[Cuartel General de Kisaragi – Planeta 407]
El teletransportador se apagó con un chasquido seco. El aire del Planeta 407 era seco, polvoriento... y extrañamente silencioso.
Rokugo cayó de rodillas, con el traje destrozado y los ojos hundidos. A su lado, Alice lo sostenía con una mano mecánica, mientras Grimm lloraba en silencio, aferrada a su silla de ruedas. Detrás de ellos, los pocos agentes supervivientes arrastraban a Belial, inconsciente y cubierta de quemaduras divinas.
—Solo... un año —murmuró Rokugo, con la voz quebrada—. Solo estuvimos un año allí...
Pero el mundo que los recibió no era el mismo.
Las torres de la Ciudad Escondida habían crecido, fusionándose con las ruinas del desierto. Nuevas murallas de acero brillaban bajo un sol implacable. Y en el horizonte... no había nubes.
Solo polvo.
Urgencias de Kisaragi
Belial fue llevada de inmediato a la clínica subterránea. Los médicos trabajaron durante horas, inyectándole nanomáquinas regenerativas y estabilizadores de energía. Cuando finalmente salió, envuelta en vendas y con un andador improvisado, Lilith la recibió con una sonrisa irónica.
—Vaya, Belial... ¿necesitas rodillas nuevas? Porque si quieres, puedo diseñarte unas con propulsión iónica. Serías la primera ejecutiva con patas de cohete.
Belial la fulminó con la mirada, pero no tuvo fuerzas para responder. Solo murmuró:
—Mátame ahora... o prepárame un trago.
El Consejo de Castigo
En la sala principal de Kisaragi, el ambiente era gélido.
Astaroth no gritó. No golpeó la mesa. Solo miró a Rokugo con una decepción tan profunda que dolía más que cualquier tortura.
—Veinte días sin agua —dijo, con voz baja—. Veinte días en los que el mundo entero se secó. Los ríos se convirtieron en grietas. Los cultivos murieron. El mundo desértico al que llegaron era nada comparado con lo que vivimos.
Viper, sentada en una esquina, no levantó la vista. Sus demonios... sus propios hermanos... habían muerto en la batalla contra Komeko. No por enemigos... sino por confusión. Los uniformes eran tan similares que ni siquiera los sensores de Kisaragi pudieron distinguirlos.
—Perdí a ochenta y siete —dijo, con la voz rota—. Y no por gloria... sino por error.
Lilith, por primera vez en años, no bromeó. Solo mostró un holograma: imágenes de ciudades en ruinas, niños bebiendo barro, soldados lamiendo el rocío de las mañanas.
—La lluvia regresó... ayer —dijo—. Pero el daño es irreversible. El Planeta 407 ya no es viable para una colonización masiva. Estamos condenados y tocara mudar la capital a otro planeta.
Y entonces... llegó el veredicto.
Rokugo fue arrastrado a las mazmorras inferiores. Allí, el Escuadrón de Castigo lo esperaba: una división secreta de Kisaragi que no usaba cuchillos... sino memorias.
Lo ataron a una silla neural. Le inyectaron un suero que amplificaba el dolor emocional. Y durante 72 horas, lo obligaron a revivir cada error:
Cuando lo soltaron, Rokugo ya no era el comandante arrogante. Era un hombre vacío. Un cascarón.
—Solo quiero... meterme a mi cuarto —murmuró, arrastrándose por los pasillos—. Y fingir que nada de esto ocurrió.
Pero el destino... nunca lo deja en paz.
La Sonrisa Triunfal de Grimm
Justo antes de llegar a su habitación, Grimm lo interceptó. Estaba radiante. Sus ojos brillaban con una mezcla de alegría y determinación.
Grimm (cruzada de brazos, sonriendo con complicidad): —Bienvenido de vuelta, Rokugo.
Rokugo (suspirando, ya anticipando algo malo): —¿Qué quieres ahora, mujer zombie mutante?
(Grimm se acerca, disfrutando demasiado lo que está a punto de decir. Rokugo ya siente el peligro.)
Grimm (con tono juguetón): —Recuerdas el contrato, ¿verdad?
(Rokugo se congela. Por supuesto que recuerda. El maldito contrato de 10 años de "pareja" que aceptó por accidente. Pero antes de que pueda decir nada, Grimm continúa.)
Grimm, que ha estado aguardando la noticia, se le acerca rápidamente, pero no con buenas intenciones. Ella mira a Rokugo con una sonrisa de complicidad.
Grimm: "Entonces, si han pasado veinte años en mi mundo y tú dijiste que te casarías conmigo... ¿Cuándo celebramos la boda, eh? ¡No vas a salirme con excusas ahora!"
Rokugo se queda petrificado, sin poder articular palabra.
Rokugo: "¡¿Qué?! ¿Es una broma? ¡¿Tomas en cuenta el tiempo de este mundo y no el que pasamos juntos?!"
Grimm: "¡Claro que no! ¡Es serio! ¡Han pasado treinta y cuatro años desde que dijiste que te casarías conmigo! ¡Y tienes que cumplirlo, sin más pretextos!"
Rokugo: "¡Pero si estaba jugando! ¡Ni siquiera lo tomé en serio!"
Grimm (con una sonrisa burlona): "¿Jugando? ¡Nunca juegues con mis sentimientos! ¡Te lo dije claro! Aqui no habrá una molesta sacerdotisa que te quitara la maldición que te ponga"
(Rokugo pestañea lentamente, procesando el horror. Luego, su rostro se vuelve una mezcla de pánico y resignación. Traga saliva y da un paso atrás.)
Rokugo (nervioso): —Podemos... discutir esto.
Grimm (acercándose con una sonrisa demoníaca): —No, comandante. No hay nada que discutir.
(Rokugo intenta evadir el tema, pero Grimm está cada vez más imparable. Sus risas llenan el pasillo, y Rokugo se da cuenta de que ya no tiene escapatoria.)
Rokugo: "¡Esto no es justo! ¡La dilatación del tiempo no cuenta! ¡Eso es trampa!"
Grimm: "No me importa.
Rokugo (suspirando profundamente): "¿Sabes qué? ¡Espera a que terminemos con este lío y hablamos después! ¡A lo mejor me muero de tanto estrés antes de llegar al altar!"
Grimm (con voz de triunfo): "¡Te lo dije! No te salvas de mí."
Rokugo: "¡Lo que sea... lo que sea!"
El sol del desierto quemaba más que nunca. El aire era seco, polvoriento... muerto.
F18 y F19 salieron del edificio del Escuadrón de Castigo, con los cuerpos marcados por cicatrices psíquicas más que físicas. No habían sido torturados con cuchillos
—Esto es tu culpa —gruñó F18, apretando los puños—. Si no hubieras huido en medio de la misión...
—¡Yo no hui! —respondió F19, con los ojos brillando de furia—. ¡Tú me estabas matando!
Estaban a punto de lanzarse el uno contra el otro... cuando F18 se detuvo.
Miró el suelo bajo sus pies. La arena. Las grietas. El color pálido del cielo.
—...Este es el desierto de Grace —murmuró, con la voz quebrada—. Pero... está más seco. Más... vacío.
F19 levantó la vista. Extendió sus alas mecánicas y, con un impulso silencioso, se elevó.
Desde lo alto, vio lo que F18 no podía: Grace ya no era Grace.
Las murallas antiguas habían sido reforzadas con acero de Kisaragi. Las torres estaban coronadas por antenas de energía. Las calles, antes de tierra y piedra, ahora eran de concreto pulido, con drones de vigilancia flotando en silencio. Era una ciudad... reconstruida a imagen de la corporación.
Pero no solo eso.
Voló más allá. Hacia el norte. Hacia lo que alguna vez fue el Reino Demoníaco.
Y allí... vio la Ciudad Escondida. Pero no como base militar. Como metrópolis. Con torres brillantes, fábricas humeantes, y en el centro... una estatua gigantesca de Viper, con su nueva forma de Mujer Víbora Mutante, mirando al horizonte con ojos de cristal.
F19 descendió, temblando.
Entró al complejo ejecutivo. Y allí, en una sala de cristal negro, la vio.
Viper.
Sentada en un trono de datos, con un traje de cuero y escamas, los ojos fríos, los dedos tecleando órdenes de guerra.
F19 cayó de rodillas.
—Mi reina... —susurró, con la voz que no usaba desde hacía veinte años—. Faustress del Viento ha regresado.
Viper levantó la vista. Lo miró. Lo reconoció.
Pero no sonrió. No lloró. No corrió a abrazarlo.
—No hay "reina" aquí —dijo, con una voz que no era la suya—. Soy Ejecutiva Viper. Y tú... eres F19.
F19 palideció.
—Pero... soy yo. Faustress. Tu leal...
—Ese nombre murió cuando aceptaste el collar de Kisaragi —lo interrumpió Viper, sin emoción—. El Reino Demoníaco ya no existe. Ahora es Distrito 7 de Kisaragi. Y tú... eres un agente más.
F19 bajó la cabeza. Las lágrimas cayeron sobre el suelo de acero.
Pero no se rindió.
—Permítame... ver a Heine. A Russel.
Viper dudó. Luego asintió.
—Planta energética. Nivel subterráneo. Pero no hables de lealtad. Aquí, solo existe la eficiencia.
En la Planta Energética
Russel, vestido con su eterno uniforme de sirvienta, limpiaba una válvula cuando escuchó el zumbido familiar de alas mecánicas.
Se giró.
Y vio a Faustress.
—¡Hermano! —gritó, corriendo hacia él—. ¡Pensé que estabas muerto!
Heine, que estaba revisando unos paneles, se giró... y se desmoronó en llanto.
—¡Faustress! ¡Gracias a Zenarith... a Aqua... a quien sea! ¡Estás vivo!
Los tres se abrazaron, en medio de tuberías y generadores, como si el mundo no hubiera cambiado.
—¿Qué pasó? —preguntó Faustress, con la voz temblorosa.
Heine secó sus lágrimas.
—Después de que desapareciste... Rokugo mató a Gadalkand, secuestró a Russel, me convirtió en su esclava... y corrompió a la princesa Viper. La sedujo con promesas, con videojuegos, con... con mentiras. Y ella... entregó el reino.
Faustress cerró los ojos.
—No fue así... —murmuró—. Yo... intenté matar al Elegido. Pero fui teletransportado directamente al patio de Belial. Me quitaron mi nombre, mi rostro, mi alma. Me obligaron a conquistar mundos... a fingir ser monstruos... a olvidar quién era.
Russel apretó su mano.
—Pero has vuelto.
—Sí —dijo Faustress, con una sonrisa triste—. Aunque ya no haya hogar al que regresar.
Mientras tanto, en Grace
F18 caminaba por las calles, perdido.
Nada era como lo recordaba. Los mercados, los templos, las casas... todo había sido reemplazado por logos de Kisaragi, pantallas publicitarias y soldados con armaduras negras.
Nadie lo reconoció.
Ni siquiera los guardias del castillo.
Hasta que entró... y vio a Tilis.
La princesa, ahora reina en título pero no en poder, estaba sentada en un trono decorativo, firmando papeles que Alice 3.0 le enviaba cada mañana.
Al verlo, se levantó de un salto.
—¡Kuz! —gritó, corriendo hacia él—. ¡Hermano!
F18 —Kuz— cayó de rodillas, abrazándola con fuerza.
—He vuelto... hermana. He vuelto.
Tilis lloró.
—Cuando desapareciste... el padre se volvió loco. No quiso decir la oración para crear agua. Luego... desapareció. Me dejó sola. Tuve que aliarme con Kisaragi para sobrevivir... pero ellos... se apoderaron de todo.
Kuz miró a su alrededor. El trono era de plástico reciclado
. Las cortinas, hologramas. Los sirvientes, androides.
—¿Y el pueblo?
—Cree que esto es progreso —dijo Tilis, con amargura—. Pero es esclavitud con aire acondicionado.
Kuz se levantó, fue a la cocina real... y tomó un trozo de pan seco y un pedazo de queso duro.
Lo mordió. Lloró.
—Mi pan... mi queso... he vuelto a casa.
Pero su casa ya no existía.
De vuelta en la Ciudad Escondida
Faustress y Kuz se encontraron en la azotea del edificio central.
—¿Y ahora qué? —preguntó Kuz.
Faustress miró al horizonte, donde el sol se ponía sobre un mundo que ya no les pertenecía.
—Ahora... recordamos.
Porque aunque Kisaragi les hubiera quitado sus nombres...
no les había quitado sus almas.
Grimm rodaba por las calles polvorientas del Planeta 407 con una sonrisa que no había tenido en veinte años. Su silla de ruedas —ahora con placas de blindaje y propulsión solar— brillaba bajo el sol implacable. En su brazalete, el contador parpadeaba con orgullo:
PUNTOS MALOS: +2,841
Motivo: Intento de genocidio.
Grimm sonreía. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía triunfante.
El Templo de Zenarith
La cueva seguía allí. Húmeda, oscura, olor a incienso viejo y tierra mojada. Pero algo había cambiado.
Al entrar, Grimm se detuvo en seco.
Frente al altar, con túnica negra y barba bien recortada, estaba el monaguillo que solía ayudarla a encender velas cuando ella era la sacerdotiza de Zenarith.
Ahora era un hombre de treinta y tantos, con los ojos cansados pero firmes.
—Grimm Grimmore —dijo, con una reverencia respetuosa—. Bienvenida de vuelta. Es un honor verte... viva.
Grimm parpadeó, desconcertada.
—¿Tú? ¿Sumo sacerdote?
—Así es —respondió él, con calma—. Desde que desapareciste, el culto estuvo a punto de extinguirse. Pero Kisaragi, en su extraña misericordia, nunca lo prohibió. Ni siquiera durante la sequía. Incluso permitieron que el Festival de los No Muertos continuara... aunque ahora es más una atracción turística que un rito sagrado.
Grimm frunció el ceño.
—Entonces... ¿puedo retomar mi puesto? Soy la sacerdotisa más antigua, la más devota...
El sumo sacerdote negó con la cabeza, con tristeza.
—Grimm... tú te fuiste. Nosotros nos quedamos. Entrenamos nuevos devotos. Adaptamos los rituales. Sobrevivimos sin ti. En este mundo... ya no eres la maestra.
Detrás de él, tres jóvenes con túnicas negras inclinaron la cabeza.
Grimm apretó los puños... pero luego soltó una risa ligera.
—No importa —dijo, con una sonrisa forzada—. Nada arruinará mi día. Me voy a casar.
Las Invitaciones
Rose la recibió mientras devoraba un trozo de carne cruda en la cafetería de Kisaragi.
—¿Boda? —preguntó, con la boca llena—. ¿Habrá comida?
—Sí —respondió Grimm—. Toda la que quieras.
—Entonces iré —dijo Rose, tragando—. Aunque no entiendo por qué te casas con ese pervertido.
Snow, en su oficina de Gerente de Distrito, recibió la invitación mientras firmaba un contrato de exportación de agua reciclada de otros planetas para recuperar cultivos.
Su despacho era un lujo absurdo: alfombras de seda, estatuas de titanes en miniatura, una fuente de cristal que escupía licor.
—"La Eterna Gerente" —murmuró, leyendo la invitación en voz alta—. Qué irónico.
Al ver el nombre de Rokugo, sus ojos se endurecieron.
—Así que ha vuelto... y se casa con ella.
Cerró el puño. Luego, con una sonrisa fría, tomó su pluma y escribió al margen:
"Invitar también a Heine y Russel. Que vean lo que su 'comandante' ha hecho con su vida."
Rokugo caminó hasta las afueras de la Ciudad Escondida, donde el Hombre Tigre vivía en una cabaña de retiro para agentes jubilados
El viejo agente estaba sentado en una mecedora, con el pelo canoso, la espalda encorvada... pero los ojos aún brillaban con esa chispa traviesa.
—¡Nyaa! —rió al ver a Rokugo—. ¡El fantasma ha regresado!
Rokugo se sentó frente a él, encendiendo un cigarrillo.
—Te ves... viejo.
—Y tú... cansado —respondió el Hombre Tigre—. ¿Qué te trae por aquí? ¿Necesitas que te enseñe a usar pañales de nuevo?
Rokugo sonrió, pero no rió.
—Vengo a invitarte a mi boda.
El Hombre Tigre se quedó en silencio. Luego soltó una carcajada amarga.
—¡Nyaa! ¡Así que el destino te alcanzó, amigo! Pensé que escaparías para siempre.
—No es por amor —dijo Rokugo, con sequedad—. Es por contrato.
El Hombre Tigre asintió, pero su mirada se volvió seria.
—Lilith nunca encontró el modo de rejuvenecer... ni de cambiar de sexo a quien lo desee. Aún sueño con ser una niña pequeña.
suspiró—. ¿Crees que Grimm podría hacerlo con una maldición?
Rokugo pensó en ello. Sí, quizás. Pero no quería que el viejo empezara a pedirle rituales extraños.
—No —mintió—. Las maldiciones no funcionan así.
El Hombre Tigre lo miró fijamente... y luego asintió.
—Entonces... iré a tu boda. Pero solo para ver cómo te encadenas tú mismo.
Cuando Grimm llegó al castillo, Tilis la recibió en el jardín real, ahora seco y cubierto de paneles solares.
—¿Una boda? —preguntó, sorprendida—. ¿Con Rokugo?
—Sí —dijo Grimm, con orgullo—. Cumplimos el plazo.
Tilis sonrió, con melancolía.
—Entonces... acepto.
Rokugo miraba las estrellas desde el techo de su cuarto. Grimm, en su silla, lo esperaba abajo, tarareando una canción de Zenarith.
Él suspiró.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Alice, apareciendo en la sombra.
—No —respondió Rokugo—. Pero Grimm en este momento tiene puntos malos de Sobre y Dinero tambien.
Y en lo alto, una estrella fugaz cruzó el cielo...
(Tiempo después, tras una planificación inevitable, se celebra la boda entre Rokugo y Grimm en el altar de Zenarith. Rokugo está completamente derrotado emocionalmente, mientras que Grimm brilla de felicidad.)
(El lugar está lleno de invitados, cada uno con sus propias razones para estar allí. Pero Rokugo no puede evitar notar el caos absoluto que es su "boda.")
Después de gastar su fortuna de puntos malos y de dinero reparando el templo de Zenarith . Grimm estaba Feliz, en contraste Rokugi se encontraba ahora frente a un futuro más sombrío que nunca casarse con Grimm.
El hombre, que una vez había estado tan seguro de su libertad y control, ahora se veía atrapado en una ceremonia que nadie podría haber previsto, especialmente no él. Estaba en su boda, vestido con un traje que se sentía como un ataúd elegante, con la mirada fija en el altar mientras las sombras de los asistentes lo rodeaban.
El Lado de Grimm]Rose → Está emocionada únicamente por la comida de la boda. Ya está comiendo antes de que empiece la ceremonia.Snow → Está grabándolo TODO. Su cámara tiene el título en pantalla "LA HUMILLACIÓN DE ROKUGO".Viper → Está feliz por Rokugo, como si esto fuera algo bueno.Tilis Grace Reiss (ahora Reina) → Está allí por formalidad. No parece tener opinión sobre la boda. miraba la ceremonia con una mezcla de indiferencia y simpatía.Heine y Russel → Ni siquiera saben por qué están aquí.
(Rokugo observa a los invitados del lado de Grimm y frunce el ceño. Algo le molesta.)
Rokugo (pensando): —...Espera. ¿Grimm no tiene familia o qué?
(Grimm, al notar su mirada confundida, simplemente le sonríe. Rokugo decide que es mejor no preguntar.)
Grimm no tenía familia. Nadie que se sintiera obligado a asistir, ya que probablemente los parientes se habrían ahorrado la molestia de ver cómo la líder de la secta de Zenarith se casaba con el comandante de los invasores.
[El Lado de Rokugo]Astaroth → Modo "ir a la boda de tu ex". Su expresión es la de alguien que quiere prender fuego al altar.Belial y Lilith → No pueden parar de reírse del malestar de Rokugo.El Hombre Tigre → Con cara de "Amigo, estás cometiendo el peor error de tu vida." estaba vestido con esmoquinOtros agentes de Kisaragi → Solo están allí por formalidad.
(Rokugo observa a los asistentes de su lado y suspira pesadamente.)
Rokugo (pensando): —...Esto es lo peor.
(El sacerdote comienza a hablar. Rokugo mira a Grimm, quien le sonríe con alegría absoluta. Él intenta convencerse de que hay algo peor que esto... pero no lo encuentra.)
(Y así, con el peso de la resignación y una eternidad de burlas aseguradas, Rokugo se casa con Grimm.)
(Mientras tanto, Snow sigue grabando todo con un maldito dron.)
(Rokugo está de pie frente al altar de Zenarith, con la mirada perdida y la expresión de un hombre condenado.)*
(A su lado, Grimm rebosa felicidad, radiante como si este fuera el mejor día de su vida. Para Rokugo, es exactamente lo contrario.)
(Mientras el sacerdote de Zenarith recita las palabras finales, Rokugo tiene la sensación de que esta boda se siente como la clásica ilustración del tipo que se casa con una escopeta en la espalda. En este caso, la escopeta es todo Kisaragi entero, asegurándose de que no escape.)
Rokugo (pensando, con resignación): —Así que este es mi destino.
Rokugo estaba a punto de colapsar bajo la presión, pero se mantenía firme mientras el sacerdote de Zenarith comenzaba a decir las palabras sagradas que finalmente sellarían su destino.
(Mira a Grimm, quien le sonríe con absoluta felicidad. Rokugo siente que sus últimas esperanzas de libertad se desvanecen en el aire.)
Sacerdote (con voz solemne): "Unidos en la luz de Zenarith, vosotros seréis uno, hasta que la oscuridad os separe... o hasta que el comandante muera de viejo."
Sacerdote de Zenarith: —Por el poder de la diosa Zenarith, los declaro oficialmente... marido y mujer.
En ese instante, sin previo aviso, Grimm saltó sobre Rokugo. En el proceso, Rokugo apenas tuvo tiempo de reaccionar, pero la fuerza con la que ella lo abrazó fue tan grande que terminó sosteniéndola por los brazos, con el corazón a mil.
Grimm (susurrando con una sonrisa sádica en su rostro): "Ahora sí, comandante, eres mío, y no te pienso soltar. No me importa lo que haya pasado entre nosotros antes. La verdad es que esto... solo acaba de comenzar."
Rokugo (internamente, entre risas nerviosas y desesperación): "¡¿Qué ventaja tiene esto para ella?! Si ya teníamos... bueno... intimidad... ¡y no era suficiente para ella! Es como si tener un pedazo de papel lo hiciera oficial... Pero... ¿y si me deja en paz por unos días? ¿Tal vez algo de... incluso podría beneficiarme... pero el miedo de las maldiciones... ¡Dios mío, no sé si resistiré!".
(Frunce el ceño, sintiéndose completamente perdido en la lógica de la situación.)
Rokugo (pensando, con absoluta frustración): —¿Para qué quiero la vaca si la leche ya me era gratis?
(Observa a Grimm, quien sigue sonriendo con felicidad pura. Definitivamente, ella está disfrutando cada momento de su victoria. Rokugo siente que su derrota está siendo aún más cruel de lo necesario.)
Entre sus pensamientos confusos y el estremecimiento por la cercanía de Grimm, Rokugo se dio cuenta de que cada paso que había tomado lo había llevado a este momento ridículamente incómodo y doloroso. Pero lo peor era que Grimm no parecía interesada en ningún tipo de explicación.
(El sonido de campanas resuena en el aire. Rokugo siente como si fueran las campanas de su ejecución. Snow sigue grabando todo con su dron, con el título "LA HUMILLACIÓN DE ROKUGO" flotando en la pantalla.)
(El Hombre Tigre suspira con cara de "amigo, ya fuiste". Belial y Lilith se ríen en silencio. Astaroth, en modo "ex despechada", cruza los brazos con una expresión que parece decir: "Te lo mereces, imbécil.")
Después de que finalmente ambos se levantaran de la ceremonia, los asistentes a la boda celebraron con un entusiasmo que solo alguien que estuviera completamente ajeno a la situación podría tener. Grimm, ahora completamente satisfecha con el resultado, sonrió mientras Rokugo solo deseaba que el suelo lo tragara.
(En medio de su miseria, Rokugo nota que Alice también está en la boda. Se encuentra en un rincón, con su expresión neutral de siempre, analizando la situación con su visor.)
Rokugo (pensando, desconcertado): —...Espera. ¿Por qué Alice está aquí?
(Ella no tiene emociones humanas, no entiende las relaciones sentimentales, y definitivamente no tiene razones para asistir a un evento social. Aún así, está aquí. Rokugo se pregunta si está recopilando datos para otro análisis sobre los comportamientos absurdos de los humanos.)
(Antes de que pueda preguntarle, Alice se aleja en dirección a las ejecutivas de Kisaragi. Rokugo suspira, sintiendo que ya ha perdido toda energía para seguir cuestionando la locura de su vida.)
Terminado estos eventos, en la Central de Kisaragi, las ejecutivas —siendo el verdadero equipo de operaciones que estaba detrás de todo— se reunieron alrededor de una mesa para discutir el próximo destino de la corporación, mientras comían tranquilamente.
(Mientras Rokugo sufre su destino matrimonial, las ejecutivas de Kisaragi se reúnen en un lugar apartado. Astaroth, Belial, Lilith y Alice hablan en privado sobre el futuro de su organización.)
Astaroth (bebiendo un vino oscuro, con una sonrisa fría): —Así que perdimos un mundo... pero hemos ganado muchos más todos estos años.
Belial (riendo suavemente): —El Imperio Kisaragi es más fuerte que nunca. Ese planeta solo era un pequeño error táctico.
Lilith (ajustando su visor, con su tono calculador): —Nuestra expansión no se detiene. Los planetas ya conquistados ahora son parte del Imperio Kisaragi.
(Astaroth asiente, observando los datos en un holograma proyectado. El Imperio Kisaragi sigue creciendo, conquistando múltiples mundos y estableciendo su dominio intergaláctico. La pérdida del planeta de Eren y Aqua es solo un tropiezo menor en su conquista.)
(Pero la conversación no se queda ahí.)
Astaroth (mirando a las demás, con un brillo ambicioso en los ojos): —...Ahora, la única pregunta es...
(Hace una pausa, observando el mapa de mundos disponibles para su expansión.)
Astaroth (con una sonrisa peligrosa): —¿Qué planeta conquistamos ahora?
(Las ejecutivas se miran entre sí. La guerra con Axel puede haber terminado, pero el Imperio Kisaragi nunca deja de avanzar. Siempre hay otro mundo que someter. Siempre hay otro conflicto por iniciar.)
[FIN]