que si me pongo esos calcetines, explotaré! —gritaba, mientras se retorcía en un ataque de desesperación.
Alice, con su lógica fría de androide, ignoró los gritos de Grimm y comenzó a colocarle los calcetines en los pies, mientras explicaba:
—Esta "maldición" es una mera manifestación psicológica. Las probabilidades de explosión son prácticamente inexistentes.
Grimm, al borde de las lágrimas, miró a su alrededor y comenzó a gritar, desesperada:
—¡Rose! ¡Snow! ¡Auxilio! ¡Auxiliooooo!
Antes de que Rose pudiera intervenir, el suelo bajo sus pies comenzó a temblar. Las vibraciones se intensificaron, y un sonido gutural resonó en el aire. Rokugo y Alice detuvieron lo que estaban haciendo al ver cómo el suelo se partía, y de él emergía una figura colosal.
Era un gigantesco topo titán, con un cuerpo masivo cubierto de endurecimiento natural. Sus ojos rojos brillaban con furia, y su enorme hocico parecía oler la causa de su despertar y emana grandes cantidades de vapor de parte del mismo con sus músculos expuestos. Snow cayó de espaldas al suelo, mientras Rose murmuraba:
—¿Qué demonios es eso?
Grimm, aún atrapada bajo las manos de Rokugo, gritó desesperada.
—¡Se los dije!
Snow con su tono característicamente neutral, señaló:
—Eso no es un titán cualquiera. Es el Rey de la Arena. Y parece que despertamos su furia al recolectar estas nueces
—Ehhh... chicos... creo que... acabamos de despertar al Rey de la Arena —murmuró Snow observando al titán con una mezcla de sorpresa y terror.
—¡Eso no es buena señal! —gritó Alice mientras el monstruo se abalanzaba hacia ellos.
El monstruo soltó un rugido profundo, que resonó como un trueno a través del desierto. Snow, sin pensarlo dos veces, saltó hacia el vehículo.
Mientras el Rey de la Arena rugía y movía su colosal cuerpo hacia ellos, Snow y Rose se quedaron paralizadas por el miedo. Snow, sosteniendo su equipo 3D, negó con la cabeza.
—Pelear contra el es imposible. Es demasiado grande, y su endurecimiento es impenetrable. No puedo enfrentarme a algo así en la oscuridad.
Rose también se cruzó de brazos, su entusiasmo habitual desapareciendo.
—¿Quieres que luche contra eso? Ni siquiera parece comestible. Paso.
Rokugo giró hacia ellas, claramente frustrado.
Alice, aún imperturbable, analizó la situación.
—El Rey de la Arena es un titán nocturno, lo que significa que tiene ventaja en este entorno. La única opción lógica es huir.
Grimm, aún sentada en el auto y claramente traumatizada, gritó:
—¡Sí, huyamos! ¡No hay nada que podamos hacer aquí!
—¡Suban rápido! ¡Nos aplastará!
Todos subieron al auto, y Rokugo pisó el acelerador mientras el gigantesco topo titán los perseguía a toda velocidad, su cuerpo causando terremotos con cada paso.
Con Alice al volante Snow y Rose se sujetaron con fuerza, mientras Grimm se envolvía con los cinturones de seguridad adicionales que había traído.
—¡Sujétense! —gritó Rokugo mientras Alice aceleraba por el desierto.
El Rey de la Arena los persiguió, levantando nubes de polvo con sus enormes patas. Alice maniobró con habilidad, esquivando las dunas y tratando de mantener distancia. Sin embargo, al tomar una curva cerrada, el auto dio un salto y aterrizó con fuerza, quedando atrapado en la arena.
Antes de que pudieran reaccionar, el titán llegó y aplastó el vehículo con un golpe de su colosal garra, destruyéndolo por completo. El impacto lanzó a todos al suelo.
—¡Mi auto! —gritó Rokugo, golpeando la arena con frustración—. ¡Eso me costó un montón de puntos malos!
El Rey de la Arena rugió una última vez antes de retirarse al subsuelo, dejando un cráter en el lugar donde había estado.
Mientras el titán desaparecía bajo la arena, Rokugo observó los restos del auto safari con desánimo.
—Bien... ahí se fue nuestro transporte. Y, genial, no tengo suficientes puntos malos para canjear otro.
Alice cruzó los brazos y lanzó un suspiro robótico.
—Bueno, supongo que tendremos que caminar de regreso
—¡Vamos a tener que caminar! ¡Prepárense, porque este va a ser un viaje largo!
- ¿Caminar? - Preguntaria preocupada Grimm
—Esto es un desastre. Estamos en medio del desierto, a días de Grace a pie. No tengo suficientes puntos malos para canjear otro vehículo, y cuando salga el sol, los titanes diurnos nos harán pedazos.
Snow, todavía en shock, murmuró:
—¿Qué vamos a hacer? No podemos quedarnos aquí. El sol del desierto es insoportable, y sin transporte estamos acabados.
Alice, siempre práctica, intervino.
—Nuestra mejor opción es encontrar un refugio temporal antes de que amanezca. Necesitamos evitar el calor y los titanes diurnos. Además, debemos conservar energía.
Grimm, abrazándose las piernas mientras estaba sentada en la arena, murmuró:
—Esto es culpa de Rokugo. Todo esto empezó porque quisiste ponerme calcetines.
Rokugo rodó los ojos.
—¡Ya supéralo, Grimm!
Alice, evaluando la situación, se ofreció a eliminar a cualquier titán que encontraran durante el día.
—Mi rifle fue diseñado para enfrentar titanes golem. Si encontramos titanes menores durante el día, puedo manejarlos con facilidad.
Rose se encogió de hombros mientras sujeta una nuez de agua que avanzaron a recuperar.
—A mí tampoco me afecta el calor. Si es necesario, puedo ayudar.
Rokugo miró a las dos, suspirando.
—El problema no es solo el calor o los titanes. Es que estamos en medio de la nada y no tenemos transporte. Estamos condenados a caminar de noche.
Grimm, que ya estaba traumatizada por las experiencias previas, se negó a caminar más. Rose terminó cargándola sobre sus hombros, aunque pronto comenzaron las quejas.
—La arena se siente como agujas en mis pies, —murmuró Grimm, abrazando los hombros de Rose mientras el sol comenzaba a salir.
Rokugo se giró hacia ella, exasperado.
—Grimm, si sigues quejándote, el próximo titán que aparezca te dejamos como carnada.
Grimm hizo un puchero, pero no respondió. Sin embargo, el calor abrasador del desierto pronto comenzó a pasarle factura. Sus fuerzas se agotaron rápidamente, y al tercer día de caminar sin rumbo fijo, Grimm sucumbió a la insolación. Su cuerpo colapsó, y por más que intentaron reanimarla, no mostró señales de vida.
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