Los soldados de Grace, al escuchar la alerta de retirada, comenzaron a retroceder rápidamente. Para su sorpresa, los animales titanes que se acercaban con el amanecer no solo eran más numerosos de lo esperado, sino también más activos. Sin embargo, algo extraño ocurrió: los titanes ignoraron completamente a los soldados y se lanzaron directamente tras Rokugo.
—¡Vaya, parece que soy popular hoy! —comentó Rokugo con una sonrisa burlona mientras activaba el equipo de maniobras 3D para ganar altura.
Alice, con su visión precisa y el lanza granadas en mano, comenzó a disparar hacia las nucas de los titanes. Uno tras otro, los colosos caían, algunos impactándose contra la base de la torre y causando pequeñas fisuras en su estructura.
—Capitán, sugiero que mantenga su posición. Estoy eliminando blancos prioritarios.
Rose, mientras tanto, estaba ocupada enfrentándose a las trampas ocultas dentro de la torre. Saltaba entre plataformas y cortaba cables diseñados para atrapar intrusos que usaran equipos de maniobras 3D.
—¡Capitán, puede moverse sin preocuparse! —gritó Rose mientras lanzaba una pequeña llama para desactivar una trampa explosiva.
Los soldados de Grace observaban la escena desde una distancia segura, confundidos pero aliviados.
—¿Qué está haciendo ese tipo? —preguntó uno de ellos.
—No lo sé, pero gracias a él podemos retirarnos en paz —respondió otro, encogiéndose de hombros.
El plan de Rokugo, aunque arriesgado, estaba funcionando… hasta cierto punto. La torre comenzó a colapsar debido a los impactos de los titanes y las explosiones provocadas por Alice, pero no exactamente como habían planeado.
—¡Bien hecho, equipo! —gritó Rokugo mientras veía cómo la torre se derrumbaba lentamente—. ¡Misión cumplida con un fracaso exitoso!
Alice terminó de eliminar a los titanes cercanos con un último disparo certero.
—Agente 6, sugeriría que dejara de usar términos contradictorios para describir nuestros logros.
Mientras tanto, Grimm, quien había estado observando el amanecer desde un lugar seguro, comenzó a sentirse somnolienta. El sol siempre tenía ese efecto en ella, y pronto se quedó profundamente dormida
En ese momento, Grimm, aún dormida, murmuró en voz baja.
—...Has todo lo que quieras con mis senos Rokugo... Snow le suplicá al comandante...
Snow, al escuchar esto, se levantó de golpe, su rostro rojo de furia.
—¡¿Qué?! —exclamó, furiosa—. ¡¿Qué está soñando esa tonta?! Si sueña cosas raras otra vez, ¡la mataré!
Grimm, aparentemente ajena al peligro, giró la cabeza hacia Snow y murmuró en su sueño:
— O Hacerme cualquier cosa pervertida...¡comandante! Por favor...
—¡¿Qué demonios estás soñando, Grimm?! —gritó, despertándola de forma violenta al agitarla del hombro.
Grimm abrió los ojos, confundida, y se estiró perezosamente.
—¿Qué pasa? Estaba teniendo un sueño profetico… —dijo, frotándose los ojos. - ¡No puedes interrumpir la voluntad de Zenarith!
Snow, completamente indignada, desenvainó su espada con la intención de acabar con Grimm de inmediato. Sin embargo, Alice intervino rápidamente, levantando una mano.
—Snow, ¿acaso no recuerdas que el enemigo está en la torre? —dijo, su tono firme y serio.
Snow lo miró, a punto de explotar, pero al ver la seriedad de Rokugo en la torre, dejó caer la espada a su lado, suspirando pesadamente.
—¡Maldita sea! —dijo, exasperada—. No puedo con esta situación... ¡No puedo creer que estemos perdiendo el tiempo con esta idiotez!
Una vez que el polvo se asentó y la torre colapsó por completo, el equipo de Rokugo se reunió para evaluar los daños. Rokugo, con su característica sonrisa, levantó una mano hacia Alice.
—Bueno, Alice, parece que nuestro plan salió mejor de lo esperado. Aunque, técnicamente, fue un fracaso. ¿Eso cuenta como un éxito?
Snow observó la estructura, insegura.
—¿Realmente vamos a tomar la torre por este… atajo? Esto no es honorable. Deberíamos luchar piso por piso, como verdaderos soldados.
Rokugo soltó una carcajada.
—¿Honorable? Por favor, Snow. Si tuviste suficiente honor para enfrentarte sola y terminar derrotada, ahora hazme un favor: sube esos peldaños y déjame encargarme de lo demás.
El último piso de la torre Duster que hace solo unos minutos estaba custodiado por demonios, Rista el cabra y Gil el Torro, enormes y armados, con sus cuernos curvados hacia atrás y miradas salvajes. Ambos estaban de pie frente a la puerta, y su presencia irradiaba amenaza, Uno de ellos avanzo a Salir de entre los escombros.
Rokugo se detuvo unos segundos antes de saltar hacia el primero, empujándolo hacia atrás con una fuerza sorprendente. El demonio cabra, sorprendido, se aferró con una mano a la escalera, su otra mano blandiendo una espada.
sacó su espada para atacar a Rokugo, pero Rokugo ya había calculado su jugada.
—¡Equipo! ¡Tírenle piedras! ¡Apunten bien!
Las chicas dudarian de la etica de esa accion.
Aprovechando el momento de duda del demonio cabra que había quedado frente a él, Rokugo lo noqueó, golpeándolo directamente en la cabeza con una roca que llevaba consigo.
El segundo demonio, El Toro, al oir que su compañero estaba en problemas,se mueve como puede, finalmente logrando subir, se detuvo al ver a su compañero inconsciente. Miró a Rokugo con odio, pero este levantó una mano, señalándole.
—¡Vamos! —dijo Rokugo con voz firme, mirando al demonio caído que intentaba recomponerse—. Si quieres llevarte a tu hermano para que reciba asistencia médica, tendrás que pagar, Talves quieras tiempo para sacar a tu gente de entre los escombros.
El demonio cabra se quedó inmóvil, confundido por la propuesta. Tenia que salvar a su gente de entre los escombros. En ese momento, el chip de Rokugo emitió un pitido, notificándole que había ganado una cantidad significativa de puntos malos.
—Oh, qué maravilla. —murmuró Rokugo con una sonrisa.
—¡Rendición! —gritó el demonio cabra, mientras levantaba las manos al aire, indicándole a Rokugo que no iba a seguir luchando. Con una última mirada a su hermano, lo levantó y comenzó a retirarse, sin soltar su espada—. ¡El tesoro que buscan esta en un cofre dentro de la torre, pedimos tregua para atender a los heridos y enterrar a nuestros muertos!
Rokugo, satisfecho con el resultado, se acomodó en su lugar y observó la torre. Escuchó el sonido familiar de su chip avisando sobre los puntos obtenidos, pero también recibió un recordatorio de sus puntos negativos.
—Ah, bueno... —dijo Rokugo con una sonrisa burlona—. Al menos tenemos el control de la torre.
Grimm, Snow y Rose lo miraron, Horrorisadas por la forma en que Rokugo había manejado la situación, pero no podían negar que había funcionado.
—Eres un verdadero hijo de puta, ¿lo sabías? —murmuró Grimm, cruzando los brazos y mirando al suelo, mientras Snow se limitaba a mirar con desaprobación.
Rokugo, sin perder su actitud confiada, dio un paso atrás, preparándose para regresar al castillo
La paga y las bromas de Rokugo
La noche cayó sin problemas, y al caer la oscuridad, Snow apareció en la habitación de Rokugo y Alice, como parte de la rutina en el ejército de Grace. Traía consigo la paga por sus servicios, entregando el sobre con una sonrisa algo incómoda.
Rokugo, completamente tranquilo y deliberadamente en ropa interior, se sentó sobre la cama, disfrutando de la incomodidad que causaba su presencia. La situación estaba hecha para incomodar a Snow, y lo sabía perfectamente.
—Si buscas a Rokugo, —dijo, levantándose lentamente—. Se fue a sacar la basura al patio. Aquí tienes al Capitan Rokugo. —Extendió los brazos como si estuviera presentándose en un escenario.
Snow lo miró con una mezcla de incredulidad y disgusto.
—Esa broma fue ridícula, incluso para ti, —respondió, cruzándose de brazos.
Rokugo ignoró el comentario y se inclinó hacia ella, con una expresión traviesa.
—¿Qué haces en el cuarto de un hombre en la noche? ¿Te me estás insinuando, tetona? —dijo con una sonrisa amplia, disfrutando del efecto de sus palabras.
Snow, furiosa y con los ojos entrecerrados, lo miró con la intención de saltar sobre él y golpearlo.
—¡No me llames así, maldito pervertido! —gruñó Snow, mientras intentaba evitar el contacto visual.
Alice, por su parte, observaba la escena con una lógica casi robótica. Sin ningún tipo de preocupación emocional, tomó nota de las palabras y la situación.
—Oye Tetona —dijo Alice, con su tono monótono. Luego, mirando a Snow, añadió—: ¿Les gustaría que me retire para que ustedes se diviertan?
La cara de Snow se tornó roja de furia.
—¡¿Tu Tambien?! ¡Alice! —gritó, claramente perdiendo la paciencia.
Rokugo soltó una carcajada, disfrutando de la incomodidad de Snow.
—Relájate, Snow. Alice solo tiene una lógica impecable. Aunque si quieres que nos quedemos solos, no me opondría.
Snow bufó, tratando de ignorar los comentarios.
—Solo vine a entregarte la paga por la misión. —Lanzó una bolsa de monedas hacia Rokugo, quien la atrapó con una mano.
Al abrir la bolsa, Rokugo examinó el contenido y silbó con admiración.
—¿Todo esto por una misión tan sencilla? —preguntó, incrédulo—. ¿Cuanto tiempo podria vivir con este dinero si tuviera una vida lujosa?
- En Teoria un año
—Si con esto es suficiente para vivir por un año con lujos, tal vez debería renunciar a Kisaragi. —comentó Rokugo en japones, sin dar importancia a las reacciones de Snow—. Cuando estuve en el desierto del Sahara, luchando durante un mes, la paga fue miserable. Miserable.
Alice, siempre calculadora, lo observó mientras analizaba la situación.
—¿Sabes? Estoy considerando renunciar a Kisaragi. Una vez me mandaron a combatir en el desierto del Sahara por un mes entero, y me pagaron una miseria y ensima me mandaron a hacer los mandados. Esto es mucho mejor.
Alice, sin apartar la vista de su dispositivo, intervino.
—¿Por qué no renunció antes, entonces?
Rokugo suspiró, cruzando los brazos detrás de su cabeza.
—Por Astaroth. Ya sabes, la ejecutiva de Kisaragi que es mi novia secreta. Bueno, secreta solo para nosotros, porque todos en la organización ya lo saben.
—No renuncies. . —dijo con un tono impersonal y firme—. Recuerda que ese mini teletransportador que te facilita las cosas no es tuyo, es de Kisaragi.
Rokugo asintió pensativamente, pero su mirada se desvió por un momento, como si pensara en algo más.
—Astaroth... —murmuró en voz baja, como si estuviera recordando una conversación olvidada.
now frunció el ceño, confundida.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó - Otra Vez estan haciendo esos sonidos raros.
Rokugo la ignoró y sonrió mientras continuaba en japonés.
—A veces me alegra que este chip me permita cambiar de idioma a voluntad. Es divertido ver cómo no entienden nada.
Alice asintió, como si fuera un hecho obvio.
—Deberíamos aprovechar eso más seguido.
Snow, incapaz de seguir el ritmo de la conversación, apretó los puños y gritó.
—¡Hablen en un idioma que todos entiendan!
Rokugo soltó una carcajada y se levantó, todavía en ropa interior.
—Bueno, gracias por la paga, Snow. Ahora, si no tienes más negocios aquí, creo que es hora de que me dejes descansar. O puedes quedarte y hacerme compañía. Tú decides.
Snow lo fulminó con la mirada antes de darse media vuelta y salir del cuarto, murmurando algo ininteligible sobre lo insoportable que era su capitán. Mientras la puerta se cerraba, Rokugo volvió a recostarse con una sonrisa.
La Mision contra Heine
Al día siguiente, Rokugo estaba descansando tranquilamente en su habitacion, disfrutando de su día libre. Con los brazos detrás de su cabeza y los ojos cerrados, parecía completamente despreocupado por lo que sucedía a su alrededor.
A la mañana siguiente, un mensajero del ejército llegó a la habitacion de Rokugo para convocarlo junto con Snow. Cuando ambos llegaron al salón donde los esperaba el General, Rokugo bostezó con desgano y se dejó caer en una silla.
—¿Qué es ahora? ¿No saben que hoy es mi día libre? —dijo Rokugo con una sonrisa perezosa.
Snow, visiblemente avergonzada por la actitud de su capitán, trató de calmar la situación.
—Por favor, Capitán Rokugo, tenga más respeto. Estamos ante el General.
El General, sin ocultar su disgusto por Rokugo, se aclaró la garganta antes de hablar.
—El tesoro que recuperaron de la torre ayer nos ha dado la ubicación aproximada del castillo del Lord Demonio. Está oculto en algún lugar del desierto, protegido por una barrera mágica que se alimenta de torres estratégicas visibles desde la distancia.
Rokugo, ahora más interesado, se inclinó hacia adelante.
—¿Entonces, por qué no destruimos esas torres? Problema resuelto.
El General negó con la cabeza.
—Imposible. La magia de la barrera es compleja, y no podemos arriesgarnos a destruir las torres sin entender cómo funcionan. Por ahora, el Elegido está en camino al castillo para enfrentarse al Lord Demonio. Pero, mientras tanto, el ejército del Lord Demonio ha aprovechado su ausencia para lanzar un ataque contra nosotros.
El General hizo una pausa, observando a Rokugo y Snow.
—Lo más urgente es que Heine está atacando el Reino de Grace en este mismo momento. Ese es el verdadero problema. El Elegido tal vez tenga la clave para enfrentarse a Lord Demonio, pero... necesitamos que Heine no avance más. —explicó, casi como si estuviera calculando la situación con frialdad.
Rokugo dejó escapar un suspiro largo, sin mostrar mucho entusiasmo.
—¿Por qué siempre nos envían a nosotros a estas cosas? Esto empieza a parecer un complot personal.
Snow, decidida, se adelantó.
—Acepto la misión, aunque no esté de acuerdo con el comandante. Si no actuamos rápido, todo estará perdido. —dijo, con determinación, aunque notaba la tensión en su interior.
Rokugo la miró con desdén, pero no dijo nada. Sabía que la misión ya estaba fuera de sus manos.
Ya en el camino hacia el lugar del ataque, Alice se acercó a Rokugo mientras Snow intentaba despertar a Grimm, quien seguía dormida en su silla de ruedas. Sin darse cuenta, Snow la empujó demasiado fuerte, haciéndola caer al suelo y dislocándose el cuello.
—¡Grimm! —exclamó Snow, poniéndola de vuelta en su silla y ajustándole el cuello con torpeza. Aunque Grimm seguía viva, permaneció inconsciente.
Alice, que había observado todo con calma, se dirigió a Rokugo.
—Agente 6, es evidente que esta mision una trampa del General. Si muere enfrentándose a Heine, él se librará de usted. Y si, por algún milagro, matan a Heine, él queda como un genio táctico que envió al equipo correcto.
Rokugo frunció el ceño, pensando en lo que Alice había dicho.
—Ese maldito General. Solo piensa en sí mismo.
Snow, que escuchó el comentario, lo miró con incredulidad.
—Eso es hipócrita viniendo de ti, Rokugo. Tú también eres egoísta.
Rose, que caminaba detrás de ellos, asintió.
—Es cierto.-dijo Rose con una sonrisa sardónica—. No puedes hablar mal del General, cuando eres igual de despiadado. Ambos son un par de cabrones.
Rokugo, molesto por las críticas, levantó la mano, señalando al horizonte donde se veía la tormenta de polvo acercándose.
—Los odio a todos por igual. —dijo con frialdad, antes de girarse hacia su equipo—. Estaremos aqui 5 minutos, despues de eso ¡Retirada! ¡Nos vamos antes de que atraigamos titanes!
Cuando llegaron al lugar del ataque, el caos reinaba. El ejército del reino estaba siendo arrasado por los demonios liderados por Heine de la Flama, quien descendió elegantemente desde su grifo. Pero no estaba sola. Junto a ella había una criatura imponente, una combinación de un titán y el endurecimiento cristalino que Rokugo y Alice habían visto en el desierto cuando llegaron.
Snow lo miró con horror.
—Eso es… un Golem Titán. No hay forma de que podamos enfrentarlo.
Rokugo, observando la monstruosa presencia de Heine y su golem, susurró entre dientes:
—Esto acaba de volverse mucho peor.
Alice, sin apartar la vista de la criatura, respondió con su habitual tono neutral.
—Si no tenemos cuidado, lo más probable es que muramos antes de averiguar si esa cosa sea vulnerable a un lanza granadas.
Rokugo suspiró, mirando a su equipo.
—Parece que no tenemos opción. —Hizo una pausa y miró a Heine, quien los observaba con una sonrisa burlona—. Esta va a ser una larga mañana.
Rokugo observó al imponente Golem, cuyos movimientos hacían temblar la tierra bajo sus pies. Su coraza era masiva, similar al endurecimiento cristalino que había visto en las ruinas del desierto.
—Eso parece un titan cubierto por completo con una coraza idéntica a las ruinas de las murallas, —comentó Alice, evaluando la situación.
Heine, montada en su grifo, silbó una vez más, trayendo consigo una horda de criaturas titán. Los soldados que habían acompañado a Rokugo entraron en pánico y comenzaron a dispersarse. Algunos corrieron directamente hacia las unidades demoníacas, mientras otros intentaron enfrentarse a las criaturas titán, dejando a la unidad de Rokugo sola para enfrentar al Golem y a Heine.
Snow, con el ceño fruncido, le advirtió a Rokugo.
—¡Ten cuidado! Ese Golem se regenera. Su punto débil es la nuca, pero para llegar a ella primero tendrás que destruir el endurecimiento externo.
—Está bien, Si es un titan, lo tengo cubierto. —respondió con calma, pero sin dejar de estar alerta—. Despierta a Grimm para que pueda maldecir al golem y a Heine
Snow lo miró con una ceja levantada, claramente no del todo convencida.
Rokugo se giró hacia Snow, señalando a Grimm, que seguía inconsciente en su silla.
—¡Snow! Necesitamos que Grimm maldiga a ese monstruo y a Heine. Despiértala.
Snow bajó la mirada, dudosa.
—No puedo… no después de lo que le hice
Antes de que Rokugo pudiera replicar, Snow, impulsada por su determinación, corrió hacia Heine con su espada en mano, gritando.
—¡Yo ire contra Heine, mi espada es su contra elemento!
—¡Espera, Snow! —gritó Rokugo, pero ella ya estaba fuera de su alcance.
Rokugo miró a Rose, la siguiente opción lógica para despertar a Grimm.
—¡Rose! Necesitamos que despierte Grimm. ¡Hazlo ahora!
Rose, sin hacerle caso, saltó directamente hacia el grifo de Heine con un entusiasmo peligroso.
—¡Voy a cazar ese grifo! ¡Quiero comerlo para obtener su habilidad de volar! —gritó mientras se lanzaba hacia el ave infernal, dejando a Rokugo sin palabras.
—¡¿Qué?! ¡Rose, espera! —gritó, pero ya era demasiado tarde. Rose estaba completamente distraída con su nuevo objetivo.
Con un suspiro, Rokugo se giró hacia Alice, quien estaba observando la escena con una mirada calculadora.
—¡Alice, despierta a Grimm! —ordenó, y luego hizo una pausa al notar que Alice parecía estar mirando hacia algún punto específico con preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó Rokugo, notando que Alice no se movía.
Alice se giró lentamente hacia Rokugo, su expresión más seria de lo usual.
—Alguien ya dejó a Grimm fuera de combate antes de la batalla. —dijo con calma, señalando la figura de Grimm, que estaba tirada en el suelo, completamente noqueada, sin signos de moverse.
Rokugo frunció el ceño al darse cuenta de lo que Alice quería decir. Miró a Snow, luego a Rose, y vio que ambos estaban claramente involucrados en algún tipo de accidente previo, sin que él lo hubiera notado.
—¡¿Qué demonios?! —gruñó, claramente molesto por la situación. - ¿Por que se muere o duerme antes de iniciar la mision ?
A pesar de todo, Rokugo no podía perder el tiempo. El golem ya estaba comenzando a moverse, y la situación se estaba volviendo más peligrosa por cada segundo que pasaba.
—¡Alice, haz lo que tengas que hacer para despertarla! —ordenó, y luego se concentró en el golem,
Mientras tanto, el Golem avanzaba hacia ellos, implacable. Rokugo disparó varias veces contra él, pero las balas rebotaban sin causar ningún daño.
De repente, Rokugo recordó algo que lo hizo fruncir el ceño. El endurecimiento del golem se parecía mucho al de la mandibula y garras de los perros titanes que enfrenté cuando llegué a este planeta. .
—Alice, canjea explosivos C4 con los puntos malos. Yo activaré el modo SIN LIMITES de mi traje. Por un minuto, tendré la fuerza necesaria para exponer la nuca de ese monstruo. Cuando lo haga, coloca los C4 allí y hazlo volar.
Alice asintió sin dudar.
—Entendido, Agente 6. Canjeando explosivos ahora.
Un destello apareció en las manos de Alice, revelando varios paquetes de C4 listos para usar. Rokugo, mientras tanto, presionó un botón en su traje, activando el modo SIN LIMITES. Un aura de energía rodeó su cuerpo, y sintió cómo la fuerza y la velocidad aumentaban dramáticamente.
—Un minuto, ¿eh? Espero que sea suficiente, —murmuró Rokugo mientras se lanzaba hacia el Titan Golem.
El Titan golem comenzaba a moverse hacia ellos, imparable y brutal. Con una fuerza sobrehumana, Rokugo saltó hacia el golem, alcanzando su enorme cuerpo de endurecimiento
con ambas manos. El peso de la criatura era inmenso, pero con su traje amplificado, Rokugo logró mantenerla quieta por un instante. El golem trató de zafarse, pero Rokugo lo sostuvo con fuerza inhumana, inclinándose hacia atrás con su cuerpo brillando con energía.
Rokugo esquivó un golpe masivo del Golem, sus movimientos ahora más ágiles gracias al modo SIN LIMITES. Con un salto impresionante, aterrizó sobre el brazo de la criatura y comenzó a escalar hacia su espalda. Golpeó con todas sus fuerzas el endurecimiento, logrando crear pequeñas grietas.
—¡Alice, prepárate! ¡Voy a exponer la nuca! —gritó mientras seguía golpeando.
El Golem, sintiendo el ataque, intentó sacudir a Rokugo de su espalda, pero él se aferró con todas sus fuerzas. Finalmente, con un último golpe, logró romper una sección del endurecimiento, dejando la nuca del Golem parcialmente expuesta.
—¡Ahora, Alice! ¡Pon los explosivos! —ordenó Rokugo.
Alice se movió con precisión, corriendo hacia la abertura y colocando los C4 en la nuca del Golem.
—Explosivos colocados, Capitán, —confirmó Alice.
Rokugo, agotado por el esfuerzo del modo SIN LIMITES, gritó hacia su equipo.
—¡Todos retrocedan! ¡Esto va a explotar!
Rokugo, con un gruñido de esfuerzo, lanzó al golem hacia un costado como si fuera una pelota de fútbol, aprovechando su descontrol momentáneo. Alice, sin perder tiempo, presionó el botón en su control remoto, y una explosión ensordecedora resonó en el campo de batalla, levantando una nube de polvo y escombros.
El cuerpo del golem se desplomó. Alice se pondria en la espalda de Rokugo como escudo ante los escombros de endurecimiento que caerian del mismo.
— Wow ¿Desde cuando es tan fuerte capitán? - Dijo Rose que ante el mal sabor del Grifo habia bajado.
Rokugo, incapaz de moverse por el enfriamiento del traje se quejaria
—Alice, no me uses de escudo. —dijo con una sonrisa sarcástica.
Alice, siempre lógica y científica, respondió con su tono característico:
—La ciencia siempre vence a la magia, Rokugo. No te preocupes.
En ese momento, Grimm despertó de golpe, un trozo del golem había caído sobre su cara durante la explosión. Sacudió la cabeza, confundida.
—Cielos, ¿Qué ha pasado…? Siento que cada dia que pasa me tratan peor en esta unidad —gruñó, mirando a su alrededor.
Antes de que alguien pudiera responder, Rose aterrizó pesadamente cerca de ellos, claramente molesta.
—¡Ese grifo sabía horrible! —protestó, sacudiéndose el polvo.
—Y eso, chicas, es cómo se maneja un Golem, —dijo con una sonrisa débil.
Rokugo suspiró, refiriendose a Snow y Grimm.
—Grimm, Rose necesito que me cubran, no podre moverme por un rato. Rose asintió, lista para pelear, Grimm movio su silla hacia Rokugo tambien.
-Al fin despertaste Grimm.
-Capitán, cuando volvamos a Grace ¿Me compra algo rico?
- Y a mi cómpreme algo de Alcohol.
- Maldita sea, concéntrense
Heine, completamente furiosa por el comentario, apretó los dientes y, sin dudarlo, lanzó un ataque directo. Las llamas comenzaron a rodear su cuerpo mientras se preparaba para liberar su furia.
Heine se acercaba entre el polvo, con una sonrisa burlona y los ojos brillando con confianza.
—Snow, debo decir que fue una gran decepción como oponente. ¿Es esto todo lo que tiene el ejército de Grace para ofrecer?
Rokugo, con una sonrisa confiada, intentó ganar tiempo. Sabía que Heine era peligrosa, pero tenía que ganar tiempo hasta que terminara el enfriamiento.
—Vaya, Heine, nunca imaginé que tus pechos fueran tan impresionantes ¿Que comes para tenerlos asi?. —comentó Rokugo con tono burlón, mientras le lanzaba una mirada provocadora.
Heine, molesta, levantó la mano y lanzó una llamarada directamente hacia él. Antes de que el fuego pudiera alcanzarlo, Rose se interpuso y abrió la boca, absorbiendo las llamas.
—A veces, es un completo cretino, Capitán, —comentó Rose, molesta
Pero el caos no terminó ahí. En ese momento, Snow llegó corriendo hacia Rokugo, llorando, sosteniendo los restos de su espada derretida.
¡ Heine, Me has arruinado la espada! ¡Todavía no la había acabado de pagar! —exclamó entre sollozos, claramente frustrada. - ¿Tienes un arma rara con la que vengar mi espada glaciar? dime que si Rokugo.
Rokugo, todavía inmóvil, trató de calmarla.
—Snow, este no es el mejor momento para lamentarte por una espada. No me puedo mover por 3 minutos - Suspiro
Sin embargo, Snow, en su frustración, gritó sin pensar.
—¿¡Cómo que no puedes moverte!?
Heine alzó una ceja, claramente interesada en esa información.
—Oh, así que el gran Capitán no puede moverse. Esto será divertido, —dijo mientras comenzaba a avanzar hacia él, con su grifo volando detrás.
Rokugo miró a Snow con incredulidad.
—¡Gracias por anunciarlo al enemigo, Snow! ¡Eres la mejor!
Snow, al darse cuenta de su error, apretó los dientes y levantó lo que quedaba de su espada.
—¡Lo siento!
- ¿No te puedes mover? jejeje- Se Reia Heine mientras preparaba unas llamas enormes.
Rose trataria de mover a Rokugo, pero con peso muerto su armadura es extremadamente pesada hasta para ella.
En medio de la tensión, Grimm finalmente reaccionó. Con su habitual dramatismo, extendió una mano hacia Heine y comenzó a maldecir -Lord Zenarith, paralizala por 3 minutos-
Heine se quedó completamente paralizada, su cuerpo rígido mientras una expresión de incredulidad cruzaba su rostro.
—¡No puedo… moverme! —exclamó Heine, su voz llena de furia.
Rokugo miró a Grimm con los ojos entrecerrados, sorprendido.
—Vaya, Grimm… Es la primera vez que te veo útil. —comentó, sin esconder su tono sarcástico.
Grimm infló las mejillas, visiblemente ofendida.
—¡¿Cómo puedes decir eso?! ¿Tan mala es la imagen que tienes de mí?
Rokugo se encogió de hombros.
— considerando que pasas la mitad del tiempo dormida o maldiciéndote a ti misma… ¿qué esperabas?
Mientras tanto, Heine, completamente paralizada, trató de ganar tiempo, su mirada furiosa pero atrapada en la magia de Grimm. Heine mantuvo su compostura. Miró a Rokugo con una sonrisa burlona, su tono seductor aún presente.
—Rokugo… —dijo con voz desafiante—, la oferta aún sigue en pie. Únete al ejército de Lord Demonio. Te ofrezco el triple de lo que ganas en Grace… Y una súcubo a tu disposición.
Las palabras de Heine, cargadas de tentación, llegaron directo al punto débil de Rokugo. Él, como si fuera hipnotizado por la promesa, comenzó a acercarse a ella, sin pensarlo.
El rostro de Rokugo cambió instantáneamente, su resolución tambaleándose.
—¿Triple paga… y una súcubo? —murmuró, claramente interesado. Comenzó a caminar hacia Heine.
Alice, al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, intentó intervenir.
—Capitán, no debe inclinarse ante el enemigo. Recuerde su posición.
Heine, viendo que Rokugo vacilaba, sonrió con más confianza.
—Y no solo eso. También puedo ofrecerte una vampiresa y una sirena que cumplirán todas tus fantasías. ¿Qué me dices?
Rokugo levantó una mano hacia Alice, como si pidiera disculpas.
—Alice, perdóname, pero creo que este es mi destino. Voy a unirme al ejército del Lord Demonio.
Rokugo se arrodilló frente a Heine, extendiendo la mano como si estuviera listo para sellar el trato y entregar su alma. Heine, a pesar de su parálisis, sonrió con triunfo, segura de su victoria.
Mientras Rokugo estaba completamente entregado a sus fantasías inducidas, Snow, aún furiosa por la destrucción de su espada, aprovechó la oportunidad. Con sigilo, se acercó a Heine y arrancó una piedra que colgaba de su cuello.
Snow, furiosa y viendo su oportunidad perfecta para deshacerse de Rokugo, desenvainó su cuchillo
con rapidez. "Esta es mi chance", pensó. No solo quería vengarse por haber sido degradada, sino también eliminar al idiota que había convertido su vida en un caos desde el día en que llegó. Con una expresión fría y decidida, lanzó un ataque directo hacia Rokugo, aprovechando que estaba distraído.
—¡Muere, traidor! —gritó Snow mientras su cuchillo volaba hacia él.
Pero justo cuando parecía que el golpe iba a darle, algo instintivo dentro de Rokugo lo hizo moverse. Como si fuera un reflejo grabado en su memoria desde siempre, Rokugo se inclinó hacia un lado evitando el ataque. El cuchillo pasó rozándole la mejilla y fue a clavarse directamente en el pecho de Heine, quien acababa de recuperar el control de su cuerpo al terminar la maldición de Grimm.
Heine gritó de dolor, pero rápidamente se dio cuenta de que el cuchillo había impactado contra un pequeño colgante de piedra que llevaba al cuello. La piedra salió disparada y rodó por el suelo hasta los pies de Alice, quien la recogió sin dudarlo.
- No, eso no
—Interesante , al juzgar por tu reaccion —dijo Alice, examinando la piedra con curiosidad—. Este objeto parece tener una importancia para ti
Grimm, aún adolorida por haber despertado tan abruptamente, observó la escena y asintió.
—¡Exacto! Esa piedra potencia habilidades mágicas. Sin ella, Heine es prácticamente inútil —explicó con una sonrisa burlona.
Heine, ahora vulnerable y notoriamente más débil, extendió una mano temblorosa hacia Alice.
—¡Devuélvanme eso! ¡Por favor! —rogó, su tono seductor reemplazado por uno lleno de desesperación.
Rokugo y Alice intercambiaron miradas maliciosas.
—Vaya, vaya, así que toda esa confianza tuya venía de esta pequeña roca —comentó Rokugo, acercándose lentamente a Heine
Heine, al darse cuenta de lo que había pasado, intentó reaccionar, pero su energía comenzó a desvanecerse rápidamente. La piedra era la fuente de su poder, y ahora que Alice la tenía, Heine ya no podía utilizar sus habilidades.
—No te confundas, Rokugo. No lo hice por ti. Lo hice porque esta mujer derritió mi espada. Pero ahora, al menos tenemos ventaja.
Rokugo sonrió, recuperando su típica actitud confiada.
—Entonces, vamos a aprovecharla
Heine apretó los puños, pero sabía que no tenía otra opción. Con voz derrotada, ordenó a sus tropas detener el combate.
—¡Todos ustedes! Dejen de luchar. Neutralicen cualquier amenaza titán que se acerque. ¡No quiero más pérdidas!
El campo de batalla quedó en silencio mientras los soldados obedecían las órdenes de Heine. Los titanes que habían sido atraídos
fueron eliminados por las fuerzas combinadas de ambos bandos.
—Capitán, sugiero que aprovechemos esta oportunidad. Tome fotos de Heine en poses sugerentes. Cada una de esas imágenes le otorgará una cantidad significativa de puntos malos.
Rokugo, al escuchar esto, sonrió de oreja a oreja.
—Alice, eres un genio. ¡Heine, prepárate para tu sesión de fotos!
Heine, al principio, intentó resistirse, pero sin sus poderes y con la piedra lejos de su alcance, sabía que no podía hacer nada. Avergonzada y sin otra opción, colaboró en las fotos, posando según las instrucciones de Rokugo.
—Esto es humillante… —murmuró Heine, con las mejillas encendidas.
—Oh, no te preocupes, querida. Todos tenemos que hacer sacrificios en el campo de batalla, —respondió Rokugo con un tono sarcástico mientras ajustaba el ángulo de la cámara.
Heine, que no podía moverse ni defenderse, observó con furia mientras Rokugo sacaba su cámara y capturaba una imagen suya, con una sonrisa de satisfacción.
Alice, que estaba a un lado, simplemente asintió mientras observaba la escena.
—Te va a dar muchos puntos malos, Rokugo. —comentó con tono mecánico.
Después de varias fotos, Heine, en un intento desesperado por recuperar algo de control, le habló directamente a Rokugo.
—Muy bien, Capitán. Ya fueron muchas poses, Ahora devuélveme mi piedra. Ese era el trato, ¿verdad?
Rokugo guardó la cámara y miró a Heine con fingida confusión.
—¿Trato? No recuerdo haber hecho ningún trato. Solo asumiste que te la devolvería si colaborabas. Yo nunca dije nada de eso.
Los ojos de Heine se llenaron de furia y vergüenza.
—¡Maldito…!
Sin poder oponerse, Heine se subió a su grifo y ordenó a sus fuerzas retirarse. Antes de irse, lanzó una mirada cargada de odio hacia Rokugo.
—Esto no termina aquí, Capitán. Te haré pagar por esta humillación.
Rokugo, sin inmutarse, agitó una mano despreocupadamente.
—Cuando quieras, Heine. Pero asegúrate de traer más ofertas interesantes la próxima vez.
Heine, humillada, miró a Rokugo, incapaz de hacer nada. Ya no tenía energía, y su orgullo se había reducido a nada. Con una última mirada furiosa, cedió.
—¡Retiro mis fuerzas! —dijo, derrotada, mientras su poder se desvanecía por completo.
Rokugo, con su típica indiferencia, miró a sus compañeros.
—Bueno, parece que hemos ganado, ¿no? —dijo con una sonrisa, mientras Alice guardaba la cámara y Grimm se estiraba, satisfecha por el resultado.
Snow, aunque todavía un poco molesta por la pérdida de su espada, no pudo evitar soltar un suspiro de alivio.
—¿Por qué no me avisas que tenias un superpoder que te paralizaba despues de usarlo antes de entrar en combate? —le reprochó a Rokugo, aunque, al final, estaba agradecida de que la batalla hubiera terminado.
Mientras el enemigo se retiraba, Snow, Grimm y Rose miraban a Rokugo con una mezcla de vergüenza y frustración.
—¿De verdad tenías que hacer eso? —preguntó Snow, cruzándose de brazos.
Grimm, todavía confundida por todo lo que había ocurrido, suspiró.
—Creo que acabamos de perder lo poco de dignidad que nos quedaba como escuadrón.
Rose, por su parte, simplemente negó con la cabeza.
—A veces creo que el Capitán es más un villano que los demonios.
Rokugo se encogió de hombros.
—Digan lo que quieran. Al final del día, ganamos. ¿No es eso lo que importa?
Camino de regreso a la ciudad
El grupo caminaba lentamente de regreso a la ciudad, con Rose empujando la silla de ruedas de Grimm. El aire estaba lleno del olor a cenizas y el sonido distante de los titanes evaporándose tras su derrota. Rokugo lideraba el grupo, aún con su pesada armadura de Kisaragi, mientras observaba los cadáveres esparcidos por el campo de batalla.
—Capitán —dijo Rose de repente, rompiendo el silencio—, ahora entiendo por qué no montas un caballo ni usas equipo de maniobras 3D. Pesas demasiado.
Rokugo se dio la vuelta con una sonrisa orgullosa, posando como si fuera un modelo en una pasarela.
—Exacto, Rose. Esta armadura no es solo para verse bien. Es tecnología avanzada de Kisaragi. Me hace prácticamente invencible... bueno, hasta que mi batería se agota.
Alice, caminando a su lado, añadió con su tono neutral:
—Aunque también limita su movilidad. Sugiero que considere alternativas más ligeras en futuras misiones.
—¡Bah! Movilidad sobrevalorada —respondió Rokugo, cruzándose de brazos—. Prefiero ser un tanque humano que un blanco fácil.
Mientras caminaban, Rokugo contempló los titanes que se desvanecían en el aire, así como los cuerpos de demonios y humanos caídos. Un pensamiento cruzó su mente, y se giró hacia Alice, hablando en japonés para evitar que las demás entendieran:
—Alice, deberíamos enviar uno de esos equipos de maniobras 3D a Kisaragi. Podríamos estudiar su tecnología y mejorar nuestras propias armas.
Snow, quien había estado escuchando atentamente, frunció el ceño.
—¿Qué están hablando? ¿Por qué siempre usan ese idioma extraño?
Rokugo cambió rápidamente de tema, señalando la espada de Snow.
—Ah, Snow, cuéntanos más sobre tu espada Glaciar. Heine hizo todo un drama al derretirla. ¿Qué tiene de especial? Porque, sinceramente, el equipo de maniobras 3D incluye un montón de hojas intercambiables. Si una se rompe, simplemente tomas otra.
Snow apretó los puños, visiblemente ofendida.
—¡No compares mi espada mágica con esas cosas desechables! ¡La Espada Glaciar es única! La compré a plazos después de meses de ahorrar. Tiene poderes elementales que pueden congelar a cualquier enemigo.
Rokugo levantó las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa burlona seguía presente.
—Tranquila, Snow, no te pongas a la defensiva. Solo digo que podrías modernizar un poco tu arsenal. Quizás un rifle de alta potencia o algo así.
Snow lo fulminó con la mirada.
—¡Mi espada no es "algo así"! Es una reliquia valiosa, imbuida con magia antigua. No puedes simplemente reemplazarla con tecnología barata.
Antes de que la discusión pudiera escalarse, Rokugo cambió hábilmente de tema nuevamente.
—Bueno, bueno, dejemos las espadas por ahora. Les dije a Rose y Grimm que las invitaría a comer cuando lleguemos a la ciudad. Así que prepárense, porque vamos a celebrar nuestra victoria con la mejor comida que podamos encontrar.
Los ojos de Rose se iluminaron de inmediato.
—¡Comida! ¡Sí! Estoy hambrienta después de esa batalla.
Grimm, aún adolorida pero recuperándose, sonrió débilmente.
—Espero que tengan algo dulce. Necesito un postre decente después de casi morir aplastada.
Rokugo rió, disfrutando del cambio de ambiente.
—No se preocupen, chicas. Conozco el mejor lugar. Vamos a disfrutar como nunca. ¡Y Snow, tú también estás invitada!
Snow suspiró, cruzándose de brazos.
—Solo asegúrate de que no sea otro de tus planes descabellados. Quiero algo decente por una vez.
—¡Palabra de honor! —respondió Rokugo, levantando la mano derecha como si hiciera un juramento solemne.
Escenario: Restaurante en la Ciudad
a taberna y el menú inusual
Tras la exitosa misión, Rokugo y su escuadrón se dirigieron a una taberna local para celebrar. El ambiente era bullicioso, con soldados y ciudadanos bebiendo y riendo. En el centro del plato había una generosa porción de carne cocinada y acompañada por algunas verduras escasas.
Grimm levantó su jarra con una sonrisa satisfecha.
—¿Saben? No puedo recordar la última vez que no morí en una misión. Esto debe ser obra de Zenarith. Gracias, oh gran dios oscuro, por permitirme vivir para ver este día.
Rokugo soltó una carcajada.
—Sí, claro, Grimm. Estoy seguro de que Zenarith estaba muy preocupado por tu bienestar.
Rose, con los ojos brillando mientras mordía un enorme trozo de carne, murmuró entre balbuceos.
—Nunca… nunca había comido tanto en mi vida. Es increíble.
—Vamos, Snow —dijo Grimm, medio tambaleante con una sonrisa burlona—, admítelo, seguro que hasta tú tienes un lado oculto que le encuentra algo a este vulgar.
—¡Eso jamás! —respondió Snow, con la cara roja de la vergüenza y el enojo—. ¡Nunca me rebajaría a interesarme en alguien tan… tan…!
—¿Tan qué? —interrumpió Rose con una risa pícara—. ¿Divertido? ¿Interesante? ¿Carismático?
—¡Vulgar y detestable! —Snow apretó el vaso, tratando de ignorar las carcajadas de sus compañeras.
Snow, con una expresión de orgullo, levantó su copa.
—Pero si insistes. Este es solo uno más de los grandes logros de mi lista. Ser la caballero más joven del reino aún sigue siendo mi mayor orgullo.
Rokugo arqueó una ceja, intrigado.
—¿Más joven? ¿De qué estamos hablando aquí?
Snow, sonriendo con confianza, explicó.
—Fui nombrada caballero a los 12 años. Actualmente tengo 17.
Rokugo, sorprendido, abrió los ojos como platos y dio un grito exagerado.
—¡¿Qué?! ¡Eres prácticamente una niña! ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¡¿Cómo es que alguien tan joven es mi superior moral en el campo de batalla?!
Snow, molesta por su sobrereacción, levantó su copa con demasiada fuerza y accidentalmente derramó su bebida sobre Grimm, quien dejó escapar un grito agudo.
—¡Mis ojos! ¡Me quema! —gritó Grimm mientras intentaba limpiar su rostro.
Snow suspiró, claramente avergonzada.
—Lo siento, Grimm. Fue un accidente.
Grimm, con los ojos rojos e irritados, se giró hacia Rokugo.
—¿Por qué Alice no está aquí?
Rokugo se encogió de hombros.
—Dije que no debía desvelarse. Tiene que mantener su mente en óptimas condiciones para las misiones.
En realidad, no quería mencionar que Alice no podía comer al ser una androide y que además su presencia podría complicar las cosas si accidentalmente revelaban que eran espías.
Rokugo miró el plato .
—¿Qué es esto?
- Orcos cocinados- Respondio Rose, cambiando la expresion de Rokugo a una de arrepentimiento
¿En serio? ¿Orcos cocinados? —preguntó, empujando el plato con el tenedor como si fuera tóxico.
Snow, que ya había empezado a comer, levantó la vista con indiferencia.
—La comida escasea en el reino, Capitán. Animales como cerdos, gallinas y vacas se reservan para la realeza y la nobleza. Los orcos, al ser fáciles de obtener y cocinar, son la opción más común para el resto de nosotros.
Rokugo frunció el ceño, alejando el plato.
—Esto no es solo asqueroso. Los orcos son una especie humanoide, ¿no? ¡Se supone que son inteligentes! Esto es como comer a un tipo que habla otro idioma.
Grimm, mordiendo un trozo de carne, se encogió de hombros.
—Tienen buen sabor. ¿Cuál es el problema?
— Esa cosa podia hablar
Mientras la cena continuaba, Grimm y Rose no perdieron la oportunidad de molestar a Snow, quien parecía más interesada en comer que en unirse a la conversación.
—Snow, ¿segura que no te gusta el Capitán? —preguntó Grimm, con una sonrisa maliciosa.
Snow casi se atragantó con su comida.
—¡¿De qué estás hablando?! ¡Claro que no!
Rose añadió con una sonrisa traviesa.
—Vamos, Snow. Siempre estás pendiente de él. Y lo defendiste en el campo de batalla más de una vez.
Snow golpeó la mesa, molesta.
—¡Eso es porque soy profesional! ¡Y porque alguien tiene que mantener el orden en este escuadrón de inadaptados!
Grimm se inclinó hacia ella, con los ojos brillando de diversión.
—¿Entonces por qué estabas tan preocupada por él cuando dijo que traicionaría a Grace? Admitelo, te preocupas demasiado por él.
Snow, claramente irritada, intentó ignorarlas y se concentró en su plato, mientras Grimm y Rose seguían riéndose entre dientes.
Tras horas de comida y bebida, el grupo comenzó a dispersarse. Grimm, llena de energía y confianza tras no haber muerto en la misión, se acercó a Rose con una sonrisa traviesa.
—Rose, ¿qué te parece si vamos al parque a golpear parejas felices? Es la actividad perfecta para cerrar la noche.
Rose, que ya se veía satisfecha y somnolienta, negó con la cabeza.
—No, gracias. Estoy demasiado llena para moverme. Además, no me interesa hacer eso.
Grimm puso un puchero, cruzándose de brazos.
—¡Eres una aguafiestas!
Rokugo, observando la escena desde la barra, rió para sí mismo mientras terminaba su bebida.
—Nunca cambies, Grimm. Nunca cambies Rose.
Escenario: Residencia de Snow
Más tarde esa noche, Snow, con un par de copas de más, se dirigió tambaleándose cargando a Rokugo hacia su habitación. Alice recibiria a Rokugo.
Snow reflexionaria.
Rokugo… aquel hombre vulgar y prepotente que había logrado ascender rápidamente a Capitán. Un puesto que para ella misma había trabajado arduamente por conseguir en su niñes. La envidia le ardía en el pecho, especialmente al recordar cómo él se burlaba de su posición y desestimaba las normas.
—¿Cómo alguien así…? —murmuró, tambaleándose un poco antes de continuar hacia su propia habitación.
Mientras tanto, Rokugo estaba acostado en su cama, mirando el techo con una sonrisa.
—Bueno, fue un buen día. Conseguí puntos malos, humillé a Heine y sobreviví. ¿Qué más se puede pedir? —dijo Rokugo en voz alta, claramente satisfecho consigo mismo.
La corrupción de Snow
Snow se despidio de Alice y dio media vuelta, alejandose a su habitacion, en medio del pasillo del castillo. En medio de sus pensamientos, murmuró en voz baja, como una broma amarga:
—Un día de estos, voy a matar a ese idiota de Rokugo… —dijo en un tono que mezclaba frustración y resignación.
—¿Algo en particular que te moleste de ese extrangero? —Una voz suave y calculadora la interrumpió.
Al girarse, Snow se encontró con el consejero del Rey, quien estaba de pie con las manos detrás de la espalda, observándola con su típica expresión fría y calculadora.
—Ah, Comandante Snow… o, debería decir, excomandante, —dijo con un tono que mezclaba cortesía y desprecio apenas disimulado.
—Solo estaba bromeando, consejero —respondió Snow, un poco incómoda—. Fue una… mala noche.
El consejero la miró con una expresión de aparente comprensión, inclinó ligeramente la cabeza, como si considerara su respuesta.
—Estoy simplemente observando cómo alguien como Rokugo, grosero e incapaz de respetar el protocolo, llega de la nada y ya es capitan, mientras usted, que se ha esforzado desde niña siendo huérfana, es destituida una vez más.
—Snow, es impresionante cómo te mantienes leal y fiel a tus principios. Pero, dime, ¿realmente te parece adecuado que Rokugo ocupe un puesto tan importante? Tú, una soldado de honor, ¿de verdad consideras que merece el rango de comandante?
La mención de su infancia huérfana hizo que Snow apretara los labios. La rabia y el dolor de tantos sacrificios desperdiciados empezaron a burbujear en su interior. Snow enderezó la espalda y respondió con calma:
—La princesa decidió que Rokugo sea el comandante. Mi lealtad está con el Reino y sus decisiones, no con mis propias ambiciones.
El estratega sonrió con frialdad.
—Piense en ello, Snow. La gloria, el respeto, la comodidad… ¿No extraña los días en los que usted comandaba con honor? Su nombre era respetado en todos los rincones del reino.
—¿Qué está insinuando? —preguntó, tratando de mantener la compostura.
Snow intentó mantenerse firme.
—La gloria no es solo mía. El mérito es de todos los que luchan a mi lado.
El estratega soltó una leve carcajada, como si hubiera esperado esa respuesta, esbozó una sonrisa que casi parecía paternal, aunque en sus ojos brillaba algo más oscuro. Dio un paso adelante, susurrando con voz seductora.
—Ah, la gloria compartida, claro. Pero, dime, ¿acaso todos en esta guerra lo dieron todo, como tú lo hiciste? Fue tu valentía la que le arrebató la piedra de poder a Heine, segun me dijeron los soldados que vinieron de testigos.
Las palabras del consejero hicieron que el pecho de Snow ardiera de resentimiento. A pesar de su intención de mostrarse humilde, su envidia comenzaba a brotar.
—Bueno, el puesto no es todo… La gloria es de todos, al final —intentó decir, pero su voz carecía de convicción.
—¿Y dónde está su recompensa ahora? Mientras usted lucha con un escuadrón de inadaptados, ese vulgar Rokugo se burla de todo lo que representa. Imagine volver a ser comandante. Vivir con comodidad, disfrutar de la fama y tener el respeto que siempre mereció.
El consejero, sin perder su tono frío, se acercó un poco más, sus palabras calculadas y firmes.
— Todo lo que tenias cuando eras comandante de la guardia real, todo eso podría ser tuyo de nuevo.
Snow parpadeó, sorprendida por sus palabras. Su ambición, cuidadosamente reprimida, comenzó a aflorar. El estratega, notando su vacilación, adoptó un tono más seductor.
—Lady Snow, espero no interrumpir nada importante —dijo con una sonrisa taimada—. Me temo que el reino necesita de su lealtad y su integridad. Y que quizás, con la evidencia adecuada de la deslealtad de Rokugo, podría recuperar su merecido puesto como Comandante de la Guardia Real.
Snow cambió su expresión. En su interior, las palabras del consejero comenzaron a cobrar peso, y mientras él hablaba de fama, respeto y dinero, su ambición oculta fue ganando fuerza.
—El Reino necesita tu lealtad e integridad, Snow —continuó el consejero, con una sonrisa que parecía casi seductora—.
Snow parpadeó, confundida, pero la posibilidad de recuperar su puesto hizo que sus oídos se aguzaran.
—¿A qué se refiere, consejero?
—No es un secreto que el Comandante Rokugo... —El hombre bajó la voz como si temiera ser escuchado—. Bueno, digamos que no está alineado con los valores del Reino de Grace. —Su tono se volvió casi seductor, apelando a las ambiciones de Snow—. La idea es simple, Lady Snow. Si alguien como usted pudiera aportar evidencia de la deslealtad de Rokugo, quizás podría volver a su merecido puesto.
Snow sintió un nudo en el estómago. ¿Difamar a Rokugo? La idea era tentadora, pero algo en ella vaciló.
—. Y si alguien como tú pudiera aportar evidencia de la deslealtad de Rokugo, tal vez el trono reconsideraría tu posición.
—Pero... —Snow intentó, un último intento de resistir—. No es cuestión de puestos, al final todos somos soldados…
—Por supuesto, por supuesto… aunque algunos soldados pueden gozar de una posición privilegiada, de riqueza y de respeto —respondió el consejero, inclinando un poco la cabeza—. Incluso podrías elegir a tus propios soldados, formar la unidad que siempre deseaste.
—No importa quién hizo qué. Todos contribuyeron, y eso es lo que cuenta.
El consejero soltó una risa suave.
—Oh, Snow, qué nobleza la tuya. Aunque, imagina… si fueras comandante, podrías hacer las cosas a tu manera. Elegir a los soldados más aptos
Snow intentó resistirse, pero la mención de su vida anterior comenzó a erosionar su determinación. Las palabras del estratega parecían resonar en lo más profundo de su ser.
—No… no debería… —murmuró, llevándose una mano a la frente.
El estratega dio el golpe final.
—Y cuando sea comandante nuevamente, podrá elegir a los soldados que quiera para su unidad, bajo sus reglas. Nadie cuestionará su autoridad.
Por un momento, Snow imaginó al resto del escuadrón bajo su control. Rose, Grimm y Alice obedeciendo cada una de sus órdenes. La idea era tentadora, casi embriagadora.… casi la hizo ceder. Pero, con esfuerzo, se contuvo.
—Lo siento, pero la responsabilidad no recae solo en mí.
El consejero sonrió con un aire de paciencia infinita, como si hubiera anticipado la respuesta de Snow. Dio un paso más cerca, bajando su tono de voz hasta convertirlo en un susurro casi hipnótico.
—Piensa en el respeto, en el dinero, en la fama que tendrías como comandante. Todo el ejército bajo tu liderazgo, todos reconociendo tu esfuerzo y valor. No más burlas ni dudas sobre tu capacidad. Solo gloria y honor… y una posición que realmente mereces.
Snow sintió que su voluntad se quebraba poco a poco. La tentación era demasiado fuerte y su resentimiento hacia Rokugo hizo que bajara la guardia.
Las palabras de dinero, respeto y poder resonaron en la mente de Snow, y el temblor en su cuerpo se intensificó. Cada palabra del consejero le provocaba una mezcla de emoción y ambición, y sentía cómo su integridad se debilitaba frente a la tentación.
—¡Deténgase! —exclamó, mirando al estratega con ojos llenos de conflicto—. Está… está a punto de quebrar mi voluntad.
Finalmente, el consejero sonrió con satisfacción.al notar que estaba a punto de ceder, y con voz calmada, le dio el golpe final:
—Podrías tener lo que mereces, Snow. Ser una verdadera líder. Comandante de la guardia real.
Snow cerró los ojos por un instante, el cuerpo temblando, como si cada músculo de su ser luchara entre la integridad y la ambición. La tentación había llegado a su punto álgido, y una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro, oscura y determinada.
—Está bien… —murmuró, rindiéndose finalmente—. Probaré a buscar algo. Solo… no me presione.
—¿Qué tipo de evidencia necesitaría? —preguntó, tratando de no sonar demasiado ansiosa.
El consejero sonrió, satisfecho. —Cualquier prueba que pueda demostrar que Rokugo no tiene la lealtad del reino, o que tal vez esté conspirando en contra de nuestra nación. Estoy seguro de que alguien tan perspicaz como usted encontrará algo.
El consejero sonrió, satisfecho, y deslizó una pequeña bolsa de monedas de oro en sus manos.
Snow la miró con vacilación, pero finalmente tomó el dinero con manos temblorosas. No podía negar que la idea la había seducido.
—Lo haré. Iré a su habitación y buscaré algo que pueda incriminarlo, —dijo con un tono decidido, aunque su voz temblaba ligeramente.
El estratega asintió, satisfecho.
—Buena decisión, Snow. El reino la recompensará.
Con una última inclinación, el consejero desapareció por el pasillo, dejando a Snow con el oro y una misión turbia en sus manos. Unos minutos después, aún sintiendo el peso de sus decisiones, fue hacia la habitación de Rokugo, fingiendo que solo era una excusa para… charlar.
Se aseguró de que nadie la viera ,pero un pequeño remordimiento comenzó a formarse en su mente. Rokugo era arrogante y vulgar, sí, pero traicionarlo de esa forma...
Escenario: Pasillos del Cuartel
Con el dinero escondido entre sus ropas, Snow se dirigió hacia la habitación de Rokugo. Su mente estaba dividida entre el peso de la traición que estaba a punto de cometer y el dulce sabor de la posible recompensa.
—Esto es por el bien del reino… y por el mío, —se dijo a sí misma mientras avanzaba por el pasillo. Su mano temblaba ligeramente mientras se acercaba a la puerta.
Respiró hondo antes de llamar, preparándose para lo que pudiera encontrar en la habitación de Rokugo.
Mientras caminaba por los pasillos del castillo, Snow sintió que sus pasos pesaban más de lo habitual. Luchaba contra el dilema en su cabeza, debatiéndose entre recuperar su posición y mantener su integridad. Fue entonces cuando escuchó algo que la hizo detenerse en seco.
A unos metros, en un pasillo lateral, Rokugo y Alice parecían discutir en voz baja. Snow se escondió, conteniendo la respiración, y comenzó a escuchar.
Antes de llamar, Snow escuchó voces provenientes de la habitación. La conversación dentro la hizo detenerse.
—Te lo digo, Alice, es cuestión de tiempo antes de que la princesa declare sus sentimientos por mí, —dijo Rokugo con su habitual tono confiado—. Cuando eso pase, seré Rey, y después, Snow también me confesará su amor. Entonces tendré dos esposas.
Alice, con su lógica robótica, respondió sin perder la compostura.
—Capitán, esa probabilidad es estadísticamente imposible. En mis simulaciones para la predicción de eventos futuros, no hay un solo escenario donde eso ocurra.
Snow, escuchando desde el pasillo, sintió una mezcla de vergüenza e indignación. A punto estuvo de irse, arrepintiéndose de su plan de traición. Pero entonces, las siguientes palabras de Rokugo la hicieron detenerse.
—Hablando en serio, ser espía es difícil. Especialmente cuando hay que mantener el secreto antes de que Kisaragi decida invadir este planeta.
—…tenemos que ser cuidadosos. Si descubren que somos espías, podríamos meternos en problemas serios —murmuró Rokugo, en un tono de advertencia.
—No digas eso en Marlayano—Alice respondió con su actitud de desepcion—. Dilas en Japonés.
Snow sintió cómo su estómago se retorcía. ¡Espías! Su duda y culpa se desvanecieron en un instante, reemplazadas por la indignación. ¿Rokugo y Alice eran espías? ¡Eso explicaba muchas cosas!
Antes de siquiera pensarlo, salió de su escondite y los encaró.
—¡Así que eso es lo que son! ¡Espías! —les gritó, su voz cargada de furia y decepción.
Rokugo y Alice intercambiaron una mirada sorprendida, y por primera vez, Rokugo pareció haber perdido su habitual sonrisa burlona.
Rokugo dio un salto en la cama, sorprendido al verla.
—¡Snow! ¿Qué haces aquí? ¿Nunca te enseñaron a tocar la puerta?
Snow cruzó los brazos, fulminándolo con la mirada.
—¡Así que es verdad! ¡Eres un espía! —gritó, señalándolo acusadoramente.
Rokugo, dándose cuenta de que había hablado demasiado, trató de cambiar de estrategia.
—¿Espía? ¿De qué estás hablando? Seguro lo escuchaste mal. Estoy… borracho, sí. Completamente borracho. —Intentó tambalearse para vender su mentira.
Alice lo miró, claramente exasperada.
—Capitán, no tiene sentido fingir. Ya nos escuchó. Es exactamente por eso que sugerí hablar en japonés en lugar de Marleyano.
Snow se acercó a ellos, su rostro lleno de indignación.
—¡Así que lo admiten!
—Snow, esto no es lo que piensas… —intentó explicar Rokugo.
Pero Snow no estaba dispuesta a escuchar. —¡No quiero escuchar ninguna excusa! Han traicionado al Reino de Grace…¡Han estado traicionando al reino desde el principio!
Rokugo levantó las manos, tratando de calmarla.
—Mira, Snow, no es lo que parece. Bueno, en realidad sí lo es, pero tengo una buena razón para todo esto.
Snow, apretando los puños, respiró hondo y, contra todo pronóstico, habló con un tono más controlado.
—No voy a alertar a las autoridades… aún. Les estoy dando una oportunidad para huir. No por ti, Rokugo, sino porque, a pesar de todo, han hecho algo por el reino. Considéralo un favor especial.
Alice la miró con frialdad, pero Rokugo solo asintió, aceptando su derrota momentánea.
—Entendido. Gracias por la oportunidad, Snow.
Y así, Snow se marchó, dispuesta a delatar a los traidores. No se dio vuelta ni dudó.
Rokugo y Alice intercambiaron miradas. Ambos sabían que quedarse era un riesgo innecesario. Finalmente, Rokugo suspiró y se levantó.
—Bueno, supongo que esto es un adiós… por ahora. —Se puso su armadura y miró a Snow con una sonrisa burlona—. Gracias por el gesto. No te preocupes, algún día escucharás mi confesión.
Snow no respondió, su mirada firme pero cargada de emociones conflictivas.
Alice, como siempre, mantuvo su tono práctico.
—Debemos irnos de inmediato, Capitán. No hay tiempo para bromas.
Sin más, Rokugo y Alice salieron de la habitación, dejando a Snow sola, con una sensación agridulce. Aunque había tomado la decisión de dejarlos ir, no podía evitar sentir que había perdido algo importante… o tal vez había salvado algo aún mayor.
La ascensión de Snow como comandante fue rápida. El estratega al enterrarse de la salida de Rokugo, la llevó de regreso a su puesto con gran honor y reconocimiento.
Su ascenso como Comandante de la Guardia Real fue casi inmediato, restaurando el puesto que había anhelado recuperar durante tanto tiempo. Ahora, con su uniforme impecable y una posición de poder, Snow caminaba por los pasillos del castillo, recibiendo saludos y reverencias de los soldados.
Como parte de su nuevo escuadrón, Snow solicitó que Grimm y Rose fueran ascendidas también. Ambas aceptaron con entusiasmo, aunque con cierto desconcierto por la ausencia de Rokugo y Alice.
—¿Dónde están Rokugo y Alice? —preguntó Rose, inclinando la cabeza con curiosidad.
Snow, esforzándose por mantener la compostura, respondió con naturalidad.
—Renunciaron. Dijeron que querían buscar una vida tranquila lejos del ejército.
Grimm entrecerró los ojos, claramente escéptica.
—¿Rokugo? ¿Buscando una vida tranquila? Eso no suena como él.
Snow se encogió de hombros, evitando profundizar en el tema.
—Eso dijeron. Y no tenemos por qué dudar de ellos.
Pero, incluso con su objetivo cumplido, Snow sentía una incomodidad persistente. No podía olvidar la mirada de Rokugo y Alice. ¿Acaso se había precipitado? ¿Había sido justa?
A pesar de haber recuperado su puesto y su honor, Snow no podía ignorar una incomodidad persistente que la acompañaba desde la noche en que confrontó a Rokugo y Alice. Cada vez que intentaba disfrutar de su triunfo, algo en su interior la detenía.
La mirada de Rokugo, esa sonrisa burlona pero, al mismo tiempo, resignada, seguía persiguiéndola. También recordaba las palabras prácticas de Alice, y el hecho de que ninguno de ellos había intentado defenderse realmente. ¿Acaso se habían resignado porque sabían que no podrían convencerla? ¿O porque confiaban en que ella no sería capaz de entregar la información?
Una noche, mientras caminaba sola por los pasillos del castillo, Snow murmuró para sí misma.
—¿Hice lo correcto?
Se detuvo frente a una ventana que daba al patio, mirando las estrellas. Sus logros estaban allí: su puesto recuperado, el reconocimiento del reino, las vidas de los soldados bajo su mando. Sin embargo, una punzada de culpa no dejaba de aparecer cada vez que recordaba cómo había traicionado a Rokugo sin darles la oportunidad de explicarse.
—Quizás… me precipité, —admitió en voz baja.
A pesar de que Grimm y Rose estaban ahora bajo su mando y parecían satisfechas con sus nuevas posiciones, Snow evitaba hablar de Rokugo frente a ellas. Cada vez que Rose mencionaba algo sobre él, Snow cambiaba el tema rápidamente.
Grimm, sin embargo, no dejaba de notar el comportamiento de Snow. Una noche, mientras ambas patrullaban, Grimm comentó casualmente:
—¿Sabes? Es extraño. No puedo dejar de sentir que algo raro pasó con Rokugo y Alice. ¿Segura que renunciaron?
Snow apretó los labios, tratando de controlar su expresión.
—Ya lo dije, Grimm. Renunciaron. Querían una vida tranquila.
Grimm se encogió de hombros, pero la mirada en sus ojos decía que no estaba completamente convencida.
Snow continuó su patrullaje, pero las palabras de Grimm se sumaron al peso que ya llevaba en su interior. ¿Había hecho lo correcto? ¿O su ambición la había cegado, llevándola a traicionar a personas que, a pesar de todo, habían sido sus compañeros?
Esa noche, mientras intentaba dormir, la sensación de justicia aparente que había sentido tras su ascenso comenzaba a desmoronarse, dejando un vacío que no podía ignorar.
El nuevo refugio de Rokugo
Tras su abrupta salida del ejército de Grace, Rokugo había usado sus ahorros como Capitán para comprar una casa modesta en las afueras de la ciudad. Aunque no era un lugar de lujo, cumplía con sus necesidades. Mientras tanto, Alice trabajaba en el sótano, ensamblando pieza por pieza la máquina teletransportadora que traería las fuerzas de Kisaragi al planeta. Sin embargo, debido a las limitaciones tecnológicas del lugar, el proceso tomaría al menos un mes para completarse y estabilizarse.
—Un mes entero, —murmuró Rokugo mientras miraba las partes dispersas en el sótano—. Supongo que tendré que buscar formas de entretenerme mientras tanto.
Y con eso, Rokugo comenzó a recorrer las calles de Grace, haciendo lo que mejor sabía hacer: acosar jovencitas para obtener puntos malos. Su actitud descarada lo hizo popular —para mal— en los rumores de la ciudad.
De vuelta en el castillo, Snow fue informada por un miembro de la guardia real sobre un acosador que estaba causando revuelo en las calles.
—Seguramente es Rokugo, —dijo Snow con exasperación. Llamó a Rose para que la acompañara.
—¿El Capitán? —preguntó Rose, curiosa—. Pero, según tú, renunció para buscar una vida tranquila.
Snow miró hacia otro lado, evitando responder directamente.
—Eso es lo que dijo, pero no confiaría en que realmente se mantenga tranquilo.
Alice ajustaba algunos cables y revisaba el progreso de la máquina, mientras Rokugo la observaba con los brazos cruzados.
—Esto nos tomará al menos un mes, toca canjear pedazo a pedazo la maquina desde Kisaragi —comentó Alice, con un tono de frustración—. Pero si logramos que funcione, será nuestra entrada para tomar el control total.
Rokugo sonrió con malicia. —Bueno, al menos tendremos el elemento sorpresa de nuestro lado…
Las noches en la ciudad eran tranquilas para la mayoría, pero no para Rokugo. Mientras todos dormían, él aprovechaba su tiempo para acosar jovencitas inocentes (aunque con intenciones relativamente inofensivas) con tal de ganar puntos malos. Estos puntos los usaba para canjear piezas de la máquina teletransportadora, una tarea que Alice supervisaba con rigor.
Rokugo tenía un truco infalible: la cremallera de su traje se subía y bajaba de forma inalámbrica, lo que provocaba reacciones de incomodidad y susto entre sus víctimas. Sin embargo, una noche, mientras realizaba su rutina habitual, se encontró con una jovencita que desafiaba toda lógica.
—¡Espera, espera! —dijo la chica, sonrojada y emocionada—. Esto es exactamente lo que siempre soñé... Un violador que me secuestre, me lleve a su casa y me obligue a tener hijos.
Rokugo se quedó boquiabierto, completamente desconcertado.
—¿Qué demonios estás diciendo? ¡Esto no es normal! —gritó, frustrado porque no estaba ganando puntos malos por incomodarla.
La chica lo miró con ojos brillantes.
—Por favor, continúa... Es mi fantasía hecha realidad.
Rokugo sacudió la cabeza, murmurando algo sobre cómo este mundo estaba lleno de locos.
Cuando Snow y Rose llegaron a la escena, encontraron a Rokugo parado frente a una mujer, claramente intentando asustarla. Sin embargo, la mujer exageraba cada gesto de Rokugo, gritando y señalándolo como si fuera un criminal peligroso.
—¡Ayuda! ¡Este hombre está intentando secuestrarme! —gritó la mujer.
Rokugo levantó las manos, visiblemente frustrado.
—¡Ni siquiera la he tocado! ¡Sólo dije que su sombrero se ve raro! ¡Eso es todo!
Antes de que pudiera seguir defendiendo su caso, Snow apareció, empuñando su espada con una mirada severa.
—¡Te dije que no quería volver a verte, Rokugo! ¿Qué demonios haces aquí?
Rokugo levantó una ceja, mostrando una sonrisa sarcástica.
—¿Qué puedo decir? No puedo resistir la hospitalidad de Grace. Es un lugar tan acogedor.
Rose intervino, intentando calmar las cosas.
—Capitán… digo, ex Capitán, ¿por qué renunciaste realmente? Todo esto no tiene sentido.
Rokugo, viendo la oportunidad de molestar a Snow, sonrió aún más. , sonrió maliciosamente.
—Ah, eso... Verás, Rose, Snow me acosaba sexualmente en el ejército. Me tocaba el trasero todo el tiempo e intentaba manosearme. No podía seguir trabajando con alguien así.
Rose miró a Snow con incredulidad y algo de disgusto.
—¿Es eso cierto, Snow?
Snow abrió la boca para defenderse, pero las palabras no salieron. Estaba demasiado sorprendida por la audacia de Rokugo.
—¡Eso es mentira! ¡Nunca toqué a este idiota!
Rose negó con la cabeza, claramente decepcionada.
—Snow, pensé que eras mejor que eso...
Rose inclinó la cabeza, confundida.
—Entonces, ¿por qué renunció realmente, Snow?
Snow abrió la boca para responder, pero recordó que no podía revelar la verdadera razón. Finalmente, se limitó a cruzar los brazos y desviar la mirada.
—Eso no importa ahora.
Rokugo, disfrutando de la situación, se inclinó hacia Snow.
—Ah, así que admites que no quieres decirlo porque la verdad sería demasiado vergonzosa para ti, ¿no?
Snow apretó los dientes, intentando mantener la calma.
—¡Sólo vete, Rokugo! Y mantente lejos de la ciudad.
Rose, viendo que la situación no iba a mejorar, dio un paso al frente.
—Está bien, Capitán. Será mejor que se retire antes de que esto empeore.
Rokugo suspiró, pero no perdió su sonrisa burlona.
—Como digas, Rose. Pero recuerden esto: siempre es divertido cruzarnos.
Rokugo aprovechó la distracción para escapar. Corrió hacia los tejados mientras gritaba:
—¡Nos vemos luego, chicas! ¡Tengo más puntos malos que ganar!
Escena: Planes futuros y el ataque del ejército de Lord Demonio
De regreso en su escondite temporal, Rokugo se encontró con Alice, quien ya estaba revisando los datos de la máquina teletransportadora. Su expresión era seria, como siempre.
—Agente 6, tengo información importante. El ejército de Lord Demonio planea atacar Grace pronto —informó Alice sin levantar la vista de su dispositivo.
Rokugo frunció el ceño.
—¿Y qué se supone que hagamos? No podemos abandonar esta ciudad ahora. La máquina teletransportadora está demasiado avanzada para dejarla.
Alice asintió.
—Exacto. Sugiero que protejamos Grace hasta que podamos completar la máquina. Una vez listos, Kisaragi podrá anexar este territorio sin problemas.
Rokugo sonrió, complacido con el plan.
—Bien, entonces nos quedamos. Además, no sería divertido si dejáramos que esos demonios arruinaran toda la diversión. Será interesante ver cómo reaccionan cuando les pateemos el trasero.
Alice ajustó algunos cables en la máquina antes de responder.
—Capitán, recuerde que nuestro objetivo principal es recolectar suficientes datos y recursos para Kisaragi. No estamos aquí para ser héroes.
Rokugo se encogió de hombros.
—Lo sé, lo sé. Pero un poco de acción no hace daño, ¿verdad?
Escena: Preparativos para la batalla
Mientras tanto, Snow informó al resto del equipo sobre la inminente amenaza. Aunque seguía molesta por las falsas acusaciones de Rokugo, sabía que la situación era grave.
—Tenemos que prepararnos —dijo Snow con determinación—. Si el ejército de Lord Demonio ataca, no podemos permitir que destruyan la ciudad.
Grimm, quien había despertado de su siesta, bostezó y preguntó:
—El Renuncio Snow
Rose, aún confundida por lo que Rokugo le había dicho, añadió:
—Si, el Acoso de Snow lo alejo
-Rose, ya te dije que Rokugo invento esa historia
Al día siguiente, mientras Rokugo caminaba por las calles de Grace, notó que los habitantes lo miraban con desdén. Susurros se extendían entre la multitud, y algunos hasta se alejaban al verlo pasar. Finalmente, un niño pequeño se le acercó con una sonrisa burlona.
—¡Oye, Zipperman! —gritó el niño, señalándolo con descaro.
Rokugo frunció el ceño.
—¿Qué dijiste, mocoso?
El niño corrió hacia un grupo de amigos, quienes empezaron a reír y corear el apodo: "¡Zipperman, Zipperman!"
Rokugo caminaba por el mercado de Grace, tratando de pasar desapercibido mientras compraba provisiones. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que comenzaran las miradas y risas a su alrededor. En cada esquina, en cada muro, había carteles con su rostro dibujado de forma grotesca bajo el alias "Zipper Man". Algunos incluso lo señalaban como "El Pervertido Oficial de Grace".
—¡Miren quién está aquí! ¡El famoso Zipper Man! —gritó un comerciante entre risas.
—¡No te acerques a mis hijas, pervertido! —agregó otro, blandiendo una escoba.
Rokugo suspiró, visiblemente molesto.
—Esto tiene escrito el nombre de Snow por todas partes... —murmuró para sí mismo mientras arrancaba uno de los carteles más cercanos y lo examinaba—. ¿"Zipper Man"? ¿En serio? Ni siquiera me gusta el apodo.
Alice, quien lo acompañaba, observó la situación sin mostrar emoción alguna.
-Agente 6
, parece que su reputación ha precedido cualquier intento de mantener un perfil bajo. Sugiero ignorarlos y enfocarnos en nuestras prioridades.
Rokugo asintió, pero no pudo evitar murmurar:
—Cuando encuentre a Snow, le haré pagar por esto...
En los días siguientes, Alice, con su capacidad de análisis, informó a Rokugo sobre un patrón sospechoso en los movimientos del ejército del Lord Demonio.
—Con base en la información recolectada y los datos de los ataques previos, predigo que atacarán la ciudad en aproximadamente tres días, —dijo Alice mientras revisaba un mapa de la zona.
Rokugo se cruzó de brazos, evaluando la situación.
—Si atacan la ciudad y destruyen mi casa, no solo perderé mi refugio, sino también la máquina teletransportadora. Kisaragi perdería la oportunidad de conquistar este planeta.
Alice asintió.
—Exactamente. Sugiero que coloquemos minas en el desierto exterior para frenar el avance del enemigo.
Rokugo suspiró, sabiendo lo que venía.
—Déjame adivinar: ¿soy yo quien tiene que colocarlas?
Alice lo miró con su expresión neutral.
—Correcto. Cuando Heine me vio, notó que no era un ser vivo. Si yo coloco las minas, no dejarán rastro de olor, y los demonios podrían detectarlas. Necesitamos que alguien con un rastro de ser vivo, como tú, las coloque.
Rokugo gruñó, resignado.
—Bien, bien. Pero si estas minas fallan, me voy a asegurar de que te castiguen cuando llegue Kisaragi.
Alice inclinó la cabeza ligeramente.
—Aceptable. También sugiero que use la piedra mágica que quitamos a Heine como cebo. Su energía residual podría atraer a los demonios hacia las minas.
De regreso en su escondite temporal, Rokugo utilizó sus puntos malos para canjear varias minas y bombas equipadas con sensores de distancia. Alice observaba atentamente mientras organizaba las armas recién adquiridas.
—Capitán, pelear contra robots gigantes siempre fue más sencillo —explicó Alice—. Bastaba con colocar minas en el suelo y esperar a que pisaran el detonador. Pero contra los titanes, especialmente los acorazados como el Titan Golem, necesitaremos algo que les cause daño específico en la nuca.
A medida que avanzaba, comenzó a cuestionar la efectividad de su plan.
—Estas minas, ¿realmente harán daño a los demonios? —preguntó, colocando otra carga en el suelo.
Alice, que supervisaba desde una distancia segura, respondió por su comunicador.
—Con base en mis análisis, las minas deberían ser efectivas contra los demonios estándar. Sin embargo, si enfrentamos a más titanes Golem, podríamos tener problemas.
Rokugo se detuvo un momento, considerando las palabras de Alice.
—¿Y qué sugieres que hagamos si eso ocurre? —preguntó, visiblemente frustrado.
Alice, con su tono siempre práctico, respondió.
—He enviado muestras del endurecimiento cristalino de los titanes a Kisaragi. Deberían estar trabajando en un arma capaz de enfrentarlos. Según mis cálculos, los resultados deberían estar listos en las próximas semanas.
Rokugo resopló, continuando con su tarea.
—Perfecto. Mientras tanto, solo tenemos que sobrevivir a lo que sea que lancen contra nosotros. Ya sabes, lo normal.
Rokugo asintió, revisando las armas.
—Entonces, ¿qué sugieres?
Alice levantó una de las "Lanza Relámpago" modificadas.
—He ajustado estas armas para que sean automáticas. Ahora pueden disparar ráfagas concentradas directamente hacia la nuca de los titanes cuando detecten movimiento. Además, he añadido un sensor de calor para mejorar la precisión.
Rokugo sonrió, complacido con las mejoras.
—Bien, bien. Esto debería hacer que nuestra vida sea más fácil. ¿Y qué hay del ejército de Lord Demonio?
Alice activó un mapa holográfico proyectado desde su brazalete.
—Según mis cálculos, llegarán al amanecer. He colocado las minas y bombas en puntos estratégicos donde se espera que crucen. Con suerte, eso retrasará su avance.
Tras horas de trabajo y varios enfrentamientos agotadores, Rokugo regresó al interior de las murallas. Miró hacia el desierto, donde ahora las minas estaban perfectamente camufladas, junto con la piedra mágica colocada como trampa.
—Espero que esto funcione, —murmuró, limpiándose el sudor de la frente.
Alice, que lo esperaba en la entrada, lo observó detenidamente.
—Lo hará, Capitán. Aunque, si fallamos, probablemente será porque usted no colocó las minas con suficiente precisión.
Rokugo la fulminó con la mirada.
—Eres una verdadera motivadora, Alice.
Escena: La desaparición del elegido
Mientras organizaban las armas, Alice compartió una nueva información crucial.
—Capitán, según mi investigación, el hermano de la princesa Tilis, el supuesto "elegido", fue teletransportado aleatoriamente durante una batalla contra Faustress del Viento, el selecto de Lord Demonio.
Rokugo frunció el ceño.
—¿Teletransportado? ¿Como nosotros?
Alice asintió.
—Exacto. Pero no sabemos dónde apareció. Si fue transportado dentro de un objeto sólido o al fondo del océano, probablemente ya esté muerto.
Rokugo se quedó en silencio por un momento, pensativo. Luego, una expresión de furia cruzó su rostro.
—Espera un segundo... Esto me suena familiar. ¿No fue así como Lilith probó la máquina teletransportadora? ¿Con ensayo y error?
Alice confirmó su sospecha.
—Es probable. La tecnología de teletransportación de Lilith no era perfecta en ese entonces.
Rokugo apretó los puños, claramente enfadado.
—Esa bruja loca nos envió aquí sabiendo que podríamos morir. ¡Nos usó como conejillos de indias! Cuando volvamos a Kisaragi, me aseguraré de que pague por esto. Nadie juega con mi vida así y se sale con la suya.
Escena: Noches de preparación
Durante las noches siguientes, Rokugo y Alice trabajaron incansablemente para preparar las defensas de la ciudad. Colocaron las minas y bombas en las rutas más probables por donde avanzaría el ejército de Lord Demonio. Aunque Snow seguía siendo una molestia pública (y personal) para Rokugo, ambos sabían que proteger Grace era prioritario.
Una noche, mientras ajustaban los últimos detalles, Rokugo miró hacia el horizonte.
—Sabes, Alice... Este mundo es un caos total. Pero de alguna manera, creo que estamos empezando a encajar aquí.
Alice lo miró, inexpresiva como siempre.
—Capitán, sugiero que no pierda de vista nuestra misión principal. Una vez completemos la máquina teletransportadora, podremos abandonar este lugar.
Esa misma noche, mientras Rokugo se relajaba en su casa, alguien llamó a la puerta. Al abrir, encontró a una figura encapuchada.
—¿Quién demonios…? —comenzó, pero se interrumpió al ver que era la princesa Tilis. Rokugo levantó una ceja, sorprendido—. Bueno, esto sí que no me lo esperaba. ¿Qué hace una princesa en la casa de un humilde civil?
Tilis entró sin esperar invitación y se quitó la capucha, revelando su rostro.
—Rokugo, no hay tiempo para formalidades. Vine porque necesito tu ayuda.
Rokugo se dejó caer en una silla, cruzando los brazos.
—¿Mi ayuda? No estoy en el ejército. ¿No recuerdas? Renuncié.
Tilis sacó un objeto de su bolso y lo colocó sobre la mesa. Rokugo lo reconoció de inmediato: era el paracaídas que había dejado en el desierto.
—Cuando exploramos el desierto, encontramos esto. Snow me dijo que eres un espía. Pero también mencionó que tienes tecnología como esta, que nunca hemos visto antes. —Tilis señaló el paracaídas—. Algo así lo he visto solo en ilustraciones de libros antiguos de historia, pero nadie en este reino tiene idea de cómo usarlo.
Rokugo sonrió con ironía.
—Bueno, parece que Snow ha estado hablando de más. ¿Y qué esperas que haga con esto?
Tilis ignoró el sarcasmo y continuó.
—Escucha, Rokugo. El Reino de Grace caerá mañana. El ejército del Lord Demonio avanza y no hay nada que podamos hacer para detenerlo.
Rokugo frunció el ceño. —¿Y vienes a pedirnos ayuda? ¿Que me enfrente a Lord demonio, lo retraze? ¿Que sea su amante? ¿O Algo?
Tilis negó con la cabeza. —No se a que te refieres con eso ultimo. Pero encontramos esto en el desierto- Dijo Tilis mostransole el paracaidas que Rokugo abandono en el desierto
-Se que son espias, pero no vengo a torturarlos ni arrestarlos
Rokugo cambiaria su expresion a una visible confusion.
—El Reino caerá mañana con la invasión del Lord Demonio. Necesito que difundáis donde vayáis la evidencia de que el reino de Grace existió y advirtáis a otros países —dijo la princesa Tilis, con una voz llena de desesperación. - Para ello, quisiera contratarse para que Estés de testigo el dia de mañana hasta el ultimo y registres todo.
Rokugo la miró en silencio, y después de un momento, asintió.
—Está bien, princesa. Acepto. Al menos, haré eso.
La guardia del Ejército de Grace
Al regresar al campamento, Rokugo fue recibido con sorpresa por sus compañeras, Grimm y Rose, quienes lo abordaron inmediatamente.
—¡Rokugo! ¿Por qué renunciaste a tu puesto de comandante? —preguntó Grimm,
Grimm con una sonrisa traviesa—, ¿es cierto que renunciaste porque Snow te acosaba?
Rokugo, sin perder la oportunidad de molestar a Snow, respondió con una expresión seria y exagerada.
—Claro que sí. Fue demasiado para mí. No podía seguir soportando sus avances, —dijo con un suspiro dramático.
Snow, claramente indignada, levantó la voz.
—¡Eso es mentira! ¡No inventes cosas, Rokugo!
Grimm y Rose compartieron una mirada entre ellas antes de soltar una carcajada.
—Bueno, al menos es una buena historia para contar, —comentó Rose con una sonrisa.
Snow intentó desviar el tema, cruzándose de brazos.
—¡No importa eso ahora! Somos grandes guardias reales, y tenemos una responsabilidad.
Sin embargo, a medida que avanzaban, Snow notó algo que le molestó profundamente: Rose y Grimm parecían seguir las órdenes de Rokugo más que las suyas. Incluso cuando intentaba dar instrucciones, ambas miraban a Rokugo en busca de aprobación.
Rokugo notó que Snow no había compartido la verdad sobre su expulsión como espía. Decidió no contradecirla, y en lugar de eso, sonrió con su característico sarcasmo.
—Digamos que la política y yo no nos llevamos bien. Prefiero estar en el frente, ¿saben?
Grimm frunció el ceño, sospechando que algo más estaba pasando, pero antes de poder presionarlo más, un cuerno de guerra sonó en la distancia, anunciando la inminente llegada del ejército del Lord Demonio.
Escenario: Torre del Castillo del Reino de Grace
El sonido de los cuernos de guerra resonaba por todo el castillo, y el ambiente estaba impregnado de tensión y desesperación. Rokugo, ahora asignado como el guardaespaldas de la princesa Tilis, observaba por la ventana cómo el ejército del Lord Demonio avanzaba, un espectáculo aterrador de fuerza y brutalidad. Sin embargo, para sorpresa de todos, el ejército invasor estaba encontrando resistencia en las fronteras del reino.
La princesa Tilis, con la frente perlada de sudor y las manos temblorosas, miraba fijamente el combate desde la ventana, sus ojos llenos de incertidumbre.
—¿Cómo…? ¿Cómo es posible que estén resistiendo? —preguntó, desconcertada—. El enemigo nos supera en número y armamento. No hay forma de que nuestras tropas puedan hacerles frente de esta manera.
Rokugo esbozó una sonrisa astuta y cruzó los brazos con aire de autosuficiencia.
—Oh, bueno… digamos que tuve un "pequeño proyecto" mientras andaba por ahí sin mucho que hacer. Coloqué algunas armas en las fronteras del reino. Parece que están siendo bastante útiles, ¿no crees?
La princesa lo miró con asombro, sin saber si debía sentirse aliviada o escandalizada.
Alice, con su tono neutral, añadió.
—Según los registros, cada mina que detona registra puntos malos en su chip, Capitán. Su saldo ha aumentado considerablemente.
—¡Eso es…! Bueno, no puedo negar que nos está dando tiempo, pero aun así… —Tilis suspiró, resignada—. Aún con esa ayuda, el reino caerá. La superioridad del ejército del Lord Demonio es simplemente abrumadora.
En el campo de batalla, Heine de la Flama, herida y furiosa, gritó al ver cómo una de esas minas había destruido su piedra mágica.
—¡Encuentren a Rokugo y tráiganlo aquí! ¡Lo quiero muerto!
La batalla alcanzó un nuevo nivel de intensidad cuando el ejército demonio atrajo a varias criaturas titán, incluyendo siete imponentes Titan Golem. Los soldados del Reino de Grace luchaban como podían contra la abrumadora fuerza del enemigo, pero la primera línea de defensa pronto fue atravesada.
Grimm, viendo a Heine en la distancia, frunció el ceño.
—Esa mujer… —dijo con desdén—. No puedo soportar cómo se viste. Parece una ramera.
Rokugo levantó una ceja, divertido.
—Eso suena personal, Grimm.
—¡Claro que lo es! —espetó Grimm, indignada.
Sin perder tiempo, Grimm comenzó a conjurar una maldición para impedir que Heine usara su magia de fuego. Sin embargo, la maldición rebotó en Heine, quien apenas se inmutó.
Grimm se encogió de hombros.
—Bueno, tampoco es que yo sepa usar magia de fuego, así que no importa.
A pesar de su aparente despreocupación, Grimm consiguió inmovilizar a los Titanes Golem con otra de sus maldiciones, dándoles un respiro temporal.
La calma fue interrumpida por la llegada de Gadalkand de la Tierra, quien avanzó directamente hacia Grimm, dispuesto a aplastarla.
—¡Tú, insignificante bruja, no mereces enfrentarme! —rugió Gadalkand, levantando su enorme mazo.
Antes de que pudiera atacar, Rose saltó frente a Grimm, bloqueando el golpe con su ala desproporcionada.
—¡Yo me encargo de este grandulón! —dijo Rose, mostrando una valentía inesperada.
Gadalkand se giró hacia ella, subestimándola inmediatamente.
—¿Una quimera? Esto será fácil.
Mientras tanto, Snow observaba cómo Heine y Gadalkand dominaban el campo. Su instinto era enfrentarlos, pero ambos demonios ni siquiera la reconocieron como una amenaza.
—Eres insignificante, —se burló Heine, lanzándole una mirada desdeñosa.
Grimm y Rose se giraron hacia Snow.
—Snow, no tienes oportunidad contra ellos, —dijo Grimm con un tono más serio de lo habitual—. Lleva a la princesa al castillo. Protéjela. Es tu deber.
Rose, bloqueando otro golpe de Gadalkand, añadió:
—Grimm tiene razón. Esto es demasiado para ti. Ve ahora.
Grimm, con una sonrisa amarga, agregó:
—Basándome en mi experiencia, morir es realmente doloroso. Créeme, no quieres pasar por eso.
Avergonzada y sintiendo el peso de sus palabras, Snow asintió
En el caos del castillo, Rokugo veía la inminente derrota del Reino de Grace. El ejército del Lord Demonio, con sus criaturas titán y sus selectos liderando el ataque, superaba ampliamente a las fuerzas del reino. Rokugo sabía que el amanecer traería la caída del reino.
—No hay nada que podamos hacer, —murmuró mientras ajustaba su brazalete y revisaba sus puntos malos acumulados.
Sin decir nada más, Rokugo avanzó y tomó a la princesa del hombro.
—Bien, eso significa que es momento de ponernos a salvo, Alteza. —Con su tono característico y su sonrisa burlona, comenzó a arrastrarla fuera de la habitación.
La princesa Tilis forcejeó, claramente reacia a abandonar su lugar.
—¡No! No puedo simplemente abandonar mi habitación ni el castillo. ¡Este es mi hogar! —exclamó, resistiéndose mientras él intentaba moverla a la fuerza.
Rokugo suspiró, frustrado, mientras intentaba hacerla entrar en razón.
—¡No iré a ningún lado! ¡Huye y advierte a otros reinos de la caída del Reino de Grace! —exclamó la princesa Tilis, con una voz llena de desesperación.
Rokugo, ante la terquedad de la princesa, se acercó a ella y le dijo:
—No abandonaré mi hogar. Mi deber es quedarme y advertir a otros sobre el Lord Demonio. Tú… tú puedes hacerlo. Lleva nuestra historia contigo. Asegúrate de que otros reinos sepan lo que ocurrió aquí.
Rokugo suspiró, rodando los ojos.
—Sí, claro, dejar que mueras para ser una mártir suena increíblemente heroico, pero, ¿sabes qué? Si tú vives, el reino aún tiene una oportunidad. Además… puedo ayudarte a continuar la línea real, si es necesario. —Le guiñó un ojo con una sonrisa socarrona.
La cara de la princesa se enrojeció por completo.
—¡¿Qué estás diciendo?! ¡Eso es inapropiado! ¡Deja de decir tonterías!
Sin darle tiempo para más objeciones, Rokugo la levantó y la subió a su hombro como si fuera un saco de papas.
—¿Qué estás haciendo? ¡Bájame ahora! —gritó Tilis, forcejeando sin éxito.
—Lo siento, princesa, pero tu seguridad es mi prioridad. —Rokugo sonrió mientras caminaba hacia la puerta trasera del castillo.
La princesa, pidiendo ayuda, se dio cuenta de que nadie en el castillo la ayudaría. Con una mezcla de resignación y desesperación, se dio por vencida.
—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! —gritó la princesa Tilis, con una voz llena de desesperación.
—¡Rokugo! —exclamó ella, sin aliento——¡Rose y Grimm están en el campo de batalla! ¡Necesitan ayuda! Heine y Gadalkand las están aplastando, y yo… yo no pude hacer nada. Apenas notaron mi presencia. Soy una inútil.
Rokugo suspiró, cruzándose de brazos.
—No tienes que decirme algo que ya sé. Pero, ¿qué esperas que haga? No estoy exactamente en condiciones de jugar al héroe.
Snow apretó los puños, claramente desesperada.
. ¡Por favor! ¡Tienes que salvar a Rose.. y tambien a Grimm! ¡Están allá afuera enfrentándose al ejército de Heine y no podrán resistir por mucho tiempo!
Snow, dolida y desesperada, se dejó caer al suelo, con una expresión de derrota en su rostro.
—Entrené y me esforcé demasiado, y aun así, el enemigo apenas notó mi presencia —dijo Snow, con una voz llena de desesperación.
Rokugo, con el cargo de conciencia, subió al techo del castillo. No había tiempo para ir a por Rose y Grimm, pero las ayudaría a la distancia con el rifle de Alice.
—Alice, necesito que canjees un rifle de alta presicionle —dijo Rokugo, con una voz llena de determinación.
Rokugo, con una expresión de preocupación, se dio cuenta de que se había quedado sin puntos malos. Snow, al notar su situación, se ofreció a ser maltratada para que Rokugo pudiera obtener más puntos y usar sus poderosas armas.
—Si necesitas hacer algo que no me guste para nada… yo… —Snow respiró profundamente, sonrojada de vergüenza—. ¡Acaricia mis senos o hazme cualquier cosa que quieras!
Rokugo arqueó una ceja, y una sonrisa socarrona apareció en su rostro.
—¿Lo que sea, eh? —Con un movimiento rápido, le arrancó el calzón a Snow, quien gritó sorprendida, pero aceptó su humillación en silencio, decidida a cumplir su promesa.
Con la cantidad de puntos malos obtenidos de esa "interacción", Rokugo rápidamente canjeó un poderoso rifle de largo alcance. Acompañado por la princesa y Snow, se dirigió a una ventana en lo alto del castillo desde donde tenía una vista clara del campo de batalla. Apuntó el rifle con precisión hacia los golems del ejército enemigo y, uno por uno, los fue destruyendo desde la seguridad de la torre.
Alice, con una expresión de concentración, le entregó el rifle.
—Aquí tienes, Rokugo. Mi vision es perfecta, yo apunte, tu dispara —dijo Alice, con una voz calmada.
Rokugo, con una mirada decidida, apuntó hacia el campo de batalla. Rose y Grimm, luchando valientemente, se encontraban rodeadas por el ejército de Heine. Rokugo, con precisión, comenzó a disparar, eliminando a los enemigos que se acercaban a ellas.
Alice lo cargó y explicó:
—Este rifle dispara balas que contienen minigranadas diseñadas para atravesar el endurecimiento y explotar al incrustarse en la nuca. Solo necesito una ubicación segura para disparar.
Rokugo asintió, señalando la torre del castillo.
—Dispara desde ahí. Yo me encargo de cubrir la retirada.
—¡Rose, Grimm, aguantad! —gritó Rokugo, con una voz llena de determinación.
Rose y Grimm, al ver a su enemigo cayendo
se llenaron de esperanza. Con renovada energía, continuaron luchando, aprovechando la cobertura que Rokugo les proporcionaba.
—¡Capitan, gracias! —gritó Rose, con una voz llena de gratitud.
Grimm, con una sonrisa de alivio, añadió:
—¡No moriré hoy, Capitan! —dijo Grimm, con una voz llena de determinación.
BANG. Un Titan golem cayó al suelo, cuando la bala le destrozo el nervio de la nuca atravesando su cuello. BANG. Otro titan caeria al suelo. Los soldados del ejército de Heine comenzaron a entrar en pánico ante la repentina pérdida de sus unidades de apoyo, mientras buscaban la fuente de los disparos.
—¿Qué rayos está pasando? —murmuró Heine, quien estaba observando la situación desde las líneas traseras del ejército.
En el campo de batalla, Heine observó las explosiones con furia. Al darse cuenta de que los disparos provenían de la torre del castillo, gritó.
—¡Malditos! ¡Están disparando desde el castillo! ¡Gadalkand, sígueme! ¡Vamos a destruirlos!
Montando su grifo, Heine se dirigió hacia el castillo, seguida por los demonios que podían volar, incluido Gadalkand. La batalla ahora se acercaba peligrosamente al refugio de la princesa y los demás.
Rokugo, viendo la nueva amenaza, sonrió.
—Bueno, parece que nos hemos ganado toda su atención. Será divertido.
Mientras los demonios voladores, liderados por Heine y Gadalkand, se dirigían al castillo, Rokugo ajustó su brazalete y miró hacia su motosierra circular, su arma favorita.
—Es hora de que esta belleza vuelva a brillar, —dijo con una sonrisa. Activó el modo SIN LIMITES de su traje y salió al encuentro de los enemigos.
Al llegar al campo de batalla, Rokugo rugió mientras encendía la motosierra, la hoja vibratoria emitiendo un sonido ensordecedor. Sin dudarlo, se lanzó al combate, cortando a los demonios uno tras otro en un frenesí caótico. Gadalkand intentó detenerlo, pero Rokugo lo esquivó con velocidad sobrehumana
Desde su escondite, Snow observaba en estado de shock cómo Rokugo masacraba a los demonios. Por un momento, pensó que ella y la princesa también iban a morir en ese caos.
—¿Va a… matarnos también? —preguntó Snow con un hilo de voz.
La princesa Tilis, pálida de miedo, murmuró.
—Espero que no… pero no estoy segura.
Cuando todo se calmó, Snow y la princesa salieron de su escondite. Ambas estaban furiosas.
—¡Con esa motosierra pudiste habernos matado también! —gritó Snow.
La princesa asintió, todavía pálida.
—¡Es completamente irresponsable usar un arma tan peligrosa cerca de nosotras!
Rokugo, recuperando el aliento, sonrió con suficiencia.
—Relájense. Como ya dije, no mato mujeres. Estaban a salvo todo el tiempo.
Snow bufó, claramente frustrada.
—¡Eso no hace que sea menos aterrador!
La demonio morena, atónita y furiosa, lo miraba con incredulidad.
—¡Maldito! ¿¡Qué clase de humano eres tú!? —rugió Heine, aún sorprendida por el nivel de habilidad de Rokugo.
Sin embargo, tras unos minutos de combate, Rokugo comenzó a tambalearse. El efecto del modo SIN LIMITES había llegado a su fin, dejándolo inmóvil por el agotamiento.
—Vamos a hacer una tregua, Heine. Te doy un mes para retirarte y reorganizar tus fuerzas. Pero después de eso… prepárate para lo peor.
Heine, sin muchas opciones, aceptó la tregua, mirándolo con odio antes de retirarse junto con sus fuerzas. La batalla había terminado, al menos por ahora. Alice escoltaba a la princesa a su habitación para que se recuperara, Snow se quedó con Rokugo. Su expresión era una mezcla de alivio y enojo.
Con la adrenalina de la batalla todavía fluyendo, Sdnow se acercó a Rokugo, su rostro lleno de emoción y agradecimiento.
—No puedo creerlo, pero… gracias por salvarnos, —dijo Snow, mirando hacia otro lado.
Rokugo levantó una ceja, sorprendido.
—¿Eso fue un agradecimiento? ¿De verdad lo dijo la orgullosa Snow?
—Rokugo… yo… —titubeó, y antes de poder contenerse, se lanzó hacia él, besándolo apasionadamente. La emoción de la victoria y el alivio se habían apoderado de ella.
—¡Es lo menos que puedo hacer! —dijo Snow, cruzándose de brazos.
Rokugo, recuperando su típica actitud, sonrió con ironía.
—Snow, no voy a mentir. Eres sexy, pero no te veo como una posible pareja romántica. Como mucho, te consideraría una aventura de una noche.
Las palabras de Rokugo hicieron que Snow se sonrojara de furia.
—¡¿Cómo te atreves a decir algo así?! —gritó, sacando su espada con intención de matarlo.
Rokugo, todavía débil por el modo SIN LIMITES, levantó las manos en señal de rendición.
—¡Hey, hey! ¡No tienes que matarme por ser honesto!
A pesar de su enojo, Snow retrocedió, claramente frustrada pero incapaz de atacarlo en serio.
—¡Eres un idiota, Rokugo! —exclamó antes de salir de la habitación, dejando a Rokugo sonriendo como si nada hubiera pasado.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario